Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 21 — Todos tendrán rostro
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Capítulo 21 — Todos tendrán rostro

La cuarta campanada todavía temblaba en las paredes de la casa azul cuando Delacroix salió a la calle.

La nieve caía con una furia más decidida, como si el cielo hubiera escuchado las campanas y considerado oportuno añadir su propio comentario.

Detrás de él venían Clara de Tebra, Inés Cardiel, Samuel Rego, el doctor Lanza, el padre Elías, Teresa Valcende, Celia Armentia y Bruno Sada, aunque no en ese orden moral.

El alcalde bajaba la cuesta casi tropezando con su propia autoridad, la máscara dorada en una mano y el rostro descubierto, demasiado humano de pronto, demasiado poco preparado para la intemperie.

Celia avanzaba sin prisa aparente, pero Delacroix vio cómo sus dedos apretaban la máscara blanca con tanta fuerza que la madera podía haberse quejado si las cosas muertas tuvieran derecho a hacerlo.

La plaza se había convertido en una boca abierta.

Las máscaras caían. Algunas eran retiradas con alivio, otras con miedo, otras con una prisa casi culpable.

Los vecinos se las arrancaban del rostro como si hubieran estado ardiendo.

Un hombre con cara de lobo se transformó en el panadero.

Una Dama blanca se convirtió en una muchacha llorando.

Un marinero ahogado volvió a ser un comerciante de telas.

Una anciana de madera dejó paso a una anciana verdadera que parecía mucho más peligrosa que su disfraz.

Los niños miraban a los adultos con la decepción silenciosa de quien descubre que debajo de los monstruos no había monstruos mejores, sino los mismos rostros cansados de siempre.

—¡Que nadie se marche! —gritó Bruno Sada desde la entrada de la plaza—. ¡Nadie abandone la plaza!

El efecto fue modesto, por no decir decorativo.

La gente estaba demasiado ocupada descubriéndose la cara, mirando la cara de los demás y comprobando, con una incomodidad casi física, que algunas personas parecían más culpables sin máscara que con ella.

Delacroix avanzó hacia el centro. La imagen de la Dama de la Nieve seguía sobre su soporte, velada todavía por el paño azul.

Pero sobre el velo, apoyada como una ofrenda blasfema, estaba la máscara auténtica del Ciervo Negro.

La reconoció antes de llegar. La grieta reparada en el lado izquierdo, la pasta oscura, la pieza de plata en la frente, la madera gastada por dentro.

Samuel había tenido razón. Aquella era la verdadera.

La que debería haber llevado don Álvaro.

La que alguien había robado, usado, ocultado y devuelto ahora como si la plaza entera fuese una mesa de acusación.

Dentro de la máscara, doblado con una pulcritud insoportable, estaba el papel que Teresa había mencionado. Delacroix lo tomó con las pinzas y lo abrió bajo la luz de los faroles. La tinta azul seguía fresca o lo parecía.

Ahora todos tendrán rostro.

—Qué vocación literaria tan agotadora —murmuró.

El padre Elías llegó a su lado, respirando con dificultad.

—Esto es una profanación.

—Padre, en esta plaza ya hay dos muertos, un impostor, una anciana envenenada y un pueblo entero obedeciendo campanas falsas. La profanación ha tenido una agenda muy activa esta noche.

El sacerdote bajó la mirada. No se ofendió. Quizá porque el cansancio había empezado a ocupar el sitio de la indignación.

Celia Armentia se acercó a la imagen de la Dama, pero Delacroix levantó el bastón para impedirle tocarla.

—No.

—Esa máscara no debe estar ahí.

—Coincido. Pero, por una vez, dejaremos que lo indebido nos explique algo antes de retirarlo por decoro.

—Está mancillando la imagen.

—No fui yo quien colocó un rostro de muerto sobre su santa.

Celia lo miró con los ojos encendidos. Ya no parecía solo controlada.

Parecía contenida. La diferencia era notable.

Delacroix guardó la nota y examinó la máscara.

Había restos de nieve en las astas y barro en el borde inferior.

También una mancha oscura junto a la cinta interior.

Se inclinó un poco más. Vino especiado. Otra vez.

Aquel asesino, o aquel director de escena, insistía demasiado en el mismo perfume.

Cuando alguien repetía tanto un símbolo, podía deberse a obsesión, a descuido o a una voluntad deliberada de empujar al investigador hacia un camino.

Samuel llegó junto a él.

—Es la auténtica.

—Sí.

—La grieta.

—La grieta, el interior, el desgaste. Todo.

Samuel miró hacia la multitud, como si buscara a alguien con los ojos.

—Quien la trajo tuvo que pasar por la plaza.

—No necesariamente. Pudo llegar desde la iglesia, desde la calle lateral o desde detrás de los puestos. Pero sí tuvo que saber cuándo sonarían las campanas.

El alcalde, que acababa de ordenar a tres hombres que cerraran las calles de salida, se volvió.

—Las campanas están en la iglesia.

—Una observación arquitectónica correcta. ¿Quién tiene acceso?

El padre Elías respondió:

—Yo. El sacristán. Dos monaguillos. El alcalde conserva una llave para emergencias. Celia también, por la organización de la fiesta. Y Martín, este año, para coordinar horarios.

—Una vez más, una puerta cerrada con la generosidad de una plaza pública.

Teresa apareció con Martín Lobeira. El joven venía casi arrastrado por su propia culpabilidad. Tenía el rostro descubierto, el corte bajo el labio hinchado y los ojos enrojecidos.

—No fui yo —dijo antes de que nadie le preguntara.

Delacroix suspiró.

—Señor Lobeira, empieza usted a declarar su inocencia con tanta frecuencia que pronto necesitaremos un estribillo.

—Estaba con Teresa.

—Es verdad —dijo ella—. No se movió de la mesa hasta que sonó la primera campana. Después intentó levantarse, pero lo retuve.

—Con bastante autoridad, imagino.

—Le pisé un pie.

—Un método jurídico infravalorado.

Martín no estaba para apreciar la defensa. Miraba la máscara del Ciervo sobre la Dama como si aquello fuera una blasfemia personal.

—Yo llevé una copia —dijo—. Esa no. Esa no la toqué.

—¿Está seguro?

—Sí.

—La seguridad, cuando llega tarde, siempre resulta conmovedora. Pero le creo por ahora.

El murmullo de la plaza crecía. Las máscaras, ya en manos de sus dueños, parecían objetos culpables.

Algunos vecinos intentaban marcharse hacia las calles laterales y eran detenidos por los hombres del alcalde.

Otros discutían. Una mujer lloraba cerca de la fuente.

Rosario Vilar seguía junto a su mesa de rosquillas, sin máscara, mirando todo con la expresión de quien había esperado el desastre durante tanto tiempo que ahora lo encontraba mal organizado.

Nico se movía entre la gente llevando mensajes de Teresa y fingiendo no disfrutar de su importancia.

Delacroix subió al entarimado. No pidió permiso.

La plaza necesitaba una voz y el alcalde había demostrado que la suya servía sobre todo para decorar equivocaciones.

Desde arriba, los rostros descubiertos lo golpearon con más fuerza que las máscaras.

Había miedo, sí, pero también cansancio, furia, vergüenza y algo parecido a la esperanza sucia de que el culpable fuese otro.

La humanidad soporta casi cualquier tragedia si puede asignarla a una persona distinta.

—Escuchen —dijo.

No gritó. No le hizo falta. La voz limpia, seca, atravesó la plaza mejor que muchos alaridos.

—Alguien ha adelantado el desenmascaramiento.

Alguien ha hecho sonar las campanas antes de medianoche.

Alguien ha colocado la máscara auténtica del Ciervo Negro sobre la imagen de la Dama y ha dejado una nota.

Ese alguien desea dos cosas: confusión y espectáculo.

La confusión ya la tiene. El espectáculo, me temo, no pienso concedérselo gratis.

Algunas personas se removieron. Delacroix continuó:

—Nadie abandonará la plaza sin ser identificado.

Nadie volverá a ponerse una máscara. Quien haya cambiado de ropa, de capa o de acompañante durante la última media hora deberá decirlo ahora.

Quien haya visto a alguien entrar o salir de la iglesia, acercarse a las campanas, tocar la imagen de la Dama o llevar una máscara de ciervo, deberá decirlo ahora.

Y quien crea que callar protege al pueblo debería mirar hacia la casa de Marisa Sada y preguntarse cuántos muertos más necesita su sentido de comunidad para sentirse satisfecho.

El nombre de Marisa atravesó la plaza con un efecto físico.

Muchos no sabían aún que había muerto. Otros lo sabían y habían decidido esperar a que la noticia adquiriera forma oficial, como si la muerte fuera menos muerte antes de ser anunciada por una persona con autoridad.

El alcalde palideció. Delacroix no se molestó en suavizarlo.

—Sí —dijo—. Marisa Sada está muerta. Don Álvaro de Tebra está muerto. Y si alguien cree que esas dos muertes son suficientes para cerrar una historia antigua, conviene que comprenda algo: los asesinos rara vez se detienen por modestia.

El silencio fue enorme.

Después empezaron las voces.

No todas a la vez, al principio. Una mujer dijo haber visto a una Dama blanca entrar en la iglesia por la puerta lateral.

Un pescador afirmó que un hombre con capa azul había cruzado detrás de los puestos justo antes de la primera campanada.

Rosario Vilar gritó que no era un hombre, que caminaba como mujer.

Otro vecino aseguró que era bajo. Otro, que era alto.

Un niño dijo que llevaba astas, pero enseguida su hermana lo llamó mentiroso porque había estado mirando las rosquillas.

Delacroix escuchó sin intentar ordenar demasiado pronto.

El caos, al principio, debía mostrar su forma natural.