Capítulo 15 — Clara de Tebra no sabe llorar
La sacristía olía a cera, humedad, incienso viejo y muerte reciente.
No era una combinación particularmente original, pero tenía una eficacia antigua, casi litúrgica.
El cuerpo de don Álvaro de Tebra descansaba sobre una mesa larga cubierta con una sábana blanca que el padre Elías había proporcionado con una expresión de disculpa, como si la iglesia hubiera fallado al muerto por no disponer de un mobiliario más adecuado para la investigación de un asesinato.
Dos lámparas de aceite iluminaban la habitación desde ángulos distintos, proyectando sombras largas sobre los armarios de madera, los cálices guardados tras vitrinas y las casullas colgadas en una percha, tan inmóviles que parecían sacerdotes sin cuerpo esperando turno para juzgar.
El doctor Lanza había recuperado su maletín y, con él, una parte considerable de su autoridad.
Seguía pálido, tenía la nuca hinchada y un humor desagradable que Delacroix consideró buena señal.
Los hombres que conservan el mal carácter después de un golpe en la cabeza suelen estar menos cerca de morir de lo que desean aparentar.
—No tengo condiciones para una autopsia —dijo Lanza, abriendo el maletín sobre un banco—. Ni luz suficiente, ni instrumental suficiente, ni ayudantes sobrios suficientes.
—La sinceridad médica siempre resulta reconfortante —respondió Delacroix—. Sobre todo cuando no pretende tranquilizar a nadie.
—Puedo examinar lo evidente.
—En San Telmo, doctor, lo evidente parece haber sido tratado durante años como una enfermedad vergonzosa. Me conformo con que empiece por ahí.
Clara de Tebra estaba de pie junto a la puerta, con la máscara plateada colgando de una mano.
No había querido sentarse. Tampoco lloraba.
Miraba el cuerpo de su padre con una fijeza que muchos habrían confundido con frialdad, pero Delacroix no cometía ese tipo de errores por comodidad.
La frialdad auténtica descansa. Clara no descansaba.
Todo en ella estaba en tensión: la mandíbula, los dedos, los hombros, incluso la forma en que respiraba.
No llorar no significaba no sentir. A veces significaba que una persona había aprendido, quizá demasiado pronto, que el llanto no cambiaba el reparto de poder en una casa.
Inés Cardiel permanecía un poco más atrás, cerca de Samuel Rego, guardando bajo el abrigo la carta de Lucía y la lista de portadores de la fiesta.
No miraba a Clara con compasión. Tampoco con odio.
La observaba como se observa a alguien que ha vivido al otro lado de una pared durante años y quizá, solo quizá, también oyó los golpes.
El padre Elías cerró la puerta de la sacristía.
Afuera, la música de la plaza llegaba amortiguada por los muros de piedra.
La fiesta continuaba, y aquello daba a la escena un carácter casi indecente.
Un hombre muerto sobre una mesa, su hija sin lágrimas, un médico golpeado, una hermana de desaparecida con una carta en el bolsillo, y al otro lado de la iglesia un pueblo entero empeñado en seguir tocando violines porque alguien, en algún momento, había decidido que la tradición tenía prioridad sobre la decencia.
—Empecemos —dijo Delacroix.
Lanza retiró la sábana hasta el pecho de don Álvaro.
Bajo la luz fija, el cadáver parecía aún menos majestuoso que en el camino.
El rostro había perdido la autoridad que la distancia y el miedo le habían prestado durante años.
La piel era pálida, con una lividez irregular en la mandíbula.
La mancha del labio inferior se distinguía mejor: oscura, pegajosa, con restos de especias.
El golpe de la sien era visible, pero no espectacular.
Bastante sangre seca en el cabello, no suficiente para convertirlo en una muerte sencilla.
El cuello presentaba las pequeñas marcas rojizas que Lanza había señalado junto al acantilado.
—Aquí —dijo el médico, inclinándose—. Presión lateral. No de dedos completos. Quizá una tela. Quizá alguien le sujetó la bufanda desde atrás o intentó impedirle gritar.
—¿Pudo morir asfixiado?
—Pudo contribuir. No apostaría mi reputación a una sola causa.
—Una prudencia comprensible, teniendo en cuenta que esta noche su reputación ya ha sufrido un secuestro breve.
Lanza ignoró la frase y examinó la boca del muerto con una pequeña espátula metálica. Tomó una muestra de la mancha del labio, otra del interior de la mejilla, y las dejó en dos pequeños recipientes. Luego olió de nuevo, frunció el ceño y murmuró algo que Delacroix no alcanzó a oír.
—¿Qué?
—Hay vino especiado, sí. Pero también láudano o una preparación parecida. Y quizá digital. No puedo confirmarlo aquí.
El padre Elías se santiguó.
—¿Digital?
—Una planta —dijo Lanza—. En pequeñas dosis puede usarse para el corazón. En dosis inadecuadas puede convertir el corazón en una opinión discutible.
—Qué delicadeza botánica —dijo Delacroix.
Clara se acercó un paso.
—Mi padre tomaba un preparado para el corazón.
—Sí —dijo Lanza—. Muy controlado.
—¿Quién lo controlaba?
El médico no respondió de inmediato. La respuesta estaba en la habitación antes que sus palabras.
—Evaristo preparaba las dosis diarias. Yo las revisaba cada semana. Durante la fiesta, si había que administrarle algo, solía encargarse Celia.
Clara soltó una risa muy baja.
—Naturalmente.
—No acuse sin saber —dijo el médico, aunque sin demasiada fuerza.
—Doctor, en esta familia hemos llamado prudencia a tantas cobardías que ya no sé distinguirlas.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Madame de Tebra, antes dijo que había encontrado una carta de Lucía Cardiel.
Clara lo miró. Durante un segundo pareció no entender por qué cambiaba de tema. Luego comprendió que no cambiaba nada.
—Sí.
—¿La tiene?
—No.
Inés dio un paso.
—¿Dónde está?
Clara giró hacia ella. Era la primera vez que ambas mujeres se miraban sin la mediación de una máscara, de un cadáver o de un apellido.
Había entre ellas una distancia social que San Telmo había cuidado durante décadas, pero aquella noche las distancias empezaban a derretirse peor que la nieve bajo una pisada.
—En mi habitación —dijo Clara—. En la casa Tebra.
—¿La dejó allí? —preguntó Delacroix.
—La escondí.
—Eso no responde.
—En mi casa, monsieur Delacroix, esconder algo y dejarlo allí son actos muy distintos.
La frase era buena. También inquietante.
—¿Dónde la encontró?
Clara miró el cuerpo de su padre antes de responder.
—En el escritorio de mi madre. No el que está a la vista. El pequeño. El que mi padre mandó cerrar después de que ella muriera. Yo abrí el cajón ayer.
—¿Con llave?
—Con impaciencia.
Samuel Rego bajó la mirada, quizá para ocultar una aprobación involuntaria. Delacroix no lo culpó. Había cerraduras que merecían poco respeto.
—¿Qué decía la carta?
Clara cruzó los brazos, no por frío. Parecía contener algo que quería salir de forma demasiado brusca.
—Estaba rota. Como si alguien hubiera conservado solo una parte. Lucía le escribía a Celia. Decía que esa noche iba a contarle algo a Inés, que no podía seguir callando y que Celia tenía que ayudarla. Hablaba de la casa Tebra. De mi padre.
Inés sacó despacio el sobre bajo su abrigo.
—¿Era esta?
Clara la miró con sorpresa real. Inés abrió el sobre y extendió la media hoja sobre una mesa auxiliar. Clara se acercó. Leyó en silencio. El fuego de una lámpara le iluminó la cara desde abajo, marcándole los pómulos, la boca, la sombra bajo los ojos. Cuando terminó, negó despacio.
—No. La mía era otra parte.
Delacroix sintió que la sala se inclinaba apenas hacia ella.
—¿Otra parte de la misma carta?
—Creo que sí. La letra era la misma. El papel también. Esta parece la mitad superior. Yo encontré la parte inferior.
Inés apretó una mano contra el borde de la mesa.
—¿Qué decía?
Clara no respondió enseguida. Miró a Inés, luego a don Álvaro muerto, luego a Delacroix. Al final habló con una voz más baja.
—Decía: Si no vuelvo, no busquéis en el mar. Buscad donde el agua no hace ruido. Él cree que puede comprarlo todo, pero no puede comprar lo que ya escondí. Celia sabe dónde. Si dice que no, es que eligió vivir con ellos.
Inés cerró los ojos.
La sacristía quedó en silencio. Afuera, la música dio un salto alegre, absolutamente fuera de lugar. Delacroix pensó que la fiesta empezaba a parecer un animal ciego golpeándose contra las paredes de su propia jaula.
—“Donde el agua no hace ruido” —repitió Samuel.
—El viejo molino —dijo Inés.
—Puede ser —respondió Delacroix—. Un molino tiene agua, pero no necesariamente mar. Y si estaba abandonado…
—Lo estaba —dijo Samuel—. Ya entonces. El canal se había secado casi por completo. Quedaba barro, charcas, madera podrida. Mi padre iba a veces porque aún había vigas aprovechables.
Lanza se apoyó en el banco.
—Lucía escondió algo allí.
—O quiso que alguien lo creyera —dijo Delacroix—. Las cartas de los muertos tienen la mala costumbre de parecer siempre más claras de lo que son.
Inés lo miró con dureza.
—No era una muerta cuando la escribió.
—Precisamente. Por eso pudo tener miedo, prisa y una idea incompleta de lo que otros harían después.
Clara volvió junto al cuerpo de su padre.
—Mi madre guardó esa carta.
—¿Por qué la tenía ella? —preguntó Inés.
—No lo sé.
—¿Conocía a Lucía?
—Todos conocían a Lucía, según parece. Esa es la frase cómoda, ¿no? Todos la conocían, todos la querían, todos la recuerdan, nadie sabe nada.
No había burla en la voz de Clara. Había algo más amargo: la conciencia tardía de haber crecido dentro de una casa construida sobre frases convenientes.
—¿Su madre habló alguna vez de ella? —preguntó Delacroix.
Clara negó.
—Mi madre hablaba poco de cualquier cosa que mi padre pudiera considerar desagradable. Era una mujer delicada, decían. Yo tardé años en entender que delicada significaba entrenada para no molestar.