Capítulo 9 — La caída junto al acantilado
Martín Lobeira parecía a punto de derrumbarse, aunque no de una manera útil.
Hay personas que se derrumban confesando y personas que se derrumban pidiendo permiso para seguir mintiendo.
El joven pertenecía, por temperamento y quizá por educación municipal, a la segunda categoría.
Tenía la máscara gris mal colocada, el corte bajo el labio todavía fresco y los ojos fijos en Celia Armentia con la devoción aterrada de un perro que no sabe si ha obedecido demasiado poco o demasiado tarde.
La nieve seguía cayendo sobre la calle estrecha, suavizando los bordes de todo, como si el cielo estuviera empeñado en convertir la culpa en paisaje.
Delacroix no se movió.
—Señor Lobeira —dijo con una calma que no era bondad—, conviene que elija con cuidado sus próximas palabras. No por mí. Yo tengo una paciencia razonable. Pero las frases, cuando nacen mal, suelen crecer peor.
Martín tragó saliva. Celia se adelantó un paso.
—Monsieur Delacroix, el señor Lobeira está alterado. La organización de una noche como esta exige mucho esfuerzo.
—Sin duda. Fingir ser don Álvaro de Tebra ante todo un pueblo debe de ser agotador.
El golpe fue limpio. Martín cerró los ojos.
Celia, no. Ella solo quedó inmóvil, y esa inmovilidad resultó más reveladora que cualquier sobresalto.
Durante unos segundos, desde la plaza llegó la música, un estallido de risas, el sonido de una copa rota, un tambor.
San Telmo seguía celebrando con esa disciplina feroz de los lugares que se niegan a mirar hacia la habitación donde huele a humo.
—No sé de qué habla —dijo Celia.
—Eso es lamentable. Usted parecía una mujer de comprensión rápida.
—Está haciendo acusaciones muy graves en mitad de una fiesta tradicional.
—No. Estoy haciendo observaciones moderadas en mitad de una posible escena criminal. La fiesta, créame, no mejora la situación.
Martín abrió los ojos.
—Yo no he matado a nadie.
Fue una frase demasiado rápida. Demasiado desnuda. Delacroix sintió que algo en la noche cambiaba de peso.
—Nadie le ha preguntado eso —dijo.
El joven miró a Celia otra vez. Ella no le devolvió la mirada.
Había decidido abandonarlo en la conversación, quizá para salvarlo después, quizá para salvarse ella.
Delacroix había visto aquel gesto en familias, empresas, gobiernos y matrimonios antiguos: el instante en que una persona deja de ser cómplice y se convierte en material desechable.
—Vuelva a ponerse la máscara —ordenó Celia en voz baja—. Regrese a la plaza. El alcalde lo está esperando.
—El alcalde —repitió Delacroix—. Naturalmente. Sería una pena que el señor Sada se quedara sin su Ciervo Negro antes de terminar los discursos.
Martín apretó la máscara contra el pecho.
—Yo solo debía caminar. Beber. No hablar. Eso era todo.
Celia giró hacia él con una lentitud fría.
—Martín.
—No —dijo él, y la palabra salió casi infantil—. No. Usted dijo que don Álvaro estaba indispuesto. Que no podía bajar. Que si la gente lo sabía, se arruinaría la ceremonia, que el pueblo necesitaba verlo, que mañana se explicaría todo. Yo solo…
—Solo obedecía —completó Delacroix—. La frase favorita de quienes descubren demasiado tarde que su conciencia tenía horario laboral.
Martín se llevó una mano al corte del labio. El gesto fue automático y torpe. Delacroix lo observó con atención.
—¿Quién le hizo eso?
—Nadie.
—Una persona muy activa, Nadie. La encuentro en todos mis casos.
—Me caí.
—Hoy todo el mundo parece caerse en San Telmo. Es una epidemia muy localizada.
Celia dio otro paso hacia ellos.
—Basta. No tiene autoridad para retenerlo.
—Tiene razón —dijo Delacroix—. No tengo autoridad. Solo preguntas. Suelen ser más molestas porque no se pueden destituir.
Un grito llegó desde la plaza.
No fue un grito de alegría. La diferencia atravesó la calle como un cuchillo bajo la puerta.
Primero uno, agudo, de mujer. Luego varios más, confusos, mezclados con el golpe de los tambores interrumpiéndose de golpe.
La música se deshizo en notas sueltas. Alguien llamó al alcalde.
Alguien más gritó “la capilla”. El sonido se extendió por las calles estrechas con la rapidez de una mala noticia que conoce el camino.
Martín se volvió hacia la plaza, blanco bajo la máscara mal puesta.
Celia no.
Eso fue lo que Delacroix vio.
No miró hacia el grito. No preguntó qué ocurría. Cerró apenas los dedos sobre el paño azul que llevaba doblado en el brazo y respiró hondo, como quien no recibe una sorpresa sino una confirmación.
—Señora Armentia —dijo él—, si eso es lo que creo, su fiesta acaba de volverse considerablemente menos tradicional.
Ella lo miró.
—No sabe nada.
—Todavía no. Pero la noche es joven y ustedes parecen decididos a educarme.
Delacroix salió hacia la plaza. No corrió.
Correr en la nieve, con media población enmascarada y la otra media fingiendo serenidad, le pareció una forma innecesaria de colaborar con el caos.
Martín lo siguió unos pasos, luego se detuvo.
Celia pasó junto a él y lo tomó del brazo con fuerza.
Delacroix no necesitó mirar atrás para saberlo; oyó el pequeño sonido de la tela tensándose, el jadeo del joven, la voz de ella reducida a un hilo.
—Ni una palabra más.
La plaza era ya una herida abierta. Las máscaras se agrupaban en oleadas, empujándose, preguntando, fingiendo que querían saber y retrocediendo cuando la respuesta parecía acercarse.
El alcalde Bruno Sada estaba junto al arco ceremonial, sin saber a quién mirar primero.
Su máscara dorada seguía puesta, pero el sol complacido de su rostro falso resultaba ahora grotesco bajo la nieve.
Martín no estaba en el entarimado, desde luego, y el Ciervo Negro tampoco.
La imagen de la Dama reposaba velada en el centro, rodeada de velas azules que temblaban con el viento.
Parecía menos una protectora que una testigo a la que alguien hubiera vendado los ojos para que no declarase.
Teresa Valcende apareció junto a Delacroix.
—Ha sido en el camino del acantilado.
—¿Quién?
—No lo saben.
—Sí lo saben —dijo él—. Solo están esperando que alguien lo diga primero.
Cruzaron la plaza. La multitud se abrió a regañadientes.
Delacroix percibió miradas detrás de las aberturas de madera y porcelana: ojos asustados, ojos ansiosos, ojos demasiado quietos.
Vio a Inés Cardiel al pie de los soportales, con su máscara de ave en la mano, ya retirada pese a la prohibición.
Nadie parecía atreverse a reprochárselo.
Vio al padre Elías caminando hacia el acantilado con una rapidez impropia de su edad.
Vio a Samuel Rego cerca de la calle de los talleres, inmóvil, con las manos vacías, mirando hacia la capilla como si el pasado hubiera decidido llamarlo por su nombre.
—Monsieur Delacroix.
Clara de Tebra surgió de entre la gente. Se había quitado la máscara plateada. Tenía el rostro pálido, los ojos secos y una expresión de furia contenida que la nieve no suavizaba.
—¿Dónde está su padre? —preguntó él.
—Eso iba a preguntarle yo.
—Entonces tememos lo mismo.
Clara no pidió explicación. Caminó junto a él hacia el sendero. Aquello también le interesó. La gente culpable suele preguntar demasiado; la gente que teme la verdad camina hacia ella como si ya hubiera oído la sentencia en sueños.
El camino hacia la capilla estaba lleno de huellas superpuestas.
La procesión había pasado por allí hacía menos de una hora, y ahora decenas de personas habían vuelto corriendo, borrando cualquier orden que la nieve hubiera podido conservar.
Aun así, Delacroix miró. Siempre miraba.
El bastón de la figura del Ciervo había dejado marcas leves en la ida.
En el regreso, las marcas desaparecían cerca de la cruz de piedra.
Más allá, había pisadas profundas, arrastradas, de alguien que había corrido o sido llevado con prisa.
La nieve intentaba cubrirlas, pero el viento no trabajaba con bastante rapidez para los culpables.
Un grupo de vecinos se amontonaba junto al borde del camino, a pocos metros de la capilla. El padre Elías estaba de rodillas. El alcalde, algo más atrás, repetía una frase que quizá iba dirigida a los demás o a sí mismo.
—Tranquilos. Nadie se quite la máscara. Mantengan la calma. Nadie se quite la máscara.
Delacroix sintió un desprecio tan puro que casi le resultó refrescante.
—Señor alcalde —dijo—, hay momentos en que la calma es menos urgente que la inteligencia. Este parece uno de ellos.
Sada se volvió. La máscara dorada lo hacía parecer un ídolo menor sorprendido en plena incompetencia.
—No podemos romper la tradición. No ahora. La gente está asustada. Si se quitan las máscaras antes de medianoche, si cunde el pánico…
—Ya hay un cadáver, imagino. El pánico ha llegado con credenciales suficientes.
Clara empujó a dos hombres y se abrió paso. Delacroix la siguió.
El cuerpo yacía en un desnivel junto al sendero, antes de que la tierra cayera con mayor violencia hacia el mar.
No había llegado al fondo del acantilado.
Un arbusto bajo, retorcido por el viento, había detenido la caída.
La nieve cubría parte del abrigo negro. Un bastón de empuñadura plateada descansaba a unos pasos, medio hundido en el barro helado.
La cabeza estaba ladeada. El rostro, visible, era pálido, largo, aristocrático y terriblemente quieto.
Don Álvaro de Tebra había recuperado su cara.
La suya verdadera.
Clara se detuvo como si hubiera chocado contra una pared invisible. No gritó. Delacroix agradeció esa economía. Los gritos de los familiares rara vez ayudaban al muerto y a menudo molestaban a los vivos. Pero el silencio de Clara fue peor, porque contenía demasiadas cosas para ser solo dolor.
—Padre —dijo.
No se acercó más.