Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 12 — La hermana de la desaparecida
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Capítulo 12 — La hermana de la desaparecida

La fiesta siguió porque San Telmo de la Nieve había decidido que detenerse sería más peligroso que avergonzarse.

La música volvió primero con timidez, como un animal golpeado que asoma la cabeza, y luego con una energía casi ofensiva.

Los tambores marcaban el ritmo desde el entarimado, los violines intentaban levantar una alegría que nadie estaba ya en condiciones de creer y los puestos de comida recuperaron su actividad con una obediencia que Delacroix encontró reveladora.

Había cadáveres capaces de suspender una vida; don Álvaro de Tebra, en cambio, parecía haber conseguido incluso muerto lo que había logrado vivo: obligar a los demás a actuar como si nada pudiera permitirse sin su autorización.

Las máscaras permanecían puestas. Aquello era lo peor y lo más útil.

El pueblo entero se movía bajo rostros prestados, pero los ojos habían cambiado.

Antes de la muerte miraban con excitación, con orgullo, con esa devoción teatral de los pueblos que se creen guardianes de algo antiguo.

Ahora miraban de lado. Se buscaban. Se medían.

Se preguntaban, sin decirlo, quién había visto qué, quién había callado cuánto y quién podía permitirse seguir fingiendo que una tradición con un muerto a los pies continuaba siendo solo una tradición.

Delacroix atravesó la plaza despacio, dejando que la música le golpeara la espalda y que las conversaciones se detuvieran a su paso.

No necesitaba oírlo todo; le bastaba con notar dónde nacía el silencio.

A su izquierda, el alcalde Bruno Sada hablaba con dos hombres del puerto, gesticulando demasiado para una persona que pretendía transmitir control.

A su derecha, Celia Armentia seguía junto a la imagen velada de la Dama de la Nieve, rodeada por mujeres de azul y vecinos que acudían a ella como si fuera la única capaz de decidir qué parte de la catástrofe debía considerarse oficial.

Martín Lobeira, con la máscara gris mal ajustada, anotaba nombres junto a Teresa Valcende en una mesa improvisada.

El muchacho Nico corría de un lado a otro llevando recados, con el zorro torcido y los ojos demasiado despiertos.

Clara de Tebra había desaparecido hacia la iglesia, donde el cuerpo de su padre reposaba bajo la vigilancia del doctor Lanza y del padre Elías.

Inés Cardiel estaba junto a los soportales.

No se escondía. Eso fue lo primero que Delacroix apreció.

Llevaba la máscara de ave en la mano, ya sin molestarse en respetar la norma, y observaba la plaza como se observa una casa que ha ardido por fin después de años oliendo a humo.

Nadie se acercaba a ella. Algunos la miraban con miedo; otros, con reproche.

Para la mayoría de San Telmo, Inés no era una hermana que había perdido a una muchacha hacía veinticinco años, sino una incomodidad con forma humana, una mujer incapaz de permitir que la desgracia se quedara quieta en el lugar donde los demás la habían colocado.

Delacroix se detuvo a su lado.

—Madame Cardiel.

—Le dije que no soy madame de nada.

—Lo recuerdo. Pero si empiezo a obedecer todas las instrucciones que recibo en este pueblo, terminaré tocando el tambor con una máscara de liebre.

Inés no sonrió. Tenía el rostro muy pálido, no por el frío, sino por la tensión.

Bajo los ojos se le marcaban sombras hondas, antiguas.

No parecía una mujer sorprendida por la muerte de don Álvaro.

Parecía una mujer a la que la muerte de don Álvaro le había llegado demasiado tarde para darle alivio y demasiado pronto para darle paz.

—¿Va a acusarme? —preguntó.

—Todavía no.

—Eso, en usted, ¿es cortesía o amenaza?

—Método.

—Yo tenía motivos.

—Casi todo el pueblo parece tenerlos. Empiezo a pensar que don Álvaro no murió antes por falta de oportunidades, sino por exceso de candidatos.

Esta vez algo se movió en la boca de Inés, apenas un gesto que pudo haber sido el principio de una sonrisa y murió antes de comprometerla.

—Yo no lo maté.

—La frase sería más convincente si no sonara tan poco arrepentida.

—No estoy arrepentida de que esté muerto. Estoy arrepentida de que haya vivido tanto.

Delacroix miró hacia la plaza. Un grupo de máscaras bailaba alrededor de una hoguera baja. El fuego iluminaba los ojos ocultos, las bocas talladas, los hocicos de madera. San Telmo parecía menos un pueblo que una reunión de testigos que habían decidido disfrazarse de coartada.

—Necesito hablar con usted —dijo él.

—Ya está hablando.

—Necesito hacerlo en un lugar donde el pueblo no finja cantar para escuchar mejor.

Inés dudó. No porque temiera quedarse a solas con él, sino porque apartarse de la plaza podía convertirla en algo más visible. En San Telmo, la vigilancia no se ejercía solo mirando; también dejando constancia de quién se alejaba, con quién y durante cuánto tiempo.

—La posada —dijo ella al fin—. Pero no mucho rato.

—Celebro que ponga límites. Los pueblos que no los tienen acaban inventando tradiciones.

Caminaron hacia La Posada del Faro Viejo.

Nadie los detuvo, aunque varias máscaras siguieron sus pasos.

Delacroix vio a Celia girar la cabeza desde el centro de la plaza.

No hizo ningún gesto, no llamó a nadie, no se movió.

Eso bastó. Su quietud tenía más autoridad que muchas órdenes.

También vio a Samuel Rego junto a un puesto de vino caliente, con las manos alrededor de un vaso que no bebía.

Cuando Inés pasó cerca de él, el carpintero bajó la mirada.

Dentro de la posada, el vestíbulo estaba casi vacío.

El gato dormía frente al fuego con esa indiferencia superior que los animales reservaban para las crisis humanas.

Teresa no estaba; seguía fuera, anotando nombres y evitando que Martín Lobeira se deshiciera en lágrimas administrativas.

Delacroix condujo a Inés hasta una mesa pequeña junto a la chimenea.

Ella no se sentó hasta que él lo hizo. No era desconfianza vulgar; era la costumbre de quien ha tenido que aprender que incluso las sillas pueden parecer concesiones si una se sienta demasiado deprisa.

—Hábleme de Lucía —dijo Delacroix.

Inés dejó la máscara de ave sobre la mesa. La madera clara, bajo la luz del fuego, parecía menos un disfraz que el resto de un animal delicado.

—Todo el mundo habla de Lucía cuando quiere sentirse limpio. “Pobre Lucía.” “Qué tragedia.” “Qué noche aquella.” “Qué pena para su madre.” Después bajan la voz, cambian de tema y vuelven a comprar pan al mismo sitio donde compraban pan al día siguiente de que desapareciera. ¿Qué quiere saber?

—Lo que no dicen cuando quieren sentirse limpios.

Inés lo miró con dureza. Después bajó los ojos hacia la máscara.

—Mi hermana no era una santa. Se lo digo por si alguien intenta vendérsela así.

Tenía diecinueve años, era guapa, era lista y sabía que las dos cosas molestaban en una casa pobre.

Quería marcharse de San Telmo. Decía que este pueblo era muy bonito si uno lo miraba desde lejos y muy pequeño si tenía que vivir dentro.

Trabajaba en la fiesta porque todos trabajábamos en la fiesta, porque aquí hasta los pobres teníamos que ayudar a decorar la mentira de los ricos.

Pero ella no creía en la Dama, ni en las máscaras, ni en que la nieve se llevara a nadie que no tuviera antes una mano empujándolo.

—¿Iba a marcharse?

—Sí.

—¿Con alguien?

Inés apretó los labios.

—Eso dijeron después. Que se había enamorado de un forastero, que se había ido con él, que quizá había fingido su muerte para empezar de nuevo.

Cuando una muchacha pobre desaparece, siempre aparece alguien dispuesto a convertirla en culpable de su propia ausencia.

Es más cómodo. Si se fue, no hay que buscarla.

Si bebió, no hay que escucharla. Si era ligera, no hay que llorarla demasiado.

Delacroix guardó silencio. El fuego crujió. Fuera, los tambores seguían sonando, más apagados detrás de las paredes de piedra.

—¿Había un forastero?

—No.

—¿Está segura?

—Lucía me lo habría contado.

—Las hermanas no siempre lo saben todo.

—Las hermanas pobres que duermen en la misma habitación sí.

La respuesta fue seca y probablemente cierta. Delacroix asintió.

—¿Y don Álvaro?

Inés soltó aire por la nariz, casi una risa.

—Don Álvaro era el dueño del pueblo. No de palabra.

De verdad. Tenía tierras, casas, deudas, favores, empleos, barcas compradas a medias, permisos arreglados, techos reparados, médicos pagados.

Mi madre decía que en San Telmo hasta el viento le pedía permiso antes de entrar por una ventana.

Lucía lo odiaba. No de ese modo infantil en que se odia a los ricos porque tienen más.

Lo odiaba porque lo veía. Veía cómo disfrutaba haciendo que la gente le debiera gratitud.

—¿Él se fijaba en ella?

Inés miró el fuego. El silencio que siguió fue distinto. No ignorancia. Cuidado.

—Todos se fijaban en Lucía.

—No le he preguntado por todos.

—Don Álvaro era mayor que ella. No viejo como ahora, pero ya era un hombre hecho, casado, con hija, con apellido suficiente para permitirse cualquier asco sin que dejara de parecer educación. Sí. Se fijaba en ella.

—¿La acosaba?

—No sé qué palabra habría usado entonces.

Aquí no se usaban palabras así. Si un hombre importante te tocaba demasiado el brazo, era cordialidad.

Si te pedía que te quedaras después de servir el vino, era confianza.

Si una muchacha salía incómoda de una habitación, era que se creía más de lo que era.

Las palabras llegaron tarde para mi hermana.

Delacroix sintió una vieja y conocida ira, de esas que no sirven para resolver nada pero ayudan a no olvidar por qué conviene resolverlo. La contuvo. La ira, como el alcohol, podía calentar el juicio y arruinar la precisión.

—¿Lucía habló con Celia Armentia aquella noche?

Inés levantó la vista de inmediato.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Una carta mencionada por Clara de Tebra.