Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 7 — El brindis del benefactor #2
25%

Capítulo 7 — El brindis del benefactor #2

Aceleró el paso y se alejó antes de que Delacroix pudiera retenerlo sin parecer grosero, cosa que, por supuesto, podía hacer, pero reservaba para ocasiones más fértiles. Teresa apareció a su lado poco después.

—Está asustado.

—Sí.

—Martín no es mala persona.

—Las malas personas son menos comunes de lo que se cree. Lo frecuente son las personas suficientemente cobardes en el momento exacto.

Subieron por el camino. La plaza quedó atrás, con su música y sus faroles, aunque la melodía seguía llegando amortiguada por la nieve.

A la izquierda, el bosque se cerraba en una masa oscura.

A la derecha, el terreno caía hacia el mar, invisible al principio y luego brutalmente presente cuando el camino dobló y dejó ver el acantilado.

Delacroix se detuvo un instante. El paisaje era magnífico de un modo que no pedía permiso: roca negra, espuma blanca, viento, nieve, la capilla al fondo sobre un promontorio iluminado por lámparas azules.

Había lugares cuya belleza parecía pensada para que una muerte resultara inevitablemente literaria.

Delacroix desconfiaba de ellos. La gente se comportaba peor cuando el escenario prometía absolverla con una buena vista.

El Ciervo Negro avanzaba cada vez más despacio. Celia caminaba a su derecha. El alcalde a su izquierda. Detrás, Clara observaba sin acercarse. Delacroix notó que la hija de Tebra no miraba el paisaje, ni la Dama, ni a los vecinos. Miraba los pies del Ciervo.

Él hizo lo mismo.

El bastón golpeaba la nieve con regularidad.

La mano derecha. Siempre la derecha. Pero el paso tenía algo que no encajaba con el recuerdo de don Álvaro en la plaza esa misma mañana.

Entonces el anciano había cargado parte del peso sobre el bastón con una arrogancia física muy clara: no por necesidad, sino por costumbre de mando.

Ahora el bastón parecía medir, no sostener.

Como si quien lo llevaba hubiera aprendido el gesto, pero no el cansancio.

La procesión se detuvo a mitad de camino, junto a una cruz de piedra cubierta de hielo.

Allí, según Teresa, se realizaba el segundo brindis, más íntimo, reservado a las familias antiguas y a los portadores.

La multitud formó un círculo amplio. Celia volvió a sacar una copa, esta vez de una bandeja que llevaba una de las mujeres de azul.

El padre Elías pronunció unas palabras que el viento se llevó casi por completo.

Don Álvaro —o la figura que llevaba su rostro de madera— debía beber de nuevo, y después la copa pasaría a Clara, al alcalde, a Celia y al sacerdote.

—¿Todos beben del mismo vaso? —preguntó Delacroix.

—Sí —dijo Teresa.

—Qué confianza tan conmovedora.

El Ciervo tomó la copa. Durante un segundo pareció dudar. Fue casi nada, una resistencia diminuta, pero Delacroix la vio. Celia también. Ella acercó la cabeza y dijo algo muy bajo, tan bajo que el viento lo devoró antes de que llegara a nadie. El Ciervo bebió.

Luego le tendió la copa a Clara.

Clara no se movió.

La plaza —o lo que quedaba de ella en aquel camino helado— contuvo la respiración. El alcalde inclinó la cabeza hacia la hija de Tebra con una sonrisa crispada.

—Clara.

Ella miró la copa. Después miró al Ciervo.

—Mi padre sabe que no bebo de su vaso.

La frase fue suave, pero entró en el aire como un cuchillo pequeño.

El alcalde palideció bajo su máscara solar.

Celia no cambió de postura. El padre Elías cerró los ojos un segundo.

Delacroix comprendió que aquello no era un capricho de hija resentida.

Era una vieja declaración de guerra repetida en público.

El Ciervo bajó la mano.

No insistió.

Eso tampoco encajaba.

Don Álvaro de Tebra, según todo lo que Delacroix había visto y oído en menos de veinticuatro horas, no era un hombre que aceptara una negativa de su hija delante de medio pueblo.

Habría dicho algo cruel, algo fino, algo destinado a recordarle quién poseía la casa, el apellido y quizá el suelo bajo sus zapatos.

Pero la figura de negro solo bajó la copa y se la entregó a Celia.

Celia bebió.

Después bebió el alcalde.

Después el padre Elías, con una expresión que parecía menos de fe que de cansancio.

La procesión continuó.

Delacroix se acercó a Clara cuando el camino se estrechó y obligó a todos a avanzar más juntos. El viento les golpeaba de frente. La máscara plateada de ella estaba cubierta de pequeñas gotas heladas.

—Su padre habría insistido —dijo él.

—Sí.

—Y habría disfrutado haciéndolo.

—Mucho.

—Entonces quizá convenga averiguar si esta noche su padre está demasiado enfermo para ser él mismo, o si alguien ha encontrado la manera de imitarlo sin conocerlo lo suficiente.

Clara no respondió enseguida. La capilla del acantilado estaba ya cerca. Las luces azules temblaban alrededor de la puerta. Más allá, el mar rugía bajo la nieve como si quisiera intervenir en la ceremonia con argumentos propios.

—Hay una habitación en la casa Tebra —dijo ella al fin—. Mi padre se viste allí antes de bajar. Nadie entra salvo Celia, el alcalde y, desde este año, Martín Lobeira para revisar el programa.

—¿Usted?

—Mi padre no me permite entrar en las habitaciones donde guarda cosas importantes.

—Una torpeza. Los hijos suelen ser muy eficaces encontrándolas de todos modos.

—Yo encontré algo ayer.

Delacroix volvió apenas la cabeza.

—¿Qué?

—Una carta antigua. De Lucía Cardiel.

El nombre quedó entre ellos, helado por el viento.

—¿Dirigida a su padre?

—No.

—¿A quién?

Clara miró hacia el Ciervo Negro, que acababa de detenerse frente a la capilla.

—A Celia Armentia.

Delacroix no dijo nada. Hay silencios que conviene no interrumpir porque se están volviendo útiles.

La procesión se ordenó ante la puerta. La Dama de la Nieve fue colocada sobre un soporte de piedra.

Las velas azules brillaron bajo el velo.

El padre Elías alzó la mano para iniciar la oración final antes del regreso a la plaza.

El Ciervo Negro permanecía inmóvil frente a la imagen, con la copa ya vacía en la mano.

Celia estaba a su lado. El alcalde sonreía hacia la multitud.

Todo parecía solemne, antiguo, obediente.

Entonces el Ciervo dio un paso atrás.

Fue un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero el camino estaba helado.

La figura perdió el equilibrio durante apenas un instante. Celia intentó sujetarla del brazo. El alcalde también. El bastón cayó sobre la nieve con un sonido seco, ridículamente pequeño en medio del viento y del mar.

Y al inclinarse para recuperarlo, la máscara del Ciervo Negro se separó apenas del rostro.

Solo un dedo. Tal vez menos.

Lo suficiente para que Delacroix viera piel.

No la piel pálida y vieja de don Álvaro de Tebra.

Sino una barbilla más joven, afeitada de forma apresurada, con un pequeño corte reciente bajo el labio.

Celia ajustó la máscara de inmediato.

Demasiado rápido.

Delacroix permaneció quieto, con la nieve golpeándole los hombros y la certeza avanzando en su interior con una calma desagradable.

El Ciervo Negro no era don Álvaro.

Y, si no era don Álvaro, la pregunta ya no era por qué el anciano había callado durante el brindis.

La pregunta era dónde estaba el verdadero.