Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 3 — La taza que no debía estar allí #3
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Capítulo 3 — La taza que no debía estar allí #3

—Usted no está investigando.

—Estoy recordando en voz alta.

—Recuerde más bajo.

Pero Teresa ya respondía.

—Los voluntarios del Ayuntamiento llevaban pañuelos azules. Víctor también tenía uno atado a la carpeta ayer. Y las cajas de Inés tenían lazos azules.

Clara giró la cabeza.

—¿Las tartaletas?

—No. Las cajas de regalo. Siempre pone lazos. Dice que mejora la experiencia.

—Mejora el precio —dijo Clara.

Elena anotó.

—¿Alguien más?

—Marina llevaba una cinta azul en el pelo —dijo Teresa—. O quizá era negra. No sé.

—Tomás tiene un pañuelo azul en el bolsillo —añadió Clara.

—Eso no es un hilo.

—Pero es azul.

—Medina.

—Recuerdo bajo. Lo intento.

Elena cerró la puerta trasera sin tocar el pomo directamente.

—Volvemos a la plaza.

—¿Puedo cerrar el café? —preguntó Teresa.

—Después de que terminemos de documentar. Por ahora queda como posible escena relacionada.

Teresa apretó la mandíbula.

—Mi café no es una escena.

La inspectora bajó un poco la voz.

—Hoy sí.

La frase fue dura, pero no cruel.

Eso la hizo peor.

Regresaron por el pasillo. Al pasar junto a la barra, Clara vio algo que no había notado al entrar. Sobre una repisa, detrás de la máquina, había un pequeño plato con terrones de azúcar envueltos en papel blanco.

Uno estaba en el suelo.

Podía haber caído cualquier día.

Podía no significar nada.

En Valleverde, ese era siempre el problema.

Todo podía no significar nada.

Hasta que significaba.

—Clara —dijo Teresa.

—No toco.

—No he dicho nada.

—Pero ibas a decirlo con los ojos.

Teresa miró el terrón en el suelo y luego a Elena.

—Eso tampoco estaba ahí.

La inspectora se acercó.

—¿Está segura?

—Barro detrás de la barra todas las noches. Y esta mañana limpié antes de salir. No dejo azúcar en el suelo.

Clara observó el papel del terrón. Tenía una pequeña mancha marrón en una esquina.

Café.

Nico suspiró desde el pasillo.

—¿Más café?

—Parece que sí —dijo Clara.

—Empiezo a odiar el café —murmuró el agente.

Teresa lo miró como si acabara de insultar a un familiar enfermo.

—Retire eso.

—Perdón.

Elena guardó el terrón como evidencia.

Clara se apoyó contra la barra, pensando.

Una taza faltante.

Café derramado en la carpa.

Café junto a la puerta trasera.

Azúcar en el suelo.

Una servilleta con “7 hoy”.

Un sobre de licencias.

Y una cucharilla demasiado limpia en el puesto de Inés.

—La taza no debía estar junto a Víctor —dijo Clara.

Elena se giró.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Quiero decir: quizá no debía estar allí todavía.

Teresa frunció el ceño.

—¿Cómo?

Clara buscó una forma de decirlo sin sonar más imprudente de lo habitual.

No la encontró.

—Si alguien quería culpar al Portal 7, habría bastado con dejar la taza. Pero hay demasiado café alrededor. En la carpa. En la puerta trasera. En el terrón. Es como si alguien hubiera preparado o transportado café deprisa. O como si hubiera habido dos momentos: uno en el café y otro en la plaza.

Elena la escuchó sin interrumpir.

Eso animó a Clara, lo cual probablemente era peligroso.

—Y la servilleta con el siete no parece una pista para la policía. Parece un mensaje. Algo que Víctor debía entender. “7. Hoy.” Quizá no hablaba del Portal 7. Quizá hablaba de las siete en punto. O de un puesto número siete. O de una licencia número siete.

Teresa se quedó inmóvil.

—La licencia del Portal 7.

Clara la miró.

—¿Qué?

—Nuestro expediente municipal. Hace años, cuando renovamos la terraza, Teresa padre siempre decía que éramos “los del siete por partida doble”. Portal 7, expediente siete. Era una broma.

Elena abrió la libreta de nuevo.

—¿Su licencia de terraza es la número siete?

—No sé si sigue siendo. Tendría que mirar los papeles.

Clara sintió que algo se acomodaba en su cabeza con un clic suave.

El sobre de la carpa decía Licencias .

La servilleta decía 7. Hoy.

La taza venía del Portal 7.

Todo apuntaba al café de Teresa.

Demasiado.

Casi con desesperación.

—Alguien está empujando la historia hacia ti —dijo Clara.

Teresa tragó saliva.

—Pues que haga cola. Inés lleva años intentándolo.

Elena guardó la libreta.

—Vamos a comprobar ese expediente.

—¿En el Ayuntamiento? —preguntó Clara.

—Primero en el sobre.

—¿Lo abrirá ahora?

—Lo abriré cuando corresponda.

—Qué frase tan frustrante.

—Es una de mis favoritas.

Salieron del Portal 7 con más preguntas que al entrar. La puerta quedó cerrada bajo cinta policial. Teresa miró la cinta sobre su café con una expresión que Clara no olvidaría.

Era una cinta amarilla.

Pero parecía una frontera.

Al volver a la Plaza Mayor, encontraron la feria todavía más silenciosa.

Los puestos recogían lentamente bajo supervisión.

Algunas personas hablaban en grupos pequeños.

Otras miraban sin mirar. Marina Soler estaba sentada en el borde de la fuente, pálida, sosteniendo su móvil como si fuera un animal herido.

Tomás Echevarría hablaba por teléfono junto a un farol, usando un tono bajo y furioso.

Inés Robledo estaba en su puesto, limpiando una bandeja ya limpia.

La cucharilla seguía allí.

La limpia.

La demasiado limpia.

Migas, naturalmente, estaba sobre la mesa de Inés.

—¡Baje a ese gato de ahí! —gritó Inés al ver a Clara.

Migas tenía una tartaleta de manzana entre las patas.

—Migas —dijo Clara, cansada.

El gato la miró.

No parecía arrepentido.

Parecía ocupado.

Don Julián se acercó con las manos levantadas.

—Intenté custodiarlo.

—¿Y?

—Me derrotó en tres movimientos.

—Es un gato, Julián.

—También Napoleón era bajo.

Inés arrebató la tartaleta de las patas de Migas.

—Esto es una vergüenza. Una feria arruinada, un hombre muerto y ahora un animal sobre mis dulces.

—Técnicamente la feria ya estaba arruinada antes de lo de los dulces —dijo Clara.

—¿Está insinuando algo?

—Siempre, pero no necesariamente sobre usted.

Elena se acercó al puesto de Inés y miró la cucharilla sobre la bandeja.

—Señora Robledo.

Inés enderezó la espalda.

—Sí, inspectora.

—¿Esa cucharilla es suya?

Inés miró la cucharilla.

Por primera vez en toda la mañana, tardó un segundo de más en responder.

—Claro.

Clara lo notó.

Elena también.

Migas, que no entendía de interrogatorios pero sí de tensión, dejó de lamerse la pata.

—¿Está segura? —preguntó Elena.

—Tengo muchas cucharillas.

—No he preguntado cuántas tiene.

—Es mía.

—¿Por qué está tan limpia?

Inés frunció el ceño.

—Porque yo limpio mis utensilios, inspectora. Algunas tenemos estándares.

Teresa, desde atrás, murmuró:

—Y veneno en la lengua.

Inés fingió no oírla.

Elena señaló la cucharilla.

—Había una muy parecida en la carpa de organización, junto a café derramado.

—Muchas cucharillas se parecen.

—Eso mismo dijeron de la taza.

La cara de Inés se cerró.

—¿Ahora me acusa a mí?

—Ahora hago preguntas.

—Pues pregunte también por qué una taza del Portal 7 estaba junto a Víctor.

—Ya lo hice.

—Y supongo que Teresa no explicó nada.

—No suponga durante una investigación.

—Yo solo digo—

—Usted solo dice mucho.

Inés apretó los labios.

Fue hermoso.

Breve, pero hermoso.

Elena llamó a Nico.

—Fotografía esa cucharilla.

—¿La limpia?

—La limpia.

—¿También la embolso?

—Después de fotografiarla.

Nico asintió.

Inés dio un paso atrás.

—No puede llevarse mis utensilios.

—Puedo.

—Los necesito para trabajar.

Elena miró la plaza vacía.

—No está trabajando.

—Pero son míos.

—Entonces querrá colaborar para que dejen de parecer interesantes.

Inés calló.

Nico fotografió la cucharilla.

Clara observó el puesto de la dulcería. Las cajas de regalo de Inés estaban apiladas al fondo, atadas con lazos azules. Un lazo exactamente del color del hilo encontrado en el callejón del Portal 7.

No dijo nada.

Esta vez aprendió.

Miró a Elena.

Elena ya estaba mirando los lazos.

También había aprendido a leer a Clara, lo cual era injusto.

—Nico —dijo la inspectora—. Fotografíe las cajas.

—¿Todas?

—Todas las que tengan lazo azul.

Inés abrió la boca.

La cerró.

La volvió a abrir.

—Esos lazos los compra medio pueblo.

—Entonces medio pueblo no tendrá problema en confirmarlo.

Tomás Echevarría apareció junto al puesto con el teléfono aún en la mano.

—Inspectora, necesito hablar con usted.

—Espere su turno.

—Es urgente.

—Un hombre ha muerto. Todo lo demás está compitiendo en una categoría difícil.

El concejal bajó la voz.

—Es sobre las licencias.

Clara sintió que Teresa se tensaba a su lado.

Elena miró a Tomás.

—¿Qué pasa con las licencias?

Tomás observó a Clara, a Teresa, a Inés, a Don Julián, a Marina en la fuente y a todos los oídos invisibles de la plaza.

—No aquí.

Elena no se movió.

—Aquí fue donde apareció un cadáver. Me parece un lugar adecuado para empezar.

Tomás tragó saliva.

Por primera vez, el concejal parecía realmente asustado.

No incómodo.

No preocupado por la imagen pública.

Asustado.

—Víctor no debía tener ese sobre —dijo.

Elena entrecerró los ojos.

—¿Por qué?

Tomás se pasó una mano por el pañuelo del bolsillo.

Azul.

Perfectamente doblado.

—Porque esos documentos desaparecieron del Ayuntamiento ayer por la tarde.

La plaza, que parecía no poder volverse más silenciosa, encontró una forma de hacerlo.

Clara miró a Teresa.

Teresa miró la cinta policial sobre el Portal 7, visible al final de la calle.

Inés Robledo dejó de protestar.

Don Julián cerró lentamente su libro.

Y Migas, como si entendiera que la escena necesitaba una última indignidad, saltó de la mesa de Inés con el lazo azul de una caja entre los dientes.

Nadie lo detuvo.

El gato cruzó la plaza con su trofeo, pasó bajo la cinta policial del quiosco y se sentó junto a la fuente.

La inspectora Vega lo miró.

Luego miró a Clara.

—No diga nada.

Clara levantó las manos.

—No iba a decir nada.

Migas dejó caer el lazo azul sobre la piedra.

Atado al lazo había un pequeño papel doblado.

Elena fue la primera en acercarse.

Lo levantó con guantes, lo abrió y leyó.

Su expresión no cambió.

Eso era mala señal.

—¿Qué dice? —preguntó Teresa.

Elena tardó un segundo en responder.

Luego giró el papel para que lo vieran.

Había una sola frase, escrita con la misma letra temblorosa de la servilleta:

La plaza no perdona.