Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 30 — La fiesta termina
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Capítulo 30 — La fiesta termina

Delacroix cruzó la plaza con Clara de Tebra e Inés Cardiel a ambos lados, y por primera vez desde que había empezado aquella noche nadie intentó detenerlo, preguntarle, corregirlo ni explicarle la importancia de una tradición local.

San Telmo de la Nieve había agotado incluso su capacidad para estorbar con solemnidad.

Los vecinos permanecían agrupados bajo los soportales, junto a la imagen descubierta de la Dama, frente a la Casa de los Rostros aún humeante, alrededor de los restos de una fiesta que ya no sabía si había sido celebración, juicio o velatorio.

Algunos seguían sujetando sus máscaras en la mano, como si no supieran dónde dejarlas ahora que habían perdido la utilidad de esconder algo.

Otros miraban hacia la calle que subía a la capilla del acantilado.

Todos parecían haber entendido, por fin, que la noche no terminaría donde ellos quisieran, sino donde había empezado a pudrirse veinticinco años atrás.

La nieve caía con fuerza. No era ya el adorno delicado de la invitación, ni el velo elegante de las primeras horas, sino una materia espesa, obstinada, casi física.

Se metía en los ojos, borraba las huellas, cubría la sangre, apagaba las brasas y convertía cada farol en una pequeña derrota amarilla.

Delacroix avanzó sin mirar atrás. A la izquierda, el mar golpeaba contra las rocas con una violencia que subía por el acantilado como una respiración antigua.

A la derecha, el bosque cerraba su negrura detrás de las casas, y más allá, en algún punto entre los árboles, estaba el molino donde Lucía Cardiel había intentado guardar el futuro que le robaron.

—Celia no va a huir —dijo Clara.

—No —respondió Delacroix—. Huir exige una esperanza modesta. La señora Armentia ha elegido algo bastante más teatral.

Inés caminaba con el rostro descubierto, los ojos secos y la mandíbula apretada. Ya no parecía furiosa. La furia había ardido demasiado rato y ahora quedaba algo más duro, más claro, más difícil de nombrar.

—¿Va a matarse? —preguntó.

Delacroix no contestó enseguida. La senda hacia la capilla estaba casi desierta.

Solo algunas huellas recientes rompían la nieve, y una de ellas correspondía al bastón ceremonial del Ciervo Negro.

No el bastón real de don Álvaro, que seguía bajo custodia, sino el bastón de la máscara, el objeto de la representación.

Celia había elegido los símbolos con cuidado.

Eso no era una huida. Era un último acto de puesta en escena.

—Tal vez —dijo al fin—. O tal vez intenta hacer lo único que no hizo cuando debía: ponerse en el centro de la mentira sin esconderse detrás de otra persona.

Clara soltó una risa baja, amarga.

—Un poco tarde.

—La humanidad tiene una puntualidad deplorable en materia de decencia.

Llegaron a la cruz de piedra donde la procesión se había detenido horas antes.

Allí Lucía había dejado de ser la Dama. Allí Celia se había puesto su máscara.

Allí Marisa Sada había empezado a caminar con el rostro prestado de una muchacha que ya no volvería.

Allí, quizá, todo San Telmo había cambiado de dirección sin admitirlo.

Delacroix se detuvo un instante. La cruz estaba cubierta de hielo.

En su base había restos de cera azul y ramas blancas aplastadas por las pisadas.

La noche entera parecía resumida en aquel pequeño altar miserable: fe, teatro, frío y una cantidad muy humana de cobardía.

—Aquí —dijo Inés.

No preguntaba. Lo sabía.

—Sí —respondió Delacroix—. Aquí debieron de perderla todos un poco antes de perderla del todo.

Siguieron hacia la capilla. El edificio se alzaba al borde del acantilado, blanco bajo la nieve, con la puerta abierta y las lámparas interiores encendidas.

El viento entraba y salía como si respirara por la nave.

En el umbral había una máscara blanca caída, no la de la Dama, sino una de acompañante, rota por un lado.

Delacroix no la tocó. Ya había demasiadas máscaras en aquella historia, y casi todas habían conseguido decir menos que los silencios.

Celia Armentia estaba dentro.

No había llegado al borde del acantilado.

Eso tranquilizó a Delacroix, aunque solo de una manera provisional.

Estaba de pie frente al pequeño altar de la capilla, con la máscara auténtica del Ciervo Negro entre las manos.

La había colocado sobre el ara, junto a varias velas azules encendidas.

No llevaba su máscara blanca. Tampoco el manto azul.

Se había quitado todo lo ceremonial, salvo la culpa, que le quedaba mejor que cualquier vestidura. Al oír los pasos, no se volvió.

—Sabía que vendría —dijo.

—La frase ha perdido originalidad esta noche, pero admito que era probable.

Celia miró la máscara del Ciervo. La grieta reparada en la madera parecía una herida vieja que alguien se hubiera negado a dejar cerrar del todo.

—Iba a tirarla al mar.

—Un gesto hermoso. Inútil, pero hermoso.

—A veces uno necesita hacer algo inútil.

—Sí. Por eso existen tantas estatuas.

Clara entró detrás de Delacroix. Inés se quedó en la puerta, como si necesitara aire para soportar aquella habitación. El viento movía las llamas y hacía que las sombras de las tres mujeres se estiraran sobre las paredes.

—¿Por qué te la llevaste? —preguntó Clara.

Celia giró un poco la cabeza, pero no llegó a mirarla.

—Porque no soportaba verla sobre la Dama.

Porque durante veinticinco años guardé rostros, ordené rostros, escondí rostros, y esta noche todos volvieron a mí como perros hambrientos.

El Ciervo era Álvaro. Era su poder. Su risa.

Su manera de convertirnos en piezas de su casa. Quería verlo desaparecer.

—Álvaro ya está muerto —dijo Inés desde la puerta.

Celia cerró los ojos.

—Lo sé.

—Mi hermana también.

Esa vez Celia sí se volvió. La bofetada anterior le había dejado una marca tenue en la mejilla, casi borrada por el frío y el humo. Parecía más vieja que en la plaza. Más pequeña. No derrotada de forma noble, sino simplemente humana, que era peor.

—No maté a Lucía —dijo.

Inés sostuvo su mirada.

—Pero la dejaste sola.

Celia no se defendió. Tardó unos segundos en responder.

—Sí.

La palabra fue apenas un hilo. Pero llenó la capilla.

—Y luego dejaste que la convirtieran en accidente —continuó Inés—. En leyenda. En imagen. En dinero. En fiesta.

—Sí.

—Y a mi madre en una pobre mujer agradecida.

Celia tragó saliva.

—Sí.

—Y a mí en la hermana de una muchacha que “seguramente bebió demasiado”.

Celia bajó la cabeza.

—Sí.

Inés entró al fin. No se acercó mucho. No necesitaba hacerlo. Había algo en ella que ya no buscaba golpear, ni insultar, ni arrancar una confesión. La confesión estaba allí, desnuda y pequeña. Lo terrible era que no devolvía nada.

—Entonces no me digas que no la mataste como si eso te dejara limpia.

Celia levantó los ojos. Tenía lágrimas, pero no las usó. No pidió perdón. Tal vez entendió que el perdón habría sido una nueva forma de pedir algo.

—No estoy limpia.

Clara miraba la máscara del Ciervo sobre el altar.

—Mi madre tampoco lo estaba.

Delacroix la observó de reojo. La frase no tenía crueldad. Tenía dolor.

—Su madre —dijo Celia— intentó salvar lo poco que creyó que podía salvar.

Se puso la máscara de la Dama para que la ceremonia terminara y para ganar tiempo.

Pero después no pudo vivir con eso. Álvaro la castigó, Gabriel la adormeció, yo la evité.

Todos hicimos algo pequeño y cobarde, y entre todos construimos una vida imposible para ella.

Clara apretó los labios.

—Yo era una niña.

—Sí.

—Y aun así crecí dentro del castigo.

Celia asintió.

—Sí.

Delacroix dejó que el silencio respirara. Aquella capilla no necesitaba muchas frases. Afuera, la nieve golpeaba el acantilado y el mar rugía debajo, como si toda la naturaleza estuviera dispuesta a decir lo que San Telmo había callado con tanto esfuerzo.

—Elvira Camba confesó los asesinatos de don Álvaro y Marisa Sada —dijo él—. También el ataque al doctor Lanza, el incendio y la manipulación de las máscaras.

Celia cerró los ojos.

—Entonces terminó.

—No exactamente.

Ella lo miró.

—¿No?

—Elvira mató, sí. Pero usted le entregó el escenario sin saberlo.

Encargó copias, abrió archivos, dejó entrar a una tallista desconocida porque creyó que podía controlar una tradición que ya había nacido del descontrol.

Don Álvaro planeaba usar la verdad como venganza.

Usted planeaba impedirlo con otra mentira.

Elvira planeó convertir la mentira en castigo.

Todos escribieron una parte de esta noche. La diferencia es que ella usó veneno.

Celia aceptó la frase con un leve movimiento de cabeza.

—¿Qué hará conmigo?

—Yo, nada. La justicia local, si consigue sacudirse el folclore de encima, tendrá bastante trabajo.

—¿Por lo de Lucía?

—Por encubrimiento, falsificación de testimonios, ocultación de pruebas, quizá obstrucción. Por demasiadas cosas y demasiado tarde. Pero no soy juez. Tengo la fortuna de poder irme después de ordenar la suciedad sobre una mesa.

Inés se acercó al altar y miró la máscara del Ciervo.

—No la tires al mar.

Celia pareció sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque el mar ya cargó con demasiadas culpas que no eran suyas.

La frase dejó a Celia sin respuesta. Delacroix miró a Inés con un respeto callado. Había personas que encontraban al final de una noche horrible una frase justa. Eran pocas. Casi nunca gobernaban los pueblos.

—La máscara debe quedarse —continuó Inés—. No como tradición. Como prueba. Como vergüenza. Que todos la vean. Que sepan qué cara tenía el hombre al que aplaudieron mientras mi hermana desaparecía.

Clara asintió despacio.

—Y la Dama.

—También —dijo Inés—. Quiero ver el rostro que escondieron debajo.

Celia palideció.

—No deberías.

—Eso llevo oyendo toda mi vida.

Delacroix se acercó al altar y tomó la máscara del Ciervo con el pañuelo. Luego miró a Celia.