Capítulo 10 — El alcalde pide calma #2
—Usted conoce a todos. Quiero nombres de quienes estuvieron en la casa Tebra antes de la ceremonia, de quienes acompañaron al falso Ciervo y de quienes pudieron abandonar la plaza durante el primer brindis.
—Eso será casi medio pueblo.
—Entonces empezaremos por el medio pueblo que finge mejor.
Clara se acercó a él. Tenía nieve en el cabello, los ojos secos y las manos desnudas. En algún momento había perdido los guantes o se los había quitado sin darse cuenta.
—Quiero ver la habitación donde estaba mi padre.
—La verá.
—Ahora.
—No.
Su mirada se endureció.
—Era mi padre.
—Y eso le da derecho al dolor, no a contaminar una escena que quizá todavía pueda explicarnos algo.
—No necesito que me enseñe a sufrir con buenos modales.
—No lo haré. Los buenos modales, en mi experiencia, rara vez sobreviven al sufrimiento real. Pero sí le pediré que conserve la inteligencia. Es bastante más útil y, en su caso, parece menos fingida.
Clara sostuvo la furia unos segundos más. Luego respiró hondo. Delacroix vio el esfuerzo. Le concedió respeto por él.
—Alguien lo sacó de esa casa —dijo ella.
—Quizá.
—Mi padre no habría venido solo hasta aquí.
—Tal vez vino siguiendo su máscara.
Clara miró hacia la plaza, hacia el punto donde el Ciervo Negro había sido aplaudido por todo el pueblo.
—Entonces murió viendo a otro hombre llevar su rostro.
—Una experiencia amarga incluso para alguien que parecía muy satisfecho con el suyo.
La frase rozó algo parecido a una sonrisa en Clara, pero no llegó a formarla. La hija de Tebra miró el cuerpo cubierto y, por primera vez, su voz perdió filo.
—Lo odiaba.
—Eso no la vuelve sospechosa por sí solo.
—En este pueblo sí.
—En este pueblo, madame, sospecho que hasta la nieve tiene antecedentes.
El padre Elías se acercó a Delacroix mientras Clara se apartaba unos pasos. El cura había envejecido varios años en menos de media hora. La máscara, abandonada sobre la nieve, empezaba a cubrirse de blanco.
—Debo avisar al puesto del valle —dijo.
—Hágalo. Y pida un médico.
—El doctor Lanza está en la fiesta.
—Entonces tráigalo.
El padre Elías vaciló.
—Gabriel Lanza bebió bastante antes de la ceremonia.
—Una costumbre poco recomendable para un médico y muy útil para un culpable. Tráigalo de todos modos.
—¿Cree que él…?
—Todavía no creo. Colecciono posibilidades. Es menos elegante, pero más seguro.
El cura asintió y bajó hacia la plaza. El alcalde lo siguió con la mirada, inquieto.
—No hacía falta alarmar al médico delante de todos.
—Me conmueve su preocupación por la tranquilidad de un médico en presencia de un cadáver.
—Está disfrutando demasiado de humillarme, monsieur Delacroix.
Delacroix lo miró con cierta sorpresa amable.
—No, señor Sada. Si estuviera disfrutándolo, se notaría mucho más.
Por primera vez, el alcalde pareció a punto de perder completamente la compostura. Celia se interpuso con suavidad, no para defenderlo, sino para evitar que hablara.
—Debemos pensar en el pueblo —dijo ella.
—El pueblo ha pensado demasiado en sí mismo y demasiado poco en el muerto.
—Don Álvaro no era amado.
—El amor es irrelevante para la justicia. Por fortuna. De lo contrario, media humanidad quedaría sin investigar.
—¿Va a acusar a todos?
—Sería agotador y, aunque tentador, poco práctico.
—Entonces díganos qué quiere.
Delacroix señaló con el bastón hacia la plaza.
—Quiero que la fiesta se detenga.
El alcalde palideció.
—No puede pedir eso.
—Lo acabo de hacer con bastante claridad.
—Si detenemos la fiesta antes de medianoche, si la gente se quita las máscaras, si se rompe el rito…
—¿Qué ocurrirá? ¿La Dama de la Nieve se ofenderá? ¿La cosecha se arruinará? ¿El mar se llevará las barcas? ¿La fortuna abandonará San Telmo?
Sada no respondió. Celia sí.
—No se burle de lo que no comprende.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Comprendo más de lo que desearía. Comprendo que un hombre ha muerto mientras otro llevaba su máscara.
Comprendo que usted y el alcalde organizaron esa impostura.
Comprendo que el secretario que obedeció tiene un corte bajo el labio y más miedo de usted que de la policía.
Comprendo que hace veinticinco años desapareció una joven durante esta misma fiesta y que, desde entonces, este pueblo ha convertido su silencio en una virtud decorada con faroles azules.
Y comprendo, señora Armentia, que cuando una comunidad insiste tanto en no mostrar el rostro, quizá no sea por respeto a sus muertos, sino por vergüenza de sus vivos.
El viento golpeó desde el mar. Nadie habló. Incluso la nieve pareció caer con más cuidado.
Celia no bajó la mirada.
—La fiesta continuará —dijo.
Delacroix arqueó apenas una ceja.
—¿Perdón?
—La gente debe regresar a la plaza. Las máscaras permanecerán hasta medianoche. Nadie saldrá del pueblo, si eso le tranquiliza. Pero la fiesta continuará. Si la detenemos ahora, cundirá el pánico, los rumores se desatarán y cualquiera podrá esconderse mejor en el caos.
—Un argumento interesante, dado que hace solo unos minutos defendía la tradición y no la estrategia.
—A veces ambas coinciden.
—Qué desgracia para la tradición.
El alcalde recuperó algo de voz al ver que Celia había encontrado una forma de convertir la obstinación en sensatez.
—Doña Celia tiene razón. Si todos regresan a la plaza, podremos controlar mejor los movimientos. Mantendremos a la gente reunida. Nadie se irá. Nadie quedará solo. A medianoche, con calma, procederemos al desenmascaramiento y tomaremos declaración a quien haga falta.
Delacroix los miró a ambos. El plan no era absurdo.
Esa era la parte irritante. Detener la fiesta podía dispersar a la gente, empujar a los culpables a quemar papeles, limpiar manchas, cambiar ropas, eliminar objetos.
Mantenerla en marcha, bajo vigilancia, podía ofrecerle tiempo y observación.
También podía permitir que el asesino siguiera protegido por la multitud.
Había que escoger entre dos formas de peligro.
La vida adulta, pensó, consistía en eso y en pagar facturas.
—Muy bien —dijo al fin.
Sada dejó escapar un suspiro.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No se entusiasme. Es una coincidencia táctica, no una reconciliación moral.
Celia guardó silencio.
Delacroix se volvió hacia la multitud.
—Escuchen bien. La fiesta continuará, no porque la tradición lo exija, sino porque un asesino, o alguien que lo ayuda, está entre nosotros.
Nadie abandonará San Telmo. Nadie se acercará a la casa Tebra sin autorización.
Nadie tocará la Casa de los Rostros. Nadie limpiará manchas, quemará papeles, lavará vasos ni recordará de pronto una tarea urgente en una habitación cerrada.
Las máscaras permanecerán puestas hasta que yo diga lo contrario o hasta medianoche, lo que ocurra primero.
Y quien considere que una costumbre local está por encima de una investigación por asesinato podrá explicárselo luego a las autoridades con todo el lirismo que desee.
El silencio que siguió fue casi perfecto.
Después una voz vieja, desde la multitud, preguntó:
—¿Y la Dama?
Delacroix miró hacia la plaza, donde la imagen velada esperaba bajo las luces azules.
—Si la Dama protege a los inocentes, no tendrá nada que temer de la verdad. Y si protege a los culpables, convendría revisar seriamente sus competencias.
Nadie rió. No era momento. Pero algunos bajaron la cabeza de una forma que no tenía nada que ver con la devoción.
Samuel Rego regresó con cuerda y estacas.
Delacroix organizó el perímetro alrededor del cuerpo, dejó a dos hombres vigilando bajo la supervisión de Teresa y pidió que Clara no se alejase sin avisarle.
La hija de Tebra aceptó con una inclinación mínima.
Celia observaba todo desde el borde del camino.
El alcalde daba instrucciones a Martín, que asentía sin levantar la vista.
La fiesta, abajo, empezó a respirar de nuevo, primero con murmullos, luego con pasos, después con una música tímida que parecía avergonzada de seguir viva.
Cuando Delacroix se quedó un momento junto al cuerpo cubierto de don Álvaro, el padre Elías regresó para decirle que el doctor Lanza venía de camino y que el aviso al valle se enviaría en cuanto consiguieran que la línea telefónica dejara de crepitar como un demonio resfriado.
—Puede que no lleguen hasta mañana —añadió el cura.
—Los asesinos suelen agradecer la meteorología favorable.
—¿Cree que habrá otra muerte?
Delacroix miró hacia San Telmo. Las máscaras volvían a descender hacia la plaza. Faroles azules, nieve, música, rostros ocultos. Una fiesta que continuaba alrededor de un cadáver por decisión de quienes más temían que terminara.
—No lo sé, padre —dijo—. Pero cuando un pueblo lleva tantos años ensayando el silencio, a veces necesita más de un muerto para aprender a hablar.
Abajo, los tambores empezaron otra vez.
Esta vez sonaron menos como música que como una cuenta atrás.