Muerte en la Plaza Mayor
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Capítulo 1 — La feria del café
La feria del café
A Clara Medina le gustaban las mañanas en que Valleverde olía a pan recién hecho, a café molido y a promesas pequeñas.
No a grandes promesas. Las grandes promesas solían traer discursos, inauguraciones, concejales sonrientes y carteles con demasiados signos de exclamación. Clara desconfiaba de todo lo que necesitaba más de tres signos de exclamación para parecer alegre.
Las promesas pequeñas, en cambio, eran otra cosa.
Una taza caliente entre las manos.
Una silla libre bajo la sombra de los plátanos de la Plaza Mayor.
El sonido de una cucharilla golpeando suavemente el borde de una taza.
Un gato naranja convencido de que el mundo había sido creado, ante todo, para que él pudiera olerlo, pisarlo y, si era posible, robarle algo de mantequilla.
—Migas, no —dijo Clara, sin mirar hacia abajo.
El gato, que caminaba junto a sus tobillos con la solemnidad de un alcalde corrupto entrando a misa, se detuvo con una pata en el aire.
Clara bajó la vista.
Migas la miró.
Entre ambos había una servilleta de papel que no pertenecía a ninguno de los dos, una bolsa de tela con el logo del Café Portal 7, dos cajas de pastas de almendra y un cruasán que alguien había cometido la imprudencia de dejar demasiado cerca del borde de una mesa.
—No —repitió Clara.
Migas parpadeó despacio.
Luego siguió caminando, como si jamás hubiera tenido intención alguna de cometer un delito menor contra la repostería local.
Clara suspiró.
—Algún día te van a detener.
El gato agitó la cola, indiferente. Probablemente confiaba en ser absuelto por falta de pruebas o por exceso de encanto.
La Plaza Mayor de Valleverde no era grande, aunque los folletos turísticos insistieran en llamarla “el corazón histórico de la comarca”.
Era una plaza de piedra clara, balcones con macetas, faroles negros y bancos ocupados por jubilados que comentaban la vida ajena con una precisión que ninguna institución pública había conseguido igualar.
En el centro había una fuente modesta, más antigua que útil, y un quiosco de música que desde hacía años servía para casi todo menos para música: discursos, rifas, anuncios municipales, fotografías de bodas, refugio de adolescentes y, en una ocasión memorable, escondite de un burro que se había escapado del belén viviente.
Aquella mañana, sin embargo, la plaza parecía otra.
El Ayuntamiento había montado carpas blancas alrededor de la fuente. Había banderines de colores colgados entre los faroles, mesas cubiertas con manteles de cuadros, pizarras escritas con tiza y un cartel enorme que anunciaba:
I FERIA DEL CAFÉ Y LOS DULCES ARTESANALES DE VALLEVERDE
Debajo, en letras más pequeñas:
Tradición, sabor y futuro.
Clara se detuvo frente al cartel.
—Tradición, sabor y futuro —leyó en voz baja.
Migas maulló.
—Estoy de acuerdo. Suena a amenaza.
A unos metros, Teresa, dueña del Café Portal 7 y jefa no oficial de Clara en todo lo relacionado con café, tartas y decisiones imprudentes, levantó una caja desde el interior de una de las carpas.
—¡Clara! ¡Menos hablar con el gato y más ayudar!
—No hablo con el gato —respondió Clara, acercándose—. Lo superviso.
—Pues supervisa con las manos ocupadas.
Teresa le puso una bandeja encima sin esperar respuesta.
Era una mujer de sesenta y pocos años, pelo gris recogido en un moño imperfecto, gafas en la punta de la nariz y la autoridad tranquila de quien había servido más cafés que el número de mentiras que Valleverde era capaz de producir en un año. Que eran muchas.
El puesto del Portal 7 estaba casi listo. Sobre la mesa principal descansaban tarros de galletas de naranja, bizcochos de nuez, pastas de almendra, saquitos de café molido y una cafetera grande que exhalaba un vapor oscuro y reconfortante. Detrás, una pizarra anunciaba:
Café de la casa Tarta de limón Pastas de almendra Bizcocho de nueces No alimentar al gato
Clara señaló la última línea.
—Eso es nuevo.
—Y necesario.
Migas, sentado junto a una caja de magdalenas, se lamía una pata con expresión de ofendido histórico.
—No creo que sepa leer —dijo Clara.
—Pero tú sí.
Teresa le dio un paño limpio y señaló la mesa.
Clara empezó a ordenar los platos. Le gustaba ayudar en el Café Portal 7, aunque su relación con el lugar no hubiera comenzado exactamente como un trabajo.
Más bien como una combinación de deuda moral, curiosidad y la incapacidad de decirle que no a Teresa cuando esta la miraba por encima de las gafas.
Después de lo ocurrido en el edificio del Portal 7, Clara había prometido que su vida volvería a la normalidad.
La promesa había durado poco.
La normalidad, descubrió, era un concepto muy frágil cuando una vivía en una ciudad donde todo el mundo sabía algo, nadie decía todo y un gato podía aparecer con una pista entre los dientes antes que la policía con una libreta.
—¿Has visto a Víctor? —preguntó Teresa.
Clara acomodó una torre de servilletas.
—¿Víctor?
—Víctor Almazán. El organizador de la feria.
Clara miró hacia el quiosco, donde un hombre delgado, con chaqueta azul marino y una carpeta bajo el brazo, hablaba con un técnico de sonido. Tenía esa forma de sonreír que algunas personas practican frente al espejo: amplia, blanca, inútil.
—Creo que está allí, sonriendo como si cobrara por diente.
Teresa soltó una risa breve.
—No seas mala. Ha conseguido que el Ayuntamiento apoye la feria.
—Eso no siempre es bueno.
—Clara.
—¿Qué?
—Hoy no investigues nada.
—No hay nada que investigar.
—Exacto. Mantengámoslo así.
Clara levantó ambas manos, inocente.
—Solo he venido a servir café.
Migas eligió ese momento para meter media cabeza dentro de una bolsa.
—Y a impedir delitos.
Teresa chasqueó la lengua y apartó la bolsa del gato.
La plaza empezaba a llenarse. Llegaban familias, parejas, turistas despistados, vecinos con bolsas reutilizables y personas que aseguraban haber venido “solo a mirar” mientras ya sostenían dos paquetes de galletas y un vaso de café.
Don Julián, el librero de la plaza, abría lentamente su puesto de libros usados junto a la fuente.
Había decidido participar en la feria con una selección de novelas gastronómicas, recetarios antiguos y, por alguna razón que solo él entendía, tres ejemplares de tragedias griegas.
—El crimen y el café combinan bien —le dijo a Clara cuando pasó cerca.
—Eso espero que sea una opinión literaria.
Don Julián sonrió, mostrando los dientes pequeños y torcidos.
—En Valleverde todo acaba siendo literatura, querida. Lo malo es que a veces el autor tiene muy mal gusto.
Antes de que Clara pudiera responder, una voz aguda cortó la conversación.
—¡Ese puesto está invadiendo mi espacio!
La voz pertenecía a Inés Robledo, dueña de La Dulcería de Inés, el local más antiguo de la calle del Reloj y rival declarada de cualquier persona que se atreviera a encender un horno en un radio de cinco kilómetros.
Era baja, redonda, impecablemente peinada y llevaba un delantal blanco tan limpio que parecía una acusación contra el resto del mundo.
Señalaba con una espátula el límite invisible entre su carpa y la del Portal 7.
—Tu mesa está torcida —dijo Teresa, sin moverse.
—Mi mesa está perfectamente alineada.
—Inés, tu mesa está tan torcida como tu versión del concurso de rosquillas de 2019.
El rostro de Inés se endureció.
—Aquello fue un robo.
—Aquello fue una rosquilla cruda.
—Era una interpretación moderna.
—Era masa con pretensiones.
Clara se mordió el labio para no reír.
Migas, en cambio, no mostró ninguna discreción. Saltó sobre una caja vacía, caminó hasta el borde de la mesa del Portal 7 y olfateó en dirección al puesto de Inés, donde brillaban bandejas de hojaldres, pastelitos de crema y tartaletas de manzana.
—Ni se te ocurra —advirtió Inés.
Migas la miró con profundo desprecio.
—Perdone —dijo Clara, agarrándolo antes de que pudiera iniciar un conflicto diplomático—. Está en un momento difícil. No sabe manejar la fama.
—Ese gato debería estar en una casa, no en una feria de alimentos.
—Él también opina eso. Sobre todo la parte de alimentos.
Inés no sonrió.
—Espero que hoy no haya incidentes. Víctor prometió orden.
Al oír su nombre, Víctor Almazán apareció como si hubiera sido convocado. Caminaba deprisa, carpeta en mano, sonrisa encendida. Tenía unos cuarenta y tantos años, pelo oscuro peinado hacia atrás y un entusiasmo administrativo que a Clara le resultaba sospechoso.
—Señoras, señoras —dijo, colocándose entre las dos carpas—. Hoy es un día de celebración. Valleverde se muestra al mundo.
—Al mundo y a tres pueblos de al lado —murmuró Clara.
Víctor no pareció oírla.
—Inés, Teresa, por favor. La feria necesita unidad. Tradición. Imagen.
—Mi imagen queda afectada si invaden mi espacio —dijo Inés.
—Nadie invade nada —respondió Teresa.
Víctor levantó las manos.
—Lo soluciono ahora mismo. Movemos la mesa del Portal 7 diez centímetros a la izquierda y todos felices.
Teresa lo miró.
—¿Por qué mi mesa?
—Porque es más sencillo.
—Ah —dijo Teresa—. La justicia según la comodidad.
Víctor mantuvo la sonrisa, pero algo en sus ojos se tensó.
—Teresa, por favor. No empecemos. Hoy no.
Clara notó el cambio. Fue breve, apenas una sombra detrás del gesto amable, pero ahí estaba. Víctor no le pedía calma a Teresa como organizador de una feria. Se lo pedía como alguien que ya había tenido otra conversación con ella. Una conversación desagradable.
Teresa también lo notó, o quizá lo recordaba.
—Diez centímetros —dijo finalmente—. Ni uno más.
Víctor asintió con alivio.
—Perfecto. Eso es espíritu comunitario.
—No —dijo Teresa—. Eso es no querer empezar la mañana gritándole a un hombre con chaqueta cara.
Inés resopló, satisfecha a medias.
Víctor se inclinó para acariciar a Migas, que seguía en brazos de Clara.
—¿Y este es el famoso gato detective?
Migas le enseñó los dientes.
Víctor retiró la mano.
—Tiene carácter.
—Tiene criterio —dijo Clara.
Por primera vez, Víctor la miró con atención.
—Clara Medina, ¿verdad?
—Depende.
—¿De qué?
—De para qué.
Víctor soltó una risa educada.
—Me han hablado de ti.