Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 11 — Demasiados testigos
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Capítulo 11 — Demasiados testigos

El doctor Gabriel Lanza llegó al camino del acantilado con el paso de un hombre que había sido convocado por su profesión y arrastrado por su conciencia, dos fuerzas que rara vez avanzan a la misma velocidad.

Tenía unos sesenta años, el cabello gris, abundante en los lados y escaso en la parte superior, el rostro ancho, enrojecido por el frío o por el vino, y una máscara de médico de la peste colgando absurdamente de una mano.

Delacroix habría encontrado aquella elección de disfraz de un mal gusto casi admirable si la situación no hubiera decidido superarla por sus propios medios.

Lanza subió entre dos vecinos que lo sujetaban más de lo necesario.

No estaba borracho hasta la inutilidad, pero sí lo suficiente para que su dignidad médica pareciera negociar cada paso con el suelo.

—Doctor Lanza —dijo el alcalde, con alivio excesivo—. Gracias a Dios.

—Dios no me ha llamado —respondió el médico, respirando con dificultad—. Me ha llamado usted. Es bastante peor para mi reputación.

Delacroix alzó una ceja. El doctor, al menos, no parecía haber perdido del todo la inteligencia en el vaso. Eso ya era más de lo que podía decirse de varios presentes.

—Necesitamos que examine a don Álvaro —dijo Sada.

—Eso había deducido al ver a medio pueblo reunido alrededor de un bulto bajo una manta.

El alcalde apretó la mandíbula. Celia Armentia permanecía unos pasos más atrás, con la máscara blanca en la mano, observando al médico con una atención particular.

Clara de Tebra, junto al perímetro improvisado de cuerdas, no había vuelto a cubrirse el rostro.

Nadie se atrevía a recordarle la norma. En aquella noche, la tradición empezaba a mostrar una flexibilidad muy reveladora ante quienes tenían apellido suficiente para romperla.

Delacroix se acercó al doctor.

—¿Está en condiciones de trabajar?

Lanza lo miró con ojos acuosos, pero no vacíos.

—Estoy en condiciones de distinguir un muerto de un alcalde, si esa es la exigencia mínima.

—No siempre es una distinción sencilla.

El médico soltó una risa breve y tosió. Luego se arrodilló junto al cuerpo con menos torpeza de la esperada.

Delacroix observó sus manos. Temblaban, sí, pero al tocar la manta se volvieron más firmes.

La profesión, cuando no estaba completamente podrida, podía sobrevivir durante unos minutos incluso al hombre que la llevaba puesta.

—Que nadie se acerque más —dijo Lanza.

—Por fin una orden razonable —murmuró Delacroix.

El médico retiró la manta hasta dejar al descubierto el rostro de don Álvaro.

Clara no se movió, pero sus dedos se cerraron sobre la cuerda del perímetro.

El cadáver parecía más pequeño bajo la luz de los faroles.

La muerte tenía esa grosería: reducía a los hombres importantes a un tamaño insoportablemente exacto.

Don Álvaro ya no dominaba la plaza, ni el camino, ni el pueblo.

Era un anciano tendido sobre nieve sucia, con los labios manchados y un golpe en la sien.

La igualdad, pensó Delacroix, llegaba tarde pero con una eficacia admirable.

Lanza abrió los párpados, observó las pupilas, acercó la nariz al rostro del muerto y olió.

Después miró el interior de la boca con ayuda de una pequeña lámpara que Martín Lobeira sostuvo desde lejos, procurando no mirar demasiado.

El doctor se inclinó sobre la mancha oscura del labio inferior y frunció el ceño.

—Vino —dijo.

—Especiado —añadió Delacroix.

Lanza lo miró.

—Sí.

—¿Lo bebía?

El médico tardó demasiado poco en negar.

—No. Le irritaba la garganta. Y don Álvaro era de esos hombres que consideraban la irritación de su garganta una ofensa personal.

Clara cerró los ojos un instante. Quizá por dolor, quizá por la confirmación de algo que ya sabía.

—¿Pudo ser obligado? —preguntó Delacroix.

—A beber, sí. A disfrutarlo, imposible.

El doctor apartó la bufanda con cuidado.

El cuello de don Álvaro apareció pálido, flácido, con unas pequeñas marcas rojizas en un lateral.

No eran los dedos evidentes de un estrangulamiento teatral, ni el surco limpio de una cuerda.

Eran presiones irregulares, como si alguien lo hubiera sujetado con fuerza o como si una tela se hubiera tensado allí durante un forcejeo breve. Lanza las miró, luego miró a Delacroix.

—Esto no es de la caída.

—No parecía.

—Hay golpe en la sien, pero no sé si fue mortal. Podría haberse producido al caer.

—O después de muerto.

—O después de estar demasiado cerca de morir.

Delacroix aceptó la precisión con un gesto. Lanza continuó examinando. Desabrochó con cuidado el abrigo, palpó el pecho, el costado, las muñecas. La mano izquierda desnuda seguía parcialmente cerrada. Cuando el médico intentó abrirla, los dedos ofrecieron resistencia.

—Rigor empezando —dijo.

—¿Hora de la muerte?

Lanza soltó una exhalación que podría haber sido una risa si no hubiera contenido tanta amargura.

—Con este frío, esta nieve, ese golpe, el alcohol, la humedad y medio pueblo pisando alrededor, podría darle una hora exacta si usted aceptara que se la invente con autoridad.

—Prefiero la incertidumbre honesta. Es menos vistosa, pero envejece mejor.

—No lleva muchas horas muerto. Eso puedo decirlo. Tal vez una. Tal vez dos. No desde ayer, desde luego.

Delacroix miró hacia la plaza. Durante la última hora, el pueblo entero había visto caminar al Ciervo Negro.

Había brindado con él. Había aplaudido. Había seguido su sombra hasta la capilla.

La impostura no solo había ocultado una ausencia; había creado una presencia falsa.

Una coartada construida con cientos de ojos.

—Doctor —dijo—, ¿había visto hoy a don Álvaro antes de la ceremonia?

El médico se quedó quieto.

—Sí.

Celia movió apenas la cabeza. Lanza no la miró, lo cual fue casi una confesión de que sabía exactamente dónde estaba.

—¿Dónde? —preguntó Delacroix.

—En la casa Tebra. A media tarde.

—¿Estado?

—Débil. Irritable. Vivo.

—¿Bebió algo delante de usted?

—Agua. Un tónico que le preparaba su ayuda de cámara. Nada más.

—¿Ayuda de cámara?

Clara respondió antes que el médico.

—Evaristo. Lleva con él treinta años.

—¿Dónde está?

—En la casa.

—Qué lugar tan concurrido por ausencias.

El alcalde se apresuró a intervenir.

—Evaristo es viejo. La noticia habrá sido un golpe para él.

—A San Telmo le preocupan mucho los golpes cuando no dejan manchas —dijo Delacroix—. Iremos a verlo.

Lanza terminó de examinar el cuello y bajó hacia las manos.

Con cuidado, abrió los dedos de la mano izquierda.

Había tierra bajo las uñas, como Delacroix había visto, y una pequeña astilla clavada cerca del pulgar.

También había algo más: un hilo azul, muy fino, enganchado entre el índice y el corazón.

El médico lo habría retirado si Delacroix no lo detuviera con una mano.

—Un momento.

Se inclinó. El hilo era de tela, quizá terciopelo, quizá una cinta. Azul oscuro. Delacroix sacó unas pinzas pequeñas del bolsillo interior de su abrigo y lo extrajo con paciencia. La multitud observaba desde el otro lado de la cuerda con una atención casi indecente.

—¿Puede guardar eso? —preguntó Lanza.

—Puedo. Y puedo recordar dónde estaba antes de que alguien decida que nunca existió.

Lo envolvió en papel secante y lo guardó. Celia seguía inmóvil. Martín, en cambio, parecía cada vez más cerca de desmayarse. Delacroix lo observó un segundo. El corte bajo el labio ya no sangraba, pero se había hinchado un poco.

—Señor Lobeira —dijo.

El joven se sobresaltó.

—¿Sí?

—¿Su disfraz de Ciervo incluía alguna cinta azul?

—No. Era capa negra. Guantes negros. La máscara. El bastón.

—¿Quién le entregó esas piezas?

Martín abrió la boca, luego la cerró.

—Doña Celia.

Celia habló sin girarse.

—Yo le entregué la máscara. La capa y los guantes estaban preparados en la Casa de los Rostros.

—¿Por quién?

—Por el comité.

—Me fascinan las responsabilidades colectivas. Son el modo más educado de que nadie se lave las manos porque todos ya las traen mojadas.

Lanza volvió a cubrir parcialmente el cuerpo, salvo las manos.

Delacroix examinó el bastón de empuñadura plateada.

Estaba a unos pasos del cadáver, no cerca de la mano derecha como habría sido lógico si don Álvaro lo hubiera soltado al caer de forma natural.

La nieve alrededor mostraba marcas confusas, pero una cosa era clara: el bastón había sido arrojado o había rodado después de separarse del cuerpo.

La empuñadura tenía una mancha oscura en un lateral.

No era sangre. Delacroix olió. Vino otra vez. Más débil.

—Curioso —dijo.

—¿Qué? —preguntó Clara.

—Su padre bebió o fue obligado a beber vino especiado. Hay vino en su boca, en su labio y en el bastón. Pero el falso Ciervo también bebió ante todos.

—¿Y?

—Que la noche parece muy interesada en que asociemos a don Álvaro con una bebida que detestaba.

Clara miró hacia Celia.

—Él no la habría tocado.

—Alguien necesitaba que pareciera que sí.

El médico se levantó con esfuerzo. El frío le había devuelto sobriedad o algo parecido. Miró al alcalde, después a Celia, después al cuerpo cubierto.

—Hay que llevarlo a un lugar cerrado.

—Aún no —dijo Delacroix.

—No puede quedarse aquí toda la noche.

—No he sugerido que lo invitemos a contemplar el amanecer. Pero antes quiero que varias personas me digan dónde estaban cuando don Álvaro, o quien fingía serlo, brindó en la plaza y en la cruz de piedra.

El alcalde se llevó una mano a la máscara dorada, como si quisiera quitársela y recordara tarde que había construido toda su autoridad alrededor de no hacerlo.

—¿Va a interrogar a la gente aquí?

—No. Aquí solo conseguiríamos teatro, frío y pulmonías. Los interrogatorios serán en la posada y en la Casa de los Rostros. Pero antes necesito una lista.

—Hay demasiados testigos —dijo Sada.

Delacroix lo miró con una pena casi sincera.