Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 26 — Inés Cardiel es acusada #2
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Capítulo 26 — Inés Cardiel es acusada #2

En ese momento, desde la calle llegó un ruido de pasos y voces.

Demasiadas. Delacroix no necesitó mirar para saber que la noticia había viajado más deprisa que ellos.

La puerta del consultorio se abrió de golpe y apareció Bruno Sada con dos hombres del puerto, Teresa detrás y Celia un poco más lejos, como si hubiera llegado sin prisa pero exactamente a tiempo.

El alcalde vio a Lanza desplomado, la carta sobre la mesa, el pañuelo gris en la silla y a Inés en el centro del despacho.

Su rostro hizo lo que el asesino esperaba que hiciera: organizó el miedo en una conclusión.

—Inés —dijo.

Ella se volvió despacio.

—No.

—¿Qué has hecho?

Delacroix cerró los ojos un instante. No por cansancio, sino por el esfuerzo de no despreciar a un hombre tan disponible para la idiotez.

—Señor Sada.

—El doctor la ha nombrado. La vieron ir al molino. Tenía la carta de Lucía. Odiaba a Álvaro. Odiaba a Marisa. Odiaba a todos los que estuvieron aquella noche.

—Admirable. Ha reunido usted motivos, objetos plantados y prejuicio local en una sola frase. Podría presidir un linchamiento con notable eficiencia.

Teresa empujó al alcalde con el hombro y entró.

—Bruno, calla.

—No puedo callar. Gabriel está herido.

—Y tú estás pensando como un cartel mal escrito.

Celia permanecía en el umbral. Miraba a Inés, pero no con triunfo. Aquello interesó a Delacroix. Si Celia hubiera preparado la acusación, debería sentir alivio. O miedo a que funcionara. En cambio, parecía reconocer la escena. Como si viera repetirse un método que conocía demasiado bien.

—Esta carta no acusa a Inés —dijo Delacroix.

El alcalde señaló el papel.

—La nombra.

—También los epitafios nombran a los muertos y rara vez los han asesinado.

—No bromee.

—No estoy bromeando. Estoy conteniendo la tentación de usar palabras menos amables para describir su razonamiento.

Celia habló al fin.

—La carta quiere que la acusemos.

Todos la miraron.

—Eso no la hace inocente —dijo Bruno.

—No. Pero hace sospechosa la facilidad.

Delacroix inclinó ligeramente la cabeza hacia ella.

—Por una vez, señora Armentia, coincidimos sin que el mundo se derrumbe por completo.

Lanza levantó la cabeza con enorme esfuerzo.

—No… Inés…

La habitación se congeló.

—¿Qué? —preguntó Delacroix.

El médico tragó aire.

—No era… Inés…

El alcalde palideció.

Delacroix se inclinó sobre él.

—¿Quién era?

—La máscara… de ave… pero… la mano…

—¿Qué mano?

—Derecha… no podía… no podía cerrar dos dedos…

Samuel se enderezó.

—¿Qué significa?

Delacroix miró a Inés. Sus manos estaban abiertas.

Los dedos, intactos. Luego miró a Celia.

También normales. A Teresa. A Clara. A Bruno.

A los hombres del puerto. Nada. O nada evidente.

Pero recordó de pronto algo del molino: la figura en el altillo, la huida, la pasarela cortada.

Recordó el sacristán diciendo que la persona de la máscara blanca no caminaba como mujer.

Recordó a Evaristo hablando de alguien que golpeó el marco con el hombro izquierdo, como si no calculara bien el espacio.

Recordó a Iván Luar diciendo que la mujer tenía una cicatriz en la barbilla.

Recordó que las máscaras no solo ocultaban rostros: también permitían inventar cuerpos.

—Doctor —dijo—, ¿la mano derecha de la persona que lo atacó tenía dos dedos rígidos?

Lanza apenas asintió.

—Sí…

Samuel dejó escapar una maldición.

—¿Qué? —preguntó Clara.

El carpintero miró a Delacroix.

—Rafael Lúa.

—El tallista.

—Cuando vino a revisar las máscaras, tenía la mano derecha así. Dos dedos casi inmóviles. Dijo que se los había cortado de joven trabajando. Y tenía una cicatriz pequeña en la barbilla.

Celia se llevó una mano al pecho.

—No.

—¿Qué ocurre? —preguntó Delacroix.

Ella parecía haber envejecido diez años en un segundo.

—Rafael Lúa no era su nombre.

—Eso lo suponíamos.

—Yo lo conocí como Rafael porque así se presentó. Pero después de marcharse encontré una carta en mi despacho. No le di importancia entonces. O no quise dársela. Firmaba con una inicial.

—¿Cuál?

Celia miró a Inés, y en sus ojos hubo por fin un miedo que no estaba dirigido a sí misma.

—L.

Inés frunció el ceño.

—¿L?

—Decía: “Los muertos aprenden a tallar mejor que los vivos.”

La frase hizo que el consultorio se quedara sin aire. Delacroix miró la carta azul, el pañuelo falso, el médico medio drogado, el frasco, las pisadas, la trampa elaborada contra Inés.

—Rafael Lúa —dijo despacio—. Un tallista con inicial L. Acceso a las máscaras. Capaz de hacer copias. Mano derecha lesionada. Cicatriz en la barbilla. Conoce la vieja historia o recibió documentos suficientes para reconstruirla. Y ahora usa los rostros del pueblo para corregir una mentira.

—¿Quién es? —preguntó Clara.

Nadie respondió.

Inés, que había permanecido quieta hasta entonces, habló con una voz extrañamente baja.

—Lucía tenía un novio.

Todos se volvieron hacia ella.

—No era del pueblo —continuó—. Yo dije que no había forastero porque no era como decían. No se iba a fugar con él. No era una aventura. Era… no sé. Ella lo llamaba Lázaro. Yo creí que era un apodo. Tallaba madera. Le hizo una figurita a mi madre una vez. Tenía una cicatriz aquí.

Se tocó la barbilla.

Samuel cerró los ojos.

—Lázaro.

Delacroix sintió que el nombre se colocaba en la mesa como una pieza antigua que todos habían confundido con polvo.

—¿Lázaro qué?

Inés negó.

—No lo sé. Lucía no me lo dijo. O quizá sí y lo olvidé. Yo tenía trece años.

—No lo olvidó —dijo Delacroix con suavidad—. Se lo quitaron junto con todo lo demás.

Lanza tosió. Teresa le sujetó la cabeza y le dio agua con cuidado.

Bruno Sada se había quedado mudo. Celia miraba hacia la ventana del consultorio, hacia la calle nevada, como si acabara de comprender que la amenaza no había nacido dentro del pueblo, pero llevaba meses caminando por él con permiso de todos.

—Si Rafael Lúa es Lázaro —dijo Clara—, está vengando a Lucía.

—No —respondió Delacroix.

—¿No?

—Está usando a Lucía. La diferencia importa.

Inés levantó la cabeza.

—Él la quería.

—Quizá. Y quizá por eso su crimen es más peligroso. El amor, cuando decide hablar en nombre de los muertos, suele olvidar preguntarles qué habrían querido decir.

Desde la plaza llegó un nuevo grito. Esta vez no de miedo, sino de advertencia.

—¡Fuego!

Delacroix se volvió hacia la ventana.

En el reflejo del cristal vio una luz naranja levantarse al otro lado de la calle, más allá de los tejados, hacia la parte baja del pueblo.

La Casa de los Rostros ardía.

Celia salió corriendo antes que nadie.

Delacroix la siguió con una frase seca entre dientes:

—Por fin alguien ha decidido que tanta máscara necesitaba menos archivo y más ceniza.