Capítulo 20 — El médico tiene miedo
La casa de Marisa Sada tenía el silencio particular de los lugares donde la muerte no ha tenido que esforzarse demasiado.
No había muebles volcados, ni cristales rotos, ni señales de una lucha que permitiera a los vivos consolarse imaginando resistencia.
Solo una anciana sentada junto a la ventana, una copa de vino especiado sobre la mesa, una máscara blanca en el regazo y un papel con tinta azul que parecía haber sido escrito por alguien con una desagradable vocación de justicia teatral.
Ella tampoco llegó al acantilado. La frase no acusaba.
No explicaba. Hacía algo peor: corregía.
Bruno Sada seguía sentado en una silla, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada perdida en el rostro inmóvil de su tía.
Había perdido el gesto de alcalde y no había encontrado aún el de sobrino.
Celia Armentia estaba junto a la puerta, pálida de verdad por primera vez en toda la noche.
Clara de Tebra observaba la escena con esa frialdad tensa que ya empezaba a parecer una forma de no romperse.
Inés Cardiel no miraba a Marisa, sino la máscara blanca sobre su regazo.
Samuel Rego se había quedado en el umbral, como si no quisiera entrar del todo en otra habitación donde el pasado acababa de ganar terreno.
Delacroix no tocó nada. Observó primero la ventana.
Estaba abierta apenas un dedo, lo suficiente para dejar entrar una línea fina de nieve sobre el alféizar.
No parecía una huida cómoda. Más bien una señal, o una forma de alterar el aire de la habitación.
La mesa estaba cerca de la butaca. Sobre ella, además de la copa, había un plato con dos rosquillas mordidas, un pañuelo bordado, un frasco de sales, una caja de pastillas y un libro de oraciones abierto boca abajo.
La lámpara ardía con poca fuerza, arrojando sobre el rostro de la anciana una luz amarilla que hacía parecer la muerte más vieja de lo que ya era.
—¿Quién le trajo el vino? —preguntó.
El alcalde levantó la cabeza, como si la pregunta hubiera tenido que cruzar una distancia muy larga antes de alcanzarlo.
—No lo sé.
—Inténtelo de nuevo. La ignorancia, en una noche como esta, debería ganarse con algo de esfuerzo.
—Mi tía no bajaba ya a la plaza. Le traían comida, vino caliente, dulces. Cada año. Era tradición.
—Por supuesto.
—No diga eso así.
—¿Cómo?
—Como si la palabra le diera asco.
Delacroix miró a Marisa Sada.
—Esta noche empieza a adquirir méritos.
Bruno cerró los ojos. Parecía más joven sin la máscara dorada, y también más insignificante.
La muerte familiar había hecho lo que el asesinato de don Álvaro no había logrado del todo: arrancarle el barniz político.
Ahora quedaba un hombre asustado, torpe, quizá culpable de muchas cobardías, pero no necesariamente capaz de sostener un crimen con la calma requerida.
—Tía Marisa no hacía daño a nadie —dijo.
Inés soltó una risa seca.
—Eso suele decirse mucho de la gente que hizo daño hace demasiado tiempo.
El alcalde se puso en pie de golpe.
—No hable de ella así.
—¿Así cómo? ¿Como hablasteis vosotros de mi hermana durante veinticinco años? ¿Como si fuera una imprudente, una borracha, una muchacha que se acercó al acantilado porque no sabía dónde ponía los pies?
—Inés —dijo Celia.
—No pronuncies mi nombre como si todavía pudieras ordenar el aire.
Celia no respondió. Delacroix agradeció que no lo hiciera. La habitación estaba demasiado llena de pólvora vieja para permitir que cualquiera jugara con una cerilla.
—Necesitamos al doctor Lanza —dijo él.
Samuel miró hacia la calle.
—Debería estar en su consultorio con las muestras.
—Entonces alguien tendrá la amabilidad de traerlo. Y esta vez, que no venga solo ni acepte atajos pintorescos.
—Voy yo —dijo Samuel.
—No. Usted se queda. Ya ha tenido bastante contacto con accidentes cuidadosamente preparados. Señor Sada, mande a dos hombres de confianza.
El alcalde lo miró con amargura.
—No sé si me queda alguno.
—Entonces mande a dos hombres cobardes. Volverán más deprisa.
Bruno abrió la boca, pero no discutió. Salió al zaguán y llamó a dos vecinos que esperaban en la calle, atraídos por el rumor.
Delacroix oyó instrucciones confusas, un nombre repetido, pasos alejándose por la nieve.
Después volvió a mirar la habitación. Celia se había acercado un poco a la butaca, aunque no lo suficiente para tocar a Marisa.
—¿Cuándo la vio por última vez viva? —preguntó Delacroix.
—Ayer por la tarde —respondió ella.
—¿No esta noche?
—No.
—¿No vino a verla durante la fiesta?
—Tenía obligaciones en la plaza.
—Las obligaciones de San Telmo parecen tener una admirable tendencia a colocar a las personas lejos de los muertos en el momento oportuno.
Celia lo miró. La palidez no había eliminado su orgullo, solo lo había vuelto más transparente.
—Marisa era amiga de mi madre.
—No le he preguntado si la apreciaba. Le he preguntado si la vio.
—No.
—¿Sabía que Rosario Vilar la recordaría en relación con la noche de Lucía?
—Rosario recuerda demasiadas cosas y demasiadas tarde.
—Una frase peligrosa. Podría aplicarse a todo el pueblo.
Celia desvió la mirada hacia la máscara blanca del regazo de Marisa.
Delacroix la observó con atención. No era una máscara cualquiera de acompañante; tenía la línea azul en la frente, pero también una pequeña grieta en el borde derecho, reparada con hilo fino.
No parecía muy antigua, aunque la madera estaba trabajada para parecerlo.
Junto a la cinta interior había restos de cera azul, muy leves.
—Samuel —dijo Delacroix.
El carpintero se acercó.
—Mire la máscara. Sin tocarla.
Samuel se inclinó, con el rostro tenso por el dolor del brazo y por algo más hondo.
—No es de hace veinticinco años.
—¿Reciente?
—Sí. Envejecida, pero reciente. La madera no engaña tanto como la gente.
—Una verdad que debería grabarse en la puerta del ayuntamiento.
El alcalde, que acababa de volver al salón, oyó la frase y no tuvo fuerzas para ofenderse.
—¿Qué significa? —preguntó.
—Que alguien ha colocado aquí otra pieza falsa —dijo Delacroix—. Igual que la segunda máscara del Ciervo. Esta muerte no solo elimina a una testigo. También escribe una escena.
Bruno miró a su tía, luego la copa, luego el papel.
—¿Por qué? ¿Por qué ahora?
—Porque alguien teme lo que empieza a decirse. O porque alguien desea que se diga de una forma concreta.
—¿Qué significa la nota? —preguntó Clara—. “Ella tampoco llegó al acantilado.”
Delacroix observó el rostro muerto de Marisa. La anciana tenía la boca apenas abierta y una mancha oscura en la comisura. Vino, otra vez. Quizá veneno. Quizá el mismo modo de callar bajo apariencia de tradición.
—Puede significar que Lucía no llegó al acantilado —dijo—, y que la persona vista aquella noche con su máscara era otra. Quizá Marisa.
Inés se quedó inmóvil.
—Rosario creyó verla.
—Rosario vio una máscara de ave. Y tal vez una mujer que caminaba de otra manera. Si Marisa llevaba un manto parecido y desapareció durante un rato, pudo formar parte del engaño.
—¿Para qué?
—Para hacer creer que Lucía siguió el camino del acantilado mientras Lucía estaba en otro lugar.
Samuel habló desde el umbral.
—En el molino.
—Quizá.
Celia se volvió hacia él.
—Esto es una hipótesis monstruosa.
Delacroix la miró.
—No se preocupe. Las hipótesis monstruosas suelen necesitar monstruos humanos que las vuelvan posibles.
El alcalde se pasó una mano por el rostro.
—Mi tía no habría participado en algo así.
—¿Por amor a la verdad o por falta de valor? Conviene diferenciar.
—Porque era una buena mujer.
Inés clavó los ojos en él.
—Mi madre también.
Bruno no respondió. Aquella frase lo dejó sin sitio donde colocarse.
El doctor Lanza llegó quince minutos después, acompañado por dos hombres y por el padre Elías, que había decidido no esperar otra invitación de la desgracia.
El médico entró con su maletín en una mano y un miedo visible en la otra, aunque esa segunda cosa no pudiera nombrarse como objeto.
Había recuperado algo de color, pero al ver a Marisa Sada muerta en la butaca lo perdió de nuevo.
Se detuvo en el umbral, y durante un instante pareció más enfermo que la anciana.
—No —dijo.
No fue una negación racional. Fue casi una súplica.
Delacroix se acercó.
—Doctor.
Lanza no apartaba los ojos de Marisa.
—No.
—Necesito que la examine.
—No entiende.
—Esta noche todos parecen muy preocupados por mi comprensión. Empiezo a sentirme casi querido.
El médico lo miró al fin. Tenía los ojos rojos.
—Marisa me habló ayer.
La habitación se tensó.
—¿De Lucía? —preguntó Delacroix.
Lanza asintió.
—Vino a mi consultorio. Hacía años que no salía casi de su casa. Dijo que don Álvaro había vuelto para destruirlos. Que había recibido una nota.
—¿Qué nota?
—No la trajo. O no quiso enseñármela. Decía que alguien sabía lo que habían hecho aquella noche.
Bruno se apoyó en el respaldo de una silla.
—¿Por qué no me lo dijiste?
El médico lo miró con cansancio.
—Porque cada vez que en este pueblo alguien tuvo miedo y se lo dijo a un Sada, el miedo aprendió a callarse mejor.
El golpe fue tan directo que ni Delacroix sintió necesidad de mejorarlo.
—¿Quiénes eran “ellos”? —preguntó.
Lanza tragó saliva.
—Álvaro. Celia. Marisa. Bruno, aunque entonces era joven. Yo. Tomás Rego. Rosario. Los que estuvimos esa noche en la comitiva. Los que supimos, en distinta medida, que Lucía no había seguido el camino que dijeron.
Inés dio un paso hacia él.
—¿Y aun así dejasteis que mi madre muriera creyendo que el mar se la había tragado?
Lanza cerró los ojos.
—Sí.
No pidió perdón. Quizá porque por fin comprendía que el perdón era una moneda que ya no circulaba en aquella casa.
—Examínela —dijo Delacroix.
El médico se acercó a Marisa con movimientos lentos. Le tomó el pulso aunque no hacía falta, observó las pupilas, olió la copa sin tocarla, examinó la mancha de la boca y el color de las uñas. Después se quedó quieto. Demasiado quieto.
—Lo mismo —dijo.
—¿Veneno?
—Probablemente. Mezclado con vino especiado. Quizá digital o algo parecido. Su corazón no habría resistido. Marisa lo tenía débil.
—¿Pudo beber voluntariamente?
—Sí. Si confiaba en quien se lo trajo.
Bruno cerró los puños.
—¿Quién le trajo el vino?
El padre Elías miró hacia la mesa, hacia el libro de oraciones abierto boca abajo.
—Tal vez ella misma lo anotó.
Delacroix se acercó al libro. Lo levantó con un pañuelo. Entre las páginas había una marca, como si alguien hubiera arrancado un papel recientemente. En el margen de una oración, escrita con letra temblorosa y lápiz, había una palabra:
azul
Nada más.
—Azul —leyó Clara.
Samuel soltó aire por la nariz.
—Otra vez.
Delacroix miró la máscara blanca, la vela, la cinta, el vino, la tinta de la nota.
—La persona que estuvo aquí llevaba algo azul. O Marisa quería recordarlo. O alguien quiso que recordáramos esa palabra en su lugar.
—Las mujeres de la Dama llevan azul —dijo Bruno.
—Y Celia —dijo Inés.
Celia levantó la cabeza.
—También muchas personas esta noche.
—Claro —respondió Inés—. Esa es la ventaja de las tradiciones. Reparten la culpa en colores bonitos.
Lanza se apartó de la butaca y, por primera vez, Delacroix vio en él algo más que culpa antigua. Vio terror presente.
—Me van a matar —dijo el médico.
El padre Elías lo miró.
—Gabriel…
—No. No lo entiende. Marisa recibió una nota. Álvaro quería hablar. Tomás Rego murió hace años después de intentar decir algo. Ahora Álvaro está muerto. Marisa está muerta. Yo examiné el cuerpo. Yo sé lo del tónico. Yo sé lo de Lucía. Me van a matar.
—¿Quién? —preguntó Delacroix.
Lanza miró a Celia. Luego al alcalde. Luego a Inés, a Clara, a Samuel, al padre Elías. Miró a todos como un hombre que por fin descubre que vivir demasiado tiempo entre mentirosos no le permite saber cuál de ellos ha decidido pasar a la acción.
—No lo sé.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso, doctor, me temo que sí lo creo.
Fuera, la música de la plaza se detuvo de golpe. Durante un segundo la casa quedó envuelta en un silencio tan profundo que todos escucharon el viento colarse por la ventana apenas abierta. Luego sonó una campana. Una sola vez. Grave, lenta.
El padre Elías frunció el ceño.
—Esa es la campana de medianoche.
—Todavía no es medianoche —dijo Clara.
Otra campanada.
Bruno Sada palideció.
—El desenmascaramiento.
—¿Antes de hora? —preguntó Delacroix.
Tercera campanada.
Desde la plaza subió un murmullo enorme, creciente, como si cientos de personas hubieran recibido al mismo tiempo una orden imposible.
Teresa apareció en la puerta, sin aliento.
—Monsieur Delacroix.
—¿Qué ocurre?
—Alguien ha hecho sonar las campanas. La gente cree que ya pueden quitarse las máscaras.
Celia se quedó inmóvil.
—No.
Teresa la miró.
—Y hay otra cosa.
Delacroix no necesitaba otra cosa. Pero la noche, al parecer, sí.
—Dígala.
—Sobre la imagen de la Dama han dejado una máscara de ciervo. La auténtica, creo. La rota. La que Samuel reconoció.
Samuel se llevó una mano a la frente vendada.
—La de Álvaro.
Teresa asintió.
—Y dentro había otro papel.
Delacroix cerró los ojos un instante. No por cansancio. Por el esfuerzo de no concederle al asesino la satisfacción de parecer sorprendido.
—¿Qué decía?
Teresa miró a Inés antes de responder.
—Decía: Ahora todos tendrán rostro.
La cuarta campanada sacudió la casa azul.
Abajo, en la plaza, San Telmo de la Nieve empezó a quitarse las máscaras.