Capítulo 17 — El viejo molino #2
Clara, mientras tanto, se había acercado a la mesa rota. Sobre la superficie había restos de cera azul. No gotas antiguas, sino cera reciente, todavía con un brillo apagado. Junto a ella, una marca semicircular en el polvo. Delacroix se acercó.
—Aquí apoyaron algo.
—Una vela.
—O una máscara.
Clara señaló el borde de la mesa. Había una pluma clara atrapada en una grieta. No una pluma real de ave, sino decorativa, pintada de blanco, con el extremo manchado de barro.
Inés la reconoció antes de tocarla.
—La máscara de Lucía tenía plumas así.
Delacroix la recogió con las pinzas.
—Alguien trajo la máscara aquí esta noche.
—¿Para qué? —preguntó Samuel.
—Para buscar lo que Lucía escondió, o para hacernos creer que lo buscaba, o para recordarle a alguien que todavía existe una muerta mal archivada. Las posibilidades son numerosas. Qué considerada la noche al proporcionarnos trabajo.
Un crujido sonó arriba.
Todos levantaron la cabeza.
No fue el techo. No fue la nieve. Fue madera bajo un peso.
Samuel apagó instintivamente parte de la lámpara, bajando la mecha. La sala quedó en penumbra. Delacroix señaló la escalera del altillo. Clara dio un paso atrás, no por miedo, sino para tener espacio. Inés tomó un trozo de madera del suelo. Delacroix la miró.
—Espero que sepa usar eso con moderación.
—No.
—Aprecio la honestidad.
Subieron despacio. Samuel primero, Delacroix detrás, luego Clara e Inés.
El altillo era bajo, lleno de sacos podridos y cajas vacías.
La nieve entraba por una abertura del tejado.
No había nadie. Pero en el suelo, junto a una ventana sin cristal que daba al camino del bosque, había huellas recientes.
Alguien había estado observando desde allí.
Y se había marchado por la parte de atrás.
Delacroix se acercó a la abertura. Abajo, el terreno descendía hacia el canal seco. Vio una sombra moverse entre los árboles. Rápida. Baja. Una capa azul o gris. No lo bastante clara para jurar nada. Samuel la vio también.
—¡Eh!
El grito rompió el bosque. La sombra echó a correr. Samuel bajó la escalera con una velocidad imprudente para un hombre de su tamaño. Inés lo siguió. Clara intentó hacerlo también, pero Delacroix la detuvo.
—No.
—Se escapa.
—Sí. Y si bajamos todos, quizá nos deje una segunda escena preparada con admirable generosidad.
Samuel ya estaba fuera. Se oyó su carrera en la nieve, luego un crujido fuerte, una exclamación y un golpe.
Delacroix bajó de inmediato, esta vez sin preocuparse por la elegancia.
Al salir, vio a Samuel tendido junto al canal viejo, a pocos metros de una pequeña pasarela de madera que cruzaba hacia el sendero inferior.
La lámpara había caído, pero seguía encendida. Inés estaba arrodillada junto a él.
—¡Samuel!
—Estoy bien —gruñó el carpintero.
No lo estaba del todo. Tenía un corte en la frente y se sujetaba el brazo izquierdo.
Delacroix se acercó a la pasarela. La barandilla lateral estaba rota.
No por vejez. El corte era reciente, limpio en parte, astillado después por el peso.
Alguien había debilitado la madera para que cediera al apoyarse.
Clara llegó detrás de él.
—¿Una trampa?
—Una invitación a caer —dijo Delacroix—. Menos elegante, pero eficaz.
Samuel se incorporó con ayuda de Inés. Miró la barandilla y palideció.
—Yo revisé esto hace dos semanas.
Inés lo miró.
—¿Tú?
—Sí. El ayuntamiento me encargó asegurar el camino por si había visitas al molino durante la fiesta.
Delacroix observó la madera rota, luego las huellas que se perdían al otro lado del canal.
—Entonces alguien acaba de ofrecernos un culpable bastante cómodo.
Samuel entendió. La indignación le devolvió parte del color.
—Yo no hice esto.
—No he dicho que lo hiciera. He dicho que alguien aprecia mucho la posibilidad de que parezca que lo hizo.
Inés se levantó despacio. La dureza había vuelto a su rostro, pero esta vez no iba dirigida a Samuel.
—Celia sabía que vendríamos.
—Celia sabe muchas cosas —dijo Clara—. Algunas antes de que ocurran.
Delacroix se inclinó sobre la barandilla. En una de las astillas había una fibra enganchada. Azul oscuro. Otra vez azul. La extrajo con las pinzas y la guardó. Después miró hacia el bosque, donde la sombra había desaparecido. La nieve empezaba a cubrir las huellas con una rapidez desesperante.
—No seguiremos —dijo.
Samuel protestó.
—Pero está cerca.
—Precisamente. Y sabe que lo seguimos. El bosque, de noche y con una pasarela manipulada, favorece mucho a las personas que han demostrado más entusiasmo por preparar accidentes que por conversar.
Inés apretó los dientes.
—Se llevó lo que Lucía escondió.
—Sí.
—Entonces tenemos que recuperarlo.
—Lo haremos. Pero los documentos, las máscaras y los asesinos comparten una cualidad: son menos útiles cuando nos precipitamos hacia donde quieren llevarnos.
Clara miró hacia el molino.
—¿Qué quería don Álvaro confesar?
Delacroix siguió con la vista el hueco negro del canal seco, la pasarela rota, el molino, la nieve cayendo sobre la rueda podrida.
—Quizá no quería confesar —dijo—. Quizá quería chantajear a los otros con una verdad que Lucía escondió antes de morir. Y alguien decidió que, después de veinticinco años, ya no podía permitirse otro testigo.
—¿Otro? —preguntó Inés.
Delacroix la miró.
—Lucía fue el primero.
Nadie respondió.
El viento pasó entre los árboles y movió la puerta rota del molino.
El sonido fue breve, seco, parecido a una risa vieja.
Samuel se vendó la frente con un pañuelo.
Inés le sujetó el brazo sin hablar. Clara permaneció con la máscara plateada puesta, mirando hacia el bosque como si por primera vez comprendiera que la casa Tebra no había sido el centro de todo, sino solo la fachada más alta de una podredumbre repartida.
Delacroix se ajustó los guantes.
—Volvemos al pueblo.
—¿Sin seguirlo? —dijo Samuel.
—Volvemos porque alguien acaba de intentar convertirlo a usted en sospechoso, señor Rego. Y porque, mientras nosotros estábamos aquí, esa misma persona ha tenido tiempo de hacer otra cosa en San Telmo.
Inés lo entendió antes que los demás.
—La carta.
—La carta, el sobre de don Álvaro, la máscara de Lucía o cualquier pieza que aún no sepamos que debemos lamentar.
La música de la fiesta volvió a llegarles desde lejos. Más fuerte. Demasiado fuerte. Como si el pueblo hubiera decidido tocar para tapar no un cadáver, sino varios.
Delacroix miró una última vez el molino.
—Además —añadió—, alguien nos ha mostrado una huella, una vela azul, una máscara desaparecida y una barandilla rota. Es mucho esfuerzo para una simple huida.
Clara se volvió hacia él.
—¿Qué significa?
—Que no estamos siguiendo al asesino. Estamos siguiendo su relato.
La nieve cayó sobre la pasarela rota, sobre el canal seco, sobre el lugar vacío donde Lucía Cardiel quizá había escondido una verdad que no llegó a salvarla.
Delacroix sintió, con una claridad fría, que el caso acababa de cambiar de forma.
Ya no bastaba con averiguar quién había matado a don Álvaro.
Había que descubrir quién llevaba veinticinco años corrigiendo la historia cada vez que alguien se acercaba demasiado a leerla.
Y esa clase de personas rara vez se conformaban con un solo cadáver.