Capítulo 23 — La fiesta que salvó al pueblo #2
Celia miró el cuaderno, pero no a Inés. Quizá no podía. Quizá todavía conservaba algún resto de decencia y esa era su forma enferma de manifestarse.
—Lucía debía ir a la cruz con la máscara de la Dama. Allí me esperaría. Yo debía llevarle su máscara de ave y acompañarla al molino. Eso le prometí.
—Pero no fue.
—Fui tarde.
—Esa es una frase muy pequeña para veinticinco años.
Celia apretó la boca.
—Álvaro lo supo. No sé cómo. Quizá me oyó. Quizá alguien nos vio. Marisa me detuvo antes de salir de la plaza. Me dijo que Bruno había hablado con Álvaro, que todo estaba ya controlado, que no hiciera una estupidez. Cuando llegué a la cruz, Lucía no estaba.
—¿Y quién estaba?
Celia cerró los ojos.
—Marisa. Con la máscara de ave de Lucía. Caminó hacia el acantilado para que Rosario y otros la vieran. Para que pareciera que Lucía seguía allí, dentro de la fiesta, camino del mar.
Bruno Sada soltó una exhalación rota.
—Celia…
—Tú lo sabías, Bruno.
—Era un crío.
—Tenías veintitrés años y bastante ambición para no serlo cuando convenía.
El alcalde no contestó.
Inés parecía haberse quedado sin sangre.
—¿Dónde estaba Lucía?
Celia abrió los ojos. Había lágrimas en ellos, pero no caían. Algunas personas incluso lloraban con disciplina.
—No lo sé.
Inés se abalanzó hacia ella, pero Samuel la sujetó antes de que llegara. No la abrazó. La sostuvo como se sostiene algo a punto de romperse contra una pared.
—¡Mientes!
—No lo sé —repitió Celia, esta vez con más fuerza—. Esa es la parte que no sé. Cuando entendí que Marisa la estaba sustituyendo, fui al molino. Encontré el hueco vacío. Los papeles ya no estaban. La máscara de Lucía tampoco. Había barro, una cinta rota y sangre en una piedra.
El doctor Lanza se levantó.
—Nunca dijiste eso.
—Porque al día siguiente Álvaro me mostró el cuaderno.
La posada entera pareció moverse.
Delacroix se inclinó apenas.
—Don Álvaro lo tenía.
—Sí. Él encontró lo que Lucía escondió. No sé si antes o después de que ella desapareciera.
No sé si la mató, si la entregó a alguien, si la dejó huir herida…
No lo sé. Pero tenía el cuaderno, los recibos, las cartas.
Dijo que si alguno hablaba, destruiría a todos.
A mí, a Bruno, a Gabriel, a Marisa, a Tomás Rego, al pueblo entero.
Después donó dinero. Mucho. Restauró la capilla.
Salvó la fiesta. Convirtió la Noche de los Rostros en lo que es ahora.
Más grande, más hermosa, más rentable. Ya nadie habló de Lucía como de una muchacha.
Empezaron a hablar de la tradición, de la Dama, de la nieve, de la mala suerte.
—Compró el silencio con belleza —dijo Clara.
Celia la miró.
—Sí.
Inés se soltó de Samuel. No volvió a intentar golpear. Eso, de algún modo, fue peor.
—¿Y mi madre?
Celia bajó la cabeza.
—Tu madre recibió dinero.
Inés se quedó inmóvil.
—No.
—No supo de dónde venía. O quizá no quiso saber. Álvaro pagó deudas, medicinas, arreglos de la casa. Lo hizo a través de la parroquia, de la cofradía, de ayudas anónimas. Lo hizo con muchas familias. San Telmo entero aprendió a vivir gracias a lo que había decidido no preguntar.
Inés retrocedió un paso, como si la verdad hubiera cambiado de dirección y la hubiera golpeado desde dentro.
Delacroix sintió una compasión seca, inútil.
No por la pobreza de aquella familia, sino por la crueldad particular de descubrir que incluso el pan de los años siguientes pudo haber llegado envuelto en la desaparición de Lucía.
El padre Elías habló con voz ronca.
—Eso fue antes de mi llegada.
—Sí —dijo Celia—. Cuando usted llegó, la historia ya estaba bendecida.
El cura no respondió. La frase le dolió, y debía dolerle.
Clara se acercó al cuaderno.
—Mi padre conservó esto para chantajearos.
—Durante veinticinco años —dijo Celia—. Cada vez que alguien dudaba, cada vez que alguien quería hablar, aparecía una copia de una página, una insinuación, una deuda recordada. Él no solo nos obligó a callar. Nos obligó a agradecerle que siguiera callando también.
—Y ahora quería confesar —dijo Delacroix.
Celia soltó una risa amarga.
—Álvaro no quería confesar. Quería hacer su última representación.
Iba a bajar con la máscara del Ciervo y contar una parte.
La que lo hiciera parecer dueño de la verdad incluso al final.
La que nos destruyera a todos menos a él, porque él ya se estaba muriendo.
No era arrepentimiento. Era venganza contra los vivos.
Bruno se dejó caer en una silla.
—Por eso había que detenerlo.
La frase salió demasiado clara.
Todos lo miraron.
El alcalde levantó la cabeza, comprendiendo tarde la forma exacta de sus palabras.
—No quería decir…
—En realidad —dijo Delacroix—, temo que esta vez sí.
Bruno se puso de pie.
—Yo no lo maté.
—Todavía no le he preguntado.
—Pues pregúntemelo.
—Cuando una persona me exige una pregunta, suelo sospechar que ya ha preparado una respuesta.
El alcalde se quedó callado.
Delacroix cerró el cuaderno de Lucía con cuidado.
La verdad no estaba completa, pero ya tenía huesos.
Lucía había descubierto que Álvaro no solo era un depredador protegido por su apellido, sino el administrador de una red de favores, deudas y fondos desviados bajo apariencia de caridad y tradición.
Había escondido pruebas en el molino. Celia le prometió ayuda.
Marisa la sustituyó para crear la escena del acantilado.
Álvaro recuperó el cuaderno y lo usó durante veinticinco años para comprar obediencia.
Y ahora alguien estaba matando a quienes habían formado parte de aquel silencio, dejando notas como si corrigiera una crónica mal escrita.
—El asesino de esta noche conoce el cuaderno —dijo Delacroix.
Celia levantó la mirada.
—No necesariamente.
—Sí. Las notas no repiten rumores. Repiten estructura. El Ciervo no fue el primero. Ella tampoco llegó al acantilado. Ahora todos tendrán rostro. No son frases de alguien que improvisa. Son frases de alguien que sabe cómo se construyó la mentira.
—Álvaro tenía el cuaderno —dijo Clara—. Y lo escondió.
—O lo perdió. O se lo robaron. O decidió repartir partes antes de morir. Evaristo habló de un sobre para usted. La carta de su madre desapareció. La máscara de Lucía apareció. La del Ciervo fue devuelta. Alguien está usando piezas de distintos escondites.
Teresa miró hacia la ventana.
—Entonces esa persona puede estar en la plaza.
—O en esta habitación —dijo Delacroix.
Nadie respiró.
Fuera, una nueva campanada sonó. Esta vez sí podía acercarse la medianoche. O quizá alguien seguía jugando con el tiempo de San Telmo como quien mueve agujas en un reloj de juguete.
Nico golpeó la puerta desde fuera.
—¡Madre!
Teresa abrió. El muchacho entró con la cara blanca.
—Emilia Luar ha vuelto.
—¿La atraparon? —preguntó Delacroix.
Nico negó.
—No. Ha vuelto sola. Está en la plaza. Dice que quiere hablar. Dice que ella sabe quién llevaba la máscara de la Dama cuando Lucía desapareció.
Inés se volvió hacia la puerta.
—Vamos.
—Espere —dijo Nico.
Todos lo miraron.
El muchacho tragó saliva.
—Dice que solo hablará si Celia se pone delante de ella. Y si la dejan mirar a la Dama sin velo.
Celia cerró los ojos.
Delacroix se puso los guantes.
—La fiesta que salvó al pueblo —dijo en voz baja— parece decidida a cobrar los intereses esta noche.
Abrió la puerta.
La nieve entró en la posada como una mano fría.