Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 19 — Una muerte antigua bajo la nieve
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Capítulo 19 — Una muerte antigua bajo la nieve

La máscara de Lucía Cardiel permaneció sobre la mesa de la Casa de los Rostros como si acabara de entrar en la habitación y nadie se atreviera a pedirle explicaciones.

La madera clara, las plumas blancas, la cinta reparada, el borde gastado por los años: todo en ella parecía frágil, casi inocente, y por eso mismo resultaba insoportable.

Inés la miraba sin tocarla. Samuel Rego tenía los puños cerrados.

Clara de Tebra no apartaba los ojos del papel con la frase escrita en tinta azul.

Celia Armentia, de pie junto al alcalde, mantenía una serenidad que ya no engañaba del todo ni siquiera a quienes deseaban dejarse engañar.

Delacroix volvió a leer la frase.

El Ciervo no fue el primero.

No era una amenaza. No exactamente. Era una corrección. Y las correcciones, en un caso antiguo, solían ser más peligrosas que las acusaciones, porque no gritaban: obligaban a mirar de nuevo.

—Hace veinticinco años —dijo—, ¿quién vio por última vez a Lucía Cardiel?

Nadie respondió. La pregunta era sencilla, de una sencillez casi obscena, y precisamente por eso pareció causar más incomodidad que todas las frases anteriores.

El alcalde Bruno Sada miró a Celia. Martín Lobeira miró al suelo, aunque por edad no podía recordar nada de aquella noche.

Teresa Valcende, junto a la puerta, permaneció callada.

Inés siguió mirando la máscara, pero Delacroix vio que había dejado de respirar con normalidad.

—La vieron junto al acantilado —dijo Celia al fin—. Eso consta en los testimonios.

—No he preguntado qué consta. Los documentos, en manos adecuadas, tienen una obediencia conmovedora. He preguntado quién la vio.

Celia apretó apenas la mandíbula.

—Varias personas.

—Nombre una.

El alcalde se adelantó, quizá para ayudarla, quizá para salvarse de su silencio.

—Rosario Vilar. Creo que ella declaró haberla visto pasar hacia la cruz.

—¿Cree?

—Han pasado veinticinco años.

—Una cantidad de tiempo extraordinaria para olvidar un detalle tan útil y recordar tan bien que fue un accidente.

Sada no contestó. Delacroix dejó el papel junto a la máscara y se volvió hacia Teresa.

—¿Rosario Vilar está en la fiesta?

—Sí. Bajo los soportales, cerca del puesto de rosquillas. Lleva una máscara de anciana con mejillas rojas. Aunque no sé por qué se molesta. Sin máscara ya consigue un efecto parecido.

—Teresa —murmuró el alcalde.

—Estoy nerviosa, Bruno. Cuando estoy nerviosa digo la verdad con menos decoración.

Delacroix inclinó la cabeza, agradecido. Luego miró a Celia.

—Vendrá con nosotros.

—No necesito su permiso para moverme por mi pueblo.

—No. Pero quizá necesite mi compañía para que su pueblo no empiece a moverse contra usted.

La frase no fue dicha en voz alta, pero todos la entendieron.

Algo había cambiado. La máscara falsa del Ciervo, la máscara recuperada de Lucía, el mensaje, el cadáver de don Álvaro, el secretario usado como impostor: demasiadas piezas apuntaban ya a una arquitectura que el comité de fiestas no podía cubrir con palabras nobles.

Celia tomó su máscara blanca de la mesa y se la colocó de nuevo.

Delacroix no se lo impidió. Aquella mujer parecía necesitar un rostro falso para sostener el verdadero.

Salieron a la plaza. La nieve caía con más fuerza y la fiesta se había vuelto una cosa extraña, medio viva, medio moribunda.

Los músicos tocaban porque nadie les había ordenado parar; los vecinos bebían porque tenían las manos frías; los niños habían sido enviados a casas cercanas o dormían en brazos de madres enmascaradas; los visitantes de fuera miraban alrededor con esa mezcla de miedo y excitación que convierte a algunos seres humanos en malas personas durante los acontecimientos importantes.

La Dama de la Nieve seguía velada en el centro, rodeada de velas azules.

Delacroix pensó que, si aquella figura protegía el pueblo, debía de hacerlo con un sentido del humor particularmente cruel.

Rosario Vilar estaba exactamente donde Teresa había dicho.

Era una mujer muy anciana, pequeña, envuelta en un mantón negro, con una máscara grotesca de mejillas rojas levantada sobre la frente.

Vendía rosquillas en una mesa cubierta por un paño blanco y observaba el mundo con los ojos de alguien que había sobrevivido a demasiadas versiones oficiales como para respetarlas.

Al ver llegar al grupo, no pareció sorprenderse.

Solo apartó la bandeja de rosquillas, como quien hace espacio para una conversación sucia.

—Ya era hora —dijo.

El alcalde se tensó.

—Rosario, monsieur Delacroix quiere hacerle unas preguntas.

—Ya lo he visto, Bruno. Aún no necesito que me narres la realidad, aunque agradezco que el ayuntamiento siga buscando funciones.

Delacroix decidió que Rosario Vilar tenía posibilidades de gustarle.

—Madame Vilar.

—Rosario. Lo de madame déjelo para las que tienen muebles franceses y pecados con perfume.

—Rosario, entonces. Hace veinticinco años, durante la Fiesta de las Máscaras, usted declaró haber visto a Lucía Cardiel cerca del camino del acantilado.

La anciana miró a Inés. Por primera vez, su dureza se quebró un poco.

—Sí.

—¿La vio el rostro?

Rosario soltó una risa áspera.

—Nadie veía rostros esa noche. Para eso se inventó esta tontería.

Celia habló con frialdad.

—La fiesta no se inventó para eso.

—No, hija. Pero algunos aprendisteis pronto a sacarle provecho.

El golpe fue pequeño y perfecto. Celia no respondió.

Delacroix insistió:

—¿Cómo supo que era Lucía?

Rosario se quitó por completo la máscara y la dejó sobre la mesa.

—Por la máscara de ave. Por el manto. Por la altura. Por cómo caminaba.

—¿Cómo caminaba?

La anciana frunció el ceño, como si la pregunta la irritara no por absurda sino por llegar demasiado tarde.

—Rápido. Con la cabeza baja. Yo estaba junto a la fuente, ayudando con los dulces. La vi cruzar hacia el camino alto. Pensé que lloraba.

Inés tragó saliva.

—¿Lloraba?

—Eso creí entonces.

—¿Y ahora? —preguntó Delacroix.

Rosario bajó la voz.

—Ahora creo que no era ella.

La frase no causó un grito. Causó algo peor: un silencio pesado, inmediato, que se extendió por los vecinos cercanos. Algunas máscaras dejaron de moverse. El rumor de la plaza se estrechó alrededor de la mesa de rosquillas.

—¿Por qué? —preguntó Delacroix.

—Porque Lucía no caminaba así. No de verdad. Tenía un modo de andar… no sé. Vivo. Ligero. Como si el suelo le debiera algo. Aquella persona caminaba encogida. Y era más baja.

—¿Lo dijo en su declaración?

Rosario miró al alcalde, luego a Celia.

—Dije que me parecía raro.

—¿Y?

—El guardia me preguntó si había bebido. Yo dije que no. Me preguntó si estaba segura de querer complicarle la vida a la madre de la chica. Luego don Álvaro me compró todas las rosquillas de la mesa y me dijo que a veces el dolor hacía ver diferencias donde solo había nieve.

—Qué generoso —murmuró Clara—. Hasta compraba silencios con azúcar.

Rosario la miró.

—Tu padre compraba lo que encontraba, niña. Si no tenía precio, se lo ponía.

Celia dio un paso.

—Rosario, tenga cuidado.

La anciana le sostuvo la mirada.

—Ya no tengo edad para obedecerte.

Delacroix observó a Celia. Aquella frase la había herido más que muchas acusaciones.

No por el contenido, sino por la pérdida de autoridad.

San Telmo estaba empezando a hablar, no porque hubiera reunido valor, sino porque algunos de sus habitantes habían vivido demasiado para seguir protegiendo el futuro de otros.

—¿A quién creyó ver aquella noche? —preguntó él.

Rosario miró hacia la imagen velada de la Dama.

—No lo sé.

—Sí lo sabe.

—No.

—Entonces lo teme.

La anciana apretó los labios. Durante unos segundos pareció volver a tener veinticinco años menos y estar otra vez junto a la fuente, con una bandeja de dulces, viendo pasar una figura que el pueblo necesitaba llamar Lucía.

—Marisa Sada llevaba un manto parecido —dijo al fin.

El alcalde se quedó blanco.

—Mi tía no tuvo nada que ver con esto.

—No he dicho que lo tuviera —respondió Rosario—. He dicho que llevaba un manto parecido. Y que aquella noche desapareció durante un rato. Y que cuando volvió tenía barro en el bajo de la falda.

—Eso es mentira.

—Bruno, hijo, tú esa noche estabas demasiado ocupado peinándote para parecer importante. No me digas qué vi.

El golpe habría sido cómico en otra vida. En aquella, solo consiguió que el alcalde pareciera más joven y más culpable de lo que tal vez era.

Delacroix recordaba la lista: acompañantes de azul: Bruno Sada, Gabriel Lanza, Emilia Luar, Rosario Vilar, Tomás Rego, Marisa Sada. Marisa Sada. Tía del alcalde. Una de las portadoras. Una mujer con acceso a mantos, máscaras blancas, trayectos rituales y quizá a la confusión.

—¿Vive Marisa Sada? —preguntó.

El alcalde respondió con rigidez.

—Está enferma.

—Qué epidemia tan selectiva.

—Tiene ochenta años.

—La edad no impide la memoria. A veces solo le da peor carácter, lo cual suele mejorarla.

—No voy a permitir que moleste a mi tía en mitad de la noche.

—Señor Sada, en mitad de la noche han asesinado a un benefactor, han golpeado a un médico, han intentado matar a un carpintero y han devuelto una máscara desaparecida con una nota muy poco tranquilizadora. Molestar a su tía empieza a parecer una actividad moderada.

Celia intervino.

—Marisa no puede ayudarnos.

—Esa frase, dicha por usted, la convierte de inmediato en una persona fascinante.

Inés se acercó a Rosario. Su voz salió baja, casi rota.

—¿Por qué no viniste a mi madre? ¿Por qué no me lo dijiste?

Rosario cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no tenía dureza suficiente para defenderse.

—Porque era cobarde. Porque tenía hijos. Porque mi marido trabajaba para los Tebra. Porque tu madre ya estaba rota y yo me dije que una sospecha no le devolvería a Lucía. Porque la gente hace cosas miserables y después les pone nombres pequeños para poder dormir.