Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 27 — Medianoche suspendida
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Capítulo 27 — Medianoche suspendida

El fuego tenía un talento vulgar para imponer sinceridad.

No necesitaba discursos, ni máscaras, ni tradiciones, ni alcaldes hablando de calma con la cara de un hombre que ya no podía encontrarla ni en sus propios bolsillos.

Bastaba una llama en el lugar adecuado para que todo un pueblo recordara que la madera ardía, que la piedra se manchaba, que los secretos también podían tener humo y que ninguna leyenda local servía de mucho cuando las ventanas empezaban a vomitar luz naranja.

La Casa de los Rostros ardía desde la planta baja.

Al principio no fue un incendio grande. Fue peor: fue un incendio inteligente.

Una línea de fuego se arrastraba por las mesas donde habían quedado restos de barniz, paños, cintas y pequeñas virutas de madera; las llamas subían por los percheros de telas, mordían las máscaras colgadas en las paredes y convertían en sombras vivas los rostros de santos, animales y demonios.

Desde la calle, los vecinos gritaban, corrían, se empujaban y hacían lo que suelen hacer las multitudes ante el fuego: estorbar con mucho entusiasmo a quienes intentaban apagarlo.

Celia Armentia llegó antes que nadie. Cruzó la plaza con la máscara blanca aún en una mano, el manto azul medio suelto y el rostro desencajado por una clase de terror que Delacroix no le había visto ni ante el cadáver de don Álvaro ni ante la confesión de Emilia Luar.

No era miedo al fuego. Era miedo a lo que el fuego estaba tocando.

La Casa de los Rostros no era para ella un edificio; era un archivo, un altar, un almacén de obediencias.

Y alguien acababa de prenderle fuego con una precisión casi íntima.

—¡Agua! —gritó el alcalde Bruno Sada detrás de ellos—. ¡Traed cubos! ¡Rápido!

Por una vez, la orden era razonable. El pueblo reaccionó con esa eficacia que los lugares pequeños reservan para las desgracias visibles.

Hombres y mujeres formaron una cadena desde la fuente, los niños fueron apartados a empujones, los comerciantes retiraron mesas y barriles, y los músicos dejaron sus instrumentos en el suelo como si hubieran comprendido por fin que aquella noche ya no necesitaba acompañamiento.

Teresa Valcende puso a Nico a organizar a otros muchachos con una autoridad que habría hecho palidecer a varios oficiales.

Rosario Vilar, desde su mesa de rosquillas, señaló con el bastón a dos hombres que parecían más decididos a mirar que a ayudar.

—¡Vosotros dos, moved el culo! —gritó—. ¡Si el pueblo se quema, mañana no tendré a quién venderle nada!

Delacroix habría celebrado la frase en otro momento.

En ese, se limitó a llegar hasta la puerta de la Casa de los Rostros y cubrirse la boca con un pañuelo.

El humo salía espeso, negro, con olor a barniz, cera, tela vieja y madera pintada.

Samuel Rego apareció a su lado, pálido pero decidido, con el brazo herido pegado al cuerpo.

—No entre —dijo el carpintero.

—Le agradezco el consejo. Sería más fácil obedecerlo si la señora Armentia no estuviera a punto de ignorarlo de forma espectacular.

Celia estaba ya en el umbral. Dos vecinos intentaron sujetarla, pero ella se soltó con una fuerza nacida del pánico.

—¡Las cajas! —gritó—. ¡Hay que sacar las cajas de arriba!

Inés Cardiel, que había llegado detrás de Delacroix, la miró con una furia casi fría.

—¿Ahora sí te importan los recuerdos?

Celia no respondió. Entró.

—Maldita sea —dijo Samuel.

Y entró tras ella.

Delacroix los siguió antes de que la sensatez tuviera tiempo de presentar una queja formal. Clara de Tebra apareció a su lado con un cubo de agua en la mano y el rostro cubierto de hollín antes incluso de entrar.

—No diga que no vaya.

—No iba a hacerlo. A estas alturas, madame, su talento para desobedecer puede resultar útil.

Dentro, el calor golpeaba con más fuerza que las llamas.

La sala principal ardía en el lado de las mesas, pero todavía se podía cruzar pegados a la pared derecha.

Varias máscaras colgadas se estaban deformando.

Algunas caían al suelo con sonidos secos, pequeños, casi humanos.

Una máscara de lobo se partió en dos. Una de dama empezó a ennegrecerse por la boca.

Una de niño, demasiado parecida a un rostro real, se derritió en los bordes con una lentitud obscena.

Delacroix pensó que había formas de destrucción que, incluso cuando eliminaban objetos culpables, seguían pareciendo asesinatos menores.

Celia subía por la escalera hacia el piso de los baúles. Samuel la alcanzó a mitad de camino.

—¡No puede subir!

—¡Apártate!

—¡Se va a hundir el techo!

—¡No son solo máscaras!

Aquella frase hizo que Delacroix acelerara. No son solo máscaras. En una noche hecha de símbolos, era quizá la primera frase verdaderamente práctica que Celia pronunciaba.

Subieron. Arriba el humo era más denso. El fuego todavía no había devorado la sala, pero ya lamía la parte baja de los percheros y avanzaba por el suelo como si alguien hubiera derramado aceite en líneas concretas.

No era un incendio accidental. Las llamas seguían un camino demasiado limpio: desde el baúl de los Tebra hacia los de Armentia, Cardiel y Sada.

Delacroix lo vio de inmediato. Samuel también.

—Lo han preparado —dijo el carpintero, tosiendo.

—Sí. Incluso el fuego parece haber recibido instrucciones en este pueblo.

Celia se arrodilló ante el baúl de Armentia, abrió la tapa y empezó a sacar documentos, cintas, telas, una caja pequeña de metal.

No fue hacia el baúl de los Tebra. No fue hacia las máscaras ceremoniales.

Fue hacia la caja de metal. Delacroix se acercó mientras Clara arrojaba agua sobre un tramo de suelo que empezaba a arder.

—Señora Armentia.

—Ayúdeme o apártese.

—Qué tono tan poco ceremonial.

Celia apretó la caja contra el pecho. El humo le hacía llorar, aunque quizá no solo el humo.

—Aquí están los registros de las máscaras. Los nombres. Los cambios. Los años.

—¿Incluido el año de Lucía?

Ella lo miró.

—Sí.

Un crujido fuerte sacudió el techo. Samuel maldijo.

—¡Abajo!

—Un momento —dijo Delacroix.

El baúl de los Cardiel estaba abierto. No ardía todavía, pero el fuego se acercaba por una línea de aceite que brillaba sobre la madera del suelo.

Dentro quedaban telas y listas, pero algo sobresalía bajo un doble fondo mal cerrado.

Delacroix se agachó, metió el bastón y levantó la tablilla.

Había un sobre encerado, antiguo, escondido donde por la mañana no lo habían visto.

O quizá alguien acababa de dejarlo allí antes de prender fuego. Lo tomó con el pañuelo.

—Ahora sí.

—¡Ahora no! —gritó Clara.

Una viga pequeña cayó sobre una mesa cercana y levantó una nube de chispas.

Samuel agarró a Celia por la cintura y la obligó a levantarse.

Ella protestó, pero tosió con tanta violencia que perdió fuerza.

Clara empujó a Delacroix hacia la escalera con una falta de respeto física que, en otras circunstancias, habría merecido una observación severa.

Bajaron casi a ciegas, entre humo, calor y el sonido de máscaras cayendo a sus espaldas.

Al llegar al último escalón, la pared de la derecha empezó a arder con un chasquido rápido: barniz, telas, madera seca, años de rostros preparados para fingir.

Salieron a la calle entre gritos.

La nieve les cayó encima como una bendición mal educada.

Celia se dobló tosiendo, la caja de metal aún contra el pecho.

Samuel cayó de rodillas. Clara tenía un mechón de cabello chamuscado y la manga del abrigo ennegrecida.

Delacroix se apoyó un momento en el bastón, más por irritación que por debilidad, y respiró aire helado con una gratitud que no pensaba admitir en voz alta.

Teresa apareció con un cubo de agua y una expresión furiosa.

—¿Están locos?

—Probablemente —dijo Delacroix—. Pero con cierto éxito documental.

Ella miró la caja de Celia y el sobre en la mano de Delacroix.

—Más vale que merezca la pena.

—La frase podría aplicarse a toda la literatura criminal.

Los vecinos siguieron lanzando agua. El fuego no se apagó enseguida, pero perdió fuerza.

Samuel, incluso herido, empezó a dirigirlos con precisión de carpintero y rabia de hombre que ve arder su oficio.

Ordenó abrir una ventana, tirar abajo una estantería antes de que prendiera la viga central, empapar la pared lateral.

El incendio, que había querido ser sentencia, acabó convertido en batalla.

Y San Telmo, quizá por primera vez en la noche, luchó contra algo que podía ver.

Celia se apartó hacia los soportales. Inés la siguió. Delacroix también. Clara quedó unos pasos detrás, hablando con Teresa. Bruno Sada se acercó con la cara cubierta de hollín y una dignidad recién arruinada.

—¿Está herida? —preguntó a Celia.

Ella negó.

—La caja —dijo Delacroix.

Celia la sostuvo con más fuerza.

—No.

—Señora Armentia, acabo de entrar en una casa en llamas detrás de usted. Me parece que nuestra relación ha adquirido la confianza suficiente para que me enseñe el contenido de una caja.

Inés dio un paso.

—Ábrela.

Celia miró la caja, luego a Inés. Después la dejó sobre una mesa bajo los soportales.

La llave colgaba de su cuello, junto a la cinta azul.

Le temblaron los dedos al abrirla. Dentro había registros antiguos, listas de portadores, dibujos de máscaras, recibos, pequeñas tarjetas con nombres de familias y un cuaderno de tapas marrones.

Celia sacó primero la lista del año de Lucía.

Delacroix ya había visto una copia en el baúl de los Cardiel, pero aquella era distinta: más completa, con anotaciones al margen.

Año de la nieve mayor.

Dama designada: Emilia Luar. Sustitución por indisposición.

Dama ceremonial: Lucía Cardiel.

Dama efectiva tras la cruz: Celia Armentia.

Ave blanca visible hacia acantilado: Marisa Sada.

Inés leyó la línea sin pestañear. A veces el dolor se vuelve tan grande que deja de expresarse; se limita a ocuparlo todo.

—Lo escribiste —dijo.

Celia asintió.

—Sí.

—Y lo guardaste.

—Sí.

—Y nunca lo dijiste.

—No.

Inés levantó la mano otra vez. Esta vez no la golpeó. Quizá porque una bofetada ya no alcanzaba. Quizá porque la lista, al fin, había golpeado por ella.

Delacroix tomó el registro con cuidado.

—¿Quién más conocía esta caja?

—Nadie.

—La palabra más maltratada de San Telmo.

—Nadie sabía dónde estaba. Don Álvaro sabía que existían registros, pero no que yo guardaba este cuaderno. Lo escondí por miedo.

—Y por poder.

Celia cerró los ojos.

—Sí.

La admisión volvió a ser seca. Fea. Útil.

Delacroix abrió el sobre que había sacado del baúl de los Cardiel.

La cera estaba quebrada, pero no consumida.

Dentro había una hoja doblada y una pequeña fotografía.

La fotografía mostraba a Lucía Cardiel, más joven que en las imágenes de la fiesta, junto a un muchacho de cabello oscuro, manos largas y una sonrisa tímida.

Él sostenía una pieza de madera a medio tallar.

En la parte trasera, con letra de Lucía, se leía:

Lázaro Camba. Donde el agua no hace ruido.

Inés llevó una mano a la boca.

—Camba —susurró—. Se llamaba Camba.

Samuel se inclinó.

—Rafael Lúa…

—Pudo inventar un nombre, no un oficio —dijo Delacroix—. Tallista. Cicatriz en la barbilla. Dedos lesionados. Lázaro Camba no desapareció de la historia. Solo aprendió a entrar en ella con otro rostro.

Clara miró la hoja.

—¿Qué dice?

Delacroix la desplegó. No era de Lucía. La letra era masculina, más lenta, más firme, pero antigua.

Lucía:

Si esta noche no puedes salir, dejaré la caja en el hueco del molino.

Nadie conoce el sitio salvo tú y yo. Si te obligan a seguir con la fiesta, espera a que pasen la cruz.

Iré por el canal seco. No confíes en Celia si la ves con miedo.

La gente con miedo siempre elige al que manda.

Si algo sale mal, buscaré la forma de volver. No al pueblo. A ti.

L.

Inés cerró los ojos.

—Volvió.

—Sí —dijo Delacroix—. Pero muy tarde.

Celia miró la fotografía como si hubiera visto un fantasma que no esperaba.

—Yo no sabía que él existía.

—Eso la absuelve de muy poco, pero nos ayuda algo.

—¿Por qué?

—Porque si Lázaro Camba volvió con el nombre de Rafael Lúa, pudo acceder a las máscaras gracias a usted, sin que usted supiera quién era.

Pudo copiar las piezas, estudiar la Casa de los Rostros, conocer los registros, preparar el incendio y construir esta noche como una réplica corregida de la anterior.

—¿Y matar a Álvaro? —preguntó Bruno.

—Sí.

—¿Y a mi tía?

—Probablemente.

El alcalde se quedó pálido.

—Entonces es él. Ya está. Hay que buscarlo.

Delacroix lo miró con una calma desagradable.

—Señor Sada, cuando un caso parece resolverse justo después de que alguien prende fuego al archivo, acusa a una mujer inocente y deja una fotografía con nombre completo en el único baúl que todavía podemos rescatar, conviene no empezar a repartir alivio como si fueran caramelos.

Bruno parpadeó.

—¿No cree que sea él?

—Creo que alguien desea que lo crea con mucha urgencia.

Inés levantó la cabeza.

—Pero Lázaro tenía motivo.

—Mucho.

—Conocía las máscaras.

—Sí.

—Amaba a Lucía.

—Quizá.

—Entonces…

—Entonces puede ser el asesino, o puede ser el rostro final que alguien quiere ponernos delante.

La frase dejó un silencio duro. La Casa de los Rostros, detrás de ellos, seguía humeando.

Algunas máscaras quemadas habían sido arrojadas a la calle.

Una de ciervo menor, ennegrecida, yacía sobre la nieve con las astas partidas.

Un niño la miraba desde lejos, fascinado y horrorizado.

San Telmo estaba viendo arder no solo un edificio, sino la maquinaria que le había enseñado a no mirar.

Teresa llegó desde la plaza con Nico a su lado.

—El fuego está casi controlado. Pero hay algo más.

Delacroix la miró con una paciencia cada vez más escasa.

—La noche debería aprender moderación.

—Han encontrado al doctor Lanza.

Inés se tensó.

—¿Dónde?

—En el puerto viejo. Vivo. Atado dentro de una caseta. Lo llevaron allí después del consultorio, o fue él y alguien lo siguió. No lo sé.

—¿Puede hablar? —preguntó Delacroix.

—Poco. Pero dijo un nombre.

—¿Lázaro?

Teresa negó.

—No.

El humo de la Casa de los Rostros subió detrás de ella, oscuro contra la nieve.

—Dijo: Celia no fue la última Dama.

Celia se quedó absolutamente inmóvil.

Delacroix giró despacio hacia la imagen velada de la plaza, hacia la máscara añadida, hacia los registros, hacia la fotografía de Lucía y Lázaro, hacia la mujer que había guardado durante veinticinco años los nombres de una mentira.

—Señora Armentia —dijo—, creo que hay otra sustitución que todavía no nos ha contado.

Celia no respondió.

Pero su silencio, esta vez, tuvo el peso exacto de una puerta cerrada desde dentro.