Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 25 — La mujer que guardaba los rostros
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Capítulo 25 — La mujer que guardaba los rostros

Durante unos segundos, la desaparición del doctor Lanza tuvo el mérito de devolverle a San Telmo de la Nieve una forma casi infantil de terror.

Nadie sabía hacia dónde mirar, así que todos miraron hacia todas partes con idéntica inutilidad.

La lámpara del puesto de vino volvió a encenderse, empujada por las manos temblorosas de un vendedor que juraba no haber visto nada porque, según explicó con una lógica muy humana, estaba demasiado ocupado intentando ver algo.

La plaza se agitó. Varias personas gritaron el nombre de Gabriel Lanza.

Otras empezaron a acusar al vecino más cercano, costumbre que en los pueblos pequeños tiene la ventaja de ahorrar desplazamientos.

El alcalde Bruno Sada intentó ordenar que cerraran las calles, pero su voz se perdió entre los murmullos, los pasos, la nieve y la evidencia cada vez más incómoda de que su autoridad se había quedado en alguna parte entre el primer cadáver y la segunda campanada falsa.

—¡Nadie se mueva! —gritó.

La gente siguió moviéndose.

Delacroix observó la plaza desde el entarimado, con la cinta azul marcada con las iniciales G.L.

entre los dedos cubiertos por el pañuelo.

El doctor había desaparecido en el intervalo de oscuridad provocado por una sola lámpara apagada.

No por todas. No por una caída general. Una lámpara.

Un punto concreto de sombra. Eso indicaba dos posibilidades: o Lanza había aprovechado un descuido mínimo para huir con una precisión que su estado físico no hacía muy probable, o alguien había provocado una distracción lo bastante pequeña para parecer accidente y lo bastante oportuna para tragarse a un hombre asustado.

—Teresa —dijo Delacroix.

Ella apareció a su lado casi de inmediato. Tenía nieve en el cabello, las mejillas encendidas y esa mirada de mujer que ha pasado demasiadas horas impidiendo que hombres adultos conviertan el miedo en tontería.

—Diga.

—Cierre los accesos a la plaza con gente que usted conozca, no con gente que el alcalde considere útil.

—Eso reduce bastante la lista.

—La eficacia suele ser cruel.

Teresa asintió y salió hacia los soportales.

Delacroix vio cómo le daba instrucciones a Nico, a Rosario Vilar y a dos hombres del puerto.

En menos de un minuto, la posadera había organizado mejor la plaza que el ayuntamiento en toda la noche.

El alcalde lo notó también, y por un instante pareció dolerle más que la muerte de su tía.

La vanidad política tiene una resistencia admirable ante las tragedias ajenas, pero soporta fatal la competencia doméstica.

—Señor Rego —dijo Delacroix.

Samuel se acercó, con la frente vendada y el brazo contra el pecho.

—Sí.

—Usted y Clara revisarán la calle del puerto. No entren en ninguna casa. No persigan sombras. Si encuentran al doctor o un rastro claro, llaman. Si oyen una voz prometiendo una explicación desde un callejón oscuro, recuerden que la noche ya ha demostrado una pésima educación.

Clara, que había recogido su máscara plateada pero no se la había vuelto a poner, lo miró con seriedad.

—¿Cree que se lo han llevado?

—Creo que el doctor tenía miedo y razones para tenerlo. Eso no basta para decidir si huyó de un asesino o hacia una mentira propia.

—¿Y si está muerto?

—Entonces la noche habrá decidido abusar de la repetición. Vayan.

Samuel y Clara se marcharon hacia la calle del puerto. Inés quiso seguirlos, pero Delacroix la detuvo con una mirada.

—Usted se queda.

—No soy una niña.

—No. Por eso no pienso explicarle la diferencia entre valentía y agotamiento como si lo fuera. Se queda porque quiero que mire a Celia mientras hablamos.

Inés giró hacia Celia Armentia.

La presidenta del comité de fiestas permanecía junto a la imagen de la Dama, inmóvil, con la máscara blanca en la mano y el rostro más cansado que antes.

No parecía una asesina acorralada, al menos no de la manera vulgar.

Parecía una mujer que había dedicado la vida a mantener cerrada una puerta y acababa de descubrir que alguien no solo la había abierto, sino que además estaba invitando al pueblo entero a mirar dentro con las botas llenas de nieve.

Delacroix bajó del entarimado y se acercó a ella.

La plaza seguía revuelta, pero alrededor de la Dama se había formado un pequeño vacío, como si incluso el miedo respetara ciertos límites escénicos.

El padre Elías estaba a unos pasos, vigilando la imagen y la máscara del Ciervo con una expresión de derrota religiosa.

Martín Lobeira, sentado junto a la mesa de registros, se sujetaba la cabeza entre las manos.

Bruno Sada iba de un grupo a otro fingiendo mando con un empeño casi conmovedor.

—Señora Armentia —dijo Delacroix—. Vamos a hablar.

—¿Aquí?

—Su fiesta ha perdido el pudor hace bastante rato. No veo por qué deberíamos recuperarlo en su honor.

Celia lo miró. Había en sus ojos un brillo de desafío, pero también algo más frágil. No culpa simple. Desgaste.

—No sé dónde está Gabriel.

—No le he preguntado eso todavía.

—Pero lo hará.

—Probablemente. Antes quiero preguntarle otra cosa. ¿Cuántas máscaras mandó copiar?

Celia guardó silencio.

Inés dio un paso hacia ella.

—Contesta.

—No a ti.

—A mí más que a nadie.

Celia bajó la mirada hacia la máscara blanca que sostenía.

—Tres.

Delacroix no pareció sorprendido. Aun así, la respuesta dejó una vibración incómoda en el aire.

—La del Ciervo —dijo él.

—Sí.

—La blanca de acompañante que apareció con Marisa.

—Sí.

—¿Y la tercera?

Celia levantó la vista hacia la imagen de la Dama.

—La de la Dama antigua.

El padre Elías se volvió de inmediato.

—Celia.

—No iba a usarla —dijo ella—. No como cree.

—Siempre me conmueve esa frase —murmuró Delacroix—. Suele preceder explicaciones que no mejoran nada.

Celia respiró hondo. El frío le había enrojecido las mejillas, pero la voz le salió firme.

—Don Álvaro quería destruir la fiesta durante la ceremonia.

No confesar, no reparar, no hacer justicia.

Destruir. Iba a ponerse la máscara del Ciervo y, delante del pueblo, contar una versión de lo ocurrido con Lucía en la que todos quedáramos manchados menos él.

Quería morir como dueño de la verdad, no como culpable.

—Eso ya lo suponíamos.

—Yo mandé hacer copias porque necesitaba impedir que usara las piezas originales para su representación. Quería sustituir la máscara del Ciervo por una copia, retrasarlo, confundirlo, ganar tiempo hasta después de la fiesta.

Inés soltó una risa seca.

—Ganar tiempo. Veinticinco años y todavía querías ganar tiempo.

Celia aceptó el golpe sin responderle.

—También encargué la copia de la máscara de acompañante porque Marisa estaba recibiendo notas.

Pensé que alguien quería recrear la noche antigua, acusarnos desde dentro de la tradición.

Creí que, si tenía copias controladas, sabría reconocer cuándo alguien usaba una máscara verdadera y cuándo intentaba manipularme.

Delacroix inclinó apenas la cabeza.

—Una defensa interesante. Usted creó las herramientas que otro está usando y ahora desea que admiremos la ironía.

—No las creó otro. Las creé yo. Pero alguien las robó.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Antes de la ceremonia. Encontré la caja abierta. La copia del Ciervo seguía allí. La auténtica había desaparecido. La copia de la máscara blanca también. La de la Dama antigua no estaba.

—Y no lo dijo.

—No.

—Porque habría tenido que explicar por qué había copias.

—Sí.

Inés la miró con desprecio.

—Siempre la misma elección.

—Sí —dijo Celia, y esta vez no intentó defenderse—. Siempre.

Aquella admisión, sencilla y fea, fue más fuerte que cualquier excusa.

Delacroix la observó unos segundos. Celia no era inocente.

Estaba demasiado lejos de esa palabra para que siquiera mereciera ser pronunciada cerca de ella.

Pero la pregunta de la noche ya no era si Celia había sido culpable de algo.

Lo era. La pregunta era si su culpa antigua se había convertido en asesinato presente o si alguien más, quizá aprovechando su maquinaria, estaba escribiendo la última versión de San Telmo con cadáveres como signos de puntuación.

—¿Quién sabía que encargó las copias? —preguntó.

—Martín. El tallista. Yo.

—¿El alcalde?

Celia miró hacia Bruno Sada, que discutía con dos vecinos junto a la fuente.

—Lo sospechaba. No lo sabía todo.

—Una frase que quizá le sirva de epitafio político.

—Bruno no sabe casi nada del todo. Esa ha sido siempre su forma de sobrevivir.

—¿El doctor Lanza?

—No.

—¿Emilia Luar?

—No que yo sepa.

—¿Samuel Rego?

—No.

—¿Clara?

—No.

—¿Inés?

Celia la miró por primera vez sin dureza.

—No.

Inés le sostuvo la mirada con una rabia agotada.

—Yo habría hecho algo peor que esconderlas.

—Lo sé.

Delacroix dio unos pasos alrededor de la imagen de la Dama.

El velo azul seguía retirado. La talla mostraba su máscara añadida, su mano extendida, sus barcos y espigas a los pies.

Encima, la máscara auténtica del Ciervo Negro parecía una blasfemia deliberada, pero ya no estaba seguro de que fuese solo eso.

La frase de la nota —Ahora todos tendrán rostro— seguía latiendo.

Quizá no era una amenaza general. Quizá era una instrucción.

Quitar máscaras. Ver caras. Ver heridas. Ver quién no era quien decía ser.

—¿Quién conocía la cara de Lucía tallada bajo la máscara de la Dama? —preguntó.

Celia tardó en responder.

—Álvaro. Yo. Marisa. Gabriel. El escultor, supongo. Quizá Bruno. No lo sé.

—¿El padre Elías?

El sacerdote negó.

—Yo nunca retiré esa máscara. Me dijeron que la imagen se había hecho así.

—¿Y Emilia?

—Lo sabía —dijo Celia—. Ella vio la talla antes de que la cubrieran.