Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 18 — La segunda máscara del Ciervo #2
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Capítulo 18 — La segunda máscara del Ciervo #2

La máscara de la caja estaba perfecta en ese punto. Demasiado perfecta.

Clara se volvió hacia Celia.

—¿Dónde está la de mi familia?

—Esa es.

—No.

Celia sostuvo su mirada.

—Samuel puede equivocarse. Hay tensión. La luz…

—No se equivoque conmigo —dijo Samuel, y por primera vez su voz sonó firme—. Yo reparé esa grieta hace tres días. Mi padre me enseñó a mezclar la pasta con hollín y cola. Ninguna madera vieja queda igual después de eso. Esa máscara es una copia.

El alcalde dio un paso atrás.

—¿Una copia?

—Una segunda máscara —dijo Delacroix.

La frase pareció ocupar toda la sala.

Celia cerró la caja con un gesto brusco, pero Delacroix puso el bastón sobre la tapa antes de que encajara.

—No. Todavía no hemos terminado.

—No permitirá que se manosee una pieza ceremonial.

—Señora Armentia, si esta noche una pieza ceremonial ha sido usada para encubrir un asesinato, una impostura y quizá una excursión póstuma por la plaza, me temo que ha perdido parte de su derecho a la delicadeza.

Samuel examinó la máscara sin tocarla. Luego señaló la parte interior.

—También es más nueva por dentro. La madera ha sido envejecida por fuera, pero aquí… mire. Las marcas de herramienta son recientes. Buen trabajo, pero reciente.

—¿Podría haberla hecho usted? —preguntó el alcalde, con una torpeza que casi merecía compasión.

Samuel lo miró despacio.

—¿Está intentando acusarme delante de todos con la máscara falsa en la caja de los Tebra?

—Yo solo digo que usted conoce el oficio.

—Y usted conoce el ayuntamiento, señor alcalde. No por eso voy a acusarlo de todo lo que se firma mal.

Delacroix habría aplaudido si la investigación no exigiera cierta compostura.

—¿Quién pudo encargar una copia? —preguntó.

Samuel siguió mirando la pieza.

—Alguien con acceso a la original. O a moldes antiguos. O a fotografías muy detalladas. Pero esta no se hizo en una tarde.

—¿Semanas? ¿Meses?

—Meses, quizá. Si quería hacerse bien.

Martín se sentó en un baúl, pálido.

—Entonces no fue por la indisposición de don Álvaro.

—Exacto —dijo Delacroix—. La sustitución no fue una improvisación. Al menos no del todo.

Celia cruzó las manos.

—La máscara pudo hacerse para una restauración, para una exposición, para la fiesta de otro año.

—Y sin embargo nadie lo mencionó cuando un hombre joven fingió ser don Álvaro y luego otro Ciervo apareció ante la plaza con una máscara de ave. Qué comunidad tan reservada en materia de artesanía.

Teresa, que había permanecido en silencio junto a la puerta, habló entonces.

—Hace dos meses vino un hombre a la posada. Un tallista de fuera. Dijo que trabajaba para el comité.

Celia la miró.

—No recuerdo eso.

—Yo sí.

—La posada recibe a muchos visitantes.

—Este preguntó por las máscaras antiguas. Por la del Ciervo y por la de la Dama. Quería verlas. Le dije que no dependía de mí.

—¿Nombre? —preguntó Delacroix.

Teresa pensó.

—Rafael Lúa. O eso puso en el registro.

—¿Quién autorizó su visita a la Casa de los Rostros?

Teresa miró a Celia.

—Martín vino a buscarlo.

Martín levantó la cabeza.

—Yo… sí. Doña Celia me dijo que era un artesano contratado para revisar piezas.

—¿Revisar o copiar? —preguntó Clara.

—Yo no sabía nada de una copia.

Delacroix creyó esa frase. O, mejor dicho, creyó el miedo que la sostenía. Martín podía haber sido cómplice, instrumento, cobarde, impostor. Pero no parecía arquitecto de la noche. Demasiado temblor para tanto diseño.

—Señora Armentia —dijo—, ¿contrató usted a un tallista llamado Rafael Lúa?

—Sí.

—Al fin.

—Para estudiar algunas máscaras deterioradas. La humedad las estaba dañando.

—¿Incluida la del Ciervo?

—Sí.

—¿Y encargó una copia?

—No.

La negación fue clara. Tal vez falsa. Tal vez incompleta. Delacroix prefería las mentiras que no se esforzaban demasiado; solían esconder otra verdad detrás de la primera puerta.

—¿Dónde está el tallista ahora?

—Se marchó hace semanas.

—Qué puntualidad tan conveniente.

Samuel seguía observando el interior de la máscara. De pronto frunció el ceño.

—Hay algo escrito.

Delacroix acercó la lámpara. En la parte interior, cerca del borde inferior, había unas letras casi invisibles, grabadas con punta fina antes de aplicar una capa de tinte.

L.C.

Inés dejó escapar un sonido ahogado.

—Lucía Cardiel.

—O Rafael Lúa tenía un sentido del humor pésimo —dijo Delacroix—. Pero admito que la opción es sugerente.

Clara miró a Celia.

—¿Qué significa?

Celia parecía, por primera vez, verdaderamente desconcertada. No asustada. Desconcertada. Aquello interesó mucho a Delacroix.

—No lo sé.

—¿Tampoco sabía que la máscara era falsa? —preguntó Clara.

—No.

—¿Tampoco sabía que mi padre iba a morir?

Celia la miró con una frialdad repentina.

—Cuidado, Clara.

—No. Esa palabra ya la gastasteis demasiado con Lucía.

El silencio que siguió fue duro. Delacroix dejó que existiera. A veces una habitación necesita escuchar lo que todos evitan antes de aceptar una pregunta nueva.

Luego se oyó un golpe abajo.

Todos se volvieron.

Otro golpe. Esta vez más claro. La puerta principal de la Casa de los Rostros se había cerrado de golpe o alguien la había empujado.

Samuel bajó primero, con una imprudencia que su herida no justificaba.

Delacroix lo siguió, y luego Clara, Inés, Teresa, Martín, el alcalde y Celia.

En la sala principal no había nadie, pero una de las ventanas que daba al callejón estaba abierta.

La nieve entraba en remolinos sobre la mesa central.

Sobre esa mesa, donde antes solo había pinceles, cintas y restos de cera, alguien había dejado una máscara.

Una máscara de ave clara, con plumas blancas en los bordes y una cinta rota reparada.

Inés se quedó sin aliento.

Delacroix se acercó despacio. No la tocó. La miró como se mira a una persona que ha vuelto demasiado tarde de un lugar imposible.

Junto a la máscara había un papel doblado.

Lo abrió con las pinzas. Una sola frase, escrita con tinta azul.

El Ciervo no fue el primero.

Nadie habló.

Fuera, la fiesta siguió sonando, pero por primera vez Delacroix tuvo la sensación de que no era el pueblo quien sostenía la música. Era la música la que sostenía al pueblo para que no se desplomara.

Inés dio un paso hacia la máscara de su hermana.

—Lucía —susurró.

Delacroix miró la ventana abierta, la nieve entrando, las huellas que ya empezaban a borrarse en el callejón.

—No —dijo en voz baja—. Esto no es Lucía.

Clara lo miró.

—¿Entonces qué es?

Él dobló el papel con cuidado.

—Una persona viva utilizando a una muerta. Y eso, madame de Tebra, suele requerir una crueldad bastante más activa que el recuerdo.