Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 3 — La taza que no debía estar allí
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Capítulo 3 — La taza que no debía estar allí

La taza que no debía estar allí

La Plaza Mayor tardó menos de veinte minutos en convertirse en una sala de espera al aire libre.

Nadie sabía qué esperaba exactamente.

Una explicación.

Una orden.

Un milagro administrativo que permitiera a la feria seguir funcionando sin parecer indecente.

O, más probablemente, una frase de la inspectora Vega que autorizara a todos a irse a casa y contar lo ocurrido con detalles cada vez menos verificables.

Los puestos quedaron a medio montar. Los bizcochos se enfriaban bajo campanas de cristal.

Las cafeteras seguían encendidas, con ese murmullo bajo y triste de las máquinas que no entienden la muerte.

Los banderines de colores se movían sobre la plaza con una alegría ofensiva.

Junto a la fuente, dos agentes habían colocado cinta policial alrededor del quiosco y de la carpa de organización.

Valleverde entera parecía contener la respiración.

Excepto Inés Robledo.

Inés Robledo no contenía nada. Ni la respiración, ni las opiniones, ni el resentimiento.

—Yo solo digo que, si una taza del Portal 7 aparece junto a un cadáver, alguien tendrá que explicarlo —dijo, lo bastante alto para que la escucharan tres puestos, dos jubilados y una paloma.

Teresa, sentada en un banco de piedra con las manos cruzadas sobre el regazo, no respondió.

Eso preocupó a Clara.

Teresa discutía por principio, por deporte y por higiene mental. Si no discutía, era porque algo le dolía demasiado o porque estaba pensando en una respuesta tan definitiva que habría que evacuar la plaza.

Clara prefería cualquiera de las dos opciones a aquel silencio.

—La taza todavía no se ha identificado oficialmente —dijo Clara.

Inés se volvió hacia ella con una expresión de falsa compasión que le quedaba peor que la rabia.

—Claro. Quizá la línea verde es una coincidencia. Quizá todas las cafeterías del pueblo encargaron la misma vajilla a la misma ceramista hace veinticinco años. Quizá Víctor murió de puro aburrimiento al ver la decoración.

—Inés —dijo Don Julián, desde su puesto de libros—, hay momentos en los que callar no es cobardía, sino elegancia.

—Entonces usted debería probarlo alguna vez.

El librero se llevó una mano al pecho.

—Me hiere usted en lo literario.

—No tengo tiempo para herirlo en más sitios.

Migas, sentado sobre una caja de libros junto a Don Julián, observaba la discusión con la calma de quien ha provocado guerras mejores.

Clara lo señaló.

—Y tú no te muevas.

El gato parpadeó.

Era su forma de firmar una declaración de independencia.

La inspectora Elena Vega salió de la carpa de organización con una bolsa transparente en la mano.

Dentro estaba el sobre marrón con la palabra Licencias .

Nico Paredes iba detrás de ella sosteniendo otras dos bolsas: una con la cucharilla encontrada junto al café derramado y otra con una muestra tomada del charco.

Nico tenía en el rostro la concentración de quien sabe que no debe tropezar porque todo el pueblo está mirando y porque su jefa jamás lo dejaría olvidarlo.

—Agente —dijo Don Julián—, ¿se sabe ya si la feria se suspende?

Nico miró a la inspectora.

Elena no miró a nadie en particular.

—La feria queda suspendida hasta nuevo aviso.

Un murmullo de decepción recorrió la plaza.

La muerte era terrible, por supuesto. Pero había tartas ya cortadas, café molido, masas fermentadas, permisos pagados y gente que había venido desde otros pueblos con la esperanza legítima de desayunar tres veces.

—Los responsables de cada puesto podrán recoger alimentos perecederos bajo supervisión —añadió Elena—. Nadie se lleva material de organización. Nadie mueve nada de las zonas acordonadas. Y todos permanecerán disponibles para declarar.

—¿Todos? —preguntó el hombre del puesto de quesos.

—Todos.

—Pero mis quesos—

—Sus quesos no están bajo sospecha.

—Todavía —murmuró Clara.

Teresa le dio un codazo leve.

Era buena señal. No una señal enorme, pero algo.

Elena se acercó a ellas.

—Teresa Salvatierra.

Teresa levantó la vista.

—Sí.

—Necesito revisar la vajilla del Portal 7.

Inés no intentó disimular el gesto de satisfacción.

Clara sí intentó no odiarla un poco.

Falló.

Teresa se puso de pie despacio.

—La vajilla del puesto o la del café.

—Ambas.

—La del puesto está ahí. Todo lo que trajimos está sobre la mesa o en las cajas.

—¿Y la del local?

Teresa miró hacia la calle que salía de la plaza y llevaba al Portal 7.

—El café está cerrado. Tengo las llaves.

—Entonces iremos.

Clara se adelantó.

—Voy con ella.

Elena la miró como se mira una gotera que acaba de aparecer sobre un documento importante.

—No.

—Soy parte del café.

—Es usted parte de demasiadas cosas.

—Teresa no debería ir sola.

—No va sola. Va con la policía.

—Exactamente.

La inspectora sostuvo su mirada.

Clara sostuvo la suya.

Fue un duelo silencioso, breve y completamente inútil, porque Elena Vega ganaba esa clase de duelos antes de que empezaran.

—Puede venir —dijo finalmente—, pero no toca nada. No abre cajones. No sigue al gato. No interpreta objetos en voz alta. No hace preguntas que empiecen con “¿y si?”. Y si digo que se queda fuera, se queda fuera.

—Eso es una cantidad injusta de restricciones.

—Puedo aumentarla.

—Voy en silencio.

—Eso sí sería una novedad.

Migas saltó de la caja de libros y caminó hacia ellas con decisión.

Elena señaló al gato.

—Él no viene.

Migas se detuvo.

Clara miró al gato. Luego a Elena. Luego a Teresa.

—Podría ser útil.

—Es un gato.

—Ha encontrado más cosas que Nico.

El agente, que pasaba cerca, se detuvo.

—Eso no es justo. Yo encontré las bolsas.

—Después de buscarlas diez minutos —dijo Elena.

Nico bajó la cabeza.

—Eran muchas cajas.

—El gato se queda —sentenció la inspectora.

Migas maulló, indignado.

Don Julián levantó la mano.

—Yo puedo custodiarlo.

Elena lo miró.

—No estamos entregando un prisionero de guerra.

—Todo depende de la perspectiva del gato.

—Que se quede en su puesto.

Migas, quizá por orgullo o quizá porque Don Julián había abierto una caja de libros con olor a polvo noble, aceptó el arresto provisional.

Clara se agachó frente a él.

—Ni héroe ni mártir. Quieto.

El gato le dio la espalda.

—Eso es un sí —dijo Clara.

—Eso es un gato —dijo Elena.

Caminaron hacia el Portal 7 en un grupo pequeño: Elena, Nico, Teresa y Clara. Dejaron atrás la plaza suspendida, los murmullos, las carpas blancas y el cuerpo de Víctor Almazán, que ya había sido retirado sin que la mañana recuperara por ello su forma anterior.

La calle del Reloj estaba casi vacía. La mayoría de los vecinos seguía en la plaza, alimentándose de información incompleta. Las persianas de algunas tiendas estaban a medio subir. En los balcones, dos señoras fingían regar plantas mientras observaban el paso de la comitiva.

—A la vuelta ya habrán decidido que Teresa lo mató con una magdalena —murmuró Clara.

—No des ideas —dijo Teresa.

—¿Víctor comía magdalenas?

Elena giró apenas la cabeza.

Clara levantó las manos.

—Perdón. Pregunta que empieza con “Víctor”, no con “y si”. Técnicamente permitida.

—Medina.

—Silencio. Ya voy.

El Café Portal 7 estaba a dos minutos de la plaza, en la esquina de un edificio antiguo de fachada color crema, balcones de hierro y una puerta de madera que crujía incluso cuando nadie la tocaba. Sobre el toldo verde oscuro, el nombre del local aparecía en letras doradas gastadas por el sol:

CAFÉ PORTAL 7

A Clara siempre le había parecido uno de esos sitios que no se abrían por la mañana, sino que despertaban.

El olor a café se quedaba en las paredes, en las mesas, en las grietas del suelo.

Incluso cerrado, el local parecía conservar conversaciones de días anteriores, cucharillas, risas, discusiones por fútbol, confesiones dichas demasiado bajo y silencios de personas que solo querían estar acompañadas sin tener que explicarlo.

Teresa metió la llave en la cerradura.

Le tembló un poco la mano.

Clara lo vio.

Elena también.

Ninguna dijo nada.

Entraron.

El interior estaba en penumbra. Teresa encendió las luces. Las lámparas amarillas iluminaron las mesas redondas, la barra de madera, la máquina de café, las estanterías con tarros y una vitrina vacía donde por la mañana deberían haber estado las tartas llevadas a la feria.

El local olía a azúcar, grano tostado y ausencia.

—¿Dónde guarda la vajilla? —preguntó Elena.

—La de uso diario, detrás de la barra. La antigua, en el armario del fondo.

—Empecemos por la de uso diario.

Teresa pasó detrás de la barra y abrió un armario. Filas de tazas blancas, algunas pequeñas para espresso, otras más anchas para café con leche, aparecieron ordenadas con una disciplina que Clara jamás había conseguido aplicar a ningún aspecto de su vida.

Ninguna tenía línea verde.

Elena observó.

—¿Estas son las que usan normalmente?

—Desde hace tres años —respondió Teresa—. Las compré cuando cambié la máquina.

—¿Y las de la línea verde?

Teresa no contestó de inmediato.

Luego señaló hacia el fondo.

—Allí.

El armario antiguo estaba junto a la puerta del almacén. Era alto, de madera oscura, con una cerradura pequeña que parecía más decorativa que funcional. Teresa sacó otra llave del llavero.

—¿Lo mantiene cerrado? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque guarda vajilla vieja, manteles bordados y cosas que no quiero que nadie use cuando estoy distraída.

—¿Quién tiene llave?

—Yo.

—¿Solo usted?

Teresa abrió el armario.

—Y mi hermana, pero vive en Valencia y cree que Valleverde es una enfermedad que se contagia por nostalgia.

Dentro había platos antiguos, teteras desparejadas, copas de licor que nadie usaba desde antes de que Clara naciera y, en el estante central, una fila de tazas blancas con una línea verde pintada a mano cerca del borde.

Eran idénticas a los fragmentos encontrados junto a Víctor.

Clara sintió que el local se hacía más pequeño.

Nico sacó una fotografía en el móvil oficial.

—¿Cuántas debería haber? —preguntó Elena.

Teresa miró la fila.

No tocó nada.

Contó en silencio.

Una vez.

Dos.

La segunda vez más despacio.

—Doce —dijo.

—¿Debería haber doce o hay doce?

Teresa respiró hondo.

—Debería haber doce.

Elena miró el estante.