Capítulo 2 — Un muerto junto al quiosco #2
Clara observó que había elegido la frase “servidor de la comunidad” con la misma rapidez con que otros elegían “pobre hombre”.
Elena se giró hacia él.
—Concejal Echevarría. ¿Cuándo habló con él por última vez?
—Hace unos minutos. Íbamos a revisar el orden del discurso.
—¿Dónde?
—Junto al quiosco.
—¿Discutieron?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Clara miró a Teresa.
Teresa miró a Clara.
Inés Robledo miró a ambas, porque no podía soportar quedarse fuera de ninguna posible conspiración.
—¿De qué hablaron? —preguntó Elena.
Tomás se acomodó el pañuelo del bolsillo.
—De cuestiones de organización. Horarios, micrófonos, protocolo. Nada importante.
—La gente suele morir después de cosas que alguien considera “nada importante”.
El concejal parpadeó.
—No sé qué insinúa.
—Todavía nada. Estoy preguntando.
A unos metros, la ambulancia llegó sin dramatismo. Dos sanitarios bajaron con una camilla, cruzaron la cinta y confirmaron lo que la plaza ya sabía. Clara no oyó las palabras exactas, pero vio el gesto de Elena Vega, el modo en que su rostro se cerró un poco más.
Víctor Almazán no necesitaba café.
Ni médico.
Ni discurso.
La feria, oficialmente, había perdido a su organizador.
Y extraoficialmente, había ganado un cadáver.
—¿Se suspende? —preguntó una señora desde atrás.
La pregunta fue tan práctica, tan de Valleverde, que por un instante todos la miraron con indignación.
La señora se encogió de hombros.
—Tengo una tarta en el horno del puesto. Pregunto por logística.
Elena respiró hondo.
—La zona queda cerrada. El resto de la plaza se despejará hasta nuevo aviso. Todos los responsables de puestos permanecerán localizables. Nadie abandona Valleverde sin hablar con la policía.
—Valleverde tiene tres salidas —murmuró Don Julián—. Cuatro si uno cuenta el camino de las cabras.
—No cuente el camino de las cabras —dijo Elena.
—El asesino podría contarlo.
La inspectora lo miró.
Don Julián cerró el libro que seguía sosteniendo al revés.
—Solo intentaba colaborar.
—Colabore sentado.
Clara sintió que Migas rozaba su tobillo. El gato miraba fijamente hacia la taza rota.
La servilleta en su bolsillo parecía arder.
7. Hoy.
Podía entregársela a Elena en ese mismo momento.
Debía entregársela.
Pero algo la detuvo.
No desconfianza de la inspectora. Elena Vega era severa, incómoda y probablemente incapaz de disfrutar un pastel sin interrogarlo antes, pero era buena en su trabajo.
Lo que detuvo a Clara fue el número.
Siete.
El Portal 7.
La taza.
La discusión con Teresa.
La reforma.
La forma en que Víctor había dicho “hoy no”.
Si entregaba la servilleta sin entender nada, Teresa y el café quedarían dentro de la historia antes de que la historia tuviera forma. Y en Valleverde, una sospecha no necesitaba pruebas para instalarse. Le bastaba una mañana libre y tres vecinas con ganas de hablar.
Elena se volvió hacia Clara.
—Usted. ¿Qué vio?
Clara eligió las palabras con cuidado.
—Estaba en el quiosco buscando a Migas cuando escuché el grito.
—¿Dentro del quiosco?
—Sí.
—¿Por qué estaba dentro?
—Porque Migas entró.
—Naturalmente.
—La puerta estaba abierta.
—¿Encontró algo?
Clara sintió el peso de la servilleta.
Migas maulló.
Traidor, pensó Clara.
—Encontré al gato —dijo.
Elena la miró demasiado tiempo.
—¿Nada más?
Clara sostuvo la mirada.
—Nada que supiera interpretar.
No era una mentira completa.
Era una verdad doblada.
Y las verdades dobladas tenían la mala costumbre de romperse en el peor momento.
La inspectora no insistió, pero Clara notó que la había archivado en algún cajón mental con una etiqueta poco favorecedora.
—No se meta en esto, Medina.
—Ni siquiera sé qué es “esto”.
—Entonces empiece por ahí y manténgase lejos.
—Me encantaría.
—No le creo.
—Hace bien.
Nico apareció con la libreta.
—Inspectora, algunos vecinos dicen que Víctor discutió con varias personas esta mañana.
—Defina “varias”.
Nico pasó una página.
—Teresa del Portal 7 por una mesa. Inés Robledo por la mesa de Teresa. Marina Soler por un video. Don Julián por la ubicación del puesto de libros. El concejal por algo que nadie oyó. Y un hombre del puesto de quesos porque Víctor no le dejó usar un alargador.
Elena miró la plaza.
—Una feria local. Qué maravilla.
—También hay una señora que dice que discutió con él ayer porque el cartel de la feria tapa su balcón.
—Anótela.
—Ya está.
—Anote a todos.
Nico tragó saliva.
—¿A todos todos?
—A todos los que tengan boca, memoria o puesto de dulces.
El agente miró la plaza llena.
—Sí, inspectora.
Inés Robledo se acercó un paso, aunque nadie la había invitado.
—Yo quiero declarar que mi discusión fue puramente organizativa.
—Cuando quiera su declaración, se la pediré —dijo Elena.
—Lo digo porque hay personas aquí que disfrutan dramatizando.
Teresa cruzó los brazos.
—Inés, has venido al lado de un cadáver a competir por reputación.
—Y tú has traído una taza.
El silencio que siguió fue pequeño, pero afilado.
Clara sintió que la plaza entera miraba al suelo.
A la taza rota.
Blanca.
Cerámica gruesa.
Línea verde.
Teresa palideció más.
Elena Vega siguió la dirección de las miradas.
—¿Qué taza?
Inés señaló con una delicadeza venenosa.
—Esa. Parece del Portal 7, ¿no?
Elena miró a Teresa.
—¿Es suya?
Teresa abrió la boca.
No respondió.
Clara se adelantó medio paso.
—Muchas cafeterías usan tazas blancas.
Inés sonrió.
—Con una línea verde pintada a mano, no tantas.
—Tú reconocerías cualquier cosa del Portal 7 aunque estuviera enterrada bajo tres metros de azúcar glas.
—Porque tengo memoria visual.
—Porque eres una resentida profesional.
—Clara —advirtió Teresa.
Elena levantó una mano.
—Basta.
La palabra cayó con suficiente peso.
La inspectora se agachó de nuevo, observó los fragmentos de la taza y luego miró a Nico.
—Fotografíe esto. Y busque bolsas de evidencia.
—¿Bolsas de evidencia? —repitió Nico.
—Las bolsas transparentes que dicen “evidencia”.
—Ah, sí. Claro.
—Nico.
—Ya voy.
El agente salió casi corriendo.
Tomás Echevarría se aclaró la garganta.
—Inspectora, quizá conviene evitar conclusiones precipitadas. Estamos hablando de una taza. En una feria de café. Es natural que haya tazas.
Elena se puso de pie.
—Gracias por explicarme el concepto de feria de café, concejal.
Tomás apretó los labios.
—Solo digo que la imagen pública de la feria y del Ayuntamiento—
—Hay un hombre muerto.
—Por supuesto, por supuesto. Es una tragedia humana antes que institucional.
Clara pensó que nadie que dijera “tragedia humana antes que institucional” merecía estar cerca de una investigación sin supervisión.
Marina Soler, que seguía temblando, susurró:
—Víctor no tomó café del Portal 7.
Todos la miraron.
Elena fue la primera en hablar.
—¿Cómo lo sabe?
Marina tragó saliva.
—Porque lo vi hace un rato. Le ofrecieron un vaso en el puesto de patrocinadores, pero dijo que no podía tomar más café. Que le aceleraba el corazón. Tenía una botella de agua.
—¿Quién le ofreció el café?
—No sé. Había varias personas. Alguien del Ayuntamiento, creo. O de la organización.
—¿Y la taza?
Marina miró los pedazos en el suelo.
—No la llevaba él.
Elena dio un paso hacia ella.
—¿Está segura?
—Sí. Bueno, creo. Estaba grabando unas tomas generales. Víctor pasaba detrás. Tenía la carpeta y la botella. No una taza.
—Quiero ese video.
Marina apretó el móvil contra el pecho.
—No está publicado.
—No le he preguntado por su estrategia de contenidos.
—Se lo paso.
—Ahora.
Marina desbloqueó el teléfono con manos torpes.
Clara observó a los demás mientras Elena revisaba el video.
Inés miraba la taza con satisfacción contenida.
Teresa miraba la taza como si la taza la hubiera traicionado.
Tomás Echevarría miraba a Elena, no al cuerpo.
Don Julián miraba a todos.
Y Migas miraba hacia la carpa cerrada de la esquina norte, una carpa que Clara no recordaba haber visto abierta en ningún momento de la mañana.
El gato dio dos pasos en esa dirección.
—No —susurró Clara.
Migas se detuvo.
La miró.
Luego volvió a caminar.
—Migas.
El gato aceleró.
Clara fue detrás, intentando parecer una persona que pasea casualmente por una escena policial y no una sospechosa reincidente siguiendo a un gato con talento para las desgracias.
La carpa estaba a unos metros, detrás del puesto de libros de Don Julián. Tenía una lona blanca atada con cuerdas y un cartel pequeño:
Material de organización
Migas olfateó la parte inferior de la lona.
—No entres ahí —dijo Clara en voz baja.
El gato metió la cabeza por debajo.
—Claro. Porque obedecer habría sido vulgar.
Clara miró hacia Elena. La inspectora seguía con Marina y el móvil. Nico buscaba bolsas de evidencia en una caja que probablemente contenía chalecos reflectantes. Teresa discutía en voz baja con Inés. Nadie le prestaba atención.
Eso, en la experiencia de Clara, significaba que estaba a punto de tomar una mala decisión.
Se agachó junto a la lona.
—Migas, sal.
Desde dentro llegó un ruido.
No de gato.
De papel arrastrado.
Clara levantó apenas la lona.
El interior de la carpa estaba lleno de cajas, carteles, cables, manteles de repuesto y bolsas con vasos compostables. Migas estaba sentado sobre una caja de folletos, con la cola enroscada alrededor de las patas. Frente a él, en el suelo, había un pequeño charco oscuro.
Café.
Clara entró solo medio cuerpo, lo suficiente para mirar.
Junto al charco había una cucharilla.
Y al lado de la cucharilla, casi escondido bajo una caja, un sobre marrón.
No lo tocó.
Aprendía despacio, pero aprendía.
En el sobre había una palabra escrita a mano:
Licencias
Clara sintió un escalofrío.
—Medina.
La voz de Elena Vega sonó detrás de ella.
Clara cerró los ojos.
Migas, miserable criatura, empezó a lavarse una pata con inocencia.
Clara salió despacio de debajo de la lona.
—Inspectora.
Elena la miró. Luego miró la carpa. Luego miró a Migas.
—Dígame que tiene una explicación que no incluya la frase “mi gato encontró algo”.
Clara pensó en mentir.
Luego pensó en la taza, en la servilleta, en Teresa, en Víctor diciendo “hoy no”, en el sobre con la palabra Licencias.
Y decidió que ya había doblado suficientes verdades para una mañana.