Capítulo 29 — La mujer que volvió con otro rostro
Clara de Tebra corrió hacia la calle del puerto con una velocidad que no parecía nacida del cuerpo, sino de una infancia entera levantándose de golpe.
Delacroix fue detrás, bastante menos veloz y bastante más irritado.
A su edad, correr por calles nevadas detrás de mujeres heridas por revelaciones familiares no era una actividad que recomendara ningún médico sensato, aunque el doctor disponible en San Telmo de la Nieve se hallara, por desgracia, demasiado ocupado en sobrevivir a sus propios remordimientos.
Samuel Rego salió también tras ellos, seguido por Inés Cardiel y Teresa Valcende.
El alcalde intentó dar una orden, pero nadie la obedeció con la suficiente convicción como para que mereciera ser considerada orden.
Celia Armentia se quedó junto a la Dama, inmóvil, con el rostro blanco bajo los faroles azules.
La calle del puerto descendía entre casas estrechas, balcones cerrados y paredes húmedas que devolvían la luz de los faroles como si el pueblo tuviera los ojos llenos de agua.
La nieve caía mezclada con sal. Más abajo se oían las olas golpeando contra los muros del muelle y el crujido de las barcas amarradas.
La figura de la capucha azul avanzaba deprisa, pero no corría.
Eso fue lo primero que Delacroix notó. No corría porque no podía, o porque no lo necesitaba.
La mano derecha permanecía pegada al cuerpo.
La izquierda sujetaba una máscara clara. Clara la seguía llamando.
—¡Elvira!
La figura se detuvo al final de la calle, junto a un arco de piedra que daba al puerto viejo.
Clara frenó a pocos pasos de ella. Delacroix llegó detrás con el aliento contenido más por prudencia que por fatiga, aunque no habría jurado esa distinción ante un tribunal.
Samuel se colocó a un lado. Inés al otro.
Teresa permaneció algo más arriba, vigilando la calle por si la plaza decidía enviar curiosos, culpables o ambas cosas, que en San Telmo empezaban a ser categorías muy próximas.
La mujer de la capucha levantó la cabeza.
Era mayor de lo que Clara recordaba, naturalmente.
El tiempo había adelgazado su rostro, le había marcado los labios, le había puesto sombras bajo los ojos y una dureza tranquila en la mandíbula.
Pero la cicatriz seguía allí, una línea pequeña en la barbilla, discreta, casi íntima.
La mano derecha, parcialmente oculta bajo el manto azul, mostraba dos dedos rígidos.
No era Rafael Lúa. Nunca lo había sido. O quizá lo había sido del único modo que importaba aquella noche: como otra máscara.
—Señorita Clara —dijo.
La voz bastó. Clara se quedó inmóvil. Durante un instante dejó de ser la mujer que había cruzado la noche entre cadáveres y volvió a ser una niña escuchando una voz junto a una cama, una voz que le ataba cordones, le contaba historias o le enseñaba a tallar torpemente una figurita de madera mientras la casa Tebra fingía que su madre solo estaba cansada.
—Estabas muerta —dijo Clara.
—Eso dijo su padre.
—Yo lloré por ti.
—Lo sé.
La respuesta fue sencilla y cruel sin proponérselo. Clara cerró los ojos un segundo, como si aquella frase le hubiera devuelto una habitación entera de su infancia con todo el polvo dentro.
Delacroix se acercó un paso.
—Elvira, supongo.
—Elvira Camba.
—Rafael Lúa fue el nombre con el que volví —añadió—. Un abrigo de hombre, una bufanda hasta la boca y una voz rota por el frío hicieron el resto. En San Telmo nadie miraba demasiado cuando creía reconocer un oficio.
Inés levantó la cabeza.
—¿Camba?
La mujer la miró. No hubo sorpresa en sus ojos. Solo una tristeza vieja, cuidadosamente administrada.
—Lázaro era mi hermano.
La revelación cayó sobre la calle con una claridad casi limpia. No era Lázaro quien había vuelto con otro rostro, sino alguien que llevaba su apellido, su oficio, quizá su memoria. Inés dio un paso hacia ella.
—¿Qué le pasó?
Elvira bajó la mirada hacia la máscara que llevaba en la mano. Era la máscara antigua de la Dama, o una copia muy fiel: rostro de mujer, facciones suaves, grieta en la mejilla izquierda. La sostenía con una delicadeza que no parecía teatral.
—Lo mataron antes de que pudiera buscarla.
Inés no respiró.
—¿A Lucía?
—A Lucía. A mi hermano. A todos los que intentaron llegar a tiempo.
Delacroix levantó ligeramente el bastón.
—Los absolutos suelen quedar muy bien en las confesiones, pero son pésimos para reconstruir hechos. Empiece por su hermano.
Elvira lo miró. Sus ojos eran grises, no azules como los faroles ni oscuros como la noche. Grises de una manera agotada.
—Lázaro amaba a Lucía. Ella le había contado lo de don Álvaro, lo de los papeles, lo del molino.
Mi hermano iba a ayudarla a sacarlos del pueblo.
Esa noche esperó junto al canal seco. Lucía no llegó.
Al día siguiente encontró sangre y una cinta.
Dos días después desapareció él. Dijeron que se había marchado.
Los pobres siempre nos marchamos cuando molestamos.
Es una de las ventajas que tienen los ricos: pueden explicar nuestras ausencias con una maleta imaginaria.
Inés se llevó una mano al pecho.
—Lucía no se fue.
—No.
—¿La encontraste?
Elvira no contestó enseguida. Miró hacia el puerto, hacia el agua negra que golpeaba los muros. El viento movía la capucha sobre su cabello canoso.
—No entonces.
Delacroix oyó la precisión.
—¿Después?
Elvira volvió a mirarlo.
—Años después. Cuando trabajaba para la casa Tebra. Entré como criada con otro nombre. Quería saber. Quería acercarme a don Álvaro, a Adela, a la niña. A Clara.
Clara apretó los labios.
—¿Me cuidabas para investigar a mi padre?
—Al principio.
—Qué consuelo.
—Después te cuidé porque eras una niña sola en una casa llena de adultos cobardes.
Clara no respondió. La frase la alcanzó en un lugar donde la furia tenía menos defensas.
Elvira continuó:
—Adela me habló. No al principio. Nadie hablaba al principio en esa casa.
Pero estaba rota. No loca, no delicada, no enferma como decían.
Rota. Sabía que Lucía había llevado la máscara de la Dama.
Sabía que Álvaro había vuelto con barro y con el cuaderno.
Sabía que Celia había callado, que Marisa había fingido, que Gabriel había medicado, que Bruno había aprendido la lección más importante de su familia: sobrevivir consiste en mirar hacia donde mandan.
—Mi madre sabía dónde estaba Lucía —dijo Clara.
Elvira cerró los ojos.
—Sospechaba.
—¿Dónde?
Elvira señaló hacia el mar, pero no al mar abierto. Hacia un tramo de rocas bajo el viejo embarcadero.
—No cayó desde el acantilado. No murió en el molino.
La llevaron al puerto viejo. Había una caseta de redes, antes de que la reformaran.
Lázaro encontró allí una hebilla suya. Yo encontré, años después, un medallón bajo unas tablas.
Adela creía que Álvaro hizo sacar el cuerpo de noche y lo arrojó donde la corriente no lo devolviera.
No por miedo a la justicia. Por estética.
Don Álvaro odiaba los cuerpos incómodos.
Inés se dobló apenas, como si algo la hubiera golpeado en el estómago. Samuel la sostuvo del brazo. Ella no lo apartó.
Delacroix guardó silencio. Aquella no era aún prueba, pero sí una verdad con demasiados años de humedad encima para oler a invención reciente.
—¿Por qué volver ahora? —preguntó.
Elvira sonrió con una tristeza sin calor.
—Porque don Álvaro iba a morir sin pagar.
Y porque iba a contar la historia a su manera.
Porque Celia me dejó entrar de nuevo sin saber quién era cuando me pidió revisar las máscaras.
Porque San Telmo seguía vendiendo la fiesta como si no hubiera sido comprada con Lucía.
Porque algunas mentiras no se pudren solas. Hay que abrirles la tierra.
—Y decidió matar.
Clara miró a Delacroix, luego a Elvira. Inés también.
Elvira no bajó la vista.
—Sí.
La palabra fue pequeña. No tuvo grandilocuencia. No tuvo música. Quizá por eso resultó más terrible.
—Álvaro —dijo Delacroix.
—Sí.
—Marisa.
—Sí.
—¿Intentó matar a Samuel?
Elvira miró al carpintero.
—No. La barandilla debía romperse si alguien corría sin mirar. Era para retrasarlos.
—Una distinción cómoda cuando otra persona cae.
—Lo sé.
Samuel la miró con rabia contenida.
—Mi padre murió arruinado por decir la verdad.
—Lo sé también. Por eso dejé que encontrarais el registro.
—No lo dejaste. Lo usaste.
Elvira aceptó la corrección con una inclinación de cabeza.
—Sí.
Delacroix observó su rostro. No había placer en ella. Tampoco arrepentimiento suficiente. El arrepentimiento, para ser útil, debe llegar antes de organizar una noche de venenos, imposturas e incendios. Después solo mejora un poco la iluminación del patíbulo.
—¿El incendio?
—No quería quemar la verdad. Quería quemar las copias, los baúles falsos, las piezas que Celia usaba para seguir ordenando la mentira. Quería obligarla a sacar la caja. El fuego se extendió demasiado.
—El fuego tiene esa mala costumbre. No siempre respeta la dramaturgia del incendiario.
Elvira aceptó la frase sin defenderse.
—¿Y Gabriel Lanza? —preguntó Inés.
—Vivo.
—Lo drogaste.
—Sí.
—¿Por qué no matarlo?
—Porque Gabriel no mató a Lucía. Calló. La medicó a Adela después. Ayudó a que todos durmieran. Merece vivir con lo que sabe.
—Qué misericordia tan trabajada —dijo Delacroix.
Elvira lo miró con cansancio.
—No soy misericordiosa.
—Eso ya lo había deducido.
—Pero no quería matar a todos.
—Solo a quienes decidió que merecían morir.
—Sí.
—Una forma muy común de fundar el infierno con buenas intenciones.
Clara dio un paso hacia Elvira.
—¿Por qué me dejaste viva con él?
La pregunta no tenía que ver con la investigación. Delacroix lo supo y no intervino.
Elvira pareció recibirla peor que cualquier acusación.
—Porque era una criada. Porque no tenía poder.
Porque Adela me hizo prometer que si algo le pasaba, intentaría protegerte desde lejos.
Porque tu padre me echó antes de que pudiera llevarte.
Porque después me buscó. Porque tuve miedo.
Porque las personas que vuelven tarde siempre encuentran razones para haber tardado.
Clara apretó la mandíbula. Las lágrimas no llegaron, pero esta vez estuvieron cerca.
—Podrías haberme dicho la verdad.
—Eras una niña.
—Luego dejé de serlo.
—Y yo seguí siendo cobarde.
La frase quedó allí, sin defensa posible. Clara bajó la mirada hacia la máscara de la Dama que Elvira llevaba en la mano.
—¿Por qué eso?
—Porque Adela la guardó. La verdadera. No la de madera de la iglesia. La del rito. Me la dio antes de morir. Me dijo que una máscara puede ocultar una mentira o sostener a alguien hasta que se atreva a hablar. Yo elegí mal durante años. Esta noche elegí peor.
Delacroix se acercó otro paso.
—Entréguemela.
Elvira la sostuvo contra el pecho.
—No.
—Madame Camba.
—No.
No fue un desafío. Fue una súplica endurecida por demasiada vida.
—Quiero verla una vez más sin velo —dijo ella—. A la Dama. A Lucía. A Adela. A todas. Después iré con usted.
—No está en posición de poner condiciones.
—Nunca lo estuve. Eso no impidió que los demás me las pusieran.
Inés habló entonces.
—Dásela.
Elvira la miró.
—Era de tu hermana también.
—No. De mi hermana era su cara. Su vida. Su futuro. Todo eso ya se lo quedó el pueblo. No le dejes también la excusa.
La frase hizo más que cualquier amenaza.
Elvira cerró los ojos y, muy despacio, tendió la máscara a Delacroix.
Él la tomó con ambas manos, usando el pañuelo.
La madera era ligera, antigua, cálida pese al frío.
Tenía una grieta en la mejilla. Por dentro había una inscripción, distinta a la que habían visto en la iglesia.
L.C.
No Lucía Cardiel únicamente, pensó. También Lázaro Camba. También, quizá, las iniciales que el asesino había querido convertir en firma y laberinto a la vez.
Desde la plaza llegó un grito. Teresa apareció en la parte alta de la calle.
—¡Monsieur Delacroix!
Delacroix se volvió, sin soltar la máscara.
—¿Ahora qué?
—Celia ha desaparecido.
Elvira abrió los ojos.
—No.
Clara giró hacia la plaza.
—¿Qué quiere decir?
Teresa bajó unos pasos.
—Estaba junto a la Dama. Bruno discutía con el padre Elías. Hubo un apagón en los faroles del centro. Cuando volvieron a encenderse, Celia no estaba. Y tampoco la máscara del Ciervo.
Elvira dio un paso atrás, sinceramente sorprendida.
Delacroix vio esa sorpresa. La creyó.
Y eso lo inquietó más que todo lo anterior.
—Usted no la envió —dijo.
—No.
—Y no sabía que desaparecería.
—No.
Delacroix miró hacia la plaza, hacia las luces azules, hacia la imagen de la Dama y el edificio humeante de la Casa de los Rostros.
Durante toda la noche habían seguido a una vengadora que convertía la verdad en espectáculo. Pero una pieza seguía moviéndose fuera de su relato. Celia Armentia, la mujer que guardaba los rostros, acababa de llevarse el rostro del Ciervo.
—Señor Rego —dijo Delacroix—, lleve a Elvira a la posada. Si intenta huir, sea cortés solo si no le estorba.
Samuel asintió.
—Clara, Inés, conmigo.
Elvira alzó la voz.
—¡No deje que Celia llegue a la capilla!
Delacroix se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque si lleva la máscara del Ciervo allí, no quiere huir.
La nieve cayó entre ellos, blanca, espesa, casi silenciosa.
—Quiere terminar la fiesta —dijo Elvira.
Delacroix se ajustó los guantes.
—Naturalmente —murmuró—. En San Telmo, incluso la culpa parece incapaz de retirarse sin ceremonia.
Y echó a andar hacia la plaza, mientras la medianoche, suspendida durante toda la noche, empezaba por fin a caer sobre el pueblo.