Capítulo 25 — La mujer que guardaba los rostros #2
Delacroix miró hacia el puesto de vino, donde Emilia Luar permanecía sentada entre dos mujeres, temblando.
No parecía una asesina satisfecha. Parecía una superviviente que había salido de una habitación en llamas con demasiado humo dentro del cuerpo.
Pero las apariencias, por útiles que fueran, siempre exigían desconfianza.
—Las iniciales de la cinta eran G.L. —dijo Inés—. Gabriel Lanza.
—Sí.
—Entonces alguien va a por él.
—O quiere que creamos que va a por él.
—¿Por qué usar sus iniciales?
Delacroix miró a Celia.
—Porque Gabriel Lanza fue una de las piezas del antiguo engaño. Médico joven, acompañante de la Dama, testigo del silencio posterior. Pero también porque su nombre ofrece una ventaja: todos lo relacionan con venenos, tónicos, frascos y muertes discretas.
Celia comprendió.
—Quiere convertirlo en culpable.
—Tal vez. O quiere castigarlo antes de que se defienda.
Un grito llegó desde la calle del puerto.
No fue de Clara ni de Samuel. Era de un hombre.
Después se oyó un golpe, pasos y voces. Delacroix giró hacia allí.
A los pocos segundos, Samuel apareció arrastrando prácticamente a un muchacho de unos veinte años, empapado de nieve, con el pelo pegado a la frente y una expresión de terror animal.
Clara venía detrás con un pequeño revólver en la mano.
Delacroix miró el arma con una mezcla de sorpresa y desaprobación educada.
—Madame de Tebra, empiezo a pensar que su educación familiar fue más completa de lo que parecía.
—Era de mi padre.
—Eso explica por qué resulta desagradable incluso descargada.
—No está descargada.
—Peor aún.
Samuel empujó al muchacho hasta el centro de la plaza. Algunos vecinos lo reconocieron y murmuraron su nombre.
—Iván Luar —dijo Teresa, acercándose—. Hijo de Emilia.
Emilia se levantó de golpe.
—¡Iván!
El joven no la miró. Tenía las manos manchadas de barro y cera azul. En el bolsillo del abrigo asomaba un trozo de tela negra.
Delacroix se acercó.
—Señor Luar.
—Yo no he hecho nada.
—Una frase cada vez más popular. Deberíamos imprimirla en las invitaciones del año próximo, si el pueblo conserva el entusiasmo.
Iván temblaba.
—Me dijeron que lo llevara.
—¿Qué cosa?
Samuel sacó del bolsillo del muchacho el trozo de tela negra. No era una capa completa. Era un fragmento, cortado, con restos de barro y una mancha de vino.
—Lo encontramos detrás de unos barriles —dijo Clara—. Intentaba quemarlo en un brasero.
Emilia empezó a llorar.
—Iván, ¿qué has hecho?
—Nada, madre. Nada. Solo me pagaron para llevar paquetes. Para mover cosas. Yo no sabía…
Delacroix levantó una mano.
—¿Quién le pagó?
Iván miró a su madre. Luego a Celia. Luego a Bruno Sada. Luego hacia la iglesia.
—No sé su nombre.
—Qué epidemia de anonimato.
—Era una mujer.
Celia no se movió.
—¿Con máscara? —preguntó Delacroix.
—Al principio sí. Blanca. Después no. Pero estaba oscuro.
—¿Edad?
—No vieja. No joven. No sé.
—Sus descripciones poseen la precisión de una niebla con fiebre.
—Tenía una cicatriz —dijo Iván, desesperado por aportar algo útil—. Aquí.
Se señaló el lateral de la barbilla.
Delacroix sintió que varias piezas se tensaban a la vez.
—¿Una cicatriz o un corte?
—Cicatriz vieja. Pequeña. Como una línea.
Martín Lobeira levantó la cabeza desde la mesa. Clara bajó el revólver un poco. Inés frunció el ceño. Celia, por primera vez, pareció verdaderamente perdida.
—¿Qué paquetes movió? —preguntó Delacroix.
—Una máscara. Una caja pequeña. Un frasco. Y una carta.
—¿Dónde dejó la carta?
Iván tragó saliva.
—En el consultorio del doctor Lanza.
Delacroix miró hacia la calle oscura que subía al consultorio.
—¿Cuándo?
—Antes de que apagaran la lámpara. Ella dijo que el doctor iría allí si se asustaba. Que tenía que encontrarla.
—¿Y fue?
Iván negó.
—No sé. Yo volví a la plaza. Luego vi que buscaban al doctor y me asusté. Iba a quemar la tela.
—¿Qué decía la carta?
—No la leí.
—Señor Luar.
—¡No la leí!
Esta vez Delacroix creyó el grito. No porque fuera honesto, sino porque era demasiado pobre para estar ensayado.
El doctor Lanza había desaparecido. Una carta lo esperaba en su consultorio.
El asesino, o quien dirigía la escena, conocía el miedo del médico lo bastante bien para anticipar que huiría hacia el único lugar donde creería tener instrumentos, pruebas y quizá defensa.
No se lo habían llevado. Lo habían empujado.
—Vamos al consultorio —dijo Delacroix.
El alcalde dio un paso.
—Iré con usted.
—No.
—Gabriel es mi amigo.
—Esta noche la amistad en San Telmo ha demostrado una relación alarmante con las coartadas. Se quedará aquí, vigilado por Teresa. Celia también.
Celia levantó la barbilla.
—¿Me acusa?
—De demasiadas cosas para elegir con elegancia. Pero no quiero que desaparezca mientras voy a buscar a un hombre que quizá aún pueda explicar las suyas.
Inés se acercó a Delacroix.
—Voy.
—No.
—Sí.
Él la miró. Vio en su rostro la misma decisión que en el molino, pero más fría. No era impaciencia. Era necesidad de no volver a quedarse esperando mientras otros decidían qué parte de Lucía podía saberse.
—Muy bien —dijo—. Usted, Clara y Samuel conmigo. Teresa, no permita que nadie salga de la plaza. Padre Elías, quédese con Emilia y su hijo. Y por favor, por una vez en esta noche, que nadie toque nada azul sin avisarme.
Rosario Vilar, desde su mesa, murmuró:
—Pues más vale que no nieve azul, porque ya sería lo que nos faltaba.
Delacroix la miró.
—Rosario, si sobrevivimos a esto, le compraré una rosquilla.
—Si sobrevivimos a esto, francés, se la cobro doble.
Fue casi una sonrisa. Casi.
Delacroix giró hacia la calle del consultorio. La nieve la cubría con una capa cada vez más espesa. Al fondo, una ventana tenía luz.
Una sola.
Y en esa luz, por un instante, se recortó la silueta de un hombre.
Después desapareció.
Inés lo vio también.
—Gabriel.
Delacroix empezó a caminar.
—O alguien que desea que pronunciemos su nombre antes de tiempo.