Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 28 — La última Dama #2
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Capítulo 28 — La última Dama #2

—Un asesino, señor Sada. Hasta ahora solo tenemos un nombre que alguien nos ha dejado en el camino con una generosidad excesiva.

En ese momento Samuel Rego se acercó con la fotografía de Lucía y Lázaro, que Delacroix había dejado al cuidado de Teresa. La miró bajo la luz de un farol.

—Hay algo mal.

—¿Qué? —preguntó Inés.

—La mano.

Delacroix se inclinó.

—Explique.

Samuel señaló la fotografía. Lázaro Camba sostenía una pieza de madera a medio tallar. Se le veían ambas manos. La derecha, larga, fina, sin deformidad visible. Los dedos estaban extendidos con naturalidad.

—Iván dijo que Rafael Lúa tenía dos dedos rígidos por un accidente de juventud —dijo Samuel—. Pero aquí Lázaro no los tenía.

—La fotografía pudo ser anterior al accidente.

—Sí. Pero mire esto.

Samuel giró la fotografía. En el reverso, junto a la frase escrita por Lucía, había una fecha.

Invierno de 1907.

—La desaparición de Lucía fue en 1908 —dijo Inés.

—Un año antes —añadió Samuel—. Si Lázaro se lesionó después, pudo ser.

Pero mi padre conocía a todos los tallistas de la zona.

Una lesión así se habría sabido. Trabajar madera con dos dedos rígidos no es imposible, pero deja una manera distinta de tallar.

La segunda máscara del Ciervo… no parecía hecha por alguien con esa limitación. Al menos no toda.

Delacroix sintió que la pieza volvía a moverse.

La mano lesionada podía ser una marca real del tallista o un detalle adoptado, una forma de fabricar un cuerpo reconocible, un rasgo para que testigos como Iván señalaran hacia un hombre específico.

Una cicatriz, dos dedos rígidos, un nombre falso, un oficio verdadero. Demasiado perfil. Demasiado cómodo.

—Señor Rego —dijo—, ¿podría alguien imitar el trabajo de un tallista?

—Un tallista bueno, sí. Un tallista excelente, no.

—¿Y Rafael Lúa?

—Era bueno.

—¿No excelente?

Samuel miró hacia la Casa de los Rostros humeante.

—La copia del Ciervo tenía detalles torpes. No muchos. Pero los tenía. La persona que la hizo sabía copiar, no crear.

—Lázaro Camba, según Lucía, tallaba piezas propias.

—Sí.

—Entonces tal vez Rafael Lúa no era Lázaro Camba.

Inés se volvió hacia él.

—¿Qué?

—Tal vez alguien usó el nombre, la historia y el oficio de Lázaro del mismo modo que usó la máscara del Ciervo, la de Lucía y la de la Dama. Como un rostro.

Celia levantó la mirada lentamente.

—No.

Delacroix la observó.

—¿A quién está negando?

Ella tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

—Esa respuesta es posible, pero no convincente.

Celia miró hacia la imagen de la Dama. Después hacia Clara. Después hacia Inés. Parecía buscar en el pasado una puerta menos terrible que la que acababa de abrirse.

—Adela tuvo una criada —dijo al fin—. Una muchacha que llegó de fuera después de la desaparición de Lucía. Se llamaba Elvira. O eso creo. Era silenciosa. Muy buena con las manos. Cuidó de Clara cuando era niña.

Clara se tensó.

—Elvira no era una criada. Era mi niñera.

—Sí.

—Murió cuando yo tenía ocho años.

Celia negó despacio.

—Eso dijo tu padre.

La plaza pareció inclinarse otra vez.

Clara no habló. Por primera vez en toda la noche, pareció realmente asustada.

—¿Qué está diciendo? —preguntó Delacroix.

Celia respiró hondo.

—Que Elvira desapareció. Como desaparecían las cosas incómodas en la casa Tebra.

Adela confiaba en ella. Demasiado. Le hablaba de Lucía, de la máscara, de la carta.

Después de la muerte de Adela, Elvira intentó llevarse algunos papeles.

Álvaro dijo que se había marchado. Luego dijo que había muerto. Luego nadie volvió a hablar de ella.

Clara bajó la voz.

—Elvira tenía una cicatriz en la barbilla.

Nadie se movió.

—De una caída —continuó Clara—. Y dos dedos de la mano derecha rígidos. Yo… yo la recuerdo atándome los cordones con la izquierda.

Samuel levantó la cabeza.

—Pero Iván dijo que era una mujer con cicatriz.

—Sí —dijo Delacroix—. Y nosotros, muy amablemente, permitimos que el nombre Rafael Lúa nos hiciera pensar en un hombre.

Inés cerró los ojos.

—Elvira.

Clara parecía haber perdido el color.

—Ella me enseñó a tallar una figurita una vez. Una torpe. Decía que la madera guardaba mejor las caras que la gente.

Celia se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Delacroix no compartía la costumbre de llamar a Dios cada vez que los hombres y mujeres de un pueblo descubrían las consecuencias de sus actos, pero decidió no señalarlo. La noche ya tenía suficiente crueldad.

—Elvira conocía a Adela —dijo—. Conocía la casa Tebra. Conocía la historia de Lucía. Pudo haber conservado papeles. Pudo haber vuelto como Rafael Lúa, o haber usado ese nombre para contratarse a través de cartas. Pudo hacer o encargar copias. Pudo conocer las máscaras desde dentro.

—¿Y Lázaro? —preguntó Inés.

—Quizá muerto. Quizá desaparecido. Quizá una sombra usada por alguien que sabía que su nombre nos llevaría hacia el amor de Lucía y no hacia la criada de Adela.

Clara miró hacia la calle del puerto.

—Elvira está viva.

No era una pregunta.

Delacroix siguió su mirada. En la nieve, al otro lado de la plaza, una figura permanecía bajo el arco que llevaba a la calle baja.

No se acercaba. No huía. Llevaba un manto azul, el rostro descubierto y el cabello cubierto por una capucha.

A esa distancia era difícil ver los rasgos, pero no la postura.

Una mano derecha pegada al cuerpo. La izquierda sujetando algo pequeño y claro.

Una máscara.

Clara dio un paso.

—Elvira.

La figura inclinó la cabeza, como si hubiera oído su nombre después de muchos años.

Luego desapareció hacia la oscuridad de la calle del puerto.

—No la sigan todos —dijo Delacroix.

Pero Clara ya corría.

Y por primera vez en toda la noche, Delacroix perdió la paciencia.

—Maldita sea —murmuró—. Las revelaciones familiares deberían venir con correa.