Capítulo 15 — Clara de Tebra no sabe llorar #2
El padre Elías bajó la mirada. Lanza cerró el maletín con más fuerza de la necesaria. Samuel seguía en silencio. Inés observaba a Clara de un modo distinto ahora, no más amable, pero sí menos simple.
—¿Por qué abrió ese cajón ayer? —preguntó Delacroix.
Clara sostuvo su mirada.
—Porque mi padre me pidió que no lo hiciera.
—Una razón excelente.
—Había regresado a San Telmo distinto. No arrepentido, no exactamente.
Mi padre era incapaz de arrepentirse sin considerar antes el efecto sobre su prestigio.
Pero estaba nervioso. Hablaba de dejar las cosas en orden.
De cerrar círculos. De nombres que debían volver a pronunciarse.
Hace dos noches discutió con Celia en la biblioteca. Yo escuché parte.
—¿Qué parte?
—Celia le dijo que no tenía derecho a destruirlo todo después de haberles exigido silencio a los demás. Él respondió que el silencio era una deuda, y que las deudas, cuando uno está a punto de morir, conviene cobrarlas antes de que las hereden los hijos.
—Encantador hasta el final —murmuró Delacroix.
—Después mencionó a Lucía. Celia le dijo que no pronunciara ese nombre en su casa. Mi padre se rió. Dijo que era su casa, su fiesta y su muerto.
Inés se estremeció.
—¿Su muerto?
Clara asintió.
—Eso dijo.
Delacroix miró el cuerpo de don Álvaro. Había personas que, incluso después de muertas, seguían repartiendo veneno con notable eficacia.
—¿Celia lo amenazó?
—No con palabras. Pero le dijo que algunas máscaras no estaban hechas para quitarse, ni siquiera delante de Dios.
El padre Elías suspiró muy bajo. La frase pareció dolerle por razones propias.
—¿Y él? —preguntó Delacroix.
—Le dijo que Dios llevaba veinticinco años mirando hacia otro lado y que no parecía tener intención de cambiar de postura.
—Su padre habría sido insoportable en cualquier idioma.
—Lo era.
La respuesta salió demasiado rápido. Clara se quedó quieta, como si por fin hubiera dicho algo que ya no podía retirar. Miró el cadáver. Esta vez sus ojos se humedecieron, pero no lloró. Tal vez no sabía. Tal vez el cuerpo se le había olvidado.
—¿Sabe qué es lo peor? —dijo—. Que una parte de mí pensó que, cuando muriera, la casa respiraría.
Que las paredes dejarían de escucharlo. Que yo podría caminar por los pasillos sin sentir que seguía decidiendo cómo debía sonar mi vida.
Y ahora está muerto, y lo único que siento es que ha encontrado la manera de quedarse.
Nadie habló.
Delacroix no era dado al consuelo. Le parecía una herramienta delicada, peligrosa en manos de aficionados. Pero a veces la ausencia total de piedad se parece demasiado a la vanidad.
—Los hombres como su padre suelen creer que una casa les pertenece incluso después de morir —dijo—. La ventaja es que, muertos, ya no pueden cerrar puertas. Solo dejar llaves escondidas.
Clara lo miró. Quizá fue lo más cercano a una gratitud que podía ofrecer en ese momento.
Lanza terminó de guardar las muestras.
—Necesito llevar esto a mi consultorio. Allí podré hacer algunas pruebas sencillas. No concluyentes, pero mejores que olisquear cadáveres bajo la supervisión de santos de madera.
—No irá solo —dijo Delacroix.
—Ya lo imaginaba.
—Samuel lo acompañará. Doctor, no beba nada que no haya abierto usted mismo. No acepte mensajes de damas blancas, ciervos negros ni santos administrativos. Y si alguien le pide que suba a otra habitación oscura, tenga la bondad de recordar que la experiencia ya ha sido suficientemente educativa.
Lanza hizo una mueca.
—Empiezo a echar de menos cuando solo me despreciaba mi hígado.
Samuel asintió, pero antes de marcharse miró a Inés.
—Iré al molino con ustedes después.
—Más le vale —dijo ella.
No hubo perdón en la frase. Pero había una promesa de escucha. En San Telmo, aquella noche, eso ya era casi una revolución.
Cuando Lanza y Samuel salieron de la sacristía, Delacroix se volvió hacia el padre Elías.
—Necesito que el cuerpo permanezca aquí, vigilado. Nadie entra salvo usted, Clara, Teresa o yo. Si el alcalde quiere presentar sus respetos, que los presente desde el pasillo. Ya ha estado demasiado cerca de las decisiones equivocadas.
—Bruno no es un asesino —dijo el cura.
—Me alegra su fe.
—No lo digo por fe. Lo digo porque lo conozco.
—Padre, conocer a una persona rara vez impide que mate. A veces solo permite entender por qué tardó tanto.
El sacerdote aceptó la frase con cansancio.
—Lo vigilaré.
—Gracias.
Clara se apartó del cuerpo y recogió su máscara plateada del banco. La miró con una especie de repulsión tranquila.
—Voy con usted a la casa Tebra.
—Sí.
—Quiero recuperar la carta.
—También yo.
—Y quiero ver a Evaristo.
—Empieza a anticiparse a mis deseos. Tenga cuidado, madame. Podría terminar siendo útil.
—No me insulte.
Delacroix sonrió apenas.
Salieron de la sacristía hacia la nave lateral de la iglesia.
La Dama de la Nieve ya no estaba allí; su imagen seguía en la plaza, velada, presidiendo una fiesta que había empezado a pudrirse bajo sus faroles.
En los bancos vacíos quedaban algunas máscaras abandonadas: una liebre, un pez, una anciana, un niño.
Rostros sin dueño. Delacroix se detuvo ante una máscara blanca apoyada junto a una vela. Tenía una línea azul en la frente.
—¿De las acompañantes? —preguntó Clara.
—Quizá.
La tomó con un pañuelo y observó el interior. En el borde inferior había una mancha mínima, oscura. No sangre. Tal vez vino. Tal vez tónico. Tal vez nada. La guardó envuelta en el pañuelo.
—En esta fiesta —dijo—, las máscaras empiezan a tener más vida social que algunos vecinos.
Clara miró hacia la puerta abierta de la iglesia.
Al otro lado, la nieve cruzaba la plaza como una cortina cada vez más espesa.
La música sonaba todavía, pero ahora se mezclaba con conversaciones tensas, órdenes del alcalde y risas que morían demasiado pronto.
Más allá de las luces, hacia la parte alta del pueblo, se alzaba la casa Tebra, oscura contra la nieve, esperando con todas sus ventanas cerradas.
—Mi padre decía que una casa antigua no guarda secretos —dijo Clara—. Los domestica.
Delacroix se ajustó los guantes.
—Entonces vayamos a ver si alguno ha mordido a su dueño.