Capítulo 11 — Demasiados testigos #2
—No, señor alcalde. Hay demasiada gente convencida de haber visto algo. Los testigos serán menos.
La frase pareció desconcertarlo. A Celia, no. Ella entendía perfectamente la diferencia.
—Todos vieron al Ciervo —dijo la mujer.
—Precisamente.
—No puede desconfiar de todo el pueblo.
—Puedo intentarlo. Su pueblo ya me está facilitando mucho el trabajo.
El padre Elías, que había permanecido a un lado rezando en voz baja o quizá fingiendo rezar para no escuchar demasiado, se acercó.
—Hay una sala junto a la sacristía. Podemos usarla para que el doctor prepare el cuerpo cuando usted termine aquí.
—Gracias, padre.
—Y la línea del valle sigue sin funcionar.
—Naturalmente.
—Martín dice que puede enviar a un muchacho a caballo hasta el puesto más cercano.
—Con la nieve y el camino helado, sería una excelente manera de añadir un menor muerto a la lista de tradiciones locales. Esperaremos hasta que sea seguro o hasta que alguien consiga reparar la línea.
El alcalde no pudo contenerse.
—No podemos esperar demasiado.
—Señor Sada, hace diez minutos usted quería continuar una fiesta sobre un cadáver. Le ruego que no descubra ahora la urgencia como si fuera una virtud familiar.
Algunos vecinos bajaron la cabeza. Delacroix sospechó que más de uno sonrió bajo la máscara. Eso podía volverlo popular durante cinco minutos, una perspectiva que le resultaba bastante desagradable.
Lanza se quitó al fin la máscara de médico de la peste que aún colgaba de su mano y la dejó sobre una piedra.
—Hay otra cosa —dijo.
Delacroix se volvió.
—Lo escucho.
—Don Álvaro tenía problemas respiratorios. Una crisis fuerte podría haberlo debilitado mucho. Si alguien lo obligó a caminar hasta aquí, o si lo trajo ya aturdido, no habría hecho falta demasiada fuerza para empujarlo o dejarlo caer.
—¿Aturdido por el vino?
—Por el vino, por algún sedante en la bebida, por una dosis elevada de su propio tónico. No puedo asegurarlo sin examinarlo mejor.
—¿Quién preparaba su tónico?
Clara contestó otra vez.
—Evaristo. A veces el doctor. A veces Celia se encargaba de que lo tomara durante la fiesta, si mi padre estaba demasiado ocupado fingiendo que la muerte era una vulgaridad que solo les ocurría a otros.
Celia no aceptó el golpe.
—Tu padre me pedía ayuda porque confiaba en mí.
—Mi padre confiaba en quien podía usar.
—Entonces te parecerás menos a él de lo que temes.
Clara dio un paso hacia ella. Delacroix interpuso el bastón sin tocar a ninguna, solo colocándolo en el espacio entre ambas.
—Señoras, si desean continuar convirtiendo el duelo en esgrima social, háganlo bajo techo. Aquí el viento se lleva las mejores frases y sería una pérdida para todos.
Clara se apartó. Celia también, aunque más despacio.
—Quiero ver a Evaristo —dijo Delacroix—. Y quiero que nadie abandone la plaza sin ser anotado por el señor Lobeira.
Martín levantó la cabeza con una expresión de puro horror.
—¿Yo?
—Sí. Ha demostrado talento para adoptar identidades ajenas. Anotar nombres debería resultarle menos exigente.
—Pero la gente lleva máscara.
—Entonces pregúnteles quiénes son. Será una experiencia novedosa para todos.
Teresa Valcende se acercó.
—Yo puedo ayudarlo. Si alguien miente sobre quién es, quizá lo note.
—Gracias, señora Valcende. Su pueblo parece necesitar desesperadamente una persona que recuerde los rostros bajo tanta devoción por ocultarlos.
El trabajo empezó con torpeza. Martín y Teresa colocaron una pequeña mesa cerca del camino, bajo un farol, y fueron apuntando a quienes habían acompañado la procesión y a quienes afirmaban haber visto al Ciervo en distintos puntos de la noche.
El resultado fue, al principio, una magnífica demostración de inutilidad humana.
Una mujer juraba haber visto a don Álvaro junto a la fuente cuando, según otros, estaba ante la iglesia.
Un pescador aseguraba que el Ciervo había pasado junto a él camino de la Casa de los Rostros después del primer brindis.
Dos niños decían haberlo visto cerca de los establos, aunque uno admitió después que quizá era un burro con manta negra, precisión que Delacroix consideró más honesta que la mayoría de los testimonios adultos.
Un comerciante de telas afirmó que el Ciervo cojeaba de la pierna izquierda.
Una anciana sostuvo que no, que de la derecha.
Su hermana la contradijo diciendo que don Álvaro siempre había cojeado del alma, frase que Delacroix anotó mentalmente con respeto literario y escasa utilidad probatoria.
Demasiados testigos. Demasiados ojos. Demasiadas máscaras. Demasiada gente viendo lo que esperaba ver.
Mientras tanto, el cuerpo fue finalmente trasladado a la sala junto a la sacristía, bajo la supervisión de Lanza, el padre Elías y dos hombres elegidos por Delacroix después de comprobar que ninguno parecía estar disfrutando de la situación.
Clara quiso acompañarlo, y Delacroix se lo permitió.
Celia no intentó hacerlo. Aquello le interesó más que si hubiera insistido.
El alcalde bajó a la plaza para “contener los ánimos”, expresión que en su boca significaba probablemente impedir que la verdad se volviera conversación.
Delacroix se quedó unos minutos en el camino, solo bajo la nieve, mirando el punto donde había yacido don Álvaro.
El perímetro de cuerdas marcaba una pequeña herida en el paisaje.
El mar rugía abajo. La capilla brillaba a su espalda con velas azules.
La fiesta seguía sonando en la plaza, pero ahora la música tenía un temblor distinto, como si incluso los instrumentos supieran que tocaban para tranquilizar a culpables.
Se inclinó junto al arbusto que había detenido la caída.
Entre las ramas, a media altura, había un fragmento de tela negra enganchado.
Podía pertenecer al abrigo del muerto. Podía pertenecer a la capa del Ciervo falso.
Lo retiró con cuidado. Cerca, en una rama más baja, vio otra cosa: una pequeña mancha clara, como polvo seco adherido a la madera.
La rozó con el pañuelo. Olía débilmente a cera.
Cera azul.
Miró hacia la capilla, luego hacia la plaza.
Las velas de la Dama eran azules.
Las copas habían sido cubiertas con paños.
La máscara del Ciervo había sido custodiada por Celia.
El muerto tenía vino en los labios. El falso vivo tenía un corte bajo la boca.
Don Álvaro llevaba un hilo azul en la mano.
Y en un pueblo donde todos se ocultaban detrás de una tradición, las pistas empezaban a repetir el mismo color.
Azul.
Delacroix guardó el fragmento de tela y el pañuelo. Después se irguió, despacio. El frío le mordía las manos, pero su pensamiento se había vuelto limpio. No completo. Todavía no. Solo limpio.
Al bajar hacia la plaza, vio a Celia Armentia de pie junto a la imagen velada de la Dama. Hablaba con el alcalde, pero no como una esposa que pide consuelo ni como una organizadora que busca instrucciones. Hablaba como alguien que reparte daños.
Delacroix se detuvo bajo los soportales y observó a la multitud enmascarada. Todos habían visto al Ciervo. Todos podían jurarlo. Y, sin embargo, don Álvaro había muerto sin que nadie viera a don Álvaro.
A veces, pensó, la mejor manera de ocultar a un muerto era ofrecer al pueblo un vivo que aplaudir.
Y San Telmo, obediente hasta la indecencia, había aplaudido.