Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 9 — La caída junto al acantilado #2
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Capítulo 9 — La caída junto al acantilado #2

El padre Elías se levantó despacio, con el rostro desencajado bajo la máscara levantada hacia la frente. Se santiguó, aunque tarde, como si el gesto hubiera tenido que atravesar primero una capa de incredulidad.

—Está muerto —dijo.

—Eso parece —respondió Delacroix—. Aun así, preferiría que nadie más lo tocara. Los muertos ya han sufrido bastante contacto humano.

El alcalde llegó hasta ellos, respirando con dificultad.

—Dios santo.

—Ha escogido usted un testigo ambicioso —dijo Delacroix.

—No puede ser.

—Le aseguro que puede. La realidad tiene muy poco respeto por los programas de fiestas.

Sada miró el cuerpo, luego la gente, luego el cielo, como si la nieve pudiera ofrecerle una salida administrativa.

—Debemos cubrirlo.

—Debemos examinarlo.

—Monsieur Delacroix, no es momento de—

—Señor Sada, si termina esa frase con “tradiciones”, le prometo que empezaré a tomármelo como una confesión.

El alcalde cerró la boca.

Delacroix se agachó junto al cuerpo sin tocarlo todavía.

Don Álvaro vestía ropa formal, pero no la capa ceremonial del Ciervo.

Llevaba un traje oscuro bajo el abrigo, guantes grises con cierre de plata y una bufanda negra mal colocada.

Había nieve sobre sus hombros y en el cabello, pero no tanta como debería si hubiera estado allí desde el inicio de la fiesta.

O quizá el viento la había retirado de algunas zonas.

La muerte, como la nieve, rara vez ofrecía explicaciones limpias a quienes las necesitaban demasiado.

Observó la cara. No había la expresión dramática que los novelistas de poco talento concedían a los muertos, esa última mueca reveladora que permite deducir la verdad con una sensibilidad casi ofensiva.

Don Álvaro parecía sorprendido, sí, pero de una manera pequeña.

La boca apenas entreabierta. Los ojos parcialmente cerrados.

En el labio inferior había una mancha oscura, no de sangre: vino, quizá.

O algo más. Delacroix acercó el rostro sin tocar.

Olor dulce. Especias. Alcohol.

—Vino ceremonial —murmuró.

Clara lo oyó.

—Mi padre no habría bebido.

—Quizá no tuvo elección.

Delacroix miró las manos. El guante derecho estaba puesto.

El izquierdo, no. La mano desnuda asomaba bajo el cuerpo, parcialmente cerrada.

Había restos de tierra oscura bajo las uñas y una pequeña astilla clavada en el lateral del pulgar.

Eso podía pertenecer a la caída, a una lucha o a cualquier intento desesperado de sujetarse a algo antes de que el mundo se inclinara.

En el cuello no vio marcas claras, pero la bufanda impedía juzgar.

En la sien izquierda había un golpe, quizá contra una piedra.

Mortal o posterior a otra causa. El cuerpo estaba mal colocado para una simple caída desde el camino: demasiado cerca del sendero, demasiado ordenado en parte, demasiado inconveniente en otras.

—¿Quién lo encontró? —preguntó.

Nadie respondió.

Delacroix alzó la vista hacia las máscaras agrupadas a pocos metros.

—Repito la pregunta, aunque con menos optimismo. ¿Quién encontró el cuerpo?

Una mujer con máscara de liebre levantó la mano temblando. A su lado había un hombre con rostro de marinero antiguo.

—Nosotros —dijo ella—. Íbamos a dejar una vela en la capilla. Mi marido vio el bastón.

—¿Tocaron algo?

—No.

El marido dudó medio segundo.

—Yo bajé un poco. Solo para ver si respiraba.

—¿Lo movió?

—No. Lo juro por la Dama.

—Preferiría que jurase por algo con menos implicación local.

El hombre no supo qué hacer con eso y se calló.

Delacroix se levantó. La multitud había crecido.

Las máscaras formaban una pared irregular, blanca, azul, negra, animal, humana, monstruosa.

Nadie quería mirar al muerto directamente, pero nadie se marchaba.

La curiosidad y el miedo eran primos cercanos; en los pueblos pequeños, además, solían vivir en la misma casa.

Celia Armentia llegó entonces.

Venía sin prisa. Llevaba puesta la máscara blanca, pero se la quitó antes de alcanzar el cuerpo. Ese gesto, en otra circunstancia, habría causado un escándalo. Nadie dijo nada. La tradición, al parecer, sabía reconocer cuándo convenía hacerse la enferma.

Celia miró a don Álvaro. No gritó. No lloró. No se llevó las manos a la boca. Solo parpadeó una vez, muy despacio.

—Álvaro —dijo.

No sonó a despedida. Sonó a cálculo interrumpido.

Clara la miró con una violencia helada.

—¿Dónde estaba?

—En la plaza.

—No le hablo a usted. Hablo de mi padre.

—No lo sé.

—Miente.

El alcalde intervino.

—Clara, por favor.

—Cállate, Bruno.

Sada obedeció con una rapidez que Delacroix encontró deliciosa pese a las circunstancias.

Celia sostuvo la mirada de Clara.

—Tu padre debía descansar en casa. Eso fue lo que se me dijo.

—¿Quién se lo dijo?

Celia no respondió.

Delacroix sí miró entonces hacia el camino por donde acababan de venir. Martín Lobeira estaba a unos metros, medio escondido detrás de dos vecinos, con la máscara gris otra vez sobre el rostro. Pero la máscara no ocultaba el temblor de sus hombros.

—Señor Lobeira —dijo Delacroix.

El joven no se movió.

—Acérquese.

La multitud se abrió para dejarlo pasar. Martín avanzó con la rigidez de quien camina hacia su propio patíbulo y aún espera que alguien anuncie un error de procedimiento. Cuando llegó junto al cuerpo, no miró a don Álvaro. Miró a Celia.

—Mire al muerto —dijo Delacroix.

—No puedo.

—Puede. Lo que ocurre es que no quiere.

Martín bajó la vista. El efecto fue inmediato. Se llevó una mano a la boca, dio un paso atrás y casi cayó. Nadie lo sostuvo. En San Telmo, incluso la compasión parecía necesitar autorización.

—Yo no sabía —dijo.

Celia cerró los ojos.

—¿Qué no sabía? —preguntó Delacroix.

Martín temblaba.

—No sabía que estaba muerto.

El murmullo de la multitud se convirtió en oleaje. El alcalde levantó las manos.

—Silencio. Por favor. Silencio. Nadie se quite la máscara. Que nadie—

—Señor alcalde —dijo Delacroix, sin alzar la voz—, si vuelve a preocuparse por las máscaras antes que por el asesinato, empezaré a sospechar que su sentido de las prioridades ha sido educado por un enterrador con intereses comerciales.

El murmullo bajó, no por obediencia al alcalde, sino por interés en el insulto. Delacroix se volvió de nuevo hacia Martín.

—Explíquese.

—Me dijeron que don Álvaro estaba indispuesto. Que debía sustituirlo solo durante el primer tramo. Que no debía hablar. Que la máscara bastaría. Yo… yo debía retirarme después del brindis. Nada más.

—¿Quién se lo dijo?

Martín miró a Celia.

Ella no se movió.

El joven tragó saliva.

—El alcalde.

Bruno Sada retrocedió como si la palabra lo hubiera empujado físicamente.

—Eso es falso.

—Y doña Celia —añadió Martín, con menos fuerza.

La multitud volvió a murmurar. Esta vez el sonido fue distinto. No curiosidad. Hambre.

Celia levantó la barbilla.

—Don Álvaro se sintió indispuesto antes de la ceremonia. Él mismo pidió que la tradición continuara.

—Qué hombre tan considerado —dijo Delacroix—. Incluso muerto parece preocupado por no incomodar al ayuntamiento.

—No estaba muerto.

—¿Lo vio usted vivo después de decidir la sustitución?

Celia guardó silencio.

—¿Lo vio usted vivo? —repitió Delacroix.

El viento sopló desde el acantilado y levantó un remolino de nieve entre ellos. Abajo, el mar golpeó la roca con una violencia que hizo temblar a algunos vecinos.

—No —dijo Celia al fin.

Delacroix asintió.

—Gracias. Una verdad pequeña siempre anima el ambiente.

Clara se acercó al cuerpo de su padre, se agachó y, antes de que Delacroix pudiera impedírselo, tocó apenas la manga del abrigo. No fue un gesto de hija devota. Fue una comprobación de realidad. Luego retiró la mano como si el frío le hubiera subido por los dedos hasta el corazón.

—Alguien lo sacó de la casa —dijo.

—O salió por su propio pie —respondió Delacroix.

—Mi padre no habría salido sin su máscara.

—No. Pero quizá salió para recuperarla.

Clara lo miró. Celia también.

Delacroix volvió a observar el cuerpo, el bastón, las huellas arruinadas, el sendero hacia la capilla, la multitud enmascarada, el alcalde sudando bajo la nieve, Martín derrumbándose por dentro, Celia demasiado entera y el rostro muerto de don Álvaro de Tebra, expuesto al fin después de una noche entera dedicada a ocultar rostros.

—Hasta hace unos minutos —dijo—, todo San Telmo podía jurar que había visto vivo a don Álvaro. Lo vio caminar, brindar, inclinarse ante la Dama y regresar a la plaza. Una coartada magnífica, si uno no se obsesiona con el pequeño detalle de que don Álvaro no estaba allí.

El padre Elías se santiguó otra vez.

—Dios nos ampare.

Delacroix miró alrededor, hacia las máscaras que observaban desde el camino, hacia los ojos abiertos detrás de madera y porcelana.

—Dios parece haberles concedido muchos años para hablar —dijo—. No estoy seguro de que sea justo exigirle ahora que también administre las consecuencias de su silencio.

Nadie respondió.

Por primera vez en toda la noche, la fiesta pareció detenerse de verdad.

La música había callado. Los faroles azules temblaban.

La Dama permanecía velada en la plaza, abandonada en mitad de su propia celebración.

El cadáver de don Álvaro yacía junto al acantilado, sin máscara, sin discurso, sin la protección de su apellido.

Y San Telmo de la Nieve, que había pasado décadas enseñando a sus vecinos a no mostrar el rostro, descubrió que los muertos no siempre respetaban la tradición.