Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 1 — La feria del café #2
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Capítulo 1 — La feria del café #2

—Eso casi nunca es buena señal.

—Dicen que tienes talento para estar donde ocurren cosas.

—Yo diría que las cosas tienen talento para ocurrir donde estoy yo.

—Esperemos que hoy no.

La frase fue ligera. Podría haber sido una broma. Pero Clara vio que Víctor apretaba un poco más la carpeta contra el pecho.

—¿Está esperando que ocurra algo? —preguntó.

La sonrisa de Víctor se congeló.

—En una feria siempre ocurren cosas. Niños que se pierden, cafeteras que fallan, discusiones por enchufes, tartas que no llegan a tiempo. Nada grave.

Migas empezó a moverse inquieto en brazos de Clara. Estiró el cuello hacia la carpeta de Víctor y olfateó.

—Parece que le interesa su papeleo —dijo Clara.

Víctor dio un paso atrás.

—Entonces tiene peor gusto del que pensaba.

Antes de que Clara pudiera insistir, una mujer se acercó al grupo con un móvil en la mano y unas gafas de sol demasiado grandes para una mañana nublada.

—Víctor, necesito saber dónde puedo grabar el reel sin que salga el contenedor de vidrio.

—Marina, ahora no.

—Ahora sí. La luz está perfecta y la luz no espera a la burocracia.

Marina Soler era, según su propia biografía en redes, “divulgadora de experiencias gastronómicas, rutas con encanto y lecturas con alma”.

Según Teresa, era “una chica que hacía fotos a las tostadas hasta que se quedaban frías”.

Tenía miles de seguidores, una voz dulce y una capacidad extraordinaria para pronunciar la palabra “auténtico” frente a cualquier cosa que hubiera sido cuidadosamente preparada para parecerlo.

—Clara, ¿verdad? —dijo Marina—. Tú eres la del caso del Portal 7.

Clara ajustó a Migas contra su pecho.

—Soy la que sirve café en el puesto de allí.

—Perfecto. Luego te grabo. “La camarera que resolvió un misterio”. Tiene gancho.

—No soy camarera.

—Mejor. “La vecina que resolvió un misterio”.

—Tampoco soy exactamente vecina.

—No importa. Lo ajustamos.

Víctor miró el reloj.

—Marina, por favor. Luego. Tengo que revisar el programa antes del discurso.

—¿El discurso va antes o después de la cata?

—Antes.

Marina hizo una mueca.

—Error. Nadie quiere discursos antes del café.

—Es institucional.

—Peor.

Clara decidió que Marina, pese a todo, tenía algún instinto de supervivencia.

Desde el otro lado de la plaza, un hombre alto, de traje claro y pañuelo en el bolsillo, saludaba a los vecinos con una mano y sostenía un vaso de café con la otra.

Tomás Echevarría, concejal de Urbanismo, tenía el aspecto de alguien que nunca había esperado un autobús bajo la lluvia, pero hablaba de “recuperar el espacio público” con la convicción de un profeta.

Víctor lo vio y enderezó la espalda.

—Disculpadme. Tengo que hablar con Tomás.

—Claro —dijo Teresa—. No queremos retrasar el futuro.

Víctor fingió no entender el comentario y se alejó.

Clara dejó a Migas en el suelo, aunque no sin antes señalarlo con un dedo.

—Compórtate.

El gato se sentó y miró hacia otro lado, como si la idea misma de portarse mal fuera vulgar.

—¿Qué fue eso? —preguntó Clara a Teresa.

—¿Qué fue qué?

—Víctor. Tú. La tensión suficiente para cortar un bizcocho.

Teresa empezó a ordenar cucharillas.

—Nada.

—Cuando alguien dice “nada” así, normalmente significa “algo, pero no quiero que Clara lo convierta en un asunto”.

—Exactamente.

—Teresa.

La mujer dejó una cucharilla sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Víctor está metido en el proyecto de reforma de la plaza.

—¿Qué reforma?

—Una modernización. Eso dicen.

Clara miró alrededor. La plaza, con sus baldosas irregulares, sus balcones viejos, sus bancos gastados y su fuente caprichosa, le pareció de pronto vulnerable.

—¿Modernización tipo arreglar lo roto o modernización tipo subir alquileres y poner bancos incómodos para que nadie se siente?

—Todavía no lo sé.

—Pero sospechas.

—Yo siempre sospecho. Es una forma de higiene.

Clara sonrió.

—Eso debería estar en una taza.

Teresa no devolvió la sonrisa.

—Víctor vino ayer al café. Dijo que quizá habría cambios en las licencias, en los accesos, en las terrazas. Palabras bonitas. Impacto, reorganización, oportunidad.

—Amenazas con perfume.

—Algo así.

Clara miró hacia el concejal Tomás, que reía con Víctor junto al quiosco.

—¿Y el Portal 7?

—El Portal 7 está donde está desde hace treinta años.

—Eso no responde.

—No.

El murmullo de la plaza creció. Una niña pasó corriendo con un globo amarillo.

Un anciano discutía con Don Julián sobre si los libros de recetas contaban como literatura.

Inés Robledo reorganizaba sus pastelitos como si preparara soldados para una guerra.

Marina grababa un video frente a una bandeja de buñuelos, diciendo que Valleverde conservaba “la pureza de lo artesanal” mientras un técnico intentaba enchufar un altavoz detrás de ella.

Y Migas había desaparecido.

Clara tardó tres segundos en notarlo.

Fueron tres segundos de paz. Valleverde debería haberlos declarado patrimonio municipal.

—Teresa.

—¿Qué?

—¿Dónde está Migas?

Las dos miraron bajo la mesa. Luego detrás de las cajas. Luego dentro de la bolsa de servilletas, porque con Migas nunca se podía descartar ninguna arquitectura.

Nada.

—No puede haber ido lejos —dijo Teresa.

Clara ya caminaba alrededor del puesto.

—Esa frase la dicen las personas que no conocen a los gatos.

Buscó entre las carpas. Preguntó a Don Julián. Miró bajo el puesto de miel, detrás de las cajas de café, junto a la fuente. Nada. Solo una señora que aseguró haber visto “un gato naranja con cara de saber demasiado” dirigirse hacia el quiosco.

Clara sintió un pinchazo de inquietud.

El quiosco estaba en el centro de la plaza, elevado sobre tres escalones de piedra. Detrás habían colocado cajas de sonido, cables enrollados y una mesa auxiliar con botellas de agua para los organizadores. La puerta lateral, que normalmente estaba cerrada, aparecía entornada.

—Migas —llamó Clara, acercándose—. Si estás robando algo, al menos que no tenga gluten.

No hubo maullido.

Subió los escalones.

Desde allí la feria parecía aún más alegre: los banderines, las tazas, los manteles, los vecinos, los dulces alineados bajo el sol tibio de la mañana. Una postal perfecta. Clara nunca había confiado en las postales perfectas. Siempre escondían algo detrás.

Empujó la puerta lateral del quiosco.

—¿Migas?

Dentro olía a madera vieja, polvo y café frío.

Al principio no vio al gato. Vio cajas, un atril, una pila de carteles enrollados y una chaqueta azul marino colgada sobre una silla. La luz entraba en tiras finas por las rendijas de la estructura.

Entonces escuchó un ruido suave.

Rasguños.

Clara avanzó un paso.

—Migas, sal de ahí.

El gato apareció detrás del atril con algo blanco entre los dientes. Un papel. No, no exactamente. Una servilleta arrugada con una mancha oscura en el borde.

Migas la dejó caer a sus pies y maulló.

No fue su maullido habitual de hambre, indignación o superioridad moral.

Fue un sonido corto. Seco.

Clara se agachó.

En la servilleta había escrito un número.

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Debajo, una palabra apenas legible:

hoy

Clara sintió que la alegría de la plaza quedaba, de pronto, muy lejos.

Iba a llamar a Teresa cuando una voz gritó desde fuera.

No fue un grito de susto pequeño, de taza rota o niño perdido.

Fue un grito largo.

Un grito que partió la mañana en dos.

Migas erizó el lomo.

Clara salió corriendo del quiosco.

La gente se había detenido alrededor de la fuente.

Algunas personas miraban hacia la parte trasera de la plaza, donde una carpa todavía cerrada temblaba ligeramente por el viento.

Marina tenía el móvil en la mano, pero no grababa.

Inés Robledo se cubría la boca. Don Julián se había quedado inmóvil, con un libro abierto contra el pecho.

Y Teresa, al otro lado de la plaza, buscó a Clara con la mirada.

Clara apretó la servilleta en la mano.

Por primera vez aquella mañana, la Plaza Mayor ya no olía a pan, ni a café, ni a promesas pequeñas.

Olía a secreto.

Y los secretos, en Valleverde, rara vez venían solos.