Capítulo 10 — El alcalde pide calma
La calma que el alcalde Bruno Sada pedía con tanta insistencia no existía en ningún lugar visible de San Telmo de la Nieve.
No estaba en la plaza, donde la música había muerto de golpe y los músicos sostenían sus instrumentos como si acabaran de descubrir que también podían parecer armas.
No estaba en el camino del acantilado, donde la multitud se apiñaba en torno al cuerpo de don Álvaro de Tebra con una mezcla de horror, curiosidad y esa clase de satisfacción secreta que algunas personas sienten cuando la desgracia cae por fin sobre alguien que parecía haber firmado un acuerdo privado con ella.
No estaba en Clara de Tebra, que seguía de pie junto a su padre muerto sin llorar, con los labios apretados y los ojos fijos en Celia Armentia.
No estaba en Martín Lobeira, que temblaba bajo su máscara gris como un hombre que ha descubierto demasiado tarde que obedecer no lo vuelve inocente.
Y, desde luego, no estaba en el propio alcalde, que repetía la palabra calma con la misma expresión con la que otros hombres se agarran al borde de un pozo.
—Calma, por favor —decía—. Les pido calma. Nadie abandone el camino. Nadie se quite la máscara. Debemos actuar con prudencia, con respeto a la tradición y con serenidad.
Delacroix lo dejó terminar porque interrumpir demasiado pronto a un hombre que se hunde priva al observador de ciertos placeres instructivos.
El alcalde tenía nieve acumulada sobre los hombros, la máscara dorada ligeramente torcida y un brillo de sudor en el cuello que el frío no justificaba.
Cada vez que miraba el cadáver, apartaba la vista enseguida hacia la multitud, como si el verdadero peligro no estuviera en don Álvaro muerto, sino en el pueblo vivo empezando a pensar por su cuenta.
—Señor alcalde —dijo Delacroix al fin—, le ruego que limite sus instrucciones a aquello que no empeore la situación.
Sada giró hacia él con alivio y ofensa mezclados.
—Monsieur Delacroix, comprendo que usted tenga experiencia en asuntos lamentables, pero esta es una comunidad pequeña, profundamente unida, y hay tradiciones que deben ser preservadas incluso en momentos difíciles.
—Hay un hombre muerto junto al acantilado.
—Precisamente por eso debemos evitar el pánico.
—Precisamente por eso debemos evitar la estupidez. El pánico, al menos, tiene cierta honestidad física.
Algunas máscaras se volvieron hacia ellos.
Delacroix sintió aquel movimiento como una ola leve.
La autoridad del alcalde no había desaparecido, pero acababa de agrietarse.
En un pueblo como San Telmo, eso podía ser más peligroso que un disparo.
Sada pareció entenderlo, porque se enderezó y buscó recuperar el tono solemne.
—No podemos permitir que este trágico accidente destruya una celebración que pertenece a todos.
Clara soltó una carcajada breve, seca, absolutamente desprovista de humor.
—¿Accidente?
El alcalde abrió las manos.
—Clara, por favor. No he querido decir…
—Mi padre aparece muerto mientras un empleado tuyo se pasea con su máscara por el pueblo y tú lo llamas accidente. Hay que reconocerte algo, Bruno: incluso para mentir eliges palabras baratas.
El murmullo creció. Sada se volvió hacia la multitud con una sonrisa rota.
—Nadie ha mentido. Don Álvaro se sintió indispuesto. Se tomó una decisión desafortunada, quizá, pero con la intención de proteger la fiesta y no alarmar a nadie. Nadie podía imaginar…
—Que el hombre al que sustituyeron sin avisar apareciera muerto —completó Delacroix—. Sí. Es una de esas posibilidades extravagantes que solo se les ocurren a las personas con cierta relación con la realidad.
Celia Armentia, que hasta entonces había permanecido en silencio, dio un paso adelante.
Se había quitado la máscara blanca y la sostenía en la mano derecha.
La luz de los faroles marcaba en su rostro una serenidad que ya no parecía fortaleza, sino estrategia.
El pueblo la miró casi con más atención que al alcalde.
Eso confirmó a Delacroix algo que sospechaba desde la mañana: Bruno Sada administraba San Telmo; Celia Armentia lo interpretaba.
—La sustitución fue un error —dijo ella—.
Lo reconozco. Don Álvaro llegó a la casa Tebra agotado.
El médico había recomendado reposo. Él insistió en que la ceremonia no debía suspenderse ni retrasarse.
El alcalde y yo aceptamos que Martín lo sustituyera durante el primer tramo para evitar un escándalo innecesario.
—Qué curioso —dijo Delacroix—. En San Telmo parecen tener una definición del escándalo muy flexible. Una sustitución pública mediante impostura es innecesaria; un cadáver junto al acantilado, en cambio, casi parece una molestia administrativa.
Celia lo miró sin parpadear.
—No sabíamos que don Álvaro hubiera salido de la casa.
—¿Quién lo vio por última vez allí?
—Yo —dijo Martín, con una voz tan débil que apenas se distinguió del viento.
Todas las máscaras giraron hacia él. Martín parecía desear que la nieve lo cubriera de una vez, quizá por misericordia, quizá por eficiencia.
—Hable más alto —pidió Delacroix.
El joven tragó saliva.
—Yo lo vi en la casa Tebra. En la habitación donde debía vestirse para la ceremonia. Estaba sentado. Muy pálido. Doña Celia dijo que no podía bajar. Que no debía forzarse.
—¿Don Álvaro habló?
Martín miró a Celia. Ella no lo ayudó.
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Dijo… dijo que la fiesta debía continuar.
El alcalde aprovechó la frase como un náufrago que encuentra una tabla.
—Ahí lo tienen. Fue su voluntad.
—No se precipite, señor Sada. Las últimas voluntades son más fiables cuando proceden de una persona viva y no de una conveniencia colectiva.
—¡Estaba vivo! —exclamó el alcalde.
Delacroix lo miró.
—¿Usted lo vio?
Sada abrió la boca. La cerró. Aquella breve derrota resultó más útil que una confesión.
—Yo estaba en la plaza —dijo al fin—. Coordinando la ceremonia.
—Entonces no lo vio.
—Doña Celia me informó.
—Por supuesto. En esta noche todo el mundo parece tener información de segunda mano y convicciones de primera.
El padre Elías, que seguía junto al cuerpo, se quitó por completo la máscara y la dejó sobre la nieve.
El gesto fue silencioso, pero produjo un efecto inmediato.
Algunas personas contuvieron la respiración.
Un viejo murmuró una oración. Una mujer se persignó.
El sacerdote miró al alcalde con cansancio.
—Bruno, basta.
El alcalde se volvió hacia él.
—Padre, usted sabe lo que significa romper la tradición antes de medianoche.
—Sé lo que significa un muerto.
—El pueblo está asustado.
—El pueblo debería estarlo.
Sada pareció recibir la frase como una traición. Delacroix observó al cura con renovado interés. No era valiente en el sentido teatral. Era algo mejor: un hombre cansado de participar en una cobardía que ya no le cabía dentro.
—Nadie abandonará San Telmo esta noche —dijo Delacroix.
El alcalde se aferró a esa orden como si por fin alguien hubiera pronunciado algo que podía parecer autoridad.
—Exacto. Nadie debe abandonar el pueblo. Las carreteras están mal, el temporal empeora y sería imprudente…
—No por la nieve, señor Sada. Por el asesinato.
La palabra cayó con una nitidez que ni el viento logró deshacer. Asesinato. Algunos vecinos retrocedieron. Otros se acercaron. La palabra tenía una fuerza obscena: convertía el accidente en voluntad, la desgracia en crimen, la tradición en escenario.
—No puede afirmar eso —dijo Celia.
—Puedo afirmarlo con más prudencia que usted puede negarlo.
—No ha examinado el cuerpo.
—He examinado la situación. El cuerpo tendrá la amabilidad de confirmar o corregir algunos detalles cuando lo hagamos en condiciones menos folclóricas.
Sada levantó una mano.
—No podemos trasladarlo todavía. Hay que esperar a las autoridades.
—¿Autoridades? —Delacroix miró alrededor—. Me encantaría conocer a alguna.
—La Guardia Civil tiene puesto en el valle. Pero con la nieve…
—Tardarán.
—Es posible.
—Qué conveniente.
El alcalde apretó los dientes.
—No insinúe que el tiempo obedece al ayuntamiento.
—No. El tiempo suele tener mejor criterio.
Teresa Valcende apareció junto a ellos con una manta gruesa entre las manos. No había dicho nada desde que llegaron al cuerpo, pero sus ojos iban de Celia a Martín, de Martín al alcalde, del alcalde a Clara, recogiendo detalles con una lucidez silenciosa que a Delacroix le pareció casi profesional.
—Hay que cubrirlo —dijo ella—. La gente no necesita seguir mirándolo.
—La gente no necesita muchas cosas que hace con entusiasmo —respondió Delacroix—. Pero sí, cúbrale el rostro. No las manos.
Teresa asintió. Clara se inclinó para ayudarla.
Delacroix habría esperado rechazo, quizá un gesto de propiedad filial, pero Clara actuó con una eficacia fría.
Entre las dos extendieron la manta sobre el torso y el rostro de don Álvaro, dejando visibles las manos, los guantes y parte de las mangas.
Cuando la tela cubrió la cara del muerto, el pueblo pareció respirar mejor.
Delacroix encontró ese alivio revelador y repugnante a partes iguales.
A San Telmo no le molestaba el cadáver; le molestaba el rostro descubierto del cadáver.
—Nadie tocará el cuerpo —dijo—. Nadie moverá el bastón. Nadie pisará más cerca del borde. Señor Rego.
Samuel Rego, que se mantenía varios pasos atrás, levantó la cabeza. Llevaba una máscara de madera en la mano, pero no puesta. Sus ojos estaban clavados en el cuerpo cubierto.
—¿Sí?
—Necesito cuerda, estacas o cualquier cosa que nos permita marcar un perímetro.
—Puedo traerlo.
—Hágalo. Y traiga a dos hombres que no tengan la imaginación suficiente para improvisar.
Samuel miró al alcalde, como si todavía necesitara permiso. Delacroix también lo miró, pero con menos paciencia.
Sada asintió al fin.
—Haga lo que dice.
Rego salió hacia el pueblo acompañado por dos vecinos. Delacroix se volvió hacia Teresa.