Capítulo 16 — La casa Tebra #2
Evaristo miró a Clara, luego al detective.
—No lo sé.
—Señor Evaristo, tengo una noche muy ocupada y una tolerancia decreciente hacia las respuestas inútiles.
El viejo respiró con dificultad.
—Llevaba máscara.
—En San Telmo, eso ya no alcanza ni como saludo.
—Blanca. Con línea azul. Como las acompañantes.
Clara apretó la taza entre las manos.
—¿Hombre o mujer?
—No lo sé. Entró por detrás. Yo estaba preparando el abrigo del señor. Me puso un paño en la boca. Olía dulce. Luego desperté aquí.
—¿Antes de eso, don Álvaro estaba vivo?
Evaristo asintió.
—Sí. Muy débil, pero vivo.
—¿Habló?
El viejo miró hacia la habitación principal, como si aún temiera que el muerto pudiera oírlo a través de la pared.
—Quería bajar.
—¿A la fiesta?
—Sí. La señora Celia le dijo que no debía. Que no aguantaría. Él se rió. Dijo que llevaba media vida aguantando cosas peores que una procesión de imbéciles.
—Reconozco el estilo —dijo Delacroix.
—Después pidió su máscara. La del Ciervo. Yo le dije que estaba en la Casa de los Rostros, como todos los años. Se enfadó. Dijo que nadie debía tocarla sin que él la viera primero.
—¿Y entonces?
—Llegó la señora Celia. Con el alcalde. Y el joven Martín.
Clara dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Los tres?
—Sí, señorita.
Delacroix se inclinó un poco hacia el criado.
—Cuéntelo despacio.
Evaristo tragó saliva.
—La señora Celia dijo que el señor no podía presidir la ceremonia.
Que se le veía demasiado enfermo, que la gente se asustaría, que el pueblo necesitaba verlo fuerte.
El alcalde insistió. Decía que la fiesta no podía empezar con rumores de agonía, que los comerciantes, los visitantes, la prensa…
El señor los dejó hablar. Después pidió vino.
Clara se quedó rígida.
—Mi padre no bebía ese vino.
—No, señorita. Pero pidió vino. Dijo que si querían teatro, al menos sirvieran algo apropiado.
Delacroix miró la bandeja de plata en la otra habitación.
—¿Quién lo trajo?
—Martín. O eso creo. Yo salí a buscar una manta. Cuando volví, el vaso estaba en la mesa y el señor ya había bebido un poco. Tosía. Mucho. La señora Celia le dijo que era mejor que descansara. El alcalde propuso que Martín bajara con la máscara durante el primer tramo. El señor se enfureció.
—¿Se negó?
—Dijo que si alguien iba a robarle la cara, prefería estar muerto para no tener que verlo.
Clara cerró los ojos. Esta vez el dolor sí le tocó la boca.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó Delacroix.
—El señor pidió hablar a solas con la señora Celia. El alcalde y Martín salieron. Yo también, pero me quedé cerca. Oí gritos. No palabras claras. Solo un nombre.
—Lucía.
Evaristo asintió muy despacio.
—Sí.
El pasillo pareció enfriarse más. La música de la fiesta subió desde abajo como una burla distante.
—Después la señora Celia salió —continuó el criado—. Estaba muy pálida. Dijo que el señor descansaría un rato, que yo no dejara entrar a nadie. Pero él me llamó. Me pidió que le preparara el abrigo. Dijo que iba a bajar.
—¿A pesar del tónico?
—A pesar de todo. Él era así.
—¿Y usted?
—Le obedecí.
—¿Le dio algo más?
Evaristo dudó.
—Una carta.
Clara dio un paso.
—¿Qué carta?
—No sé. Un sobre cerrado. El señor lo sacó de la caja de la mesa. Me dijo que, si él no llegaba a medianoche, debía entregárselo a la señorita Clara. Personalmente. A nadie más.
—¿Dónde está? —preguntó Clara.
Evaristo se llevó una mano al chaleco. Después miró hacia abajo, desconcertado. El bolsillo interior estaba vacío.
—Lo tenía aquí.
Delacroix no mostró sorpresa. Aquella emoción empezaba a parecer una cortesía agotada.
—La persona de la máscara blanca se lo quitó.
—Debió de hacerlo.
—¿Vio algo de ella? ¿Manos, voz, altura, olor?
Evaristo cerró los ojos, esforzándose.
—No habló. Era de estatura media. Llevaba guantes. Pero… cojeaba un poco.
—¿Cojeaba? —preguntó Clara.
—O cargaba el peso mal. No sé. Yo estaba mareado. Pero recuerdo que, al salir, golpeó el marco con el hombro izquierdo. Como si no calculara bien el espacio.
Delacroix guardó el dato. En una noche de máscaras, las medidas del cuerpo eran casi más fiables que los nombres.
—¿El sobre podía contener la otra parte de la carta de Lucía? —preguntó Clara.
—No lo sé, señorita. El señor no me decía lo que había dentro de los sobres. Solo a quién debía traicionarse con ellos.
La frase salió con una amargura inesperada. Clara miró al viejo como si acabara de verlo por primera vez.
—Lo odiaba.
Evaristo bajó la cabeza.
—Servir a un hombre no obliga a amarlo.
—Pero obliga a callar.
—Sí.
No hubo excusa. Delacroix agradeció esa sequedad. Las excusas, a ciertas edades, resultaban casi obscenas.
Volvieron a la habitación de don Álvaro.
Delacroix revisó la caja de madera. Estaba abierta.
En uno de los compartimentos había marcas de polvo alrededor de un espacio vacío.
Allí había estado un sobre, quizá el mismo que Evaristo debía entregar a Clara.
En otro compartimento encontró un frasco pequeño, sellado, con restos de polvo blanco en el tapón.
Lo guardó con cuidado. Junto al espejo, sobre la alfombra, vio un botón negro. Lo recogió.
—Guante negro —murmuró.
—Martín llevaba guantes negros cuando fingía ser mi padre —dijo Clara.
—Sí. Pero este botón no se desprendió en la plaza. Está aquí.
—Entonces Martín estuvo aquí después de vestirse.
—O alguien trajo aquí sus guantes. O alguien usó otro par. Las fiestas de máscaras tienen ese defecto: ofrecen demasiadas versiones de la misma mentira.
Clara se acercó al escritorio de su madre. Tocó el borde del cajón forzado sin abrirlo más.
—Alguien se llevó la carta. El sobre de mi padre. La máscara de Lucía. ¿Qué busca?
Delacroix miró hacia la ventana. Desde allí se veía la plaza, azul y blanca, llena de máscaras, y más allá la línea negra del bosque.
—No busca solo ocultar el pasado —dijo—. Busca controlar qué parte del pasado llega al presente.
—¿Y qué hacemos?
—Ahora iremos al molino.
—Voy con usted.
—Lo imaginaba.
—No puede impedírmelo.
—Podría intentarlo, pero la noche ya tiene suficientes discusiones inútiles.
Evaristo, desde la puerta, levantó una mano temblorosa.
—Señorita Clara.
Ella se volvió.
—¿Sí?
—Su padre dijo otra cosa. Antes de que Celia entrara. Me pidió el abrigo y dijo: “Si quieren una fiesta de máscaras, les daré un rostro que no puedan quitarse.”
Clara se quedó inmóvil.
Delacroix sintió que la frase encontraba su lugar entre todas las demás: la confesión anunciada, la carta escondida, el brindis, el impostor, el cadáver junto al acantilado.
Don Álvaro había querido bajar no para honrar la fiesta, sino para destruirla desde dentro.
Quizá por culpa, quizá por venganza, quizá por la última vanidad de un hombre que no soportaba morir sin seguir dominando el relato.
—Su padre no iba a despedirse del pueblo —dijo Delacroix—. Iba a castigarlo.
Clara miró hacia la plaza. La música seguía, las máscaras seguían, la Dama seguía cubierta bajo el velo azul.
—Entonces alguien se le adelantó.
—Sí.
Delacroix se puso el sombrero y ajustó el abrigo.
La casa Tebra parecía más silenciosa ahora, como si hubiese entregado una parte de su secreto y necesitara tiempo para decidir cuánto lamentarlo.
Al salir al pasillo, Clara recogió su máscara plateada de la consola, la miró un momento y se la colocó de nuevo.
—¿Va a respetar la tradición? —preguntó Delacroix.
—No —dijo ella—. Voy a usarla.
Él inclinó la cabeza, casi complacido.
—Empieza usted a comprender la noche.
Bajaron la escalera, cruzaron el vestíbulo bajo los retratos de los Tebra y salieron otra vez a la nieve.
La fiesta sonaba abajo, insistente, enferma, hermosa de un modo imperdonable.
A un lado, el camino descendía hacia la plaza.
Al otro, una senda más estrecha bordeaba la tapia de la casa y se internaba hacia la oscuridad del bosque.
Allí, según Lucía Cardiel, estaba el lugar donde el agua no hacía ruido.
Delacroix miró hacia la plaza por última vez.
Vio a Celia Armentia junto a la Dama, inmóvil bajo los faroles azules.
Vio al alcalde gesticulando entre máscaras.
Vio a Teresa en la mesa de los nombres. Vio a Martín Lobeira con la cabeza baja.
Y, durante un instante, creyó ver una máscara de ave clara moverse entre la multitud antes de desaparecer hacia una calle lateral.
La máscara de Lucía.
O alguien que quería que él pensara en ella.
—Al molino —dijo.
Y la casa Tebra cerró la puerta a sus espaldas con un sonido que pareció demasiado parecido a una advertencia.