Capítulo 23 — La fiesta que salvó al pueblo
Regresaron a la posada con el cuaderno de Lucía Cardiel bajo el abrigo de Delacroix y una sensación muy parecida a llevar un cadáver que todavía podía hablar.
La plaza seguía llena, pero ya no era una fiesta.
Era una espera con música. Las máscaras, retiradas antes de tiempo, se amontonaban sobre mesas, bancos, alféizares y brazos nerviosos.
Sin ellas, San Telmo de la Nieve parecía más pequeño, más viejo, menos capaz de sostener su propia leyenda.
La gente miraba de una forma distinta. Ya no se protegían detrás de madera, porcelana o tela; ahora tenían que soportar sus propios rostros, y algunos descubrían con alarma que el rostro verdadero no era necesariamente más tranquilizador que el falso.
El alcalde Bruno Sada intentó acercarse a Delacroix al cruzar la plaza, pero Teresa Valcende lo interceptó con una naturalidad casi doméstica.
—Ahora no, Bruno.
—Teresa, soy el alcalde.
—Sí. Y aun así, ahora no.
Delacroix siguió caminando sin detenerse.
A veces la autoridad más eficaz consistía en dejar que otra persona humillara al poder local con frases breves.
Detrás de él iban Inés, Clara, Samuel, Celia y el padre Elías.
El doctor Lanza se les unió a mitad de camino, envuelto en un abrigo que alguien le había prestado y con la expresión de un hombre que ya no sabía si temía más morir o seguir recordando.
Nico los miraba desde la mesa de registros, con el zorro en la mano y los ojos abiertos de par en par.
Delacroix le indicó con un gesto que se quedara allí.
El muchacho obedeció, pero con la visible decepción de quien acaba de ser expulsado de la parte más educativa de la catástrofe.
En la posada, Teresa cerró la puerta y echó el pestillo.
El comedor estaba vacío. El fuego seguía encendido, el gato dormía frente a la chimenea y la vitrina con la máscara antigua de la Dama observaba la sala con su neutralidad de objeto absuelto por el polvo.
Delacroix dejó el cuaderno sobre la mesa central.
Nadie se sentó de inmediato. Inés permaneció de pie frente a él, como si temiera que tocar una silla pudiera retrasar veinticinco años más la verdad.
Clara se apoyó en el respaldo de una butaca.
Samuel, pálido por el golpe, apoyó el brazo herido contra el pecho.
Celia no se acercó. Se quedó junto a la ventana, con los faroles azules de la plaza reflejados en el cristal detrás de ella, como si incluso dentro de la posada siguiera bajo vigilancia de la fiesta.
—Antes de leer —dijo Delacroix—, conviene recordar algo.
Este cuaderno puede contener verdad, miedo, error, rabia o las cuatro cosas con letra de muchacha.
No vamos a convertirlo en evangelio solo porque haya estado escondido bajo una imagen sagrada.
Los lugares sagrados, como hemos comprobado, también aceptan depósitos bastante discutibles.
Inés lo miró con los ojos húmedos.
—Es de mi hermana.
—Sí. Y precisamente por eso debemos leerlo con respeto, no con desesperación.
Ella bajó la mirada. No discutió. Fue un acto de fuerza mayor que cualquier grito.
Delacroix abrió el cuaderno. Las primeras páginas estaban deformadas por la humedad.
Algunas palabras se habían corrido; otras seguían claras, inclinadas, rápidas.
La letra de Lucía parecía escrita por alguien que pensaba más deprisa de lo que podía mover la mano.
Había entradas breves, frases sueltas, nombres, fechas, cuentas pequeñas, observaciones sobre la fiesta.
Al principio no había nada criminal, y eso lo volvió más doloroso.
Una muchacha que se quejaba del frío, de un vestido prestado, de Celia, de su madre, de Inés tocándole sus cosas, de la forma en que los ricos del pueblo pronunciaban “tradición” como si hubieran inventado el invierno.
Delacroix leyó en voz alta solo cuando las páginas empezaron a cambiar.
—Celia dice que este año puedo llevar la máscara de la Dama.
No oficialmente. No delante de todos hasta el final.
Dice que soy hermosa y que la Dama debe parecerlo, aunque nadie vaya a verme la cara.
Me dijo que don Álvaro lo sugirió. No sé si eso debe alegrarme o darme miedo.
Creo que las dos cosas son lo mismo cuando una vive aquí.
Inés cerró los ojos. Clara no apartó la mirada del cuaderno. Celia seguía junto a la ventana.
—Siga —dijo Clara.
Delacroix pasó una página con cuidado.
—Don Álvaro me habló en la casa. Dijo que San Telmo necesita símbolos jóvenes porque los pueblos viejos se mueren si solo miran a los viejos.
Me tocó el pelo como si estuviera eligiendo una tela.
Celia estaba allí y se rió, pero no mucho.
Después me dijo que no fuera tonta, que a las chicas como yo no les caen oportunidades del cielo.
Yo le dije que algunas oportunidades parecen piedras.
Me dijo que las piedras también sirven para construir casas.
Samuel murmuró algo entre dientes. No llegó a ser una palabra.
Delacroix continuó. No leyó todo. Algunas frases no hacían falta para entender.
O quizá hacían falta demasiado y por eso convenía no exhibirlas.
Lucía hablaba de Álvaro, de invitaciones a la casa Tebra, de una habitación donde no debía entrar, de Celia prometiendo ayudarla, de Bruno Sada queriendo caer bien a todos, de Gabriel Lanza mirando al suelo cuando don Álvaro hablaba, de Marisa Sada diciéndole que una muchacha pobre debía aprender a no confundir atención con destino.
La siguiente entrada estaba marcada por una mancha de humedad.
—No fue un error. No fue una confusión. No fue vino.
No fue la fiesta. Fue él. Y Celia lo sabe.
Me dijo que si hablo, dirán que lo busqué.
Que mi madre no resistiría la vergüenza.
Que Inés crecería con mi nombre en la boca de todos.
Le pregunté si esa era su forma de ayudarme.
Me contestó que era la única forma que teníamos de sobrevivir.
Inés se llevó una mano al pecho. No lloró. El llanto, cuando llega demasiado tarde, a veces no encuentra salida y se queda dentro haciendo daño en silencio.
Clara miró a Celia.
—¿Qué le hizo mi padre?
Celia no respondió.
—¿Qué le hizo? —repitió Clara.
El padre Elías bajó la cabeza. Lanza se sentó con pesadez, como si las piernas hubieran decidido renunciar a la dignidad.
Teresa permaneció de pie junto a la puerta, con el rostro endurecido.
Delacroix no obligó a Celia a contestar todavía.
Hay verdades que, si se fuerzan antes de tiempo, se convierten en gritos y pierden precisión. Siguió leyendo.
—He escondido las cartas y los recibos en el molino, donde el agua ya no hace ruido.
También la copia de la nota que me dio él, por si Celia decide que la amistad sirve para obedecer a los hombres.
Hay dinero. Hay nombres. Hay fechas. No solo lo mío.
Lo de Tomás Rego. Lo del puerto. Lo de las barcas que no volvieron porque las reparaciones se pagaron tarde aunque el dinero estaba.
Lo de las ayudas de la Dama. Don Álvaro no protege San Telmo. Lo posee por partes.
Bruno Sada, que había conseguido entrar detrás de Teresa sin que nadie lo invitara, se quedó inmóvil en el umbral. Nadie le dijo que se marchara. Su presencia, en ese momento, era menos una interrupción que una prueba.
—¿Qué ayudas? —preguntó Clara.
Lanza respondió sin levantar la vista.
—Después de los temporales, la casa Tebra administraba parte de las donaciones. La cofradía, la capilla, las familias de los marineros. Había papeles. Nunca vi nada completo.
—Pero sabía que algo no estaba limpio —dijo Inés.
—Sí.
—Qué sorpresa.
El médico aceptó la frase como quien acepta una bofetada merecida y mal dada. Delacroix siguió leyendo.
—Celia dice que si esto sale, el pueblo se hunde.
Que don Álvaro ha pagado demasiadas cosas, que demasiadas familias dependen de él, que la fiesta es lo único que nos queda para traer dinero.
Dice que soy egoísta por querer decir la verdad ahora.
Yo le dije que egoísta es pedirme que me convierta en leyenda para que otros puedan seguir vendiendo máscaras.
El silencio de la posada fue más fuerte que la música exterior.
Delacroix pasó varias páginas dañadas. En una de ellas, apenas se distinguían palabras sueltas: casa, brindis, Celia, no iré sola, Inés debe saber. Luego apareció una entrada más clara, fechada el mismo día de la desaparición.
—Esta noche llevaré la máscara de la Dama.
Celia dice que después del brindis me acompañará hasta la cruz.
Allí decidiré. Si viene conmigo, hablaremos con Inés y luego con mi madre.
Si no viene, iré sola al molino y sacaré todo.
No voy a dejar que me conviertan en un accidente.
Si me pasa algo, no busquéis en el mar. Buscad donde el agua no hace ruido.
Inés apoyó las manos sobre la mesa. Sus dedos temblaban.
—Ella sabía.
—Sí —dijo Delacroix—. Sabía que podían hacerle daño.
—Y fue igual.
—A veces la valentía se parece mucho a la falta de opciones.
Celia habló entonces. Su voz salió baja, áspera, menos controlada.
—Lucía no entendía lo que podía destruir.
Inés se volvió hacia ella con una lentitud terrible.
—¿Eso es lo que vas a decir?
Celia no retrocedió.
—San Telmo estaba arruinado. Las barcas no volvían, las familias se marchaban, la fiesta se apagaba.
Don Álvaro era un monstruo, sí, pero también era el único que mantenía el pueblo en pie.
Lucía tenía razón en muchas cosas. Demasiadas.
Pero una verdad así no habría salvado a nadie. Habría hundido a todos.
—Mi hermana ya se hundió.
—No quise que muriera.
La frase cayó sobre la mesa como un plato roto.
Bruno Sada cerró la puerta despacio detrás de sí. Afuera, la música seguía. Dentro, nadie pareció respirar.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Delacroix.