Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 21 — Todos tendrán rostro #2
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Capítulo 21 — Todos tendrán rostro #2

Teresa y Nico empezaron a anotar nombres.

Martín, bajo la vigilancia de Samuel, tomó otra lista.

El padre Elías fue hacia la iglesia con dos hombres para comprobar las campanas, no sin que Delacroix le advirtiera que no tocara nada que pareciera querer ser tocado.

Celia permaneció junto a la Dama, inmóvil, con la máscara blanca en la mano.

Clara se colocó al pie del entarimado, observando a los vecinos como si acabara de descubrir que la casa Tebra no era la única construcción levantada sobre una fosa.

Inés subió junto a Delacroix.

—Esto se va a descontrolar.

—Ya lo ha hecho. Ahora intentamos que lo haga con cierta utilidad.

—La nota dice que todos tendrán rostro.

—Sí.

—¿Por qué? ¿Por qué obligarlos a quitarse las máscaras?

Delacroix miró la plaza. Rostros descubiertos. Personas que se reconocían. Gente que ya no podía esconder temblores, palideces, manchas, cortes, lágrimas. De pronto vio algo. No una revelación, no todavía. Una posibilidad.

—Porque debajo de las máscaras hay pruebas que no podían verse antes.

—¿Qué pruebas?

—Rostros. Heridas. Manchas. Ausencias. Y quizá una persona que no debería tener la cara que tiene.

Inés frunció el ceño.

—No entiendo.

—Esta noche todo el mundo ha estado mirando trajes, capas y máscaras. El asesino acaba de obligarnos a mirar caras. Eso puede ser arrogancia. O puede ser necesidad.

—¿Necesidad de qué?

Delacroix no respondió enseguida. Abajo, entre la multitud, vio a una mujer joven frotándose con desesperación una mancha azul en la mejilla.

Luego a un hombre intentando ocultar un arañazo en el cuello.

Luego a otra persona, una de las acompañantes de la Dama, con los ojos clavados en Celia y la boca cerrada con demasiada fuerza.

—De que alguien sea visto —dijo al fin—. Pero quizá no por nosotros.

El padre Elías regresó desde la iglesia antes de lo esperado. Venía con el rostro más pálido que la nieve. A su lado caminaba un sacristán tembloroso.

—Monsieur Delacroix.

—Padre.

—La puerta del campanario estaba abierta. La llave seguía puesta por dentro.

—¿Y?

El cura tragó saliva.

—En la cuerda de la campana había una cinta azul atada. Y en el suelo, junto a la escalera, hemos encontrado esto.

Le entregó un objeto envuelto en un pañuelo.

Delacroix lo abrió.

Era un guante. Negro. De cuero. Con un botón perdido en la muñeca.

Clara bajó la vista de inmediato.

—Como los de Martín.

Martín, desde la mesa, levantó la cabeza.

—Yo no…

—No —dijo Delacroix—. Este no es suyo.

Samuel se acercó.

—¿Cómo lo sabe?

Delacroix giró el guante. En el interior, bordadas con hilo gris, había dos iniciales.

A.T.

Clara dejó escapar un sonido breve.

—Álvaro de Tebra.

—O alguien ha decidido que hasta los guantes deben participar en la función —dijo Delacroix.

Celia había dado un paso hacia ellos. Uno solo. Pero bastó.

—Eso es imposible.

Delacroix la miró.

—Señora Armentia, la noche ha sido muy paciente con esa palabra. Yo, no tanto.

El guante negro de don Álvaro. La máscara auténtica devuelta. La nota. Las campanas falsas. El cuerpo del anciano vestido con guantes grises. El botón negro encontrado en su habitación. Una pieza se desplazó dentro de la mente de Delacroix. No encajó todavía, pero dejó de flotar.

—Clara —dijo—, ¿su padre tenía guantes negros?

—Sí. Un par antiguo. De ceremonia. Los usaba con la máscara del Ciervo cuando era más joven. Creí que estaban guardados.

—¿Dónde?

—En la casa. En la caja de la capa ceremonial.

—La caja estaba abierta cuando llegamos.

—Sí.

Delacroix miró hacia Celia.

—La persona que preparó al falso Ciervo no solo usó una copia de la máscara. Usó guantes negros asociados a don Álvaro. Pero el guante encontrado en el campanario no parece pertenecer al par de Martín. Parece pertenecer al verdadero don Álvaro.

—¿Qué significa? —preguntó Inés.

—Que alguien quiere mezclar al muerto con sus imitadores hasta que no podamos separar los gestos.

—¿Y puede?

Delacroix guardó el guante.

—Lo está intentando con mucho entusiasmo. Eso casi siempre significa que hay una separación que teme.

Desde la zona de los soportales llegó entonces un grito. No de muerte esta vez. De descubrimiento. La gente se apartó, y Nico apareció corriendo con algo en la mano. Teresa lo siguió, intentando alcanzarlo y fallando con admirable dignidad.

—¡Monsieur Delacroix!

—Nico, si vuelves a correr con una posible prueba, empezaré a admirarte menos.

El niño se detuvo, jadeando, y abrió la mano.

Era un pequeño frasco de vidrio oscuro. Vacío. Igual al fragmento encontrado en la Casa de los Rostros.

—¿Dónde estaba?

—En el cubo de ceniza, detrás del puesto de vino caliente.

Delacroix lo tomó con el pañuelo y lo olió.

Amargo. Medicinal. Familiar.

Lanza, que acababa de llegar desde la casa de Marisa acompañado por uno de los hombres, palideció al verlo.

—Ese es de mi consultorio.

—¿Está seguro?

—Sí. Uso esa clase de frascos para el preparado de digital.

La plaza volvió a murmurar. Delacroix levantó el frasco, no para mostrárselo a todos, sino para que quienes ya habían entendido empezaran a temer lo correcto.

—Doctor, ¿quién tiene acceso a esos frascos?

Lanza tragó saliva.

—Yo. Mi ayudante. Evaristo, cuando preparaba las dosis de don Álvaro. Y cualquier persona que haya entrado en mi consultorio mientras yo estaba atendiendo la fiesta.

—Una lista abierta. Cómo no.

El alcalde se acercó, con la voz quebrada.

—Entonces el veneno salió del consultorio.

—Probablemente.

—Gabriel…

—No fui yo —dijo Lanza.

La frase fue distinta de las de Martín. No sonó defensiva. Sonó aterrada.

Delacroix lo observó.

—Lo sé.

El médico parpadeó.

—¿Lo sabe?

—No. Pero necesitaba ver quién respiraba peor al oírlo.

Miró alrededor.

Celia no respiraba peor. Bruno, sí. Martín, también.

Clara estaba rígida. Inés, furiosa. Samuel, concentrado.

Pero una mujer entre las acompañantes de azul, una mujer de rostro redondo y ojos claros, había dado medio paso atrás justo cuando Lanza mencionó el consultorio. Delacroix no sabía su nombre. Todavía.

—Teresa —dijo en voz baja—, la mujer de azul junto al puesto de vino. Ojos claros. ¿Quién es?

Teresa miró sin girar demasiado.

—Emilia Luar.

Delacroix recordó la lista de hacía veinticinco años. Emilia Luar. Acompañante de la Dama. Presente la noche de Lucía. Presente tal vez ahora.

—Tráigala —dijo.

Pero Emilia Luar ya había comprendido demasiado. Echó a correr hacia la calle del puerto.

Samuel reaccionó primero. Clara después. Delacroix no corrió; bajó del entarimado con rapidez, pero sin perder de vista a Celia. Porque en el mismo instante en que Emilia huía, Celia Armentia no la miró a ella.

Miró hacia la iglesia.

Delacroix se detuvo.

—No —murmuró.

Inés, que había empezado a correr detrás de Emilia, se volvió.

—¿Qué?

Él miró la imagen de la Dama, el velo azul, la máscara del Ciervo, la plaza abierta, las caras descubiertas, la iglesia con la puerta lateral entornada.

—Emilia no huye —dijo—. La están usando para que miremos hacia otro lado.

Y entonces, desde dentro de la iglesia, sonó un golpe sordo.

Uno solo.

Después, oscuridad.

Las luces de la nave se apagaron todas a la vez.