Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 4 — Dulces, mentiras y canela #3
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Capítulo 4 — Dulces, mentiras y canela #3

Tradición, sabor y futuro.

La plaza no perdona.

Dos carteles para la misma guerra.

Elena observó a Lucía.

—¿Usted escribió la nota?

—No.

—¿Tiene muestras de su letra?

Lucía levantó la carpeta roja.

—Programas, listas, permisos. Lo que quiera.

—Los quiero.

Lucía entregó la carpeta.

Tomás parecía cada vez más incómodo.

—Inspectora, esto se está desviando. La prioridad es saber qué le ocurrió a Víctor.

—La prioridad es saber quién tenía motivos, acceso y oportunidad. De momento, la plaza está muy generosa.

Un agente llamó a Elena desde el quiosco. La inspectora se apartó unos metros para hablar con él. Nico quedó junto a Inés, mirando los pastelitos de canela con una mezcla de hambre y miedo.

—No los toque —dijo Clara.

—No iba a tocarlos.

—Los miras como si fueran a confesarte algo.

—Tengo hambre.

Teresa lo miró.

—Después de decir que empieza a odiar el café, no mereces pastelitos.

—Fue bajo estrés.

—Peor.

Inés cubrió la bandeja de nuevo.

—No pienso permitir que se insinúe que mis pastelitos mataron a nadie.

—Nadie insinuó eso —dijo Clara.

—Tú lo pensaste.

—Yo pienso muchas cosas.

—Esa frase ya la usó Teresa.

—Es una frase familiar.

Migas se acercó otra vez a la bandeja cubierta y olfateó. No intentó robar. Solo olfateó. Después caminó hacia una de las cajas con lazo azul que Nico todavía no había embolsado. Metió la pata entre dos cajas y sacó algo pequeño.

Esta vez Clara fue más rápida.

—No.

Tomó al gato en brazos antes de que pudiera salir corriendo. Pero Migas ya tenía el objeto entre los dientes.

No era comida.

Era un pedacito de cartón.

Clara se lo quitó con cuidado.

Parecía una etiqueta de caja, rota por la mitad. Tenía una mancha de canela en un borde y parte de una palabra escrita:

...ctor

Víctor.

O doctor.

O tractor.

En Valleverde, por desgracia, no se podía descartar nada.

Clara levantó la etiqueta.

—Inspectora.

Elena se volvió.

Vio el cartón.

Vio a Migas.

Suspiró de una forma tan profunda que pareció venir de generaciones anteriores.

—Otra vez no.

Clara sostuvo al gato contra el pecho.

—Técnicamente esta vez no lo seguí.

—Técnicamente voy a comprar una jaula.

Migas maulló, indignado.

—No para siempre —dijo Clara—. Creo.

Elena tomó la etiqueta con guantes.

—¿De dónde salió?

Clara señaló las cajas de Inés.

—De ahí.

Inés palideció.

—Eso no prueba nada. Yo escribí una etiqueta para Víctor. Ya dije que la caja era para él.

—¿Dónde está la caja? —preguntó Elena.

Inés abrió la boca.

La cerró.

Miró las cajas apiladas.

Por primera vez, su seguridad se agrietó de verdad.

—No está.

La plaza volvió a quedarse quieta.

—¿Cómo que no está? —preguntó Teresa.

Inés empezó a revisar las cajas con manos nerviosas.

—La dejé aquí. Era una caja pequeña, con lazo azul, etiqueta con su nombre. Estaba aquí antes de... antes del grito.

—¿Alguien pudo llevársela? —preguntó Elena.

—Había gente pasando. Voluntarios. Marina. Tomás. Lucía. Víctor mismo, quizá. No sé.

Clara miró hacia el quiosco.

Una caja con pastelitos de canela para Víctor.

Un lazo azul.

Una etiqueta rota.

Una nota atada a un lazo.

Café derramado.

Una taza del Portal 7.

Documentos de licencias.

La mañana parecía estar hecha de objetos pequeños que se movían de un lugar a otro, como piezas de un tablero que alguien había agitado con cuidado.

Elena guardó la etiqueta.

—Señora Robledo, necesito que venga conmigo.

Inés se llevó una mano al pecho.

—¿Estoy detenida?

—No. Está siendo interesante.

—Eso es peor.

—A veces.

Nico empezó a acordonar también el puesto de Inés. La dulcería rival, impecable y azucarada, quedó rodeada por cinta policial. Teresa miró la escena y, pese al horror del día, no pudo evitar una pequeña satisfacción.

Clara la vio.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Estás sonriendo por dentro.

—Déjame algo.

Elena condujo a Inés hacia una zona apartada. Lucía Paredes se quedó junto a la fuente, todavía pálida, todavía con los ojos secos. Tomás retomó el teléfono. Marina Soler miraba su pantalla como si hubiera descubierto algo y no supiera si decirlo.

Clara la observó.

—Marina.

La influencer levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Qué viste?

Marina apretó el móvil.

—Nada.

Clara se sentó a su lado en el borde de la fuente, con Migas en brazos.

—En Valleverde “nada” pesa mucho. Se nota en la cara.

Marina tragó saliva.

—Estaba revisando los videos de esta mañana. Para la inspectora.

—¿Y?

—Hay uno donde se ve a alguien entrar en el callejón del Portal 7.

Clara sintió que Teresa, detrás de ella, dejaba de respirar.

—¿Quién?

Marina giró el móvil, pero no lo suficiente para mostrarlo del todo.

En la pantalla se veía una imagen movida: banderines, una esquina de la plaza, el lateral del puesto de miel. Al fondo, casi fuera de cuadro, una figura entraba en el callejón.

No se veía la cara.

Solo una chaqueta clara.

Y algo azul en la mano.

—No sé quién es —dijo Marina.

Clara tampoco.

Pero sí vio otra cosa.

La figura llevaba una carpeta roja bajo el brazo.

Clara miró hacia Lucía Paredes.

Lucía seguía junto a la fuente.

Mirando el quiosco.

Como si la plaza acabara de perdonarle nada.