Capítulo 18 — La segunda máscara del Ciervo
Volvieron del viejo molino con menos respuestas de las que habrían deseado y más barro del que Delacroix consideraba compatible con la dignidad humana.
Samuel Rego caminaba con un pañuelo apretado contra la frente y el brazo izquierdo pegado al cuerpo.
Inés Cardiel iba a su lado, no exactamente ayudándolo, pero sí lo bastante cerca para impedir que se cayera sin que eso pareciera perdón.
Clara de Tebra avanzaba unos pasos por delante, con la máscara plateada puesta y la espalda muy recta, como si la noche hubiera decidido arrancarle una a una las pocas certezas familiares que le quedaban y ella se negara a inclinarse para recogerlas.
Delacroix cerraba la marcha, mirando de vez en cuando hacia el bosque.
Las huellas de la sombra habían desaparecido bajo la nieve, pero eso no lo inquietaba tanto como debería.
Las huellas demasiado evidentes suelen servir para perderse.
Las que desaparecen al menos tienen la cortesía de admitir su naturaleza.
Al acercarse al pueblo, la música les llegó más fuerte.
No alegre. Fuerte. Había una diferencia considerable.
Los tambores golpeaban con una insistencia casi militar, los violines subían por encima del viento como animales nerviosos y las voces de la plaza formaban un rumor denso, irregular, de esos que no pertenecen a una fiesta sino a un incendio que aún no ha encontrado llamas.
San Telmo seguía celebrando, pero ya no para honrar a la Dama ni para salvar las cosechas ni para obedecer a los muertos. Celebraba para no escucharse pensar.
—Algo ha pasado —dijo Clara.
—En este pueblo esa frase empieza a necesitar numeración —respondió Delacroix.
Samuel apretó el paso pese al dolor. Inés miró hacia los faroles azules de la plaza. La nieve, vista desde la calle alta, convertía las luces en halos temblorosos. Las máscaras se movían abajo como insectos atrapados alrededor de una lámpara.
Cuando llegaron a la entrada de la plaza, el caos ya tenía forma.
Teresa Valcende estaba junto a la mesa de los nombres, rodeada por varias personas que hablaban a la vez.
Martín Lobeira permanecía sentado, pálido, con la pluma suspendida sobre el papel y la expresión de un hombre que había visto aparecer a su propia condena con mejor vestuario.
Nico, con la máscara de zorro en la mano, fue el primero en verlos.
Corrió hacia Delacroix tan deprisa que resbaló dos veces y solo su juventud le permitió convertir ambas caídas en movimientos casi voluntarios.
—Monsieur Delacroix.
—Nico, si vas a traer otra mala noticia, te ruego que lo hagas con buena dicción. La tragedia desordenada me fatiga.
El muchacho tragó aire.
—El Ciervo.
Todos se quedaron quietos.
—Sea más preciso —dijo Delacroix.
—Lo han visto.
Clara dio un paso.
—¿A quién?
—Al Ciervo Negro. Hace unos minutos. Cruzó la plaza por detrás de la Dama y se metió en la calle del puerto. Muchos lo vieron. Mi madre también.
Martín Lobeira se levantó de golpe.
—No era yo.
La frase salió con una desesperación tan pura que casi resultaba convincente antes incluso de necesitar serlo. Delacroix lo miró.
—Me alegra que aclare su inocencia respecto a una aparición que nadie le ha atribuido todavía. Es una estrategia procesal muy estimulante.
—Yo estaba aquí —dijo Martín—. Todo el tiempo. Teresa puede decirlo. No me he movido.
Teresa se acercó. Tenía el rostro descubierto, la máscara marfil colgando de la muñeca y los ojos tensos.
—Es verdad. Martín no se ha movido de la mesa desde que usted se fue. Yo estaba con él.
—¿Vio al Ciervo? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—Descríbalo.
—Capa negra. Astas. Bastón. Caminaba deprisa, más que antes. No se detuvo. La gente empezó a apartarse. Algunos creyeron que era una broma de mal gusto. Otros… otros se santiguaron.
—Una reacción siempre útil cuando la inteligencia llega tarde.
Teresa no sonrió.
—Llevaba algo en la mano.
—¿Qué?
—No estoy segura. Parecía una máscara clara. Pequeña. Quizá de ave.
Inés cerró los dedos sobre el brazo sano de Samuel.
—La de Lucía.
El nombre corrió entre quienes estaban cerca como una chispa bajo papel seco.
Delacroix vio cómo varias máscaras se volvían.
Había demasiados oídos en San Telmo y todos parecían tener vocación de campana.
Celia Armentia apareció entonces desde el centro de la plaza, acompañada por el alcalde.
Ella tenía la máscara blanca de nuevo sobre el rostro.
Él llevaba la dorada, pero se la quitó al acercarse, quizá porque incluso su sentido teatral comprendía que un sol sonriente no ayudaba cuando un muerto acababa de pasearse simbólicamente por la fiesta.
—¿Dónde estaban? —preguntó Sada.
—Paseando —dijo Delacroix—. San Telmo tiene rincones encantadores para quien disfruta de la humedad, la oscuridad y las estructuras manipuladas para provocar caídas.
Samuel levantó el rostro ensangrentado lo suficiente para que el alcalde lo viera. Sada palideció.
—¿Qué ha ocurrido?
—Alguien cortó una barandilla en el camino del viejo molino —dijo Clara—. Samuel casi cae al canal.
El alcalde miró a Celia. Fue un vistazo brevísimo, pero Delacroix lo vio. No era pregunta. Era miedo a que una respuesta existiera.
—Eso es imposible —dijo Sada.
—Me maravilla la cantidad de imposibles que este pueblo consigue producir en una sola noche —dijo Delacroix—. Deberían solicitar algún reconocimiento.
Celia se quitó la máscara blanca. Su rostro seguía sereno, pero había en sus ojos un brillo más duro.
—No debieron ir al molino.
—Qué curioso. Esa parece ser también la opinión de quien preparó la barandilla.
—Es peligroso de noche.
—Mucho. Sobre todo cuando alguien lo hace más peligroso con herramientas.
Inés dio un paso hacia Celia.
—La máscara de mi hermana estaba allí esta mañana y ahora ha desaparecido. Tuviste esa máscara en las manos.
—Se guardó en su baúl.
—Mentira.
—Inés, el dolor no te da derecho a acusar sin pruebas.
—No. Veinticinco años de mentiras me dan derecho a empezar por donde quiera.
El alcalde levantó las manos.
—Por favor. No aquí. La gente está nerviosa.
—La gente debería estar avergonzada —dijo Clara.
Sada la miró.
—Clara, entiendo tu dolor, pero—
—No entiendes nada. Mi padre está muerto, alguien se ha paseado con su máscara, la carta de Lucía ha desaparecido de mi habitación, Evaristo fue atado y drogado, Samuel casi se mata en el molino, y tú sigues preocupado por el tono de la conversación.
Deberían darte una medalla, Bruno. O un espejo. Lo que te resulte más incómodo.
Un murmullo subió desde los vecinos. Delacroix decidió intervenir antes de que la indignación se convirtiera en teatro y el teatro, como casi siempre, en pérdida de tiempo.
—Necesito ver la máscara del Ciervo que usó el señor Lobeira.
Martín se sobresaltó.
—Está en la Casa de los Rostros.
Celia habló al mismo tiempo.
—Está guardada.
Delacroix miró a ambos.
—Qué tranquilidad. Dos respuestas compatibles, si uno está dispuesto a no pensar demasiado.
—La guardé después de que Martín se retirara —dijo Celia—. La máscara auténtica del Ciervo Negro está en su caja, cerrada.
—Entonces vamos a verla.
—Ahora no.
—Señora Armentia, cuando alguien acaba de aparecer ante medio pueblo vestido como un muerto que ya había sido falsificado una vez, “ahora no” se vuelve una expresión con poca fortuna.
El alcalde carraspeó.
—Quizá convenga comprobarlo.
Celia lo miró. No dijo nada, pero el alcalde bajó los ojos con una rapidez lamentable. Delacroix sintió casi ternura por él, una ternura breve, desagradable y sin consecuencias.
Atravesaron la plaza hacia la Casa de los Rostros.
Esta vez no fueron solo ellos. Teresa, Martín, Samuel, Inés, Clara, Celia y el alcalde formaron un pequeño cortejo bajo la mirada del pueblo.
Delacroix habría preferido menos público, pero entendió que impedirlo generaría más rumores de los que la noche podía permitirse.
A veces conviene dejar que una multitud mire el principio de una verdad, aunque sea solo para que después le resulte más difícil negar haber visto algo.
La puerta de la Casa de los Rostros estaba cerrada.
Celia sacó una llave.
—¿Quién más tiene llave? —preguntó Delacroix.
—Ya lo sabe.
—Lo sé. Me gusta que las respuestas culpables se repitan; con frecuencia se cansan antes que las inocentes.
Ella abrió. Dentro, la sala seguía como la habían dejado después de encontrar al doctor Lanza: mesas desordenadas, máscaras colgadas, olor a cera y tónico, sombras en las paredes.
Subieron al piso superior, donde estaban los baúles.
Celia fue directa hacia una caja larga de madera oscura marcada con el escudo de los Tebra.
Sacó una segunda llave, más pequeña, que llevaba colgada bajo el cuello con una cinta azul.
Inés la vio.
—Siempre con el azul.
Celia no respondió. Abrió la caja.
Dentro estaba la máscara del Ciervo Negro.
O una máscara del Ciervo Negro.
La madera oscura brillaba bajo la lámpara.
Las astas finas, la pieza de plata en la frente, los ojos estrechos.
Delacroix se inclinó. Durante unos segundos nadie respiró con naturalidad.
Martín miraba la máscara con horror. Clara, con rabia.
Samuel, con una atención de artesano. Celia, con una serenidad demasiado rígida.
—¿Es la que llevó Martín? —preguntó Delacroix.
Martín asintió, pero de inmediato dudó.
—Creo que sí.
—Señor Lobeira, si sigue usted creyendo cosas con esa fragilidad, terminará fundando una religión local.
—No sé. Cuando me la puse, estaba nervioso. Pesaba. Olía a madera vieja.
Samuel se acercó un poco.
—No es la misma.
Celia giró hacia él.
—¿Qué?
El carpintero señaló el lado izquierdo de la máscara.
—La grieta. La auténtica tenía una reparación aquí. Pasta oscura. La vi esta mañana.
Delacroix asintió despacio. Él también la había visto.
—Y esta no la tiene.