Capítulo 19 — Una muerte antigua bajo la nieve #2
Inés no la perdonó. Tampoco la insultó. A veces no hay una palabra decente para lo que se siente ante una culpa que llega tarde con las manos vacías.
Delacroix tomó la máscara de Lucía, que Inés había traído envuelta bajo el brazo, y la colocó sobre la mesa de Rosario, junto a la máscara grotesca de mejillas rojas. Varias personas se acercaron, atraídas por la visión.
—Mírela —dijo.
Rosario la miró.
El efecto fue inmediato. La anciana apoyó una mano en la mesa.
—Esa es.
—¿La que vio aquella noche?
—Sí. Pero…
—¿Pero?
Rosario tocó el borde sin llegar a levantarla.
—La cinta. Aquella noche, cuando pasó junto a la fuente, la cinta de atrás estaba suelta. Colgaba por el lado izquierdo. Yo pensé que Lucía se la habría puesto deprisa.
Delacroix se inclinó sobre la máscara. La cinta actual estaba reparada, cosida con torpeza en el lado derecho. Samuel se acercó.
—Mi padre reparó la cinta antes de la fiesta. Del lado izquierdo.
—Entonces después la cortaron o la arrancaron —dijo Delacroix.
—Y la repararon mal —añadió Samuel—. Alguien que no conocía la pieza.
Celia habló desde detrás.
—O la máscara ha sufrido muchos arreglos en veinticinco años.
—Qué admirable defensa —dijo Delacroix—. El tiempo como cómplice universal.
Rosario levantó la vista hacia él.
—Aquella no era Lucía.
Inés bajó la cabeza. La frase que había buscado durante veinticinco años acababa de llegar, pero no venía limpia. No decía dónde estaba su hermana, solo quitaba valor a la única escena que el pueblo había repetido hasta convertirla en verdad.
—Entonces Lucía nunca fue al acantilado —dijo Clara.
—Al menos no con esa máscara —respondió Delacroix—. Y quizá no viva.
El alcalde miró alrededor, desesperado por controlar el daño.
—Esto no prueba nada. Una anciana recuerda dudas después de veinticinco años, una máscara aparece misteriosamente en una noche de caos, todos están nerviosos…
—Tiene razón —dijo Delacroix.
Sada parpadeó, sorprendido por recibir acuerdo donde esperaba desprecio.
—¿La tengo?
—Sí. Esto no prueba todo. Solo destruye la versión cómoda.
El alcalde abrió la boca, pero no encontró una frase que pareciera lo bastante digna para defender una comodidad tan vieja.
Celia permanecía en silencio. Delacroix la observó.
No miraba a Rosario, ni a Inés, ni a la máscara.
Miraba hacia una calle estrecha que salía de la plaza en dirección a la parte vieja del pueblo.
—¿Dónde vive Marisa Sada? —preguntó él.
El alcalde se interpuso.
—No irá allí.
—Se equivoca de verbo. Ya voy.
—Mi tía está delicada.
—Su pueblo también, y mírelo: bailando sobre un asesinato.
Rosario señaló con un dedo torcido hacia la calle que Celia había mirado.
—La casa azul. Al final de la cuesta. Si aún no se ha muerto de miedo, estará junto a la ventana. Siempre se sienta ahí durante la fiesta.
El alcalde dio un paso hacia la anciana.
—Rosario.
—Cállate, Bruno. Has heredado de los Sada la mandíbula y la cobardía, pero al menos tu tía sabía cuándo callar con estilo.
Clara soltó un sonido que pudo haber sido una risa mínima. Delacroix decidió que, pese a todo, la noche seguía ofreciendo pequeñas compensaciones.
—Teresa —dijo él—, avise al padre Elías de que vamos a ver a Marisa Sada. Y que alguien vigile la Casa de los Rostros. Nadie entra ni sale.
—¿Celia? —preguntó Teresa.
—La señora Armentia vendrá con nosotros.
Celia levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque acaba usted de mirar hacia la calle de Marisa antes de que yo preguntara dónde vivía. Y porque me interesa mucho observar a las personas cuando se acercan a aquello que preferirían no ver.
El alcalde intentó protestar. Delacroix lo detuvo con una mirada.
—Usted también, señor Sada. Ya que la memoria familiar parece tan delicada, conviene transportarla con cuidado.
El pequeño grupo se puso en marcha: Delacroix, Inés, Clara, Celia, el alcalde y Samuel, que insistió en acompañarlos pese al brazo dolorido. Rosario Vilar se quedó junto a su mesa, mirando la máscara de Lucía como si la muchacha estuviera a punto de reprocharle algo que ambas sabían irreparable.
La calle de Marisa Sada subía hacia la parte vieja, lejos de la música. Allí las luces eran menos festivas. La nieve cubría los escalones y los portales. En una ventana alta, al final de la cuesta, ardía una lámpara.
Cuando llegaron a la casa azul, la puerta estaba cerrada pero no atrancada. El alcalde llamó.
—Tía Marisa.
No hubo respuesta.
Llamó otra vez.
La puerta se abrió con un quejido leve, empujada por el viento.
Dentro, la casa olía a brasero, medicina y flores secas.
En el salón, junto a la ventana desde la que se veía la plaza, una mujer muy anciana estaba sentada en una butaca, con un chal sobre los hombros y una máscara blanca sobre el regazo.
Tenía los ojos abiertos. No miraba a nadie.
Sobre la mesa, junto a su mano, había una copa de vino especiado sin terminar.
El alcalde dio un paso adelante.
—Tía.
Delacroix lo sujetó del brazo.
—No la toque.
Bruno Sada se quedó inmóvil.
Inés, detrás, susurró una maldición.
La anciana no respiraba.
Delacroix miró la copa. Luego la máscara blanca. Luego la ventana abierta apenas un dedo, por donde entraba una línea fina de nieve.
—Qué puntualidad tan desagradable —dijo en voz baja.
Celia Armentia se llevó una mano al pecho. Por primera vez aquella noche, el gesto pareció sincero.
Delacroix se inclinó sobre la mesa sin tocar la copa. En el borde había una mancha oscura y dulce. Vino. Especias. Quizá algo más. Junto a la máscara blanca había un papel pequeño, doblado una sola vez.
Lo abrió con las pinzas.
La tinta azul decía:
Ella tampoco llegó al acantilado.
El alcalde se dejó caer en una silla.
Fuera, la música de la fiesta seguía subiendo desde la plaza, cada vez más lejana, cada vez más absurda.
Delacroix miró a la anciana muerta, luego a Celia, luego a Inés.
—Parece —dijo— que alguien ha decidido corregir la historia a fuerza de cadáveres.