Capítulo 28 — La última Dama
La frase del doctor Lanza quedó suspendida sobre la plaza como una campana que nadie se atrevía a terminar de oír.
Celia no fue la última Dama.
Durante unos segundos, ni siquiera el incendio pareció hacer ruido.
La Casa de los Rostros seguía humeando a espaldas de todos, con las ventanas negras, las paredes manchadas y varios vecinos arrojando los últimos cubos de agua sobre un fuego que ya no rugía, sino que respiraba con resentimiento.
En la plaza, la imagen de la Dama permanecía descubierta, con la máscara añadida sobre el rostro y la del Ciervo Negro colocada a sus pies como una pieza arrancada de otro rito.
Las máscaras quemadas se amontonaban sobre la nieve.
Algunas todavía desprendían pequeños hilos de humo.
Parecían cadáveres menores, rostros a los que nadie iba a reclamar.
Celia Armentia no se movió. No fingió no entender.
Eso fue lo primero que Delacroix apreció.
El silencio de una persona que no comprende tiene bordes blandos; el de Celia estaba afilado.
Había entendido perfectamente lo que Gabriel Lanza acababa de decir desde el puerto viejo, incluso antes de que el médico llegara a repetirlo con su propia voz.
Clara de Tebra también lo entendió de otra manera, más instintiva y más peligrosa.
Miró a Celia, luego a Delacroix, luego hacia la casa Tebra, que seguía en lo alto del pueblo con sus ventanas oscuras, ajena en apariencia al fuego, a la nieve y a los muertos que llevaban toda la noche saliendo de sus cimientos.
—¿Qué significa? —preguntó Clara.
Celia no respondió.
—He preguntado qué significa.
—Lo he oído.
—Entonces contesta.
La voz de Clara no temblaba, pero había algo en ella que Delacroix reconoció: no miedo a la respuesta, sino miedo a que la respuesta encajara demasiado bien con una sospecha que llevaba años esperando nombre.
Teresa Valcende llegó con el abrigo cubierto de nieve y hollín.
Detrás venían dos hombres del puerto sosteniendo al doctor Lanza, que caminaba a duras penas, envuelto en una manta y con el rostro gris.
Tenía un corte nuevo en la ceja, la ropa mojada y las manos temblorosas.
Aun así, sus ojos estaban más vivos que en el consultorio.
El miedo, cuando no mata, a veces despeja.
—Siéntelo —dijo Delacroix.
Lo acomodaron en un banco bajo los soportales. Nico apareció con una taza de agua caliente que probablemente habría sido inútil para cualquier dolencia concreta, pero que tenía la dignidad de las cosas ofrecidas con buena voluntad. Lanza bebió un sorbo, tosió y miró a Celia.
—Dilo tú —murmuró.
Celia cerró los ojos.
—Gabriel…
—No. Ya no. Don Álvaro está muerto. Marisa está muerta. La Casa de los Rostros casi arde entera. Y si sigo callando, alguien va a decidir por mí la forma exacta de mi cadáver. Dilo tú.
El alcalde Bruno Sada se acercó despacio.
—¿Qué está pasando?
Rosario Vilar, desde su puesto, respondió antes que nadie:
—Lo mismo que hace veinticinco años, Bruno. Solo que ahora la mentira tiene artritis y se le caen las piezas.
Nadie la corrigió. Delacroix pensó que, si aquella mujer hubiera sido alcaldesa, San Telmo quizá habría terminado igual de condenado, pero al menos con frases mejores.
—Doctor —dijo—, ¿quién fue la última Dama?
Lanza miró a Clara.
Y eso bastó.
Clara retrocedió medio paso.
—No.
El médico bajó la vista.
—Adela.
La palabra cayó con una suavidad espantosa. No fue un grito. No fue una acusación. Fue apenas un nombre de mujer, y sin embargo pareció atravesar toda la plaza hasta golpear los retratos colgados en la casa Tebra.
Clara se quedó inmóvil.
—Mi madre.
Celia habló entonces, sin levantar la mirada.
—Sí.
Inés Cardiel soltó aire por la nariz, casi una risa, pero no había humor en ella. Samuel Rego se llevó una mano a la frente vendada. Teresa cerró los dedos sobre el hombro de Nico para impedirle acercarse más. El muchacho, por primera vez en toda la noche, no protestó.
—Explíquelo —dijo Delacroix.
Celia miró hacia la Dama de madera.
—Después de que Lucía desapareciera en el molino, la ceremonia quedó rota.
Yo llevaba la máscara de la Dama. Marisa llevaba la de Lucía.
Pero había demasiada gente en el camino, demasiados ojos, demasiadas preguntas.
Lucía debía desaparecer simbólicamente al final del rito y la Dama debía regresar velada, sin rostro, llevada por las portadoras.
Era la parte antigua. Si no se cumplía, alguien entendería que no había sido una desaparición ritual, sino una desaparición real.
—Y usted no podía hacerlo —dijo Delacroix.
—No. Yo estaba buscando a Lucía. O fingiendo buscarla. Ya no sé cómo llamarlo sin mentir. Fui al molino, vi la sangre, vi el hueco abierto, vi que no estaba. Cuando volví hacia la capilla, Adela estaba allí.
Clara no parpadeaba.
—Mi madre estaba en la fiesta.
—Sí —dijo Lanza—. No debía participar. Era la esposa de don Álvaro, no una portadora. Pero estaba allí.
—¿Por qué?
Celia miró a Clara con algo parecido a piedad, y tal vez por eso Clara endureció más el rostro.
—Porque sabía más de lo que parecía. Adela no era feliz, Clara. Eso quizá lo sabes. Pero tampoco era ciega. Había leído cartas, había visto pagos, había visto a Lucía salir de la casa Tebra llorando. Tu madre sabía que Álvaro era capaz de muchas cosas. Esa noche nos siguió hasta la capilla.
—¿Y se puso la máscara de la Dama?
—Sí.
—¿Para qué?
Celia tragó saliva.
—Para cerrar la ceremonia.
La bofetada que Inés le había dado antes pareció pequeña al lado de aquella frase.
—¿Para cerrar la ceremonia? —repitió Clara.
—Adela dijo que si la fiesta se rompía en ese momento, Álvaro lo controlaría todo. Que él diría que Lucía había huido, que nosotros la habíamos ayudado, que el pueblo había ofendido a la Dama. Dijo que había que ganar unas horas. Hasta encontrarla. Hasta saber si estaba viva.
—¿Y la encontraron?
Nadie respondió.
Clara rió. Una risa mínima, seca, partida por dentro.
—Claro que no.
Lanza se inclinó hacia delante, con dificultad.
—Adela se puso la máscara de la Dama y regresó con las portadoras hasta la plaza.
Nadie vio su rostro. Nadie podía verlo. El rito continuó.
La gente cantó. La Dama volvió velada. A medianoche, cuando todos se quitaron las máscaras, Lucía ya no estaba, Marisa ya se había quitado la suya, Celia estaba en la Casa de los Rostros, y Adela… Adela volvió a ser la esposa de Álvaro.
Inés miró la imagen de madera.
—Así que hubo tres mujeres bajo la misma máscara.
—Lucía —dijo Delacroix—. Celia. Adela.
—Y una cuarta bajo la de Lucía —añadió Clara—. Marisa.
—Exacto.
El mecanismo antiguo se desplegó al fin ante ellos con una claridad tan cruel que casi resultaba elegante.
Lucía había salido como Dama, se había quitado la máscara en la cruz, quizá para ir al molino.
Celia se la había puesto para sostener la ceremonia.
Marisa había llevado la máscara de ave para fingir que Lucía iba hacia el acantilado.
Adela había tomado después la máscara de la Dama para cerrar el rito y devolver al pueblo la ilusión de continuidad.
Cuatro mujeres, dos máscaras, una desaparición.
Y luego veinticinco años de tradición reforzada, embellecida y convertida en leyenda por el hombre que más se había beneficiado de ella.
—Mi madre guardó la parte inferior de la carta —dijo Clara, casi para sí—. Sabía.
—Sí —dijo Celia.
—¿Y mi padre?
—Tu padre supo que Adela había participado. No al principio, quizá. Pero lo supo. Y la castigó por ello a su manera.
Clara la miró.
—¿Qué manera?
Celia no contestó. Lanza sí.
—La encerró en vida.
El silencio se volvió más pesado.
—No con llave —añadió el médico—. Don Álvaro era demasiado fino para eso. La alejó de todos, la llamó delicada, nerviosa, enferma. Hizo que nadie le creyera cuando hablaba de Lucía. Hizo que incluso sus gestos parecieran síntomas. Yo le di calmantes.
Clara giró hacia él.
—¿Tú?
—Sí.
—¿También a ella?
Lanza bajó la mirada.
—Sí.
Clara se acercó tan despacio que Delacroix pensó que quizá el médico habría preferido una carrera, un grito, incluso un arma. La lentitud de Clara tenía algo de sentencia aristocrática heredada y vuelta contra su propia casa.
—Mi madre no estaba delicada —dijo.
—No como decían.
—La drogabais.
—La calmábamos.
—La drogabais.
Lanza no volvió a defenderse.
—Sí.
Clara le cruzó la cara con una bofetada precisa. No fue impulsiva. Fue casi formal. El médico la recibió sin levantar las manos. Delacroix no intervino. Había noches en las que impedir todos los golpes habría sido una forma ridícula de favorecer a los vivos equivocados.
—¿Adela murió por eso? —preguntó Delacroix.
Celia negó.
—Murió años después. Enferma de verdad. O cansada. O las dos cosas. Pero antes escondió la carta. Y quizá algo más.
—El sobre que don Álvaro quería entregar a Clara.
—Puede ser.
Clara se apartó del médico y miró hacia la casa Tebra. La nieve caía entre ella y la casa como un velo.
—Mi padre no quería confesar por Lucía —dijo—. Quería usar también a mi madre.
—Probablemente —respondió Delacroix—. Si iba a destruir a todos, la participación de Adela era una pieza perfecta. Manchaba incluso su propia casa. Y, de paso, le permitía decidir qué recuerdo de su esposa sobreviviría.
—Un último acto de amor familiar —murmuró Rosario—. Los ricos siempre han tenido formas muy caras de ser miserables.
El alcalde Bruno Sada se pasó una mano por el rostro.
—Entonces Lázaro Camba está vengando no solo a Lucía, sino también a Adela.
—No se apresure —dijo Delacroix.
—¿Por qué no? Todo encaja.
—Las trampas también encajan cuando las monta alguien competente.
—Pero Lázaro amaba a Lucía. Volvió como tallista. Copió las máscaras. Sabía trabajar la madera. Tenía acceso. Pudo robar los frascos, las cartas, todo.
—Sí.
—Entonces es él.
—Quizá.
Bruno perdió la paciencia.
—¿Qué más necesita?
Delacroix lo miró con calma.