Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 22 — La Dama de la Nieve
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Capítulo 22 — La Dama de la Nieve

La oscuridad cayó sobre la iglesia como si alguien hubiera cerrado los párpados de Dios.

Desde la plaza, Delacroix vio apagarse las luces de la nave en una secuencia demasiado perfecta para ser accidente: primero las lámparas laterales, después los cirios del altar, luego el resplandor azul que salía por las vidrieras.

Durante un segundo la iglesia quedó convertida en una masa negra detrás de la nieve, y la fiesta, con todos sus faroles, sus rostros descubiertos y su música interrumpida, pareció inclinarse hacia ella como un animal asustado ante la boca de una cueva.

El golpe sordo había venido de dentro. Eso también lo habían oído todos.

Y, como suele ocurrir cuando una multitud escucha algo que no sabe interpretar, la plaza empezó a interpretarlo de todas las maneras posibles al mismo tiempo.

Hubo gritos, oraciones, un hombre que aseguró haber visto moverse a la Dama, una mujer que llamó a su hijo con un tono capaz de devolverlo de la muerte si hubiera sido necesario, y el alcalde Bruno Sada intentando imponer orden con la voz de quien ya había perdido el derecho a que lo obedecieran, pero aún no el hábito.

—¡Que nadie se mueva! —gritó.

Naturalmente, varias personas se movieron.

Delacroix no corrió hacia la iglesia. Caminó deprisa, que era distinto y bastante más útil.

Inés Cardiel lo siguió sin pedir permiso.

Samuel Rego, pese al brazo dolorido, avanzó detrás de ella.

Clara de Tebra se apartó de la persecución de Emilia Luar y volvió hacia la plaza al comprender que Delacroix tenía razón: la huida de la mujer de azul había sido demasiado oportuna, demasiado visible, demasiado perfecta para una noche que ya había abusado del espectáculo.

Celia Armentia seguía junto a la imagen velada de la Dama, inmóvil, con el rostro descubierto y los ojos clavados en la iglesia.

No parecía sorprendida. Tampoco tranquila.

Parecía una persona que acaba de reconocer una melodía antigua y odia saber la letra.

—Señora Armentia —dijo Delacroix al pasar junto a ella—. Venga.

—Debo quedarme con la Dama.

—La Dama, si tiene el mínimo sentido común que le atribuyen, sabrá esperar sin supervisión.

Celia no se movió.

—No entiende.

Delacroix se volvió apenas.

—Empiezo a cansarme de esa frase. Venga, o tendré que asumir que prefiere quedarse donde todos puedan verla mientras otra persona termina lo que usted no desea mirar.

Eso funcionó. Celia apretó los labios, recogió su máscara blanca y lo siguió.

El alcalde también intentó hacerlo, pero Teresa Valcende le cortó el paso con una autoridad admirable para alguien que llevaba toda la noche fingiendo administrar una posada y en realidad estaba administrando los restos de la cordura pública.

—Usted se queda aquí, Bruno.

—Soy el alcalde.

—Precisamente. Alguien tiene que hacer como que esto todavía es un pueblo.

El golpe fue tan perfecto que Delacroix habría deseado escucharlo en una habitación menos ocupada por posibles asesinatos.

Entraron en la iglesia por la puerta principal.

Dentro no había oscuridad completa, sino algo peor: una penumbra azulada, móvil, alimentada por la nieve que reflejaba los faroles de la plaza a través de las vidrieras.

Los bancos eran sombras alineadas. El altar apenas se distinguía.

El aire olía a cera apagada, humo y humedad.

En algún lugar goteaba agua. Delacroix alzó una mano para que nadie avanzara más.

—No pisen sin mirar.

—No vemos —dijo Inés.

—Eso suele ser un inconveniente para mirar, sí. Samuel, luz.

El carpintero levantó la lámpara que había traído desde el molino. La llama iluminó un círculo pequeño: suelo de piedra, bancos, restos de cera, una cinta azul caída. Delacroix la señaló sin tocarla.

—Ya tenemos la cortesía del color.

Celia respiró hondo.

—Esa cinta puede pertenecer a cualquiera.

—En San Telmo, señora Armentia, “cualquiera” empieza a parecer una familia muy numerosa y con pésimos modales.

Avanzaron hacia el altar. El golpe había sonado desde el lateral derecho, cerca de la capilla donde normalmente reposaba la imagen de la Dama.

Pero la imagen no estaba allí. Seguía en la plaza, velada, custodiada por faroles y por el miedo de quienes habían decidido que incluso un cadáver era menos terrible que romper un rito.

En su lugar, la capilla lateral parecía vacía.

Delacroix se acercó. La lámpara de Samuel tembló al iluminar el nicho, los exvotos, las placas, los pequeños barcos de madera, los pañuelos bordados, los mechones de cabello, las fotografías viejas.

En el suelo, frente a la capilla, yacía una figura.

No era un cadáver. Al menos, no todavía.

Era el sacristán. Un hombre pequeño, de unos cincuenta años, con la frente ensangrentada y las manos cubiertas de cera azul. Respiraba con dificultad. A su lado había un candelabro caído, varias velas rotas y una máscara blanca partida por la mitad.

El padre Elías apareció desde la sacristía con una vela en la mano y el rostro desencajado.

—Anselmo.

—¿Vive? —preguntó Delacroix.

—Sí. Creo que sí.

—Entonces la noche conserva algún gusto por la variedad.

El sacerdote se arrodilló junto al sacristán, pero Delacroix lo detuvo antes de que tocara la máscara partida.

—Al hombre, sí. A la escena, no.

El padre Elías asintió y examinó al herido con manos temblorosas.

Samuel sostuvo la lámpara más cerca. Clara se quedó junto a la primera fila de bancos.

Inés miraba la capilla lateral con una expresión extraña, como si el lugar le resultara conocido a través de una historia que nadie le había contado del todo.

—¿Qué hacía aquí? —preguntó Delacroix.

—Anselmo cuida la iglesia durante la fiesta —dijo el padre Elías—. Revisa las velas, las puertas, el campanario.

—Un trabajo peligroso, según parece.

El sacristán murmuró algo. El cura se inclinó.

—¿Qué dice?

—La… la cara…

Delacroix se arrodilló junto a él.

—¿Qué cara?

El hombre abrió los ojos con esfuerzo. La sangre le bajaba por la sien y se perdía en la ceja.

—La Dama… no tiene…

Luego volvió a perder la conciencia.

Inés se volvió hacia Celia.

—¿Qué significa eso?

Celia estaba muy quieta. Demasiado. La luz de la lámpara le marcaba el rostro con sombras duras, y por primera vez Delacroix vio en ella algo parecido al miedo verdadero, no miedo a ser descubierta, sino a que algo que había permanecido quieto durante décadas empezara a moverse sin pedirle permiso.

—La Dama no tiene rostro —dijo ella.

—Todas las máscaras dicen eso —respondió Delacroix—. Las personas suelen empeñarse en complicarlo.

Se acercó al nicho vacío de la capilla. Allí donde la imagen de la Dama reposaba durante el año había un pedestal de piedra, cubierto por un paño blanco.

El paño estaba torcido. Detrás del pedestal, en la pared, Delacroix observó una línea vertical casi invisible.

Una junta. No decorativa. Samuel también la vio.

—Eso se abre —dijo el carpintero.

El padre Elías levantó la cabeza.

—No.

La palabra fue rápida. Demasiado rápida.

Delacroix lo miró.

—Padre.

El sacerdote se puso de pie con esfuerzo.

—Ese compartimento no se toca.

—Qué noche tan instructiva. Cada vez que alguien me dice que algo no se toca, acabamos encontrando un muerto, una carta o una máscara falsa.

—Es un espacio sagrado.

—En mi experiencia, padre, los espacios sagrados son muy útiles para guardar cosas profanas. La gente los registra menos.

Celia dio un paso hacia el pedestal.

—No puede abrirlo.

—¿Usted también lo sabía?

—Es parte de la imagen. De la tradición.

—La tradición, de nuevo. Empiezo a pensar que en San Telmo esa palabra significa “lugar donde escondimos lo que no cabía en la conciencia”.

Samuel se acercó a la pared y examinó la junta.

—Hay una cerradura pequeña. Oculta bajo la tela.

—¿Llave? —preguntó Delacroix.

El padre Elías no respondió.

Celia tampoco.

Inés los miró a ambos.

—¿De verdad? ¿También aquí?

Clara avanzó hacia la capilla.

—Padre, si sabe algo, dígalo.

El sacerdote cerró los ojos. Cuando los abrió, parecía haber envejecido de golpe.

—Hay una llave en la sacristía. La custodian los párrocos desde hace generaciones. Ese hueco se abría solo antes de la fiesta, para guardar las piezas antiguas de la Dama. Hace años que no se usa.

—¿Cuántos años? —preguntó Delacroix.

El silencio fue suficiente.

—Veinticinco —dijo Inés.

El padre Elías no la corrigió.

Samuel soltó aire lentamente.

—Deme la llave.

—No puedo.

Delacroix habló con suavidad.

—Padre, hay un hombre herido en el suelo, dos personas muertas esta noche y una joven desaparecida desde hace veinticinco años. Si la llave abre una tradición o una tumba, me temo que la cortesía religiosa ha dejado de ser prioritaria.

El padre Elías fue a la sacristía. Tardó menos de un minuto, pero la espera pareció mucho más larga.

Durante ese tiempo, Delacroix examinó la máscara partida junto al sacristán.

Era una máscara blanca con línea azul en la frente.

Reciente. Falsa. Igual que la de Marisa.

En el borde interior había una mancha de sangre: probablemente del golpe del sacristán al caer o al recibir el ataque.

En la cinta posterior, un hilo gris enganchado. No azul. Gris.

Martín llevaba máscara gris, pero Martín estaba en la plaza bajo vigilancia. No todo hilo gris era Martín. Delacroix se obligó a recordarlo. Una investigación no debía enamorarse de sus primeras asociaciones; esos romances solían terminar en cementerios.

El padre Elías volvió con una llave pequeña de hierro, oscura por el tiempo.

Samuel la tomó, miró a Delacroix y la introdujo en la cerradura oculta.

Giró con dificultad. La piedra emitió un crujido bajo, casi animal.

El panel se abrió apenas unos centímetros.

Un olor viejo salió de dentro: polvo, madera seca, tela encerrada, humedad antigua.

Samuel abrió más.