Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 24 — La coartada del Ciervo Negro
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Capítulo 24 — La coartada del Ciervo Negro

La plaza recibió a Delacroix con un silencio que ya no pertenecía a una fiesta, sino a una ejecución aplazada.

Los faroles azules seguían encendidos, las mesas seguían cargadas de vino, rosquillas, castañas y platos que nadie terminaba, los músicos permanecían junto al entarimado con los instrumentos en las manos y la expresión de quienes han sido contratados para alegrar una noche que insiste en llenarse de cadáveres.

La nieve caía sobre todo aquello con una paciencia obscena, cubriendo las máscaras abandonadas en bancos y alféizares, suavizando las huellas, enfriando los vasos, haciendo que San Telmo de la Nieve pareciera más limpio cuanto más sucio se volvía por dentro.

Emilia Luar estaba en el centro de la plaza, frente a la imagen velada de la Dama.

Se había quitado la máscara blanca de acompañante y la sostenía contra el pecho con las dos manos.

Era una mujer de unos sesenta años, quizá algo menos, con el cabello claro recogido de cualquier manera y un rostro redondo que el miedo había vuelto casi infantil.

Llevaba el manto azul de las portadoras, pero torcido, manchado de nieve y barro en el bajo.

A su alrededor, los vecinos formaban un círculo amplio, no por respeto, sino por esa prudencia instintiva con la que una multitud se aparta de quien está a punto de decir algo peligroso.

Celia Armentia caminó hasta colocarse frente a ella. No llevaba máscara. Aquello, en otra noche, habría sido una ruptura insoportable del rito. En esa, la tradición estaba demasiado ocupada desangrándose como para exigir buenos modales.

—Emilia —dijo Celia.

La mujer la miró como si acabara de oír una voz desde una habitación donde había estado encerrada veinticinco años.

—No pronuncies mi nombre con cariño.

—No iba a hacerlo.

—Entonces no lo pronuncies.

Delacroix se detuvo a pocos pasos, junto a Inés, Clara, Samuel, Teresa, el doctor Lanza y el padre Elías.

El alcalde Bruno Sada llegó detrás, sin máscara y sin autoridad visible, con el rostro aún marcado por la muerte de su tía.

Martín Lobeira se quedó junto a la mesa de registros, mirando hacia Emilia con una mezcla de terror y alivio, como si por fin hubiera encontrado a alguien más dispuesto a hundirse en público.

—Dijiste que querías hablar —dijo Delacroix.

Emilia lo miró.

—Quiero que destapen a la Dama.

Un murmullo recorrió la plaza. Algunas mujeres se persignaron.

Un viejo dijo que aquello no debía hacerse antes de medianoche.

Otro respondió que la medianoche ya había sido profanada bastante.

Dos niños, escondidos detrás de un puesto, intentaron ponerse de puntillas para ver mejor y recibieron sendas reprimendas de sus madres, que en ese instante demostraron más eficacia que el ayuntamiento en pleno.

El padre Elías dio un paso.

—Emilia, la imagen se descubre al final del rito.

—El rito terminó cuando empezaron a matar gente para que no habláramos.

La frase dejó sin réplica al sacerdote. Delacroix miró a Celia. Ella no miraba a la Dama, sino a Emilia. No parecía temer el acto religioso. Temía el recuerdo que aquel acto podía desencadenar.

—Destápenla —dijo Delacroix.

El alcalde abrió la boca.

—Monsieur Delacroix, no creo que—

—Señor Sada, esta noche han usado su fiesta para envenenar, sustituir, encubrir y aterrorizar. Si la Dama se ofende por que le retiremos un velo, quizá convenga explicarle que llega tarde a sus prioridades.

Nadie se movió. Al final, fue Inés quien subió al entarimado. Lo hizo sin pedir permiso, con una calma terrible. Durante un segundo, Delacroix pensó que alguien intentaría detenerla, pero nadie se atrevió. La hermana de Lucía tomó el borde del velo azul y lo retiró despacio.

La Dama de la Nieve apareció ante el pueblo.

No era una imagen especialmente grande. Una mujer de madera, de rostro cubierto por una máscara lisa, manto blanco, una mano extendida y la otra sobre el pecho.

A sus pies, barcos, espigas y niños tallados.

De cerca, sin el velo y bajo la luz de los faroles, resultaba menos sagrada y más humana.

La máscara que cubría su rostro no formaba parte de la talla principal.

Era una pieza añadida, sujeta con cintas antiguas alrededor de la cabeza de madera.

Inés la miró.

—Tiene máscara.

—Siempre la ha tenido —dijo Celia.

—No —respondió Emilia—. No siempre.

El silencio volvió, más hondo.

Delacroix subió al entarimado y examinó la imagen sin tocarla.

Las cintas de la máscara estaban muy desgastadas, pero no tanto como la madera del cuerpo.

La pieza había sido cambiada alguna vez.

Tal vez más de una. La talla debajo, apenas visible en los bordes, parecía tener rasgos.

No una superficie lisa. Rasgos cubiertos.

—¿Quiere que retiremos también la máscara? —preguntó.

Emilia negó con brusquedad.

—No. No hace falta. Todos sabemos qué hay debajo.

—Yo no.

—La cara de Lucía.

Inés se quedó inmóvil con el velo entre las manos. Samuel soltó una exhalación rota. Clara miró a Celia con una mezcla de horror y comprensión tardía. El alcalde cerró los ojos, y aquel gesto fue una respuesta antes de que nadie le pidiera una.

—Explíquese —dijo Delacroix.

Emilia apretó la máscara blanca contra el pecho.

—Después de aquella noche, don Álvaro pagó una nueva imagen para la iglesia. Dijo que la fiesta necesitaba una Dama que no envejeciera, una Dama que no enfermara, que no se asustara, que no hiciera preguntas. El escultor la hizo con un rostro joven. Demasiado parecido. Todos lo vimos.

—¿Parecido a Lucía?

—Sí.

Inés bajó del entarimado muy despacio. Se acercó a la imagen como si caminara hacia una tumba abierta. No tocó la talla. Solo la miró desde abajo, con el velo azul arrugado entre las manos.

—Usaron su cara.

Celia habló por fin.

—La máscara se añadió después.

—¿Para taparla? —preguntó Clara.

—Para evitar rumores.

Inés se volvió hacia ella.

—Para evitar verla.

Celia no pudo contestar. La diferencia era demasiado pequeña para defenderse y demasiado grande para negarla.

Delacroix observó la plaza. La frase del cuaderno regresó con una claridad nueva: no voy a dejar que me conviertan en un accidente.

El pueblo no solo había convertido a Lucía en accidente.

La había convertido en símbolo, luego había tapado el símbolo y después había llamado tradición a no mirar debajo.

Era una crueldad de una elegancia casi administrativa.

—Dijo que sabía quién llevaba la máscara de la Dama cuando Lucía desapareció —recordó Delacroix.

Emilia asintió. El movimiento fue mínimo.

—No fue Lucía.

—Eso ya lo sospechamos.

—No fue al principio. Lucía debía llevarla.

La vistieron en la iglesia. Yo estaba allí.

Marisa, Rosario, Celia, Gabriel, Bruno, Tomás Rego.

Todos alrededor, todos dando instrucciones, todos fingiendo que aquello era un honor para una chica pobre.

Lucía temblaba. No de emoción. De rabia. Yo lo vi. Celia también.

—¿Salió de la iglesia con la máscara de la Dama?

—Sí.

—¿Hasta dónde llegó?

Emilia miró hacia el camino del acantilado.

—Hasta la cruz.

Inés dio un paso hacia ella.

—¿Y allí?

—Allí se detuvo. Dijo que no seguiría. Que no iba a desaparecer simbólicamente para que don Álvaro pudiera tocarle el pelo delante de todos como si la hubiera comprado para una procesión. Dijo que tenía pruebas. Dijo que esa noche se acababa.

La plaza escuchaba con una atención casi sucia. Algunos vecinos bajaban la mirada. Otros, en cambio, miraban como si por fin alguien estuviera diciendo en voz alta aquello que todos habían aprendido a bordear durante años.

—¿Qué hizo Celia? —preguntó Delacroix.

Emilia tragó saliva.

—Le pidió que esperara. Le dijo que la ayudaría. Que había un modo de hacerlo sin destruir a su madre, sin destruir a Inés, sin que todo el pueblo la convirtiera en una cualquiera. Lucía se quitó la máscara de la Dama y se la dio.

Celia cerró los ojos.

—No.

—Sí —dijo Emilia, y la voz le salió más firme—. Te la dio. Te dijo: “Entonces póntela tú. A ti sí te creen cuando callas.”

Inés miró a Celia.

—¿Tú llevaste la máscara de la Dama?

Celia abrió los ojos, pero no respondió.

Emilia continuó:

—Celia se la puso. Solo hasta la capilla, dijo.

Solo para que la ceremonia no se rompiera mientras Lucía iba al molino a buscar lo que había escondido.

Marisa se puso la máscara de ave de Lucía y caminó hacia el acantilado para que la vieran.

Rosario la vio. Otros también. Yo… yo debía quedarme con las portadoras. Debía cantar. Debía hacer como si nada.

—Y lo hizo —dijo Inés.

Emilia asintió.

—Sí.

No hubo excusa. Aquella fue, quizá, su primera frase decente.

—¿Dónde fue Lucía? —preguntó Delacroix.

—Hacia el molino. Sola.

—¿Quién la siguió?

Emilia miró a Celia. Luego a Bruno. Luego al doctor Lanza.

—Álvaro.

Clara bajó la cabeza, como si ya no quedara sitio dentro de ella para otra confirmación de la monstruosidad paterna.

—¿Lo vio? —preguntó Delacroix.

—Lo vi apartarse de la comitiva. Sin máscara. Con su bastón. Iba furioso. Celia lo vio también.

Celia habló al fin.

—Yo no sabía que la seguiría.

—Pero lo viste —dijo Emilia—. Y no corriste detrás.

—Sí corrí.

—Tarde.

La palabra fue pequeña. Casi inaudible. Y aun así atravesó a Celia con más fuerza que una acusación.

—Cuando llegué al molino —dijo Celia, con voz rota pero contenida—, Lucía ya no estaba.

Había sangre en una piedra. El hueco estaba abierto.

Los papeles no estaban. Álvaro apareció después, en la plaza.

Tranquilo. Con la máscara del Ciervo en la mano.

Me dijo que Lucía había elegido mal el lugar donde guardar su futuro.

Inés levantó la mano y esta vez Samuel no llegó a sujetarla. La bofetada sonó limpia, seca, absoluta. Celia no se defendió. Tampoco se llevó la mano a la cara. La aceptó de pie, como si llevara veinticinco años esperándola y descubriera que dolía menos de lo que merecía.

Delacroix dejó que la plaza respirara ese golpe. A veces la justicia legal no alcanza para ciertas deudas, pero conviene permitir que la vida recuerde su existencia.

—¿Por qué habla ahora, Emilia? —preguntó.

Ella miró hacia la Dama.

—Porque alguien empezó a matarnos.

—¿Quién le envió la nota?

—¿Qué nota?

—La que la hizo huir y volver. La que quizá le dijo que hablara.

Emilia palideció.

—Estaba en mi bolsillo cuando empezó la fiesta. No sé quién la puso.

—¿Qué decía?

—Que si seguía callando, moriría con una máscara en la boca como los demás.

—¿La tiene?

Emilia sacó un papel doblado de la manga. Delacroix lo tomó con las pinzas. Tinta azul.

Habla antes de que la Dama tenga que hacerlo por ti.

—Poético y desagradable —dijo—. Nuestro escritor mantiene el estilo.

El doctor Lanza se acercó, temblando.

—Entonces estamos todos marcados.

—No todos —respondió Delacroix—. Solo los que estuvieron en la comitiva de aquella noche, los que participaron en la sustitución, los que recibieron el silencio como herencia o como negocio.

Bruno Sada miró a Emilia.

—Mi tía…

—Marisa se puso la máscara de Lucía —dijo ella—. Pero no la mató. Al menos no con sus manos.

—¿Y mi padre? —preguntó Clara.

Emilia no la miró.

—Don Álvaro volvió del molino con barro en los zapatos. Al día siguiente dijo que Lucía había caído al mar. Nadie le pidió que explicara por qué el barro del bosque había aprendido a nadar.

Inés soltó una risa rota, una sola, sin alegría.

Delacroix bajó del entarimado. La plaza entera parecía haberse encogido.

Ya no había tradición suficiente para contener aquello.

Solo quedaban personas, algunas culpables, otras cómplices, otras cobardes, otras demasiado jóvenes entonces para haber hecho algo y demasiado adultas ahora para seguir diciendo que no sabían.

—La coartada de la noche antigua fue doble —dijo—.

Marisa Sada, con la máscara de ave, hizo que algunos creyeran ver a Lucía camino del acantilado.

Celia Armentia, con la máscara de la Dama, permitió que la ceremonia continuara como si la elegida siguiera ocupando su lugar.

Don Álvaro siguió a Lucía al molino, recuperó las pruebas y volvió con suficiente poder para convertir el silencio en prosperidad.

Veinticinco años después, alguien repitió el método: Martín Lobeira llevó una copia del Ciervo para que todos creyeran ver vivo a don Álvaro mientras el verdadero moría en otra parte.

—Pero Martín no mató a don Álvaro —dijo Teresa.

—No. Martín fue la máscara de Marisa en la versión nueva. El rostro útil. El movimiento que los testigos necesitaban ver.

Martín, desde la mesa, se hundió un poco más en sí mismo.

—Entonces quien mató a don Álvaro conocía la vieja coartada —dijo Clara.

—Sí.

—Y la está repitiendo.

—No solo repitiendo. Corrigiendo.

Celia miró a Delacroix.

—¿Qué quiere decir?

—Que el asesino no desea únicamente matar.

Desea que cada muerte revele una parte del mecanismo antiguo.

Don Álvaro revela al Ciervo. Marisa revela que Lucía no llegó al acantilado.

La Dama revela que la ceremonia continuó gracias a otra sustitución.

Todo está ordenado como una confesión por entregas.

El padre Elías se santiguó despacio.

—¿Y quién escribe esa confesión?

Delacroix no respondió. Miró el papel de Emilia, luego la máscara del Ciervo sobre la Dama, luego a Celia, a Bruno, al doctor Lanza, a Samuel, a Inés, a Clara. Demasiadas personas heridas. Demasiadas personas culpables. Demasiadas razones para querer que San Telmo se viera por fin la cara.

Entonces Nico gritó desde los soportales.

—¡Monsieur Delacroix!

El muchacho corría hacia ellos con algo en la mano. Esta vez Delacroix ni siquiera tuvo ánimo de reprenderlo por correr con pruebas. Nico se detuvo, jadeando, y le entregó una cinta azul manchada de barro.

—Estaba detrás del puesto del vino. La encontré porque uno de los perros la llevaba en la boca.

Delacroix examinó la cinta. En un extremo había unas letras bordadas con hilo blanco.

G.L.

El doctor Lanza dio un paso atrás.

—No.

Emilia Luar se llevó las manos a la boca.

—Gabriel…

El médico miró alrededor, de pronto rodeado por todos los rostros que el asesino había obligado a descubrir.

—Esa cinta no es mía.

Delacroix sostuvo la cinta bajo la luz azul de los faroles.

—Doctor —dijo—, esta noche las cosas que no pertenecen a nadie están adquiriendo una vida social muy intensa.

Lanza retrocedió otro paso.

Y entonces se apagó la lámpara del puesto de vino.

Solo una.

Pero bastó para que la plaza mirara hacia allí.

Cuando la volvieron a encender, el doctor Gabriel Lanza ya no estaba.