Capítulo 4 — Dulces, mentiras y canela #2
Inés se acomodó el delantal.
—La Dulcería de Inés lleva cuarenta y dos años en esta plaza.
Mi madre empezó con una mesa, una hornilla y más paciencia que dinero.
Cuando Víctor habló de la reforma, dijo que los negocios históricos tendrían prioridad en la nueva distribución de terrazas y puestos.
Dijo que habría una convocatoria para un quiosco fijo de repostería artesanal.
Don Julián silbó bajo.
—El quiosco.
Clara miró hacia la estructura acordonada.
El quiosco de música. El lugar junto al cual había muerto Víctor.
—¿Usted quería ese quiosco? —preguntó Elena.
—Quería que se reconociera mi trabajo.
—Eso no responde.
—Sí. Quería el quiosco.
Teresa cruzó los brazos.
—Claro que lo quería.
—Y tú también habrías podido presentarte.
—Yo no quiero vender tartas desde una jaula decorativa.
—Porque no tienes visión.
—Porque tengo café.
Clara empezó a entender. El quiosco no era solo un adorno de la plaza. Con la reforma, podía convertirse en un punto fijo de venta. Un premio. Una concesión. Una pequeña mina de oro con aroma a azúcar.
—¿Víctor se lo prometió formalmente? —preguntó Elena.
Inés dudó.
—Dijo que mi propuesta era muy fuerte.
—Eso no es prometer.
—En lenguaje municipal, casi.
Tomás, desde el arco, levantó la voz.
—Eso es falso. No había ninguna decisión tomada.
Inés se giró hacia él.
—Usted no diga que es falso con esa cara de catálogo de inmobiliaria.
El concejal se puso rojo.
Clara oyó a Don Julián murmurar:
—Buena frase.
Elena no pareció apreciar el valor literario del insulto.
—Concejal, espere. Señora Robledo, ¿Víctor cambió de opinión?
Inés tragó saliva.
—Ayer me dijo que la convocatoria se retrasaría. Que había problemas con las licencias. Que quizá ningún negocio actual podría acceder hasta regularizar ciertas condiciones.
—¿Y usted se enfadó?
—Por supuesto que me enfadé. ¿Usted no se enfadaría si un hombre con sonrisa de folleto le prometiera futuro y luego le entregara burocracia?
Clara pensó que, por primera vez en toda la mañana, Inés había dicho algo completamente razonable.
Migas maulló, como si estuviera de acuerdo.
Elena miró las cajas con lazos azules.
—¿Por qué negó haberlo visto cerca de la carpa?
—Porque sabía cómo sonaría.
—¿Cómo?
—Como suena ahora.
Elena dejó que Nico terminara de anotar.
—¿Le dio algo a Víctor esta mañana?
Inés se tensó.
A Clara le pareció ver la respuesta antes de oírla.
—No.
Elena esperó.
—No —repitió Inés.
Migas saltó de la caja de servilletas, caminó hasta el borde del puesto de Inés y olfateó una bandeja cubierta con un paño.
—Ese gato no puede estar ahí —protestó Inés, demasiado rápido.
Clara frunció el ceño.
—Migas.
Pero el gato no intentó robar. Solo olfateó. Luego estornudó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Teresa levantó las cejas.
—Eso es nuevo.
Clara se acercó.
—¿Qué hay debajo del paño?
Inés puso una mano sobre la bandeja.
—Producto mío.
—Eso reduce poco.
Elena dio un paso hacia el puesto.
—Levante el paño.
—Inspectora, son dulces.
—Entonces no tendrán problema en ser vistos.
Inés no se movió.
Elena tampoco.
Finalmente, Inés levantó el paño.
Debajo había una bandeja de pastelitos redondos, dorados, espolvoreados con azúcar y canela. Olían de manera intensa, cálida, casi navideña. El tipo de olor que normalmente habría vuelto a Clara feliz. En aquel momento, la puso alerta.
—Pastelitos de canela —dijo Teresa.
—Una receta de mi madre —respondió Inés.
Migas estornudó otra vez.
Clara lo apartó suavemente.
—¿Por qué estaban cubiertos?
—Porque no estaban para la venta.
—¿Y para qué estaban?
Inés miró a Elena.
Luego a Tomás.
Luego, por un instante, hacia el quiosco.
—Eran para Víctor.
La frase cayó con menos ruido que el grito de Marina, pero casi el mismo efecto.
Nico dejó de escribir.
—¿Le dio pastelitos a la víctima?
—No.
—Pero acaba de decir—
—Dije que eran para él. No que se los diera.
Elena se acercó a la bandeja.
—Explíquese.
Inés soltó el paño.
—Víctor siempre fue un vanidoso, pero tenía buen gusto para los dulces. Cuando era joven venía a la dulcería por pastelitos de canela. Antes de irse del pueblo. Antes de convertirse en... eso.
—¿Eso?
—Un hombre que hablaba de tradición mientras repartía el futuro en carpetas cerradas.
Clara miró a Teresa. Teresa no parecía sorprendida. Triste, quizá. Pero no sorprendida.
—Esta mañana pensé que, si le recordaba algunas cosas, quizá cumpliría su palabra —continuó Inés—. Preparé una caja para él. Con lazo azul. Sí, con lazo azul. Antes de que eso también fuera un crimen.
—¿Se la entregó? —preguntó Elena.
Inés bajó la mirada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque lo vi discutir con Tomás. Luego con Lucía. Luego desapareció detrás del quiosco. Pensé que podría dársela después del discurso.
Clara se volvió hacia el arco.
Lucía Paredes seguía hablando con Tomás, pero ahora miraba hacia Inés.
—¿Víctor discutió con Lucía? —preguntó Clara.
Elena la miró.
Esta vez, sin embargo, no la calló.
Inés pareció arrepentirse de haberlo dicho.
—No sé si discutieron.
—Eso ya lo dijo de Víctor junto a la carpa —señaló Elena—. Inténtelo con más precisión.
Inés respiró hondo.
—Lucía le dio un sobre. O una carpeta. Algo rojo, creo. Él no quiso cogerlo. Ella insistió. Víctor dijo algo como “hoy no”. Eso lo oí. Luego Tomás apareció y los tres hablaron. Yo estaba en mi puesto.
—¿A qué distancia?
—La suficiente para no oírlo todo.
—Pero oyó “hoy no”.
—Eso sí.
Clara sintió que la servilleta volvía a aparecer en su memoria.
7. Hoy.
Víctor había dicho “hoy no” a Teresa. A Lucía. Quizá a todos.
Era una frase muy repetida para una mañana que había acabado exactamente en hoy.
Elena llamó con un gesto.
—Lucía Paredes.
Lucía tardó un segundo en reaccionar. Luego caminó hacia ellas. No deprisa. No despacio. Con una calma tan controlada que parecía aprendida.
De cerca, Clara vio que tenía los ojos enrojecidos, pero secos.
—Inspectora —dijo Lucía.
Su voz era suave.
—Necesito saber de qué habló con Víctor esta mañana.
Lucía miró a Inés.
—¿Ahora?
—Sí.
—Víctor está muerto.
—Precisamente por eso.
Lucía apretó la carpeta roja contra el pecho.
—Hablamos del acto cultural de la tarde. La lectura de crónicas de la plaza.
Don Julián levantó la cabeza.
—¿Eso seguía en pie?
—Ya no, Julián.
—Una pena. Había elegido un texto precioso sobre la fuente.
Elena ignoró al librero.
—¿Le entregó algo a Víctor?
—El programa actualizado.
—¿En una carpeta roja?
Lucía bajó la vista hacia la carpeta que sostenía.
—Sí.
—¿Ésta?
—No. Otra. Igual.
—¿Dónde está?
—Víctor se la quedó.
Inés se indignó.
—Eso no es lo que vi.
Lucía la miró con cansancio.
—Inés, tú ves lo que necesitas para seguir enfadada.
—Y tú hablas como si el pueblo fuera un poema triste.
—A veces lo es.
Clara sintió que aquella frase sí pertenecía a Valleverde. A la parte que no salía en los folletos.
Elena intervino.
—¿Discutieron?
Lucía tardó un poco.
—Sí.
—¿Por qué?
Tomás dio un paso.
—Inspectora, Lucía no tiene por qué—
—Concejal, un paso más y le encuentro una silla.
Tomás se detuvo.
Lucía cerró los ojos un instante.
—Discutimos porque Víctor quería cancelar la lectura de crónicas.
—¿Por qué?
—Decía que podía politizar la feria.
Don Julián soltó una risa breve.
—Las crónicas de una plaza siempre son políticas. Hasta las palomas tienen ideología cuando el pan escasea.
—Julián —dijeron Clara, Teresa y Elena al mismo tiempo.
El librero hizo una pequeña reverencia.
Lucía siguió:
—Había textos sobre los comercios antiguos, los desalojos de los años ochenta, la reforma fallida del mercado, la protesta por el cierre de la imprenta. Víctor pensó que, con el proyecto actual, no convenía remover ciertos recuerdos.
Clara miró la nota en la bolsa transparente.
La plaza no perdona.
—Esa frase —dijo Clara—. ¿La conoces?
Lucía la miró.
Elena no la corrigió por tutearla. Otro pequeño milagro.
—Sí.
—¿De dónde?
Lucía respiró como si la pregunta le hubiera golpeado en una costilla antigua.
—De una pintada. Apareció hace muchos años, cuando cerraron la galería vieja para construir oficinas que nunca se ocuparon. Mi padre tenía una tienda allí.
—¿Qué tienda? —preguntó Elena.
—Una papelería.
La mirada de Lucía cayó sobre la bolsa donde estaba guardada la nota.
—Alguien escribió en la pared: “La plaza no perdona”. Durante semanas nadie la borró. Después pintaron encima. Pero todos la recordamos.
Don Julián habló más bajo esta vez.
—No todos. Los que quisimos recordarla.
Clara sintió que algo se abría bajo la superficie cozy de la feria: no un crimen aislado, sino una capa vieja de pérdidas, negocios cerrados, promesas rotas, familias heridas por reformas que siempre llegaban con palabras bonitas.