Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 4 — Dulces, mentiras y canela
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Capítulo 4 — Dulces, mentiras y canela

Dulces, mentiras y canela

El papel decía:

La plaza no perdona.

Cinco palabras.

No eran muchas, pero en Valleverde bastaban para arruinar una mañana, una reputación y, con un poco de esfuerzo colectivo, una vida entera.

La inspectora Elena Vega sostuvo la nota con guantes, sin moverla más de lo necesario. La plaza entera pareció inclinarse hacia ella, como si las piedras, las carpas, los bancos y hasta la fuente quisieran leer también.

—¿Quién escribió esto? —preguntó Teresa.

Nadie respondió.

Eso, en Valleverde, era casi una confesión múltiple.

Migas, sentado junto a la fuente después de entregar su hallazgo, se lamía el pecho con una calma insoportable. Tenía el aire satisfecho de quien acaba de complicar una investigación policial y considera que eso cuenta como servicio público.

Clara lo miró.

—No pongas esa cara.

Migas levantó la vista.

—Sí, esa.

Elena guardó la nota en una bolsa transparente.

—Agente Paredes, el lazo también.

Nico se agachó para recoger el lazo azul. Lo hizo con tanto cuidado que parecía estar desactivando una bomba.

—¿Cree que es importante?

Elena lo miró.

—Creo que apareció atado a una nota vinculada a un cadáver.

—Entonces sí.

—Entonces sí.

Inés Robledo cruzó los brazos frente a su puesto, donde las cajas con lazos azules habían dejado de parecer elegantes y empezaban a parecer una mala decisión comercial.

—Esos lazos no significan nada. Los compro por docenas.

—¿Dónde? —preguntó Elena.

—En Mercería Amparo.

—¿Quién más los compra?

Inés soltó una risa seca.

—Media comarca. No soy la inventora del color azul.

—Nadie la ha acusado de eso.

—Todavía.

Clara tuvo que admitir, contra su voluntad, que Inés no estaba completamente equivocada.

En aquel momento todo lo azul se había vuelto sospechoso: los lazos de sus cajas, el pañuelo del concejal, los distintivos de los voluntarios del Ayuntamiento, la cinta en el pelo de Marina Soler, el hilo encontrado en el callejón del Portal 7.

Incluso el cielo empezaba a parecer cómplice.

Tomás Echevarría seguía junto al puesto de Inés, demasiado quieto para un hombre que hablaba de participación ciudadana como si fuera una actividad aeróbica.

Se había quitado el pañuelo azul del bolsillo y lo sostenía en la mano, un gesto que intentaba parecer natural y conseguía exactamente lo contrario.

Elena lo vio.

—Guarde eso.

Tomás parpadeó.

—¿Perdón?

—El pañuelo. Si lo guarda ahora, parecerá menos culpable que si continúa mirándolo como si acabara de traicionarlo.

El concejal obedeció despacio.

—Inspectora, esto es delicado.

—Los cadáveres suelen serlo.

—Hablo de los documentos.

—Entonces hable.

Tomás miró alrededor.

—Aquí no.

—Aquí hay al menos quince personas que ya han decidido tres versiones distintas de lo ocurrido. Una cuarta no hará daño.

Don Julián levantó la mano desde su puesto.

—Yo solo tengo dos versiones. La tercera aún no me convence.

—Gracias por la precisión —dijo Elena—. Concejal.

Tomás bajó la voz, pero no lo suficiente para vencer la acústica natural de una plaza llena de vecinos entrenados en escuchar lo que no les incumbe.

—Ayer por la tarde desapareció una carpeta del archivo provisional del Ayuntamiento. Contenía copias de expedientes de licencias vinculadas a la reforma de la plaza.

Teresa se puso rígida.

Clara lo notó antes de mirarla. Hay tensiones que se sienten en el aire, como el olor a tostado cuando el pan empieza a quemarse.

—¿Qué expedientes? —preguntó Clara.

Elena le lanzó una mirada.

—No estoy interrogando con coro.

—Solo acompaño con interés.

—Acompañe en silencio.

Tomás carraspeó.

—Licencias de terrazas, permisos de actividad, ocupación de vía pública, concesiones temporales. Cosas técnicas.

—Las cosas técnicas son las que mejor expulsan gente —dijo Teresa.

El concejal hizo un gesto incómodo.

—Nadie va a expulsar a nadie.

Don Julián cerró un libro con suavidad.

—Cuando un político dice eso, conviene revisar las maletas.

—Julián —advirtió Elena.

—Colaboro sentado, como usted pidió.

Clara se acercó un poco a Teresa.

—¿Tu expediente estaba ahí?

—Probablemente.

—¿El del Portal 7?

—Y el de Inés. Y el de Julián. Y el de media plaza.

Inés levantó la barbilla.

—Mi dulcería está perfectamente en regla.

—Nadie ha dicho lo contrario —respondió Teresa.

—Pero lo ha pensado.

—Pienso muchas cosas.

—Y casi ninguna buena.

—Eso no es cierto. Pienso muy bien del bizcocho de nueces de Clara.

Clara levantó una mano.

—Ese bizcocho lo hiciste tú.

—Por eso pienso bien.

La discusión habría continuado, porque Inés y Teresa eran capaces de convertir un terremoto en una disputa sobre recetas, pero Elena levantó una mano.

—Basta. Señora Robledo, necesito hablar con usted.

Inés se enderezó como si le hubieran anunciado una entrevista televisiva.

—Por supuesto. No tengo nada que ocultar.

Migas maulló.

Clara bajó la vista.

—No ayudes.

El gato se sentó sobre sus patas.

Elena señaló una mesa plegable junto al puesto de libros de Don Julián.

—Allí.

Inés caminó hacia la mesa con dignidad ofendida. A cada paso, su delantal blanco parecía volverse más blanco, lo cual Clara encontraba moralmente agresivo.

Nico fue detrás con la libreta.

—¿También voy?

—Sí, Nico.

—¿Anoto todo?

—Ese suele ser el objetivo de una libreta.

—Sí, inspectora.

Clara intentó acompañarlos.

Elena ni siquiera giró la cabeza.

—No.

—No he dicho nada.

—Ha movido un pie.

—Tengo dos.

—Use ambos para quedarse allí.

Clara se detuvo junto al puesto del Portal 7, frustrada.

Teresa la miró.

—No te metas.

—Estoy respirando.

—Respiras como si estuvieras a punto de meterte.

—Es una condición médica.

—Se llama curiosidad.

—La curiosidad ha resuelto más cosas que la prudencia.

—También ha matado más gatos.

Migas, que había llegado justo a tiempo para escuchar la frase, se subió a una caja de servilletas y miró a Teresa con desprecio.

—No tú —dijo Teresa—. Tú probablemente matarías a la curiosidad.

Clara aprovechou o momento em que Elena interrogava Inés para mirar alrededor.

La plaza había recuperado un movimiento mínimo.

Bajo supervisión, algunos feriantes recogían productos perecederos.

El hombre del puesto de quesos envolvía sus piezas como si fueran órganos para trasplante.

La señora de la miel discutía con un agente sobre la diferencia entre “retirar mercancía” y “abandonar abejas simbólicas”.

Marina Soler seguía sentada junto a la fuente, deslizando el dedo por la pantalla de su móvil con el rostro pálido.

Y al fondo, bajo el arco que llevaba al Ayuntamiento, Clara vio a una mujer que no había visto antes aquella mañana.

Llevaba un vestido verde oscuro, una chaqueta de punto y una carpeta roja contra el pecho.

Tenía el pelo castaño recogido de manera sencilla, no descuidada, y una expresión de alguien que había llegado tarde a una tragedia pero no a la culpa.

Miraba el quiosco. No el cuerpo, que ya no estaba. No la cinta policial. El quiosco.

Como si allí hubiera quedado algo que solo ella podía ver.

—¿Quién es? —preguntó Clara en voz baja.

Teresa siguió la dirección de su mirada.

—Lucía Paredes.

—¿Familia de Nico?

—Prima. Organizadora cultural del Ayuntamiento. Ella preparó las actividades paralelas de la feria.

—¿Y por qué parece que la plaza acaba de escribirle una carta desagradable?

Teresa dudó.

—Fue pareja de Víctor.

Clara volvió a mirar a la mujer.

Lucía Paredes permanecía inmóvil bajo el arco. Entonces Tomás Echevarría la vio, guardó el teléfono en el bolsillo y fue hacia ella con demasiada rapidez. Hablaron en voz baja. Lucía negó algo. Tomás insistió. Ella apretó la carpeta roja contra el pecho.

—¿Expareja reciente? —preguntó Clara.

—De hace años. Creo. En Valleverde los finales duran mucho.

—Eso debería ponerlo en el cartel de entrada.

Teresa no sonrió.

—Víctor la dejó poco antes de irse a trabajar a la diputación. Luego volvió con el proyecto de reforma, como si el tiempo no hubiera pasado para nadie más.

—¿Y ella trabajaba con él?

—Esta semana sí. La feria era de cultura, comercio y urbanismo. Una combinación espantosa.

Clara observó a Lucía. No parecía furiosa. No parecía destruida. Parecía contenida. Y la contención, Clara lo sabía, podía ser serenidad o una puerta cerrada con muebles detrás.

Antes de que pudiera pensar más, la voz de Inés subió desde la mesa de interrogatorio improvisada.

—¡Eso es ridículo!

Todos miraron.

Elena no había levantado la voz. Eso hacía que la indignación de Inés pareciera todavía más barulhenta.

—Señora Robledo —dijo la inspectora—, solo le pregunté si vio a Víctor entrar en la carpa de organización.

—Y ya respondí.

—Respondió tres cosas distintas.

—Porque usted pregunta de una forma que confunde.

Nico levantó la vista de la libreta.

—Yo entendí la pregunta.

Inés lo fulminó.

—Eso no ayuda a su argumento, agente.

Nico bajó de nuevo la mirada.

Clara se aproximó un paso. Elena la vio, claro. Pero no la detuvo. Tal vez porque también sabía que aquel interrogatorio ya era un espectáculo público. O tal vez porque había decidido que Clara, vigilada, era menos peligrosa que Clara aburrida.

—Repítalo —dijo Elena.

Inés inspiró hondo.

—Vi a Víctor cerca de la carpa. No entrar. Cerca. Llevaba su carpeta, hablaba por teléfono y parecía nervioso.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Poco antes de que empezara todo.

—¿Antes o después de discutir por la mesa?

—Después.

—Antes dijo que no lo había visto después de la discusión.

Inés apretó los labios.

—Me equivoqué.

—¿Por qué?

—Porque estaba alterada.

—¿Por la discusión?

—Por la feria.

—¿Por Víctor?

Inés apartó la mirada.

Fue un gesto mínimo. Pero en Inés, que solía mirar a las personas como si fueran manchas que ella pensaba limpiar, apartar los ojos equivalía a derrumbar un edificio.

Elena esperó.

El silencio hizo el trabajo.

—Víctor me prometió una cosa —dijo Inés finalmente.

—¿Qué cosa?

—Un lugar mejor.

Teresa soltó una risa seca desde el puesto.

—Ah.

Inés giró la cabeza.

—No empieces.

—No dije nada.

—Tu “ah” siempre viene con cuchillo.

—Y tu “lugar mejor” con factura.

Elena volvió a levantar la mano.

—Señora Robledo. Explíquese.