Capítulo 3 — La taza que no debía estar allí #2
—Aquí hay once.
La frase quedó en el aire del Café Portal 7 como una cucharilla cayendo dentro de un pozo.
Clara cerró los ojos un instante.
Por supuesto.
Porque una taza parecida habría sido mala suerte.
Una taza del mismo juego era un problema.
Una taza faltante era una acusación con asa.
—¿Cuándo las contó por última vez? —preguntó Elena.
—No las cuento. Están ahí desde hace años.
—¿Cuándo abrió este armario por última vez?
Teresa se quedó pensativa.
—La semana pasada. Buscaba un mantel para cubrir una caja rota.
—¿Las tazas estaban todas?
—No lo sé.
—Necesito que piense.
—Inspectora, no cuento tazas antiguas por diversión.
—Hoy habría sido útil.
Teresa la miró con dureza.
—Hoy muchas cosas habrían sido útiles si una supiera que va a encontrar un muerto en la plaza.
Elena aceptó el golpe sin pestañear.
—¿Víctor Almazán había estado aquí recientemente?
—Ayer.
—¿Entró al fondo?
—No.
—¿Seguro?
Teresa dudó.
Clara la miró.
—Teresa.
—Estuvo en la mesa junto a la ventana. Luego hablamos en la barra. Yo fui al almacén a buscar una carpeta con papeles de la terraza. Él se quedó solo unos minutos.
Elena anotó.
—¿Cuántos minutos?
—Tres, quizá cinco.
—¿El armario estaba cerrado?
—Siempre está cerrado.
—¿La llave?
Teresa miró el llavero.
—Conmigo.
—¿Podría haberlo abierto sin llave?
Clara observó la cerradura pequeña. De cerca parecía menos cerradura que sugerencia.
—Con una horquilla y una autoestima razonable —dijo.
Elena la miró.
—Silencio.
—Era una observación técnica.
—No es cerrajera.
—No oficialmente.
Nico, que examinaba el armario sin tocar, se inclinó.
—Inspectora, no parece forzado.
—Fotografíe la cerradura.
—Sí.
Teresa apoyó una mano en la barra.
—Alguien tomó una taza de aquí.
—Eso parece —dijo Elena.
—Y la puso junto a Víctor.
—No sabemos todavía si la puso alguien o si Víctor la llevó.
Clara no pudo callarse.
—Marina dijo que Víctor no llevaba taza.
—Marina dijo que no lo vio con una taza —corrigió Elena—. No es lo mismo.
—Pero si la taza salió de aquí, Víctor tendría que haber venido al café, tomarla, llevarla a la plaza y luego morir junto a ella. ¿Para qué?
—Esa es una de las preguntas.
—La otra es quién quiere que parezca que la taza importa.
Elena cerró la libreta.
—Medina.
—No dije “y si”.
—Lo pensó.
—Eso todavía no es delito.
—En su caso debería ser una falta administrativa.
Teresa soltó una risa pequeña, inesperada, casi quebrada.
Clara agradeció ese sonido más de lo que habría querido admitir.
Elena se acercó al armario, observó las tazas restantes y luego miró a Teresa.
—Necesito llevarme una para comparación.
—Llévese las que quiera.
—Una basta. Y también revisaré quién tuvo acceso al local ayer y esta mañana.
—Ayer abrimos normal. Entró medio pueblo.
—Haga una lista.
Teresa resopló.
—¿De medio pueblo?
—Empiece por quien recuerde.
—Recuerdo a todos. Ese es el problema de tener un café en Valleverde.
Clara caminó hacia la barra, sin tocar nada.
Desde allí podía ver el salón entero: la puerta de entrada, las mesas, el armario, el pasillo al almacén.
Si alguien hubiera querido tomar una taza del armario, habría necesitado un momento de soledad.
O una distracción. O conocer el local lo suficiente para saber dónde estaban las cosas viejas.
Víctor había estado solo unos minutos.
Pero Víctor no tenía razón para incriminar al Portal 7 después de muerto.
A menos que hubiera tomado la taza para otra cosa.
A menos que alguien se la hubiera dado.
A menos que...
—Está pensando demasiado fuerte —dijo Elena.
Clara la miró.
—No sabía que eso hacía ruido.
—En usted, sí.
—Hay algo que no encaja.
—Solo una cosa. Qué alivio.
Clara señaló el armario.
—Si alguien quiso incriminar al Portal 7, eligió una taza vieja, no una de uso diario.
—Quizá era la que pudo tomar.
—O quizá era la que quería tomar. La línea verde es reconocible. Inés la reconoció de inmediato.
Teresa hizo una mueca.
—Inés reconocería una migaja mía en una tormenta de harina.
—Exacto —dijo Clara—. La taza no estaba allí para la policía. Estaba allí para la plaza.
Elena se quedó quieta.
No aprobó la idea.
No la rechazó.
Eso, en ella, era casi un aplauso.
Nico levantó una taza del armario usando guantes y la guardó en una bolsa.
—Inspectora, ¿también llevamos el armario?
Elena lo miró.
—No.
—Solo preguntaba.
—Procure preguntar menos cosas que requieran cargar muebles.
—Sí, inspectora.
Teresa se sentó en una de las banquetas de la barra.
Por primera vez desde la plaza, parecía vieja. No de edad, sino de golpe. Como si la mañana le hubiera quitado años de fuerza y se los hubiera puesto encima.
Clara se acercó.
—Teresa.
—Estoy bien.
—Eso no es obligatorio.
—Tengo que estarlo. Alguien puso una taza mía junto a un muerto.
—Eso no significa que crean que fuiste tú.
Teresa la miró.
—Clara, en Valleverde una taza basta para una condena social. Para la legal, quizá necesiten dos.
La inspectora guardó la libreta.
—Nadie está condenando a nadie.
Teresa sonrió sin humor.
—Usted no vive aquí.
Elena no respondió.
Tal vez porque era cierto.
El teléfono de Nico vibró. Lo miró y se enderezó.
—Inspectora. Los sanitarios confirmaron que no hay signos visibles de violencia. El médico forense viene de camino. Podría ser un infarto, intoxicación o algo así. Dicen que hasta la autopsia no—
—Gracias, Nico.
Clara frunció el ceño.
—¿Intoxicación?
Elena le lanzó una mirada preventiva.
—No.
—No he dicho nada.
—Iba a hacerlo.
—Solo iba a preguntar si encontraron restos de café en la boca o en la ropa.
—Eso es decir algo.
—Es preguntar algo.
—Preguntar, en su caso, es una forma lenta de acusar.
Teresa se levantó de golpe.
—Víctor no tomó café del Portal 7.
Elena se volvió hacia ella.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo no le serví. Y Clara tampoco. Y en el puesto nadie había empezado a servir en tazas de cerámica. Todo era para llevar o degustación en vasos pequeños.
—¿Alguien más podía servir?
—No.
Clara recordó la mesa de la feria: los vasos compostables, la cafetera grande, las servilletas, las pastas. Ninguna taza de cerámica. Teresa tenía razón. Habían llevado termos, vasos y platos, pero no tazas del local. Mucho menos del armario antiguo.
La taza había salido del Portal 7 antes de la feria.
O alguien la había llevado directamente desde el café hasta la escena.
—¿El local estuvo cerrado toda la mañana? —preguntó Elena.
—Desde las siete y media —dijo Teresa—. Salimos cargadas hacia la plaza. Cerré con llave.
—¿Alguien pudo entrar después?
—No sin llave.
Clara miró hacia la puerta.
La cerradura principal era antigua, pero sólida. La ventana lateral daba a una calle estrecha. El almacén tenía una puerta trasera.
—¿Y la puerta del almacén? —preguntó.
Teresa palideció apenas.
Elena lo notó.
—¿Qué puerta del almacén?
Teresa señaló el pasillo.
—Hay una salida trasera al callejón. La usamos para recibir entregas.
—¿Está cerrada?
—Debería.
—Vamos.
El pasillo era estrecho, con cajas apiladas contra la pared y un calendario viejo de una marca de café. Al fondo estaba el almacén: sacos, botellas, paquetes de azúcar, manteles, una escalera plegable y la puerta trasera.
La puerta estaba cerrada.
Pero no con llave.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Yo la cerré.
Elena probó el pomo con un pañuelo. La puerta se abrió hacia un callejón angosto, húmedo, donde olía a piedra vieja y a basura limpia. Limpia, pensó Clara, porque en Valleverde incluso los callejones parecían tener una reputación que proteger.
En el suelo, junto al umbral, había una marca oscura.
No era grande.
Una salpicadura.
Café.
Nico se agachó.
—Otra vez café.
—No toque —dijeron Clara y Elena al mismo tiempo.
Se miraron.
—Perdón —dijo Clara.
—No se acostumbre —dijo Elena.
El callejón salía, después de unos metros, a una lateral de la Plaza Mayor. Clara podía ver desde allí la punta de una carpa blanca.
El trayecto era corto.
Muy corto.
Alguien podía haber entrado al Portal 7 por la puerta trasera, tomado una taza del armario si sabía dónde buscar, salir por el callejón, caminar hasta la plaza y colocarla junto al cuerpo.
O algo más inquietante: alguien podía haber preparado la escena antes.
—¿Quién sabía de esta puerta? —preguntó Elena.
Teresa casi rió.
—Todo el que haya descargado harina, leche, café o cajas en los últimos treinta años.
—Entonces medio pueblo.
—Un tercio. No exageremos.
Clara miró la mancha de café junto al umbral. No parecía vieja. Tenía los bordes secos, pero el centro aún brillaba un poco.
—¿Esta mañana alguien derramó café aquí? —preguntó.
Teresa negó.
—No. Trajimos todo en termos cerrados. Y salimos por la puerta principal.
Elena tomó nota.
—Nico, fotografías. Muestra del líquido. Revise huellas si puede hacerse sin contaminar más de lo que ya está.
Nico asintió con solemnidad.
—Esta vez no piso nada.
—Excelente comienzo.
Mientras Nico trabajaba, Clara se quedó mirando el callejón.
Algo le molestaba.
No la puerta abierta.
No la mancha.
No la taza.
Bueno, sí, todo eso le molestaba, pero había algo más pequeño. Un detalle torcido, como una palabra mal escrita en una carta.
Entonces lo vio.
En una grieta del muro, a la altura de la cintura, había un hilo azul enganchado.
Clara no lo tocó.
Se inclinó apenas.
Era un hilo fino, brillante. Como de lazo. O de una cinta decorativa.
—Inspectora.
Elena se acercó.
Clara señaló.
—Ahí.
Elena miró el hilo. Luego llamó a Nico.
—Fotografía también eso.
Nico levantó la cámara.
—¿Un hilo?
—Un hilo en una escena con demasiadas tazas ya es casi un testigo.
Clara sonrió.
Elena la miró.
—No era un chiste.
—Por eso fue bueno.
Elena ignoró el comentario.
Teresa observaba el callejón con el rostro cerrado.
—Alguien entró en mi café.
La frase sonó peor que “alguien tomó una taza”.
Porque el Portal 7 no era solo un negocio. Para Teresa era casa, archivo, refugio y trinchera. Que alguien hubiera entrado por la puerta trasera no era una irregularidad. Era una profanación pequeña.
Clara sintió rabia.
No la rabia grande, cinematográfica, sino una rabia práctica. De la que ordena pensar.
—¿Quién llevaba algo azul esta mañana? —preguntó.
Elena la miró.