Capítulo 16 — La casa Tebra
La casa Tebra se alzaba en la parte alta de San Telmo como si el pueblo hubiera sido construido para mirarla desde abajo.
No era exactamente un palacio, pero hacía todo lo posible por recordar que podría haberlo sido si la historia, la humedad y algún arquitecto menos sobrio hubieran colaborado con mayor entusiasmo.
Tenía tres plantas, muros de piedra oscura, balcones de hierro, una escalinata ancha cubierta de nieve y ventanas altas que devolvían la luz de la fiesta como ojos que no deseaban mezclarse con aquello que observaban.
A un lado, el camino seguía hacia el acantilado.
Al otro, el bosque comenzaba a cerrarse detrás de una tapia antigua.
La casa parecía colocada entre dos formas de caída.
Delacroix subió la escalinata junto a Clara de Tebra.
Ella caminaba sin mirar hacia la plaza, donde la música había vuelto a sonar con una alegría cada vez más ofensiva.
Desde allí arriba se veía casi todo San Telmo: los faroles azules, la imagen velada de la Dama, las máscaras moviéndose alrededor de los puestos, los músicos esforzándose en no escuchar el rumor del cadáver que acababan de retirar de la nieve.
La fiesta continuaba. Esa era, precisamente, la parte más obscena.
No porque la gente bailara, sino porque lo hacía con la rigidez de quien obedece una orden que ya no cree.
—Mi padre adoraba esta vista —dijo Clara.
—Entiendo por qué.
—No por la belleza. Por la altura.
Delacroix miró la casa.
—Los hombres que necesitan mirar a los demás desde arriba suelen llamar paisaje a lo que en realidad es costumbre.
Clara no respondió, pero la frase le produjo una sombra de sonrisa.
Duró poco. En la puerta principal había una aldaba de bronce con forma de ciervo.
La hija de Tebra la golpeó dos veces. El sonido retumbó dentro de la casa con una gravedad antigua, demasiado grande para una llamada doméstica. Nadie abrió.
—Evaristo debería estar aquí —dijo ella.
—Quizá sea un criado con una comprensión saludable del desempleo inminente.
Clara sacó una llave de su abrigo.
—Evaristo no se marcharía. No sin permiso.
—Una virtud triste.
Entraron. El vestíbulo olía a cera, madera vieja, flores secas y frío encerrado.
Las casas antiguas tenían esa capacidad de conservar el invierno incluso con chimeneas encendidas, como si la piedra recordara cada nevada sufrida por generaciones anteriores y se negara a olvidar por cortesía con los vivos.
A la derecha había un salón oscuro; a la izquierda, una biblioteca con las puertas entornadas; al fondo, una escalera amplia subía hacia el piso principal.
En las paredes colgaban retratos de hombres y mujeres de la familia Tebra, todos con una expresión parecida: orgullo, aburrimiento y cierta sospecha de que los descendientes no estarían a la altura del marco.
Delacroix se quitó el sombrero y miró alrededor.
—Una casa encantadora. Uno siente de inmediato el deseo de pedir disculpas por estar vivo.
—Mi padre decía que las casas nuevas son para las personas que no tienen nada que recordar.
—Una frase muy útil para quienes prefieren no hablar de lo que recuerdan.
Clara dejó su máscara plateada sobre una consola. El gesto tuvo algo de rechazo. Como si, al entrar en aquella casa, no necesitara ningún rostro falso porque el lugar ya le había asignado uno desde niña.
—Evaristo —llamó.
No hubo respuesta.
Subieron la escalera. La alfombra roja amortiguaba los pasos y, aun así, Delacroix creyó oír crujidos a su alrededor: madera dilatándose por el frío, quizá.
O la casa haciendo comentarios en su idioma.
En el primer rellano, Clara se detuvo ante un retrato de una mujer de rostro delicado, ojos claros y manos cruzadas sobre el regazo.
Tenía una belleza apagada, no por falta de rasgos, sino por exceso de contención.
—Mi madre —dijo.
—¿Cómo se llamaba?
—Adela.
Delacroix observó el cuadro. Adela de Tebra parecía mirar hacia un punto situado justo al lado de quien la observaba, como si ni siquiera en pintura se atreviera a enfrentarse directamente a la vida.
—Usted dijo que guardó una parte de la carta de Lucía.
—Sí.
—¿Cree que la escondió para protegerla o para protegerse?
Clara tardó en responder.
—En esta casa, monsieur Delacroix, ambas cosas solían parecerse demasiado.
Continuaron hasta el pasillo principal. Allí el silencio era más denso. Desde fuera llegaba la música, muy lejana, filtrada por los muros, convertida en un latido absurdo bajo las tablas. Clara abrió una puerta al final del corredor.
—La habitación de mi padre.
El cuarto era amplio, severo, con una cama alta, cortinas pesadas, una chimenea encendida a medias y un olor medicinal que Delacroix reconoció de inmediato.
Sobre una mesa junto a la cama había frascos, una jarra de agua, un vaso limpio, un reloj de bolsillo, varias cartas sin abrir y una caja de madera con compartimentos.
Al lado de un sillón, una manta estaba caída en el suelo.
Frente al espejo, junto a un biombo, había un perchero vacío donde seguramente debía haberse preparado la capa ceremonial del Ciervo Negro.
Una silla estaba volcada. No de forma dramática, no como en una lucha feroz, sino como si alguien se hubiera levantado con torpeza o hubiera sido ayudado con demasiada prisa.
Delacroix levantó una mano para detener a Clara.
—No toque nada.
—Ya lo sé.
—Perdone. La costumbre me hace repetir consejos a personas inteligentes porque las personas idiotas han sido muy persistentes en mi carrera.
Clara se quedó en la entrada. Delacroix avanzó despacio.
La habitación tenía signos de uso reciente: ceniza removida en la chimenea, la marca de un cuerpo en el sillón, una servilleta arrugada en la mesilla, dos gotas secas sobre la bandeja de plata.
Olió una. Tónico. La otra, más dulce. Vino especiado.
—El vino llegó aquí —dijo.
—Mi padre no lo habría pedido.
—Alguien consideró importante insistir.
Sobre la mesa había un frasco de vidrio oscuro sin etiqueta. Estaba casi vacío. Delacroix no lo tocó directamente; lo envolvió con un pañuelo y lo levantó hacia la luz.
—¿Reconoce esto?
Clara se acercó sin cruzar del todo el umbral.
—Uno de sus tónicos. Evaristo los preparaba en dosis pequeñas. Nunca dejaba el frasco entero aquí.
—Entonces alguien fue generoso.
En el suelo, cerca del biombo, había una marca de arrastre sobre la alfombra.
No larga. Apenas medio metro. Delacroix se arrodilló y la examinó.
La lana estaba hundida en dirección a la puerta, como si los pies de don Álvaro hubieran rozado el suelo al ser incorporado o trasladado.
No era suficiente para afirmar que lo sacaron inconsciente.
Sí para no descartar que no caminó por completo a voluntad.
—¿Su padre podía caminar solo? —preguntó.
—Sí. Despacio. Con bastón. Pero si estaba débil, necesitaba ayuda.
—¿De quién aceptaba ayuda?
Clara soltó una risa breve.
—De nadie. Salvo de quien pudiera fingir que no lo ayudaba.
—Evaristo.
—Y Celia. A veces.
Delacroix se levantó. Se acercó al escritorio situado junto a la ventana. Había papeles ordenados con una pulcritud casi agresiva, un tintero, una pluma, un cortapapeles de plata y un cajón pequeño forzado por una mano reciente. Clara lo vio y se tensó.
—Ese es el cajón de mi madre.
—¿Lo dejó así?
—No. Lo cerré.
—Con llave.
—Sí.
Delacroix examinó la cerradura. No estaba rota con violencia, sino abierta con instrumento fino o con una llave que no era la principal. El cajón contenía sobres vacíos, una cinta de seda vieja, un medallón sin retrato y varias hojas amarillentas. Clara se acercó, más pálida.
—La carta no está.
—¿Dónde la había escondido?
—Bajo el forro.
Delacroix levantó con cuidado el papel del fondo. Había una hendidura limpia, vacía. La parte inferior de la carta de Lucía había desaparecido.
Clara cerró los ojos.
—Alguien vino antes que nosotros.
—O después de usted y antes de nosotros. La cronología, madame, es el único animal de esta casa al que aún podríamos domesticar.
Un ruido llegó desde el pasillo.
Fue leve. Un quejido, quizá. Clara se volvió de inmediato.
—Evaristo.
Salieron al corredor. El sonido se repitió desde una habitación contigua, pequeña, destinada tal vez al servicio.
Clara abrió la puerta. Dentro, sentado en una silla junto a una cama estrecha, estaba Evaristo.
Era un hombre muy viejo, delgado, vestido con traje negro de criado, aunque el cuello de la camisa estaba desabrochado y el chaleco torcido.
Tenía las manos atadas de forma torpe con una cinta de cortina y una mordaza caída alrededor del cuello.
No estaba herido de gravedad, pero sí aturdido.
Sobre una mesa cercana había una taza rota y un olor amargo que confirmaba que la noche había decidido repetir sus métodos con poca imaginación y mucha eficacia.
—Evaristo —dijo Clara, acercándose.
El viejo abrió los ojos. Tardó unos segundos en reconocerla. Luego intentó incorporarse.
—Señorita Clara.
—No se mueva.
Delacroix desató la cinta de sus muñecas. La piel estaba roja, no cortada. Había sido inmovilizado más para impedirle actuar que para hacerle daño. Evaristo tosió, se llevó una mano al pecho y aceptó el vaso de agua que Clara le ofreció después de mirar a Delacroix, esperando su aprobación.
—Muy prudente —dijo él—. Esta noche el agua corriente se está convirtiendo en un lujo moral.
Evaristo bebió. Tenía los ojos hundidos, pero la mente regresaba con rapidez.
—El señor… —empezó.
—Está muerto —dijo Clara.
El viejo cerró la boca. Delacroix vio cómo la noticia le atravesaba el rostro no como sorpresa, sino como una confirmación temida.
Los criados antiguos rara vez se permitían el privilegio de ignorar lo que ocurría en una casa; solo fingían hacerlo para seguir cobrando, durmiendo bajo techo o respirando.
—¿Quién lo ató? —preguntó Delacroix.