Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 14 — La versión del médico #3
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Capítulo 14 — La versión del médico #3

Lanza la miró. Por primera vez desde que lo habían encontrado arriba, pareció realmente sobrio.

—Porque era joven, porque tenía miedo, porque don Álvaro había pagado la reforma del consultorio, porque Celia me dijo que remover aquello destruiría a tu madre, porque el guardia ya había decidido que el mar se la había llevado y porque yo quería creer que una mentira cómoda era menos cruel que una verdad imposible.

Inés no respondió. La quietud de su rostro se volvió insoportable.

Delacroix dejó que el silencio durara apenas lo necesario. Después preguntó:

—¿Y el padre de Samuel?

Samuel habló sin levantar la vista.

—Mi padre encontró la máscara dos días después. En el camino del viejo molino. Había ido a revisar unas vigas de una cabaña. La máscara estaba medio enterrada en barro y hojas. Era la de Lucía. La reconoció porque él mismo había reparado la cinta antes de la fiesta.

—¿La entregó?

—A Celia. Ella era amiga de Lucía. Mi padre pensó que sabría qué hacer.

Inés cerró los puños.

—Claro. Todos pensaban que Celia sabía qué hacer.

—Mi padre no era un cobarde —dijo Samuel, y por primera vez hubo dureza en su voz—.

Fue al guardia después. Le dijo dónde la había encontrado.

El guardia habló con don Álvaro. Esa misma tarde, mi padre perdió el contrato de las reparaciones de la casa Tebra.

A la semana, dijeron que había robado madera.

A los dos meses, nadie le encargaba nada.

Murió creyendo que había arruinado a su familia por una máscara.

—Y tú callaste —dijo Inés.

Samuel la miró. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba.

—Yo tenía dieciséis años.

—Yo tenía trece.

La frase quedó entre ellos, sencilla y brutal. No había respuesta honrosa. Samuel tampoco intentó inventarla.

Lanza se inclinó hacia delante, con un gesto de dolor en la nuca.

—La máscara desapareció. Eso fue lo que siempre me inquietó.

Tu padre dijo haberla encontrado, Samuel.

Celia dijo que nunca la recibió. El guardia dijo que no constaba en ninguna diligencia.

Don Álvaro dijo que los Rego estaban resentidos porque habían perdido encargos y querían manchar la fiesta.

Y después, poco a poco, todos dejaron de hablar.

—Todos menos mi madre —dijo Inés.

—Tu madre hablaba en voz baja —respondió Lanza—. Aquí eso no cuenta.

Delacroix miró al médico con frialdad.

—Una frase espantosa. Y, me temo, bastante precisa.

El doctor aceptó el golpe sin defenderse.

—Hace años que lo sé.

—No basta.

—No. Nunca basta. Pero es lo que tengo.

Delacroix se acercó a la mesa donde había recogido el fragmento de vial. Lo sacó del papel secante y lo sostuvo ante la lámpara.

—Ahora hablemos de don Álvaro. ¿Reconoce este vidrio?

Lanza lo tomó con cuidado. Lo olió apenas y su rostro se cerró.

—Láudano, quizá. O una mezcla parecida. No pura. Hay algo más.

—¿Podía formar parte del tónico de don Álvaro?

—Su tónico llevaba pequeñas dosis calmantes, sí. Para la tos, los espasmos, el dolor. Pero esto… esto es más fuerte. Mucho más. Si se mezcló con vino caliente, especias y quizá otra sustancia, podría aturdirlo, debilitarle la respiración, volverlo manejable.

—¿Matarlo?

—En su estado, tal vez. Pero el golpe y las marcas del cuello complican las cosas. Puede que lo drogaran, lo sacaran de la casa, lo obligaran a caminar o lo arrastraran, y luego lo empujaran. O puede que ya estuviera agonizando cuando cayó.

—Qué maravilla —dijo Delacroix—. Una muerte lo bastante confusa para que media docena de culpables pueda discutir la autoría con cierta comodidad.

Lanza levantó la vista.

—Hay otra posibilidad.

—Lo escucho.

—Que no quisieran matarlo en ese momento. Que quisieran impedirle llegar a la plaza.

Inés frunció el ceño.

—¿Por qué?

El médico miró hacia la puerta, como si la fiesta pudiera oír desde la calle.

—Don Álvaro me mandó llamar ayer. A solas.

Me preguntó cuánto le quedaba de vida. Le dije la verdad, o algo bastante cercano: meses, quizá menos.

Se rió. Me dijo que los médicos siempre hablábamos de la muerte como si fuéramos sus secretarios y no sus futuros clientes.

Después me preguntó si una confesión podía empeorar el corazón.

—¿Una confesión? —dijo Delacroix.

—Eso dijo.

Samuel se quedó rígido. Inés no respiró.

—¿Le preguntó de qué confesión hablaba? —preguntó Delacroix.

—No hizo falta. Don Álvaro disfrutaba dejando que uno entendiera sin darle el gusto de explicarlo. Dijo que este año la fiesta sería memorable. Que al fin algunas personas tendrían que descubrir si preferían la verdad o la supervivencia.

—Una frase muy suya.

—Sí. Demasiado. Creí que hablaba de su testamento. De Clara. De las donaciones. De alguna venganza familiar. Con don Álvaro, cualquier crueldad podía parecer asunto notarial.

—¿Se lo dijo a alguien?

Lanza apartó la mirada.

—A Celia.

Inés soltó una risa seca, casi incrédula.

—Otra vez Celia.

—Ella estaba encargada de cuidarlo durante la fiesta. Pensé que debía saber que podía decir algo imprudente.

—Doctor —dijo Delacroix—, cuando una persona poderosa amenaza con confesar y usted informa de ello a una mujer implicada en el silencio anterior, no está previniendo una imprudencia. Está anunciando un incendio al dueño de la yesca.

Lanza cerró los ojos.

—Ya lo sé.

—Qué pueblo tan culto. Todos descubren sus errores después de que alguien muere.

Fuera, la música cambió. Una melodía más lenta empezó a ocupar la plaza, quizá el baile anterior a la cena, quizá un intento de convencer a los visitantes de que el cadáver del benefactor no debía arruinar por completo el comercio local.

En la Casa de los Rostros, las sombras de las máscaras se movieron sobre la pared como si la sala respirara.

Delacroix se acercó al baúl de los Cardiel.

Lo abrió de nuevo. Había telas dobladas, una capa vieja, varias cintas y la lista manuscrita.

Sacó la lista con cuidado. Eran nombres de portadores de máscaras ceremoniales de distintos años.

Buscó la fecha de veinticinco años atrás. Allí estaba, con tinta desvaída.

Dama: Celia Armentia.

Ciervo: Álvaro de Tebra.

Acompañantes de azul: Bruno Sada, Gabriel Lanza, Emilia Luar, Rosario Vilar, Tomás Rego, Marisa Sada.

Ave blanca: Lucía Cardiel.

Delacroix leyó en silencio. Después pasó la lista a Inés.

Ella la miró como si el papel quemara.

—Bruno —dijo—. Gabriel. Celia. Álvaro. Todos estaban en la ceremonia.

—Y el padre de Samuel, Tomás Rego —añadió Delacroix.

Samuel asintió.

—Mi padre llevaba un manto azul ese año. Ayudaba con la Dama. Por eso reconoció la máscara de Lucía. La vio en el bosque y supo que no podía estar allí.

—¿Por qué no podía?

—Porque Lucía debía ir hacia el acantilado con la procesión. No hacia el molino.

Delacroix volvió a mirar la lista. Había algo casi obsceno en aquella claridad tardía.

Los nombres estaban allí desde siempre, ordenados por la misma fiesta que había servido para ocultarlos.

A veces las sociedades humanas no destruían las pruebas; las archivaban con tanta confianza en la cobardía ajena que ni siquiera necesitaban esconderlas demasiado.

—Esta lista no estaba a la vista esta mañana —dijo.

Samuel negó.

—No. Estaba en el fondo del baúl.

—Alguien buscaba esto.

—O la máscara —dijo Inés.

—O ambas cosas.

Lanza se levantó con dificultad.

—Necesito mi maletín. Si don Álvaro fue drogado, quizá encuentre restos en la boca, en el vaso, en el tónico. Pero sin instrumental…

—Volveremos a la sacristía —dijo Delacroix—. Usted no irá solo.

—No pensaba hacerlo.

—Está aprendiendo.

Samuel se acercó a la puerta y miró hacia la calle.

La nieve golpeaba con más fuerza. La música de la plaza llegaba mezclada con voces, risas demasiado altas y algún grito de vendedor que intentaba salvar la noche a base de vino caliente.

A lo lejos, una campana pequeña anunció el siguiente tramo de la fiesta.

—Si vamos al molino —dijo Samuel—, hay que hacerlo antes de que el camino se cierre del todo.

—Iremos —respondió Delacroix—. Pero primero la sacristía. Quiero ver el maletín del doctor, el cuerpo de don Álvaro bajo mejor luz y la habitación donde supuestamente estuvo vivo por última vez.

Inés dobló la lista y la guardó junto a la carta.

—Esto no se queda aquí.

—No —dijo Delacroix—. Esta noche ya han desaparecido suficientes objetos con vocación testimonial.

Lanza se tocó la nuca y miró a Inés.

—Tu hermana no cayó al mar.

Inés lo miró durante unos segundos. Había esperado esa frase durante veinticinco años, pero cuando llegó no pareció consolarla. Al contrario. Le quitó algo. Quizá la última posibilidad de que el horror hubiera sido sencillo.

—Ya lo sabía —dijo.

—No. Lo sospechabas.

—En este pueblo, doctor, sospechar era lo máximo que nos dejaban tener.

Nadie respondió.

Delacroix abrió la puerta. El viento entró de golpe, apagó una vela y movió todas las máscaras de la pared a la vez.

Durante un instante, decenas de rostros vacíos parecieron inclinarse hacia ellos, como si también quisieran salir a la plaza y ver qué quedaba de la fiesta que habían ayudado a construir.

—Vamos —dijo Delacroix.

Salieron a la calle. Nico ya no estaba. La plaza brillaba al fondo, azul y blanca, viva de una manera cada vez más enferma. Entre la multitud enmascarada, Delacroix distinguió a Celia Armentia junto al alcalde. Ella no miraba hacia la Casa de los Rostros. Miraba hacia la iglesia.

Como si supiera exactamente adónde irían después.

—Señor Rego —dijo Delacroix, sin apartar los ojos de Celia—, cuando terminemos en la sacristía, nos llevará al viejo molino.

Samuel asintió.

—Y si alguien intenta impedírnoslo?

Delacroix se ajustó los guantes.

—Entonces tendremos la cortesía de confirmar que vamos por el camino correcto.