Capítulo 7 — El brindis del benefactor
La procesión avanzó hacia la iglesia con una solemnidad que habría resultado hermosa si no hubiera parecido ensayada por personas demasiado interesadas en convencer a Dios de su buena conducta.
El Ciervo Negro caminaba en el centro, precedido por las muchachas de azul y seguido por el alcalde, Celia Armentia, Martín Lobeira y varios vecinos escogidos por algún criterio que Delacroix todavía no conocía, aunque sospechaba que en San Telmo todos los criterios terminaban pareciéndose al apellido.
A ambos lados, la multitud abría paso bajo la nieve, con las máscaras vueltas hacia la figura oscura como si observaran no a un hombre, sino a una idea antigua que nadie se atrevía a jubilar.
Delacroix caminaba unos metros detrás, junto a Clara de Tebra y Teresa Valcende.
Clara no había vuelto a hablar desde aquella frase sobre el vino especiado.
Mantenía la mirada fija en el Ciervo, y aunque su máscara plateada le cubría el rostro, su silencio tenía una tensión muy precisa.
No era preocupación filial. Tampoco alivio.
Era cálculo mezclado con algo más antiguo y menos limpio.
Delacroix había visto esa expresión en hijos que esperaban una herencia, en viudas que esperaban una autopsia y en personas honestas que habían tardado demasiados años en admitir que deseaban una muerte.
—¿Está segura de lo que ha dicho? —preguntó él en voz baja.
—Mi padre detesta el vino especiado.
—Tal vez la enfermedad haya suavizado sus gustos.
—La enfermedad le ha suavizado el cuerpo, monsieur Delacroix. No el carácter.
—Una distinción útil.
—Mi padre no cambia una costumbre por sentimentalismo. Si cambia algo, es porque alguien gana o pierde con ello.
Teresa escuchaba sin intervenir. A Delacroix le gustaba esa cualidad suya. La mayoría de las personas confundían estar presentes con producir ruido. Teresa, en cambio, sabía mantenerse al borde de una conversación sin caerse dentro.
La procesión llegó a la iglesia. Las cuatro mujeres de azul subieron los escalones y se colocaron junto a la puerta principal, donde el padre Elías aguardaba con una capa blanca sobre la sotana y una máscara casi transparente, tan sencilla que parecía más una renuncia que un disfraz.
Los músicos callaron. La plaza quedó en silencio.
Solo se oían el viento, el mar golpeando contra el acantilado y algún niño al que una madre obligó a callar con una eficacia superior a la de muchos gobiernos.
El padre Elías pronunció una bendición breve.
Habló de memoria, de gratitud, de los que salieron al mar y volvieron, de los que sembraron y recogieron, de los que perdieron y siguieron rezando.
No mencionó a los que callaron. Delacroix lo notó porque las omisiones, cuando estaban bien vestidas, solían ser más elocuentes que los discursos.
Después se abrieron las puertas de la iglesia y dos hombres sacaron la imagen de la Dama de la Nieve.
Iba cubierta por un velo azul, sobre unas andas adornadas con ramas blancas, velas protegidas por cristal y pequeñas piezas de plata que tintineaban con cada movimiento.
La figura no era grande, pero la reacción del pueblo la volvió enorme.
Las máscaras se inclinaron. Algunos hicieron la señal de la cruz.
Otros bajaron la cabeza de un modo menos religioso y más antiguo, como si obedecieran a algo que aún no se había molestado en llamarse santo.
—Ahí la tiene —dijo Teresa, casi sin mover los labios—. La Dama.
—Parece muy respetada.
—Y muy temida.
—Las dos cosas se confunden con demasiada frecuencia. Es una desgracia para el respeto.
El Ciervo Negro se adelantó hasta quedar frente a la imagen. Celia le ofreció otra copa, esta vez más pequeña, de cristal tallado, con un líquido oscuro que la luz de los faroles volvía casi rojo. El alcalde alzó las manos para dirigirse a la multitud.
—Como cada año, la casa Tebra ofrece el primer brindis a nuestra protectora.
Como cada año, agradecemos a don Álvaro su generosidad, su presencia y su fidelidad a San Telmo.
En una noche difícil, con la nieve sobre los caminos y el mar alzándose bajo el acantilado, recordamos que el pueblo solo permanece unido cuando honra aquello que lo hizo nacer.
—Es notable —murmuró Delacroix—. El señor Sada podría convertir la inauguración de una pescadería en una llamada al destino.
Clara no rió.
—Mi padre debería decir unas palabras.
—¿Siempre lo hace?
—Siempre. Le gusta oírse ser necesario.
El alcalde terminó su discurso y se volvió hacia el Ciervo Negro. La multitud esperó. Delacroix también. Había en el silencio una expectación rara, casi devota. La figura del ciervo sostuvo la copa con ambas manos. Luego inclinó la cabeza ante la Dama, bebió y devolvió la copa a Celia.
No habló.
La plaza tardó un segundo en comprender que debía aplaudir de todos modos.
El aplauso empezó en el círculo más cercano, tímido, y se extendió hacia los soportales como una orden corregida sobre la marcha.
El alcalde fue el primero en sonreír demasiado.
Celia, en cambio, no sonrió. Recibió la copa, la cubrió con un paño blanco y susurró algo al oído del Ciervo.
Él no respondió. O respondió con un gesto tan mínimo que Delacroix no alcanzó a distinguirlo.
Clara dio un paso hacia delante.
—Eso no es normal.
—Empiezo a sospechar que en San Telmo la normalidad es un concepto negociable —dijo Delacroix—. Pero admito que el silencio de su padre resulta interesante.
—Mi padre no renunciaría a un discurso ni aunque le estuvieran cerrando el ataúd.
—Una imagen doméstica conmovedora.
—No está bien.
—¿Le preocupa?
Clara giró hacia él la máscara plateada. La nieve se había posado en los bordes, suavizando la dureza del metal.
—No sé si he venido porque me preocupa que muera o porque me preocupa que no lo haga. Supongo que eso me convierte en una mala hija.
—La familia tiene esa costumbre: convierte sentimientos razonables en delitos íntimos.
Durante unos segundos, ella pareció olvidar la hostilidad. O quizá solo encontró una forma más cómoda de sostenerla. Luego volvió a mirar hacia la ceremonia.
El padre Elías inició una oración. Mientras la multitud respondía, Delacroix observó a Celia.
La mujer sostenía aún la copa cubierta. No la dejó sobre ninguna mesa, no se la entregó a ningún ayudante, no permitió que nadie más la tocara.
Aquello podía ser simple protocolo. También podía ser la conciencia exacta de que un objeto acababa de volverse importante.
Delacroix tenía una experiencia larga con los objetos importantes.
Casi siempre empezaban siendo detalles que alguien llevaba en la mano con excesiva naturalidad.
—Señora Valcende —dijo, sin apartar los ojos de Celia—, ¿qué ocurre ahora?
—La Dama sube en procesión hasta la capilla del acantilado. Allí se dejan ofrendas. Después todos regresan a la plaza para la cena, los bailes y el desenmascaramiento de medianoche.
—¿El Ciervo camina hasta la capilla?
—Sí.
—¿Don Álvaro suele resistirlo?
—Antes sí. Este año no lo sé.
—Pero el alcalde está decidido a que lo haga.
—El alcalde está decidido a que todo parezca como siempre.
—Una ambición peligrosa cuando nada lo es.
La procesión volvió a moverse. Esta vez el recorrido salía de la plaza por una calle lateral que ascendía hacia el borde del pueblo.
Más allá se distinguía el camino de la capilla, una línea oscura entre la nieve y los árboles bajos que crecían cerca del acantilado.
El viento soplaba con más fuerza en esa dirección, trayendo sal y frío.
Algunas máscaras infantiles fueron retiradas por sus madres hacia las casas.
Los adultos siguieron. Nadie quería perderse el ritual, o nadie quería ser visto perdiéndoselo.
Delacroix dejó pasar al primer grupo y luego se situó junto a Martín Lobeira, que caminaba con la carpeta apretada bajo el brazo y la máscara gris ligeramente torcida.
—Señor Lobeira.
Martín dio un pequeño sobresalto.
—Monsieur Delacroix.
—No quisiera inquietarlo.
—No lo hace.
—Miente usted con una cortesía apreciable, pero sin talento.
El joven tragó saliva.
—¿Puedo ayudarlo en algo?
—Quizá. ¿Don Álvaro debía hablar durante el brindis?
Martín miró hacia delante. El Ciervo caminaba unos veinte pasos más allá, escoltado por Celia y el alcalde.
—A veces no lo hace.
—¿A veces?
—El programa permite una intervención breve del benefactor. No es obligatorio.
—Qué maravilla. Incluso las tradiciones eternas dejan hueco para la improvisación administrativa.
—Don Álvaro está cansado.
—Sin duda.
—Y enfermo.
—También. ¿Quién preparó la copa?
Martín tardó demasiado en responder para tratarse de una pregunta sencilla.
—El vino ceremonial se prepara en la Casa de los Rostros. Siempre lo supervisa doña Celia.
—¿Y la copa?
—La copa pertenece a la iglesia.
—Un matrimonio interesante entre religión y alcohol.
Martín miró alrededor, nervioso. Varias máscaras pasaban junto a ellos sin prestar atención aparente. Esa era una de las grandes virtudes de las multitudes: permitían esconder tanto a quien miraba como a quien fingía no hacerlo.
—No debería hablar conmigo de estas cosas.
—¿Por qué?
—Porque no sé nada.
—Eso rara vez ha impedido hablar a nadie. Sobre todo en política.
La frase habría podido hacerlo sonreír, pero Martín estaba demasiado pálido bajo la máscara.
—San Telmo necesita esta fiesta —dijo—. Usted no lo entiende.
—Esa frase empieza a perseguirme. Todos parecen muy interesados en informarme de lo que no entiendo.
—No es una fiesta cualquiera. Hay comercios que viven de esto. Familias. El invierno aquí es duro. El puerto ya no da como antes. Si la gente deja de venir, si la tradición se mancha…
—¿Con sangre?
Martín se calló.
—Perdone —dijo después—. Tengo que ayudar al alcalde.