Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 22 — La Dama de la Nieve #2
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Capítulo 22 — La Dama de la Nieve #2

El hueco no era grande. Dentro había una caja larga, cubierta por un paño azul descolorido, y varios objetos envueltos en lino. Delacroix hizo que nadie tocara nada hasta que acercó la lámpara. Sobre la caja había un papel reciente, doblado. Lo tomó con las pinzas.

Tinta azul.

La Dama también llevó máscara.

Inés cerró los ojos.

—Lucía.

Delacroix no respondió. Abrió la caja.

Dentro había una máscara.

No una máscara blanca de acompañante. No una máscara de ave.

No una copia del Ciervo. Era una máscara de mujer, antigua, de madera clara, con facciones suaves, casi hermosas, y una grieta fina que cruzaba la mejilla izquierda.

Tenía restos de pintura azul alrededor de los ojos.

No estaba pensada para cubrir la cara de una santa, sino de una persona.

Una mujer viva. O una mujer que debía parecerlo durante unos minutos.

Clara se acercó.

—¿Qué es?

Celia respondió antes que nadie. Su voz salió baja.

—La primera Dama.

Delacroix la miró.

—Explíquese.

Ella no parecía querer hacerlo. Pero la máscara, el herido en el suelo, la nota y la mirada de Inés la habían dejado sin la comodidad de elegir el silencio.

—Antes de que se usara la imagen procesional, una mujer representaba a la Dama durante la fiesta.

Una joven del pueblo. Siempre enmascarada.

Caminaba desde la iglesia hasta el acantilado, recibía las ofrendas y luego desaparecía simbólicamente antes de medianoche.

Era un rito antiguo. Se dejó de hacer después de…

No terminó.

—Después de Lucía —dijo Inés.

Celia no la miró.

—Sí.

Delacroix levantó la máscara antigua con cuidado. Por dentro había una inscripción muy tenue, casi borrada por el tiempo. No iniciales. Una frase.

Nadie ve a la Dama y vive igual.

—Encantador —murmuró—. Su pueblo posee una relación admirablemente hostil con la infancia, la madera y la salud mental.

El padre Elías se sentó en el primer banco, vencido.

—Cuando llegué aquí, me dijeron que el rito se había suprimido por prudencia. Que la gente se había vuelto demasiado supersticiosa.

—Una explicación muy útil —dijo Delacroix—. Culpa a la gente de abajo por los secretos de arriba.

Celia cerró la caja con los ojos, no con las manos.

—Lucía iba a representar a la Dama aquella noche.

Inés se volvió hacia ella tan despacio que resultó más terrible que un grito.

—¿Qué?

—No oficialmente. Se decidió a última hora. La joven elegida enfermó. Lucía conocía el recorrido, ayudaba en la fiesta, era… adecuada.

—¿Adecuada? —repitió Inés.

Celia tragó saliva.

—Era hermosa. La Dama debía ser hermosa.

Inés levantó una mano, no para golpearla, aunque durante un segundo Delacroix pensó que quizá lo haría, sino como si necesitara detener físicamente la frase antes de que entrara más hondo.

—Mi hermana no desapareció como Lucía —dijo—. Desapareció como la Dama.

Nadie respondió.

Delacroix miró la máscara antigua, luego la de ave recuperada, luego la máscara blanca partida en el suelo.

Las piezas se movían. Lucía no había ido al acantilado con su máscara de ave.

Alguien la había sustituido. Pero Lucía quizá tampoco estaba destinada a ser vista como Lucía.

Iba a llevar otro rostro. El rostro de la Dama.

Y si desapareció durante el rito, el pueblo no perdió solo a una muchacha: perdió a la encarnación misma de su superstición.

Por eso habían cambiado la tradición. Por eso dejaron de usar una mujer viva y pasaron a sacar una imagen de madera.

Por eso nadie debía quitarse la máscara antes de medianoche.

No para honrar una norma antigua, sino para impedir que alguien recordara que una vez, bajo una máscara sagrada, había habido una muchacha de carne.

—¿Quién decidió que Lucía representara a la Dama? —preguntó.

Celia cerró los ojos.

—Álvaro.

Inés soltó un sonido breve, roto.

—¿Por qué?

—Porque quería verla en el rito. Porque podía decidirlo. Porque todos le obedecían.

—No —dijo Delacroix.

Celia abrió los ojos.

—¿No?

—Don Álvaro podía imponer muchas cosas, sin duda. Pero la carta de Lucía dice que usted sabía dónde estaba todo. Dice que si usted decía que no, era que había elegido vivir con ellos. Lucía no temía solo a Álvaro. Temía una traición.

Celia lo miró como si la frase la hubiera golpeado sin tocarla.

El sacristán gimió en el suelo. Samuel se arrodilló junto a él.

—Está despertando.

Delacroix se acercó.

—Anselmo. Escúcheme. ¿Quién lo golpeó?

El sacristán abrió los ojos con dificultad. Miró la caja abierta, la máscara antigua, a Celia, al padre Elías. Luego sus labios se movieron.

—No fue… la Dama…

—¿Quién?

—La que… vino…

—¿La máscara blanca?

El hombre tragó saliva.

—No caminaba… como mujer.

Clara se tensó.

—¿Un hombre?

—No… no sé…

—Anselmo —dijo el padre Elías—, ¿qué vio?

El sacristán levantó una mano temblorosa hacia el compartimento abierto.

—Buscaba… lo de Lucía.

—¿Qué cosa? —preguntó Delacroix.

—Debajo… de la Dama…

Y volvió a desmayarse.

Samuel miró dentro del hueco.

—Debajo de la caja.

Retiraron la caja con cuidado. En el fondo del compartimento había una tabla suelta, cubierta de polvo. Samuel la levantó con la navaja. Debajo apareció un paquete pequeño envuelto en tela encerada, atado con una cinta que alguna vez fue azul y ahora era casi gris.

Inés dejó de respirar.

Delacroix lo tomó con cuidado. La tela estaba antigua, pero no tanto como la caja. Al desatarla, apareció un cuaderno pequeño, de tapas negras, deformado por la humedad, y varias hojas dobladas. En la primera, escrita con letra joven y nerviosa, había un nombre.

Lucía Cardiel.

Inés se llevó las manos a la boca.

Celia retrocedió un paso.

Clara miró a Delacroix.

—Eso era lo que escondió.

—No —dijo él, observando las tapas húmedas, las hojas, la cinta—. Esto es lo que alguien escondió después de encontrar lo que ella escondió.

—¿Cómo lo sabe?

Delacroix levantó la cinta.

—Porque Lucía escribió que estaba en el sitio donde el agua no hacía ruido. El molino. Esto estaba bajo la Dama. Alguien lo trasladó aquí. Alguien lo apartó del barro y lo guardó en el lugar más sagrado del pueblo.

Miró a Celia.

—Y, por lo visto, ese alguien sabía que nadie se atrevería a mirar bajo su santa.

La plaza, al otro lado de las puertas, seguía llena de rostros descubiertos y murmullos cada vez más oscuros. En la iglesia, la Dama de la Nieve había perdido algo más que su misterio. Había perdido su coartada.

Delacroix guardó el cuaderno bajo el abrigo.

—Volvemos a la posada —dijo—. Allí leeremos esto con luz, puertas cerradas y la esperanza, probablemente ingenua, de que nadie intente matarnos antes de la siguiente página.