Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 8 — El hombre que todos vieron
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Capítulo 8 — El hombre que todos vieron

Delacroix no dijo nada.

Fue una de las decisiones más difíciles y más útiles de aquella noche.

Había visto una barbilla que no correspondía a don Álvaro de Tebra, un corte reciente bajo un labio joven y la rapidez excesiva con la que Celia Armentia había devuelto la máscara del Ciervo Negro a su sitio.

Podía haber levantado la voz, detenido la procesión, exigido que aquel hombre mostrara el rostro y convertido la capilla del acantilado en un teatro más sincero que todos los previstos por la fiesta.

Pero la verdad, cuando se la arranca demasiado pronto, a veces llega sin raíces.

Y Delacroix necesitaba saber no solo quién llevaba la máscara, sino quién había decidido que el pueblo entero debía mirar hacia otro lado.

El Ciervo Negro recuperó el bastón. Celia le sujetó el brazo un segundo más de lo necesario.

El alcalde Bruno Sada, pálido bajo su máscara dorada, murmuró algo que pudo ser una pregunta o una súplica.

El padre Elías, frente a la imagen de la Dama, había visto más de lo que deseaba admitir; Delacroix lo supo por la forma en que sus dedos se cerraron alrededor del rosario.

Clara de Tebra, en cambio, no pareció haber visto el rostro.

Miraba a su alrededor con la ansiedad de quien presiente que una habitación se está llenando de humo antes de olerlo.

La oración continuó. Esa fue, quizá, la parte más absurda.

El padre Elías alzó la voz, habló de protección, de nieve, de los muertos que descansaban bajo la mirada de Dios y de los vivos que debían honrar la memoria de quienes los habían precedido.

Delacroix escuchó con una atención casi cruel.

Le interesaba la capacidad humana para mantener una ceremonia aunque se le estuviera abriendo una grieta bajo los pies.

En San Telmo de la Nieve esa capacidad no era una excepción; era el fundamento mismo de la vida pública.

Cuando la oración terminó, las cuatro mujeres de azul depositaron pequeñas ramas blancas al pie de la Dama.

Después lo hicieron el alcalde, Celia y el Ciervo.

Clara de Tebra se negó con una inclinación mínima de la cabeza.

Nadie la obligó. Otra anomalía. Don Álvaro habría utilizado esa negativa como un cuchillo público.

El impostor, en cambio, parecía ocupado en sobrevivir al papel sin añadir texto propio.

Delacroix se acercó a Teresa Valcende.

—Necesito hablar con usted sin que parezca que estoy hablando con usted.

—Qué alivio. En este pueblo casi todo funciona así.

—Durante el regreso, camine a mi lado. Mire al frente. Si alguien observa, parecerá que comentamos el paisaje.

—¿Y qué comentamos en realidad?

—La posibilidad de que don Álvaro de Tebra no esté dentro de la máscara que todo el pueblo acaba de saludar.

Teresa no volvió la cabeza. Ese pequeño dominio de sí misma la honró más que cualquier exclamación.

—¿Está seguro?

—He visto una barbilla joven.

—La máscara pudo moverse mal.

—La máscara se movió perfectamente. Celia la corrigió demasiado bien.

La procesión empezó a regresar hacia la plaza.

El viento golpeaba ahora desde el mar, empujando la nieve contra las máscaras y obligando a todos a bajar ligeramente la cabeza.

Aquello favorecía la confusión. Nadie veía del todo a nadie.

Los faroles se balanceaban, los mantos se mezclaban, las sombras de las astas del Ciervo se alargaban sobre el camino como ramas negras.

Delacroix caminó junto a Teresa, con Clara unos pasos por delante y el padre Elías detrás.

El Ciervo, escoltado por Celia y el alcalde, avanzaba al frente.

—Si no es él —dijo Teresa—, ¿dónde está don Álvaro?

—Esa es la pregunta menos agradable.

—Puede estar enfermo en su casa.

—Entonces alguien habría elegido una solución muy ambiciosa para evitarle un paseo.

—Don Álvaro jamás permitiría que otro llevara su máscara.

—Los muertos suelen ser flexibles en materia de permisos.

Teresa tropezó apenas. Delacroix le ofreció el brazo sin mirarla. Ella lo tomó. Desde fuera, el gesto podía parecer cortesía. En realidad, durante un segundo, fue miedo.

—No diga eso todavía.

—No lo he dicho. Lo he pensado con cierta intensidad.

Al llegar a la plaza, la música volvió a recibirlos como si nada hubiera cambiado.

Los tambores marcaron un ritmo alegre, las campanas pequeñas sonaron bajo el arco, los puestos reabrieron el paso a los vasos de vino caliente, las castañas y los dulces, y la multitud empezó a deshacerse en grupos.

El Ciervo Negro debía permanecer visible durante unos minutos en el centro de la plaza antes de retirarse, según explicó una mujer a su hijo con orgullo.

“Para que todos puedan verlo”, dijo. Delacroix pensó que aquella frase resumía maravillosamente el problema.

Todos podían verlo. Nadie podía saber quién era.

Celia condujo al Ciervo hasta el entarimado central. Allí lo colocó junto a la imagen de la Dama, ya cubierta otra vez con su velo azul. El alcalde subió con ellos y levantó las manos para pedir atención. El pueblo obedeció con un cansancio que parecía heredado.

—Vecinos, amigos, hijos de San Telmo —proclamó Sada—, la Dama ha recibido nuestro respeto y la casa Tebra, una vez más, ha honrado su compromiso con esta villa. Que la fiesta continúe. Que nadie rompa la tradición. Que nadie muestre su rostro antes de la medianoche.

El aplauso fue más fuerte esta vez. No porque la gente estuviera más tranquila, sino porque necesitaba estarlo. Delacroix había visto ese tipo de aplauso en salones donde acababa de pronunciarse una mentira decisiva: cuanto más insegura era la verdad, más ruido hacían las manos.

—La función debe continuar —murmuró Teresa.

—Una frase que ha justificado más indecencias que muchas doctrinas políticas.

Desde el entarimado, Celia descendió con la copa envuelta en el paño blanco.

La llevaba contra el pecho, protegida. No miró hacia Delacroix, lo cual equivalía casi a mirarlo demasiado.

El Ciervo Negro permaneció arriba, inmóvil, como una estatua oscura.

El alcalde se quedó junto a él un instante, habló cerca de su oído y después bajó para mezclarse con los vecinos.

Aquello dejó al Ciervo solo sobre la plataforma, a la vista de todos.

Excelente. Un hombre que desea ocultarse rara vez acepta ser exhibido.

Pero un hombre obligado a fingir quizá no tiene elección.

Delacroix no subió al entarimado. Habría sido evidente.

En cambio, se alejó hacia un puesto de castañas, compró un pequeño cucurucho y se colocó bajo los soportales, desde donde podía ver tanto al Ciervo como a la entrada de la calle que conducía a la Casa de los Rostros.

Teresa se quedó a cierta distancia, hablando con una vecina.

Clara de Tebra había desaparecido. Inés Cardiel también.

El padre Elías conversaba con dos ancianas cerca de la iglesia, aunque sus ojos volvían una y otra vez hacia la figura del ciervo.

Nico apareció junto a Delacroix con su máscara de zorro torcida hacia un lado.

—¿Le gustan las castañas?

—Depende de la alternativa.

—Mi madre dice que cuando un adulto responde así es que no quiere decir la verdad.

—Tu madre está abusando peligrosamente de la razón.

El muchacho sonrió. Luego miró hacia el entarimado.

—Don Álvaro da miedo, ¿verdad?

—¿Siempre?

—Sí. Pero hoy más.

—¿Por qué?

Nico encogió los hombros.

—No sé. Está muy quieto.

—Quizá está cansado.

—Don Álvaro no se cansa cuando hay gente mirando.

Delacroix apartó despacio una cáscara quemada.

—Esa es una observación excelente.

—Mi madre dice que no debo observar tanto.

—Tu madre desea que llegues a la edad adulta. Es una ambición comprensible.

Nico bajó la voz.

—Yo lo vi antes.

—¿A don Álvaro?

—Al Ciervo.

Delacroix mantuvo la vista sobre la plaza.

—Todo el mundo acaba de verlo.

—No. Antes. Antes de que sonaran las campanas. Estaba detrás de la Casa de los Rostros.

—¿Con la máscara puesta?

—Sí.

—¿Solo?

—Creo que hablaba con alguien.

—¿Con quién?

Nico se encogió un poco bajo la máscara de zorro.

—No lo sé. Llevaba una capa azul.

Las capas azules abundaban esa noche, pero no tanto como para que el detalle careciera de valor.

Las mujeres que portaban a la Dama llevaban manto azul.

Celia también había usado terciopelo azul para cubrir la máscara.

Martín Lobeira llevaba gris. El alcalde, dorado.

Clara, negro. Los colores, en una fiesta de máscaras, podían decir más que los rostros.

—¿Y después?

—Después se fue hacia la calle alta. Yo pensé que era normal.

—En este pueblo se piensa mucho eso.

—¿El qué?

—Que las cosas son normales.

Nico miró el cucurucho.

—¿Me da una?

Delacroix le entregó una castaña.

—A cambio, dime algo más. ¿Viste a don Álvaro sin máscara hoy?

—No.

—¿Ayer?

—Tampoco.

—¿Cuándo fue la última vez?

El muchacho pensó.

—Hace tres días. Llegó a la iglesia con doña Celia. Iba muy blanco. Mi madre dijo que parecía un muerto con abrigo caro.

—Tu madre posee una lengua admirable.

—Mi madre dice que no repita sus frases.

—Un consejo razonable y tardío.

Nico mordió la castaña, se quemó un poco, maldijo en voz baja con una palabra que habría ofendido a su abuela y salió corriendo antes de que Delacroix pudiera reprobarlo con la debida hipocresía.

Delacroix volvió a mirar el entarimado.

El Ciervo Negro ya no estaba.

Durante un segundo pensó que lo había perdido por distracción.

Luego vio movimiento junto a la calle de la Casa de los Rostros: una capa oscura desapareciendo entre dos grupos de máscaras.

Celia no estaba cerca. El alcalde tampoco.

Delacroix dejó el cucurucho sobre un alféizar y caminó hacia allí sin acelerar demasiado.

En una fiesta, la prisa era una confesión que todos podían leer incluso sin rostro.

La calle estaba menos iluminada. Olía a humedad, pintura y humo.

Algunas parejas hablaban bajo los aleros.

Un hombre con máscara de lobo orinaba contra una pared con un sentido religioso de la discreción.

Dos muchachas de azul cruzaron riendo hacia la plaza.

Delacroix siguió la dirección en la que había visto desaparecer al Ciervo.

Al fondo, junto a la puerta lateral de la Casa de los Rostros, había huellas recientes sobre la nieve pisada.

Varias, mezcladas, confusas. Una de ellas marcada por un bastón.

Se inclinó.

El bastón había apoyado con regularidad, sí.

Pero no con peso. La punta apenas hundía la nieve, como si quien lo llevaba lo usara para completar un personaje, no para sostener un cuerpo enfermo.

Junto a esas marcas había otras: pisadas pequeñas, firmes, probablemente de mujer.

Y una gota oscura sobre la nieve, casi absorbida ya por el hielo.

Delacroix la observó.

No era sangre. Al menos no parecía. La tocó con la punta de un pañuelo. Olió.

Vino especiado.

—Monsieur Delacroix.

La voz sonó detrás de él.

Celia Armentia estaba al principio de la calle. Había llegado sin ruido, con su máscara blanca y su capa azul. No llevaba ya la copa. O no a la vista. Bajo aquella máscara, sus ojos parecían más tranquilos de lo razonable.

—Se ha perdido —dijo ella.

—Es posible. Las fiestas populares siempre me han parecido laberintos con peor música.

—La plaza está al otro lado.

—Y, sin embargo, el Ciervo vino hacia aquí.

Celia no respondió enseguida. La nieve caía entre ambos como una cortina paciente.

—Don Álvaro necesitaba descansar.

—Naturalmente. Su actuación estaba siendo exigente.

—No es una actuación.

—Señora Armentia, todo lo que ocurre esta noche lo es.

Ella dio unos pasos hacia él.

—Debe tener cuidado con lo que insinúa.

—Procuro tener cuidado con lo que observo. Las insinuaciones, en cambio, suelen cuidarse solas.

—Don Álvaro está enfermo. Si se retira unos minutos, nadie debería convertirlo en misterio.

—Estoy de acuerdo. Un anciano enfermo retirándose no es un misterio. Un anciano enfermo que camina como un hombre joven, bebe lo que detesta, calla cuando ama hablar y no utiliza el bastón para sostenerse, en cambio, empieza a tener modales de enigma.

Celia se quedó inmóvil.

Fue apenas una pausa. Pero las máscaras tienen un defecto: obligan a los ojos a hacer todo el trabajo. Y los de Celia, por primera vez desde que Delacroix la conocía, trabajaron demasiado.

—Usted ha venido a buscar sombras —dijo.

—No. Las sombras estaban aquí. Yo solo he tenido la descortesía de llegar con luz.

—No entiende este pueblo.

—Eso dicen todos. Me halaga que me crean tan extranjero.

—Hay tradiciones que no pueden juzgarse desde fuera.

—No quisiera ser irrespetuoso con sus tradiciones, aunque debo admitir que algunas parecen diseñadas por alguien con una confianza excesiva en la estupidez humana.

La frase quedó entre ellos con una limpieza deliciosa. Celia no se movió. A sus espaldas, desde la plaza, llegó una explosión de música y aplausos. La fiesta seguía. La función, como había dicho Teresa, continuaba con una obediencia casi criminal.

—Esa clase de comentarios puede ganarle enemigos —dijo Celia.

—A mi edad, señora Armentia, uno empieza a preferir enemigos sinceros a anfitriones amables.

La puerta lateral de la Casa de los Rostros se abrió en ese instante. Martín Lobeira salió apresuradamente, sin máscara. O mejor dicho, con la máscara gris en la mano. Se detuvo al verlos. Estaba pálido, despeinado, y bajo el labio inferior tenía un pequeño corte reciente.

Delacroix no miró el corte de inmediato. Miró primero sus manos. Temblaban.

Martín tardó un segundo en comprender su error. Luego se llevó la máscara al rostro con torpeza.

—Perdón —dijo—. Yo… estaba ajustándome la cinta.

Celia se volvió hacia él despacio.

—Martín.

No alzó la voz. No hizo falta. El joven pareció encogerse dentro del abrigo.

Delacroix sonrió apenas, con una tristeza casi amable.

—Señor Lobeira —dijo—, qué agradable encontrarlo. Empiezo a tener la impresión de que esta noche todo el mundo aparece exactamente donde no debería.

Martín miró a Celia. Después a Delacroix. Después hacia la plaza, donde el alcalde volvía a hablar con esa alegría pública que exigía no saber nada.

—Yo solo cumplía órdenes —dijo.

Fue una frase mínima. Una frase de cobarde, de empleado, de niño sorprendido rompiendo un plato.

Y, por eso mismo, una frase peligrosísima.

Celia no lo tocó. No lo amenazó. Solo pronunció su nombre una vez más, más bajo.

—Martín.

El joven cerró la boca.

Demasiado tarde.

Delacroix ajustó sus guantes mientras la nieve cubría poco a poco la gota de vino sobre el suelo.

—No se preocupe —dijo—. Las órdenes son una materia fascinante. Siempre terminan conduciendo hasta alguien que prefiere no haberlas dado.