Capítulo 17 — El viejo molino
El camino hacia el viejo molino no parecía un camino, sino una mala decisión que había aprendido a mantenerse en pie.
Salía por detrás de la casa Tebra, bordeaba la tapia cubierta de musgo, descendía entre árboles torcidos y se perdía en una oscuridad donde la nieve caía con menos belleza y más intención.
Samuel Rego abría la marcha con una lámpara de aceite protegida por cristal.
Detrás iban Inés Cardiel y Clara de Tebra, separadas por unos pasos que no eran distancia física sino historia social.
Delacroix cerraba el grupo, no por prudencia galante, sino porque prefería tener a la vista las espaldas de quienes conocían demasiado bien el lugar.
La música de la plaza se fue apagando a medida que avanzaban.
Primero perdió los violines, luego los tambores, después quedó reducida a un murmullo lejano, una alegría enterrada bajo la nieve.
El bosque, en cambio, empezó a hablar con su propio idioma: ramas que crujían, gotas heladas cayendo sobre hojas muertas, el viento empujando entre los troncos, el mar rugiendo a la derecha como una bestia que no necesitaba mostrarse para resultar convincente.
Delacroix había estado en salones más peligrosos que aquel bosque, desde luego, pero pocos habían tenido tan buen decorado.
—De niño me parecía más largo —dijo Samuel, sin volverse.
—La infancia tiene esa costumbre —respondió Delacroix—. Agranda los caminos y reduce la inteligencia de los adultos. En lo segundo suele acertar.
Inés caminaba con el sobre de Lucía apretado contra el pecho bajo el abrigo.
No llevaba máscara. La había dejado en la posada o quizá la había abandonado en alguna mesa, como quien se desprende de una cortesía inútil.
Clara, en cambio, llevaba puesta la suya de plata.
Bajo los árboles, aquel rostro metálico reflejaba la luz de la lámpara con destellos breves, fríos.
Delacroix no sabía si era vanidad, defensa o estrategia.
Sospechaba que, en Clara, esas tres cosas habían aprendido a convivir desde muy temprano.
—¿Su padre venía alguna vez por aquí? —preguntó.
—No —dijo Clara—. Mi padre no caminaba hacia lugares donde no hubiera alguien esperando para obedecerle.
—Una limitación geográfica considerable.
—Decía que el bosque era terreno de pobres, cazadores y personas con demasiadas razones para no dormir en casa.
Inés soltó una risa baja.
—Qué raro que no viniera entonces. Habría encajado perfectamente.
Clara no respondió. Delacroix observó ese silencio con interés. No era indiferencia ni orgullo. Era una forma de aceptar el golpe porque, en el fondo, lo consideraba justo.
Samuel se detuvo junto a una bifurcación apenas visible. A la izquierda, el sendero bajaba hacia una zona más cerrada del bosque. A la derecha, el terreno se abría un poco y se oía un agua débil, no el mar, sino un correr estrecho bajo piedras.
—Por aquí —dijo—. El molino está junto al canal viejo.
—¿El agua no hace ruido? —preguntó Delacroix.
—Antes no. El canal quedó casi seco hace muchos años. Ahora solo corre algo cuando llueve o cuando se derrite la nieve.
Inés miró hacia la oscuridad.
—Lucía escribió eso. “Donde el agua no hace ruido.”
—Los muertos suelen dejar frases mejores que indicaciones —dijo Delacroix—. Es una de sus muchas descortesías.
La senda se estrechó. Samuel alzó la lámpara y la luz mostró unas huellas recientes sobre la nieve. No eran muchas, pero sí claras en el tramo protegido por los árboles. Delacroix levantó una mano y todos se detuvieron.
—No pisen.
Samuel retrocedió medio paso, con la culpa inmediata de quien ha pasado la vida creyendo que cualquier orden severa lo incluye.
Delacroix se agachó. Había varias pisadas: unas grandes, de bota, probablemente de hombre; otras más pequeñas, de tacón bajo o zapato estrecho; y, junto a ellas, una marca irregular, como si alguien hubiera apoyado un bastón o un palo.
No el bastón de don Álvaro: la huella era más fina, más profunda en un lateral.
También había una mancha azul diminuta sobre la nieve, casi borrada.
—Cera —murmuró.
—¿De las velas de la Dama? —preguntó Clara.
—O de alguien que desea que pensemos en ellas. La diferencia puede ser mortalmente importante.
Inés se inclinó desde atrás, sin tocar nada.
—Han venido antes.
—Sí.
—¿Cuándo?
Delacroix observó los bordes de las pisadas. La nieve nueva las había suavizado, pero no cubierto.
—Después de la procesión. Antes de nosotros. Quizá hace menos de una hora.
Samuel maldijo en voz baja.
—Nos están esperando.
—O huyendo —dijo Delacroix—. No concedamos al enemigo una teatralidad que quizá no merece.
Siguieron bordeando las huellas. Delacroix hizo que Samuel caminara por la izquierda, sobre una franja de piedras, y que Clara e Inés pisaran donde él indicaba.
La escena habría resultado ridícula en otro contexto: un francés elegante, dos mujeres de luto distinto y un carpintero enorme avanzando entre árboles como bailarines torpes de una función fúnebre.
Pero nadie parecía dispuesto a reír. La noche había pasado hacía rato el punto en que el humor servía para ocultar el miedo; ahora solo lo afilaba.
El molino apareció de pronto, más bajo de lo que Delacroix esperaba.
Era una construcción de piedra medio hundida entre zarzas y árboles, con el tejado vencido en un lado, una rueda de madera podrida cubierta de hielo y un canal estrecho que corría junto al muro como una cicatriz oscura.
No había agua visible, solo barro, nieve derretida y un goteo lento que caía desde alguna parte, tan regular que parecía medir el tiempo de los muertos.
Una puerta colgaba de una bisagra. En el dintel, alguien había grabado una fecha antigua casi ilegible.
Inés se quedó quieta.
—Aquí.
No dijo nada más. No hacía falta. A veces un lugar reconoce a una persona antes de que la persona lo reconozca a él.
Samuel bajó la lámpara.
—Mi padre decía que la máscara estaba allí. Junto a la rueda. Metida entre barro y hojas.
—¿Por qué vendría Lucía hasta aquí durante la fiesta? —preguntó Clara.
Inés la miró.
—Porque alguien la citó.
—O porque escondió algo —dijo Delacroix—. O porque huía. Las tres posibilidades no se excluyen con la amabilidad que nos gustaría.
Entraron. El interior del molino olía a humedad vieja, madera podrida y piedra mojada.
La lámpara iluminó una sala pequeña, con vigas bajas, sacos deshechos, restos de herramientas, una mesa rota y el hueco oscuro donde en otro tiempo debió de estar el mecanismo de molienda.
La nieve entraba por una grieta del techo y caía en un montón blanco sobre el suelo, como si el invierno hubiera decidido ocupar también los espacios abandonados.
En una esquina había una escalera estrecha que subía a un altillo.
En otra, una puerta pequeña, casi oculta tras unas tablas caídas, conducía quizá al canal o a una despensa.
Delacroix se quedó inmóvil unos segundos.
—No toquen nada.
—Empieza a ser una frase muy suya —dijo Clara.
—Es una de las pocas que la humanidad insiste en volver necesaria.
Samuel recorrió la sala con la luz. Inés avanzó hacia la rueda, pero Delacroix la detuvo con suavidad.
—Primero miramos.
—Llevo veinticinco años esperando mirar.
—Precisamente. Esperar veinticinco años merece una técnica mejor que pisar una prueba en los primeros veinte segundos.
Ella se contuvo. No por obediencia, sino porque entendió que la impaciencia podía traicionar a Lucía por segunda vez.
Delacroix se agachó junto al barro endurecido cerca de la rueda.
Allí también había huellas recientes, mezcladas con marcas antiguas imposibles de fechar.
Una bota grande. Un zapato más pequeño. Algo arrastrado.
No un cuerpo adulto; demasiado estrecho.
Quizá una caja. Quizá un saco. Quizá una máscara envuelta.
En la pared, junto a la rueda, había una piedra ligeramente desplazada. Delacroix la señaló.
—Señor Rego.
Samuel se acercó.
—Esa piedra no encaja.
—¿Es antigua?
El carpintero pasó la mano cerca sin tocar.
—El muro fue reparado hace años. Mi padre lo conocía. Aquí había un hueco. Pequeño. Lo usaban para guardar herramientas, clavos, cosas así.
—¿Puede abrirlo sin destruirlo?
—Sí.
—Entonces hágalo como si su vida dependiera de no ser torpe.
—Qué alentador —murmuró Clara.
Samuel sacó una navaja de trabajo y empezó a mover la piedra con cuidado.
La pieza cedió después de unos segundos y dejó al descubierto un hueco estrecho, oscuro.
Inés contuvo la respiración. Delacroix acercó la lámpara.
Dentro no había una caja antigua, ni cartas atadas con cinta, ni la clase de revelación ordenada que tanto gusta a los lectores impacientes y tan poco a la realidad.
Había polvo removido, una telaraña rota y una marca rectangular en el fondo.
Algo había estado allí.
Ya no.
Inés cerró los ojos.
—Llegamos tarde.
—Sí —dijo Delacroix—. Pero no necesariamente inútiles.
Introdujo las pinzas en el hueco y sacó un fragmento de papel atrapado en una astilla de madera. Era pequeño, apenas una esquina rota, manchada de humedad. Bajo la luz se distinguían tres letras escritas con tinta desvaída.
…bra
Clara se inclinó.
—Tebra.
—Probablemente.
—¿Era de Lucía?
—Quizá. O de alguien que escribió su apellido con mala fortuna.
Inés extendió la mano, pero Delacroix no le entregó el fragmento. Lo guardó con cuidado en papel secante.
—No me lo quite —dijo ella.
—No se lo quito. Se lo preservo. La diferencia, esta noche, es menos ofensiva de lo que parece.
Samuel seguía mirando el hueco vacío.
—Mi padre tenía razón.
—Sí —dijo Inés, y esta vez su voz no fue dura—. La tenía.
El carpintero pareció doblarse un poco bajo una carga que llevaba demasiados años mal repartida. Delacroix no lo consoló. La culpa verdadera no necesita consuelo inmediato; necesita utilidad. Dejarla trabajar unos minutos suele producir mejores resultados.