Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 2 — Un muerto junto al quiosco
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Capítulo 2 — Un muerto junto al quiosco

Un muerto junto al quiosco

Durante unos segundos, nadie se movió.

Eso fue lo primero que Clara recordaría después: la quietud.

No el grito, no la carrera, no la servilleta arrugada en su mano, sino aquella suspensión absurda en medio de la Plaza Mayor.

Las cucharillas dejaron de sonar. Las conversaciones se apagaron.

Una niña soltó su globo amarillo y nadie intentó atraparlo.

El globo subió lentamente entre los banderines de la feria como si también él quisiera abandonar Valleverde antes de que las cosas empeoraran.

Luego la plaza volvió a respirar.

Y respiró mal.

—¿Qué ha pasado? —preguntó alguien.

—¿De dónde vino el grito?

—Ha sido junto al quiosco.

—No, detrás de la carpa del Ayuntamiento.

—Que alguien llame a emergencias.

—¡No empujen!

Clara bajó los escalones del quiosco con Migas pegado a sus talones. El gato, por una vez, no parecía interesado en robar comida ni en desafiar normas sanitarias. Caminaba bajo, rápido, con la cola rígida.

Eso preocupó a Clara más que el grito.

Un gato tranquilo podía ser un problema.

Un gato serio era una señal del fin de los tiempos.

Teresa ya venía hacia ella desde el puesto del Portal 7, con el paño aún en la mano y el rostro pálido.

—¿Dónde estabas?

—Buscando a Migas.

—¿Qué tienes ahí?

Clara miró la servilleta que todavía apretaba entre los dedos. La guardó en el bolsillo de la chaqueta antes de responder.

—Nada. Algo que encontró.

Teresa entrecerró los ojos.

—Clara.

—Luego.

—Cuando tú dices “luego”, alguien acaba esposado.

—Esta vez espero que no sea yo.

Ambas avanzaron hacia la parte trasera del quiosco, donde se había formado un círculo de vecinos.

No era un círculo perfecto, sino ese tipo de acumulación humana que se produce cuando todos quieren mirar y nadie quiere admitir que está mirando.

Había cabezas inclinadas, manos en la boca, móviles a medio levantar y murmullos que crecían como humedad en una pared.

Don Julián estaba al borde del grupo. Sostenía un libro abierto al revés.

—No pasen —decía, aunque nadie le había dado autoridad para impedir nada—. Un poco de decencia, por favor.

Inés Robledo, dos pasos más allá, no decía nada. Eso era inusual. Inés siempre tenía algo que decir, incluso cuando callarse era la única opción elegante.

Marina Soler temblaba con el móvil en la mano.

No grababa.

Clara lo notó.

Había momentos en que el horror real volvía inútiles las redes sociales.

—Déjenme pasar —dijo Teresa.

Algunos vecinos se apartaron. Otros se quedaron donde estaban, porque la curiosidad pesa más que la educación en casi cualquier plaza del mundo.

Clara tuvo que abrirse camino con más firmeza.

—Por favor.

Una mujer mayor la reconoció.

—Es Clara. La del Portal 7.

El comentario corrió por el grupo como una chispa.

—Ah, sí.

—La del otro caso.

—Entonces que pase.

—¿Por qué va a pasar?

—Porque estas cosas se le dan bien.

Clara se detuvo.

—Me gustaría muchísimo que dejaran de decir eso como si fuera una profesión.

Pero ya estaba dentro del círculo.

Y allí lo vio.

Víctor Almazán yacía en el suelo, junto a la estructura trasera del quiosco, medio oculto por una lona blanca caída.

Su carpeta azul estaba abierta a unos centímetros de su mano.

Varias hojas se habían esparcido sobre la piedra.

Una botella de agua rodaba despacio empujada por el viento.

Cerca de su hombro había una taza rota en tres pedazos.

No había sangre.

Eso, de algún modo, hacía la escena más extraña.

Víctor conservaba la chaqueta azul marino, la camisa clara y aquella expresión de sorpresa congelada que no pertenecía del todo al miedo ni al dolor. Pertenecía al instante exacto en que una persona comprende que la mañana ha dejado de obedecerle.

Marina Soler hizo un sonido ahogado.

—Yo... yo lo encontré así.

Teresa se llevó una mano al pecho.

—Madre mía.

Clara se agachó sin tocar nada.

—¿Alguien llamó a emergencias?

—Sí —respondió Don Julián—. La señora del puesto de miel. Tiene mejor pulso que todos nosotros juntos.

—No se acerquen más —dijo Clara.

—¿Está muerto? —preguntó una voz.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Migas apareció junto a Clara y olfateó el aire. Luego retrocedió un paso, como si incluso su curiosidad hubiera encontrado un límite.

—Migas, atrás —susurró Clara.

El gato obedeció.

Eso confirmó la gravedad de la situación.

Clara observó sin tocar. Había aprendido, a la fuerza, que una escena desordenada podía contar una historia si nadie tenía la brillante idea de pisotearla, limpiarla o llevarse un recuerdo.

La carpeta de Víctor contenía papeles con membrete del Ayuntamiento. Un plano de la plaza. Una lista de puestos de la feria. Varias hojas con horarios. Una esquina estaba mojada de café.

La taza rota le llamó la atención.

Era blanca, de cerámica gruesa, con una línea verde pintada cerca del borde. No parecía un vaso desechable de feria. Tampoco una de las tazas que el Ayuntamiento había comprado para la cata oficial, que Clara había visto esa mañana: pequeñas, transparentes, ridículamente delicadas.

Aquella taza parecía de cafetería.

De una cafetería concreta.

Clara sintió un peso desagradable en el estómago.

No.

Todavía no.

No podía ser.

—Nadie toque la taza —dijo.

Inés Robledo soltó una risa nerviosa.

—¿La taza? Hay un hombre muerto y tú piensas en la vajilla.

Clara no apartó la mirada del suelo.

—A veces la vajilla sabe más que las personas.

—Eso no significa nada.

—En Valleverde casi todo lo que no significa nada acaba significando demasiado.

Teresa se acercó un poco más, vio la taza y palideció de otra manera. No de miedo general. De reconocimiento.

Clara la miró.

Teresa negó apenas con la cabeza.

Era una negación pequeña, íntima, inútil.

Sí.

La taza era del Portal 7.

O se parecía demasiado.

Antes de que Clara pudiera decir algo, se escuchó la sirena.

La policía local de Valleverde tardó menos de cinco minutos en llegar, lo cual significaba que probablemente ya estaba en la plaza.

En efecto, el primero en abrirse paso entre la gente fue el agente Nico Paredes, joven, pecoso, con una libreta en una mano y una empanadilla a medio comer en la otra.

Se quedó mirando el cuerpo de Víctor con tal expresión de culpa que Clara dedujo que la empanadilla era de algún puesto no autorizado.

Detrás de él apareció la inspectora Elena Vega.

Y entonces la plaza se apartó de verdad.

Elena Vega no necesitaba levantar la voz.

Tenía esa clase de presencia que convertía el silencio en una orden.

Era alta, de pelo negro cortado a la altura de la mandíbula, ojos oscuros y un abrigo ligero que parecía demasiado sobrio para una feria de café y dulces.

Caminaba sin prisa, pero todos se hacían a un lado como si la prisa fuera de ellos.

Clara la conocía.

No lo suficiente para llamarla amiga.

Sí lo suficiente para saber que Elena Vega tenía muy poca paciencia con vecinos entusiastas, teorías improvisadas y gatos en escenas potencialmente criminales.

La inspectora vio a Clara agachada junto al cuerpo.

Suspiró.

—Por supuesto.

Clara levantó las manos.

—Yo también me alegro de verla.

—Medina.

—Inspectora.

—¿Por qué cada vez que hay un problema en Valleverde usted está a menos de dos metros?

—Mala planificación urbana.

—Aléjese del cuerpo.

Clara obedeció, pero no mucho.

—No he tocado nada.

—Eso esperaba.

—Migas encontró una servilleta en el quiosco.

Elena la miró.

—¿Migas?

El gato, sentado con dignidad detrás de Teresa, levantó la cabeza al oír su nombre.

La inspectora cerró los ojos un instante.

—No voy a interrogar a un gato.

—Todavía no se lo he pedido.

—Bien. Mantengamos ese estándar.

El agente Nico tragó saliva.

—Inspectora, la ambulancia viene de camino.

—Acordone la zona. Nadie entra, nadie sale sin que tomemos datos. Y que alguien apague la música.

Nico miró hacia los altavoces, de donde salía en ese momento una versión instrumental de algo alegre e insoportable. Corrió hacia el quiosco.

Elena se agachó junto a Víctor, observó sin tocar y luego miró alrededor.

—¿Quién lo encontró?

Marina levantó una mano temblorosa.

—Yo.

La inspectora se puso de pie.

—Nombre.

—Marina Soler.

—¿Qué hacía aquí detrás?

Marina tragó saliva.

—Buscaba un ángulo.

—¿Un ángulo?

—Para grabar. Para mis redes. La luz estaba mejor desde aquí y quería que salieran los banderines, pero no el contenedor.

Elena la miró en silencio.

—Es menos absurdo cuando lo explico con imágenes —añadió Marina, casi disculpándose.

—Lo dudo.

Clara se mordió el interior de la mejilla para no sonreír. No era momento. Pero la inspectora Vega tenía un talento especial para decir lo que todos pensaban y nadie debía decir.

—¿Tocó el cuerpo? —preguntó Elena.

—No. Grité. Bueno, primero dije “ay, Dios mío”. Luego grité. Creo.

—¿Vio a alguien salir de aquí?

—No. O sí. No lo sé. Había mucha gente. Estaba mirando la pantalla del móvil.

—Claro.

Marina se sonrojó.

—No estaba grabando cuando lo encontré.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No vi a nadie.

La inspectora hizo una señal a Nico, que ya volvía con cinta policial y cara de haber perdido toda inocencia administrativa.

—Anote.

Nico sacó la libreta.

—Marina Soler. Encontró el cuerpo. No vio a nadie. Buscaba un ángulo.

—No escriba lo del ángulo así —dijo Marina.

Nico levantó la vista.

—¿Cómo quiere que lo escriba?

—No sé. “Documentaba el evento”.

Elena ignoró la discusión.

—¿Cuándo fue visto con vida por última vez?

Durante un segundo nadie habló.

Luego todos hablaron a la vez.

—Hace diez minutos estaba con el concejal.

—No, antes vino al puesto de Inés.

—También discutió con Teresa.

—No discutimos —dijo Teresa.

Inés alzó las cejas.

—Vaya.

—Movimos una mesa diez centímetros —replicó Teresa—. Eso no es una discusión. Eso es urbanismo menor.

Tomás Echevarría, el concejal, apareció en el borde del cordón improvisado. Su traje claro seguía impecable, pero la sonrisa había desaparecido. Sin sonrisa, parecía más joven y menos convincente.

—Inspectora, esto es terrible. Terrible. Víctor era un servidor de la comunidad.