Capítulo 2 — Un muerto junto al quiosco #3
—Mi gato encontró algo.
Elena Vega no pareció sorprendida.
Solo cansada.
—Por supuesto que sí.
Clara señaló el interior de la carpa.
—Hay café derramado. Una cucharilla. Y un sobre con la palabra “Licencias”.
La inspectora levantó la lona sin entrar. Observó unos segundos.
Su expresión cambió apenas.
No mucho.
Lo suficiente.
—Nico —llamó.
El agente apareció con una bolsa transparente en cada mano y el orgullo de quien ha sobrevivido a una misión logística.
—Sí, inspectora.
—Acordone también esta carpa.
—¿También?
—También.
Nico miró a Clara.
—¿Otra vez el gato?
—No escribas eso en la libreta —dijo Clara.
—Ya lo escribí una vez.
—Táchalo.
—No puedo tachar evidencia.
—Migas no es evidencia.
El gato maulló.
Elena se pasó una mano por el rostro.
—A partir de ahora, nadie sigue al gato. Nadie toca nada. Nadie improvisa. Y usted, Medina, se queda donde pueda verla.
—Eso suena muy restrictivo.
—Es la idea.
—¿Estoy detenida?
—No.
—Entonces técnicamente—
—Técnicamente puedo pedirle al agente Paredes que la acompañe hasta un banco y la vigile con todo el entusiasmo de alguien que preferiría estar comiendo empanadillas.
Nico levantó la mano.
—Aún tengo media.
Elena lo miró.
—No era una invitación a compartir.
Clara levantó ambas manos.
—Me quedo quieta.
—No le creo.
—Hace bien.
La inspectora entró en la carpa con cuidado, evitando el charco de café. Nico la siguió con las bolsas. Clara se quedó fuera, pero lo bastante cerca para ver cómo Elena se agachaba junto al sobre sin tocarlo directamente.
En la plaza, los murmullos se multiplicaban.
La feria ya no era feria.
Era relato.
Y Valleverde, cuando olía un relato, se volvía peligrosa.
Teresa se acercó a Clara.
—¿Qué has encontrado?
—Algo sobre licencias.
La boca de Teresa se apretó.
—Entonces sí era eso.
—¿Qué era eso?
Teresa miró alrededor antes de responder.
—Víctor dijo ayer que algunos negocios tendrían que adaptarse a la nueva normativa de la plaza.
—¿Adaptarse cómo?
—Reformas, tasas, límites de terraza, horarios, accesibilidad. Palabras que suenan razonables hasta que descubres cuánto cuestan.
Clara miró hacia el cuerpo, ahora cubierto parcialmente por una manta térmica.
—¿Y el Portal 7?
—El Portal 7 está en un edificio viejo. La cocina es pequeña. La terraza ocupa un rincón raro. Si quieren complicarnos la vida, pueden hacerlo.
—¿Víctor te amenazó?
—No usó esa palabra.
—Nadie usa esa palabra cuando amenaza bien.
Teresa cerró los ojos un instante.
—Me dijo que los tiempos cambian. Que quien no se adapta, desaparece.
Clara sintió que la servilleta volvía a pesar en su bolsillo.
7. Hoy.
No era solo un número.
Era una dirección.
Un aviso.
O una trampa.
La voz de Elena salió desde la carpa:
—Nico, fotografíe el sobre antes de levantarlo.
—Sí.
—Y no pise el café.
—No.
Se oyó un ruido húmedo.
Silencio.
—Nico.
—Ha sido la punta del zapato.
—Nico.
—Muy poco.
Clara miró a Teresa.
Teresa, pese a todo, casi sonrió.
Ese casi era importante.
En los peores momentos, Valleverde seguía siendo Valleverde.
Elena salió de la carpa con el sobre dentro de una bolsa transparente. No lo abrió allí. Miró hacia el quiosco, hacia la taza rota, hacia el cuerpo de Víctor y finalmente hacia Clara.
—Medina.
—Sí.
—La servilleta.
Clara no dijo nada.
Teresa la miró.
Migas se sentó entre ambas como si hubiera comprado entrada para el espectáculo.
Elena extendió la mano.
—La que encontró su gato dentro del quiosco.
Clara sintió que la plaza entera se reducía a ese gesto.
—No le dije que era una servilleta.
—Dijo que Migas encontró algo. Tiene una mancha de café en el puño. Y está usted tocándose el bolsillo izquierdo desde que salimos de la carpa.
Clara bajó la vista.
Era verdad.
Maldita inspectora competente.
Sacó la servilleta despacio y se la entregó.
Elena la abrió con cuidado, sujetándola por las esquinas.
Vio el número.
Vio la palabra.
No dijo nada durante unos segundos.
Luego miró a Teresa.
Después a la taza rota.
Después al puesto del Portal 7.
Los vecinos, sin saber qué estaba pasando, empezaron a murmurar igual.
Porque los vecinos no necesitan información.
Solo necesitan dirección.
—Inspectora —dijo Clara—, eso no significa necesariamente lo que parece.
Elena guardó la servilleta en otra bolsa.
—Casi nada significa necesariamente lo que parece.
—Bien.
—Pero muchas cosas empiezan pareciéndolo por una razón.
Teresa se irguió.
—Yo no tuve nada que ver con esto.
Elena la miró con una seriedad que no era acusación, pero tampoco consuelo.
—Entonces tendrá ocasión de explicarlo.
El viento movió los banderines sobre la plaza. Una taza de cartón cayó de una mesa y rodó hasta chocar contra el borde de la fuente. Nadie la recogió.
La feria había sido anunciada como una celebración de tradición, sabor y futuro.
Por ahora solo tenía un muerto, una taza rota, una servilleta con el número siete y un sobre lleno de licencias.
Migas bostezó.
Clara lo miró.
—No empieces —susurró.
Pero el gato ya miraba hacia otro lado.
Hacia el puesto de Inés Robledo.
Donde, sobre una bandeja impecable de tartaletas de manzana, había una cucharilla idéntica a la encontrada en la carpa.
Solo que aquella estaba limpia.
Demasiado limpia.