Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 26 — Inés Cardiel es acusada
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Capítulo 26 — Inés Cardiel es acusada

El consultorio del doctor Gabriel Lanza estaba en una calle estrecha que subía desde la plaza hacia la parte vieja del pueblo, encajado entre una mercería cerrada y una casa con balcones de hierro donde tres ancianas observaban la noche desde detrás de los visillos con la concentración de un tribunal invisible.

La nieve cubría los escalones de entrada y se acumulaba sobre el pequeño letrero de madera donde aún podía leerse, bajo una capa blanca y temblorosa, Doctor Gabriel Lanza.

Medicina general. A Delacroix le pareció un rótulo modesto para un hombre que acababa de verse arrastrado por veinticinco años de secretos, tónicos, venenos y cobardías.

La medicina general, pensó, rara vez incluía suficientes horas de formación para tratar pueblos enteros enfermos de silencio.

La ventana iluminada estaba en la planta baja.

La silueta que habían visto se había movido detrás del cristal y luego desaparecido.

Ahora no se veía nada, salvo la luz amarillenta de una lámpara y una sombra irregular sobre la cortina.

Clara de Tebra se colocó a la derecha de la puerta con el revólver bajo el abrigo, no exactamente escondido y no exactamente visible.

Samuel Rego, herido y obstinado, permaneció a la izquierda con una herramienta de carpintero en la mano.

Inés Cardiel estaba detrás de Delacroix, respirando despacio, los ojos fijos en la entrada como si al otro lado pudiera encontrar una respuesta o una condena.

Ninguno habló. A esas alturas de la noche, hasta las frases útiles empezaban a gastar demasiado oxígeno.

Delacroix llamó una vez.

Nadie respondió.

Llamó de nuevo, más fuerte.

—Doctor Lanza.

La casa permaneció en silencio. Desde la plaza, ya lejana, llegaba un murmullo denso, salpicado de voces y alguna campana suelta, quizá real, quizá imaginada por el miedo. Delacroix probó el picaporte. La puerta estaba cerrada. No atrancada. Cerrada con llave.

—Samuel.

El carpintero se inclinó sobre la cerradura.

—Puedo abrirla.

—Procure no destruirla. La noche ya ha cometido suficientes excesos con la madera.

Samuel sacó una herramienta fina de su chaqueta y trabajó apenas unos segundos.

La cerradura cedió con un clic discreto, casi educado.

Delacroix empujó la puerta con el bastón.

Dentro olía a alcohol, hierbas secas, polvo medicinal y algo más fuerte, más agrio, que reconoció de inmediato: láudano o una preparación cercana.

El vestíbulo era estrecho. A la derecha había una sala de espera con dos bancos, una estufa apagada y varios carteles sobre higiene que parecían haber perdido toda esperanza en la humanidad local.

A la izquierda, una puerta entreabierta dejaba ver el despacho del médico.

La lámpara ardía sobre el escritorio.

Gabriel Lanza estaba sentado en su silla, inclinado hacia delante, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados. Durante un instante pareció muerto. Inés contuvo la respiración. Clara levantó el revólver unos centímetros. Delacroix se acercó, puso dos dedos en el cuello del médico y esperó.

—Vive.

La palabra alivió poco. La vida, en San Telmo, se había convertido en un estado provisional y sospechoso.

Lanza respiraba con dificultad, tenía la frente perlada de sudor y una mancha oscura en la manga.

Junto a su mano derecha había un frasco abierto, vacío, y una jeringa pequeña.

Delacroix no la tocó. Sobre el escritorio, además, descansaba una carta doblada, colocada con demasiada pulcritud en el centro de una carpeta médica.

—No entren más —dijo.

—Ya estamos dentro —respondió Clara.

—Entonces no empeoren el concepto.

Samuel se quedó en la puerta. Clara avanzó solo hasta el umbral del despacho.

Inés, en cambio, entró un paso más, y ese paso fue suficiente para que la lámpara iluminara su rostro.

Lanza gimió. Sus dedos se movieron sobre la mesa.

Abrió los ojos apenas, desenfocados, y al ver a Inés emitió un sonido ronco, casi una palabra.

—No…

Inés se detuvo.

—Doctor.

Lanza intentó incorporarse, pero no pudo. Sus labios temblaron.

—Inés…

La palabra salió rota. No era una acusación clara. Pero en una noche con demasiada gente deseando simplificar la culpa, bastaría.

Delacroix miró al médico.

—Doctor Lanza. Escúcheme. ¿Quién le hizo esto?

Lanza parpadeó, perdido.

—La… máscara…

—¿Qué máscara?

—Ave…

Inés se quedó blanca.

Clara la miró de inmediato. No con acusación, no todavía, pero sí con el instinto inevitable de una mente que recibe una pieza demasiado bien tallada para no colocarla en el hueco más cercano. Samuel apretó la herramienta en la mano.

—No —dijo Inés.

Nadie le había preguntado nada.

Delacroix se inclinó hacia el médico.

—Doctor, mire mi voz, no a ella. ¿Vio un rostro?

Lanza negó apenas.

—Lucía…

—Lucía está muerta o desaparecida desde hace veinticinco años. Intente ser más concreto.

—La máscara… la máscara de ave… vino aquí… carta… decía que… que ella…

—¿Quién es ella?

El médico volvió a hundirse sobre el escritorio. Delacroix le apartó la mano con cuidado. En la palma tenía una mancha de tinta azul, como si hubiera intentado agarrar la carta o escribir algo antes de caer.

—Necesita atención —dijo Clara.

—Y nosotros necesitamos que no muera antes de resultar útil. Ambas cosas coinciden por una vez.

Delacroix abrió el maletín médico, encontró sales y se las acercó a la nariz.

Lanza reaccionó con una tos débil y una blasfemia breve.

Aquello, de nuevo, era alentador. El médico respiró mejor, aunque seguía muy lejos de poder declarar ante un juez o ante una plaza, que en San Telmo esa noche venía a ser casi lo mismo.

—¿Se inyectó usted eso? —preguntó Delacroix, señalando la jeringa.

—No… me obligaron… no sé…

—¿La persona de la máscara de ave?

Lanza cerró los ojos.

—Entró… dejó la carta… dijo que era tarde para todos… yo quise… quise leer…

—¿Voz?

—Baja…

—¿Hombre o mujer?

El médico tragó saliva.

—Mujer… creo.

Inés soltó aire con rabia.

—Eso no significa nada.

—No —dijo Delacroix—. En esta noche, por desgracia, casi nada significa solo una cosa.

Tomó la carta con las pinzas y la abrió bajo la lámpara. La letra era azul, como las demás notas, pero esta vez había más texto.

Gabriel Lanza calló porque Inés Cardiel debía seguir viva para odiar.

La hermana de la muerta siempre supo dónde buscar.

La hermana de la muerta siempre esperó su noche.

Pregunten por qué guardó la carta.

Pregunten por qué volvió al molino.

Pregunten por qué la máscara de Lucía apareció cuando ella llegó.

Clara leyó por encima de su hombro. Samuel también.

Inés no se acercó. No necesitaba leer para saber que la habían nombrado.

Su cara cambió, no hacia el miedo, sino hacia algo peor: la vieja certeza de que el pueblo haría con ella lo que había hecho con Lucía si se le daba una frase lo bastante cómoda.

—Es mentira —dijo.

Delacroix dobló la carta con cuidado.

—Por supuesto.

Clara lo miró.

—¿Por supuesto?

—Madame de Tebra, el asesino ha demostrado cierta inclinación a la puesta en escena, pero esta carta tiene la sutileza de un alcalde redactando una ordenanza. No revela. Empuja. Quiere que la plaza mire a Inés antes de pensar.

—Pero el doctor la ha nombrado.

—El doctor ha visto una máscara de ave. Esta noche la máscara de ave ha sido movida, robada, devuelta y usada como si fuera una bandera. Acusar a Inés porque alguien eligió el símbolo de su hermana sería tan cómodo que casi podría aprobarlo el ayuntamiento.

Samuel, sin embargo, miraba el suelo. Delacroix siguió su mirada.

Junto a la silla del doctor había barro.

Varias pisadas, algunas confusas, otras más claras.

Una de ellas era pequeña, de zapato estrecho.

Otra, más profunda, de bota. Y cerca de la puerta lateral del despacho, sobre una silla, había un pañuelo gris.

Inés lo vio al mismo tiempo.

—Ese pañuelo no es mío.

Clara lo tomó con un pañuelo propio antes de que Delacroix pudiera impedírselo, pero al menos tuvo la prudencia de no tocarlo directamente. Era gris, sencillo, muy parecido al que Inés llevaba anudado al cuello desde el principio de la noche. Pero no igual. Delacroix se acercó.

—El suyo tiene una costura en el borde izquierdo —dijo.

Inés lo miró, sorprendida.

—¿Se ha fijado en eso?

—Me pagan, a veces, por notar diferencias que las personas culpables confían en que la desesperación vuelva invisibles.

El pañuelo de la silla no tenía esa costura. En cambio, presentaba una mancha azul en una esquina. Delacroix lo olió. Cera.

—Alguien está construyendo una Inés Cardiel bastante laboriosa —dijo—. Más laboriosa, diría, que la propia Inés Cardiel.

—Gracias —murmuró ella, seca.

—No era un cumplido. Las personas desesperadas suelen ser menos prolijas.

Lanza volvió a gemir. Clara revisó los frascos de la mesa.

—¿Qué le han dado?

—Probablemente una dosis no mortal —dijo Delacroix—. Lo bastante fuerte para callarlo, no para matarlo. Eso también es interesante.

—¿Por qué no matarlo? —preguntó Samuel.

—Porque el doctor vivo y confuso puede acusar mejor que el doctor muerto. Un cadáver señala su propia muerte; un testigo aturdido puede señalar a quien le indiquen.

Inés se acercó al escritorio, con las manos visibles, como si temiera que hasta sus dedos pudieran convertirse en prueba en su contra.

—Esto es lo que hicieron con Lucía —dijo en voz baja—. Ponerle una historia encima.

Delacroix la miró.

—Sí.

—Y ahora conmigo.

—Sí.

La sencillez de la respuesta pareció afectarla más que cualquier consuelo. Inés apretó los dientes.

—No voy a dejar que lo hagan.

—Eso espero. Pero no lo demuestre gritando. Gritar facilitará mucho el trabajo de quien escribió esto.