Capítulo 30 — La fiesta termina #2
—Volveremos a la plaza. Usted caminará delante de todos. Entregará la máscara y los registros. Después contará lo que acaba de contarnos, con menos belleza y más nombres.
—¿Y si no puedo?
—Podrá. La cobardía, como la fe, mejora mucho cuando se practica en público.
Celia soltó una risa rota, mínima. No era alegría. Era el sonido de alguien que descubre, demasiado tarde, que todavía puede obedecer una orden decente.
Salieron de la capilla. El camino de regreso parecía más largo, aunque era el mismo.
En la cruz, Celia se detuvo. Miró la piedra cubierta de nieve.
Inés no dijo nada. Clara tampoco. Delacroix dejó que se detuviera unos segundos.
No por piedad hacia ella, sino por respeto hacia lo que había ocurrido allí cuando nadie tuvo suficiente valor para detenerlo.
En la plaza, la gente los vio bajar.
El murmullo cesó poco a poco. No de golpe.
La verdad no produce silencio inmediato en los pueblos; primero genera una resistencia, un roce, una incomodidad.
Luego, cuando ya no encuentra dónde esconderse, se queda quieta.
Celia caminó hasta la imagen de la Dama.
Delacroix dejó la máscara del Ciervo sobre la mesa de registros, junto a la caja de metal, el cuaderno de Lucía, las notas azules, la fotografía de Lázaro y las listas de portadores.
Todo parecía insuficiente y, a la vez, insoportable.
Elvira Camba estaba sentada bajo los soportales, vigilada por Samuel y Teresa. No intentó huir. Cuando vio a Celia, no sonrió. Tampoco pareció satisfecha. Los vengadores, cuando sobreviven a su venganza, suelen descubrir que el mundo sigue siendo decepcionantemente sólido.
—Señora Armentia —dijo Delacroix.
Celia subió al entarimado.
Y habló.
No lo hizo bien al principio. La voz le falló.
Dijo el nombre de Lucía y una mujer del fondo empezó a llorar.
Dijo el de Álvaro y varios hombres bajaron la mirada.
Dijo el de Marisa Sada, el de Gabriel Lanza, el de Bruno Sada, el de Tomás Rego, el de Adela de Tebra, el de Emilia Luar.
Dijo que Lucía no había llegado al acantilado.
Dijo que Marisa llevó su máscara. Dijo que ella llevó la de la Dama.
Dijo que Adela cerró el rito. Dijo que don Álvaro recuperó las pruebas y compró el silencio con donaciones, reformas, favores y miedo.
Dijo que la fiesta que todos conocían había sido agrandada para enterrar una muchacha bajo música, faroles y nieve.
No añadió poesía. No pidió perdón al pueblo.
No habló de tradición. No invocó a la Dama.
Y precisamente por eso, por primera vez en toda la noche, sonó casi verdadera.
Cuando terminó, nadie aplaudió.
Delacroix agradeció esa pequeña muestra de inteligencia colectiva.
Después el padre Elías, con la ayuda de Inés y Clara, retiró la máscara del rostro de la imagen de la Dama.
No hubo castigo divino. No tembló la tierra.
No se hundieron las barcas. No ardieron los campos bajo la nieve.
Solo apareció un rostro de madera joven, hermoso, triste, demasiado parecido al de Lucía Cardiel en las fotografías antiguas para que el pueblo pudiera fingir sorpresa con dignidad.
Inés se quedó mirándolo mucho tiempo. Luego extendió una mano y tocó apenas la mejilla tallada.
—Hola, Lucía —dijo.
Nadie respiró durante unos segundos.
Al amanecer, la Guardia Civil llegó por fin desde el valle, tarde y con barro en las botas, que era una forma bastante humana de presentarse ante la justicia.
Se llevaron a Elvira Camba, a Celia Armentia y al alcalde Bruno Sada para declarar, aunque Bruno insistió en que él no había matado a nadie con la desesperación de quien aún no comprendía que hay hombres capaces de no matar y aun así dejar cadáveres detrás.
El doctor Lanza fue atendido y custodiado.
Emilia Luar lloró sentada junto a Rosario Vilar, que no la consoló pero le puso una manta sobre los hombros, lo cual en aquella mujer equivalía casi a una absolución parcial.
Samuel Rego entregó los registros de su padre.
Teresa Valcende preparó café para todos con la expresión de quien sabía que, incluso después de una noche así, alguien tendría que ocuparse de que los vivos no se desplomaran por falta de calor.
Delacroix se marchó de San Telmo de la Nieve dos días después.
Antes de subir al coche que lo llevaría a la estación, Inés Cardiel se acercó a despedirse. No le dio las gracias de forma sentimental. Solo le entregó una pequeña pluma blanca de la máscara de Lucía, rescatada antes de que la guardaran como prueba.
—No sé qué hacer con esto —dijo.
Delacroix la tomó con cuidado.
—A veces no hay que hacer nada. Basta con no dejar que otros decidan qué significa.
Clara apareció unos pasos detrás. Iba vestida de negro, pero sin máscara, sin sombrero y sin ninguna intención visible de pedir permiso al mundo.
Había anunciado que la casa Tebra sería abierta para revisar archivos, deudas, donaciones y papeles familiares.
Delacroix sospechaba que aquello destruiría más reputaciones que fortunas, lo cual quizá fuera una forma razonable de justicia.
—¿Volverá alguna vez? —preguntó Clara.
Delacroix miró la plaza. La nieve empezaba a derretirse en los bordes. Los faroles azules habían sido apagados. La Dama seguía en el centro, ahora sin máscara, cubierta solo por la luz fría de la mañana. El pueblo parecía más feo, más pequeño, menos protegido. También un poco menos falso.
—Espero sinceramente que no —dijo—. Mi afecto por San Telmo de la Nieve ha alcanzado ya su máxima expresión posible: abandonarlo sin recomendar su demolición.
Clara sonrió. Inés también, apenas.
Delacroix subió al coche. Mientras descendían hacia la estación, vio por la ventanilla el acantilado, la capilla blanca y el mar oscuro al fondo.
San Telmo quedaba atrás, hermoso y manchado, como tantos lugares que sobreviven a sus propios crímenes gracias a la mala memoria de los vivos y a la paciencia excesiva de los muertos.
Pensó en Lucía Cardiel, en Adela de Tebra, en Elvira Camba, en Celia Armentia, en todas aquellas mujeres obligadas a llevar máscaras distintas para sostener la mentira de un hombre que ya no podía sostener ni su propio cuerpo.
Pensó también que resolver un crimen rara vez devolvía la inocencia a un lugar.
Como mucho, le quitaba la excusa de seguir llamándose inocente.
Al pasar junto al último cartel de la fiesta, medio arrancado por el viento, leyó una vez más la frase impresa en letras azules:
Nadie revela su rostro antes de la medianoche.
Delacroix apoyó el bastón sobre las rodillas y miró cómo la nieve empezaba a ensuciarse al borde del camino.
—Qué alivio —murmuró—. Al final, solo necesitaron veinticinco años para llegar tarde.
Y San Telmo de la Nieve desapareció detrás de una curva, sin máscaras, sin música y con la incómoda obligación de aprender a vivir con su propia cara.